sábado, 19 de septiembre de 2026

Un toro ha cogido a mi padre


Un toro ha cogido a mi padre. Yo lo he visto por el móvil, sentado en el váter. Justo cuando venía la cogida, el toro y él se han salido del plano. He deslizado el dedo hacia arriba para poder verlo o para detener al puñetero animal, pero la tecnología no hace milagros. Se oía un grito, y la cámara hacía zoom sobre su cuerpo tumbado con toda su cara contra el suelo. No se movía. Estaba inconsciente, seguramente. Estaba como el muñeco que tira un niño cuando deja de jugar con él. Mi padre era un pelele. El realizador cambiaba la cámara y vi al toro seguir como si nada. «¡Joder, joder!». «Mamá», aparecía ahora en la pantalla. Me llamaba llorando. Al colgar, volvía el vídeo en directo y a mi padre se lo llevaban en una camilla escoltado por innumerables policías municipales. Mi padre herido estaba más protegido que nuestra frontera. Movía la mano, el brazo, se quería incorporar y era verlo resucitar. Creí que podía haber muerto. Se me vino una sensación de fragilidad que podía con toda negación. No, no, no. No puede ser. Él también puede irse, era cierto, así, en un golpe de cámara, que debe ser el pestañeo de una máquina y yo lo veía a través de unas ondas... ¿y si la señal se equivocaba? ¿Y si pudiera rebobinar? ¿Y si en otra frecuencia mi padre, como tantas otras veces, salía airoso? ¿Y si no era real? ¿Qué es lo real? Somos nada y también somos algo, todo. ¿Para qué peinarse? Luego la vida seguía y era un coñazo. En la oficina entraban emails, llamadas, gentes y mensajes de mi madre. Yo seguía en ese pelele. Recogía a mi hijo mayor del colegio y me deshacía. Era todavía más frágil y la vida ya no era un coñazo. Me tragaba el llanto y lo devolvía en abrazos. Él se dormía. Comía algo en casa, deshecho entre mi hija pequeña y ella, su madre: ese algo, mi todo. Cogía el coche. Por la carretera iban más coches. ¿Adónde irían? Yo iba a ver a mi padre, pero ¿los demás? Todo otro desplazamiento perdía su sentido. Me desplazaba entre sinsentidos. En el hospital tuve que aparcar, coger un ticket, salir del parking y bajar a urgencias. Había chavales fumando con vías en sus brazos. Se reían de la muerte. Dentro dudé dónde preguntar, si en información o en admisión. Di el nombre de mi padre en uno y terminé en el otro. Hasta dentro de tres cuartos de hora no podría pasar a verlo, me dijeron, y sólo durante una hora, un solo familiar. Me dieron una pegatina tres cuartos de hora después, no podía ver a mi padre sin esa cosa azul pegada sobre mi pecho, lo que quería decir que sin esa pegatina, o si hubiera llegado mucho más temprano o más tarde, no hubiera podido ver a mi padre. Comprendí entonces que los protocolos nos matan. En el año 2026 es un milagro vivir. Y yo lo vi al darle la mano a mi padre, con mi pegatina azul en el pecho, en sus ojos que lloraban sangre.

martes, 25 de agosto de 2026

La muerte de Belmontino

Belmontino era chico por todas partes. Chico, y hubo quien se quejó, por lo que él fue de un lado a otro, haciendo grande su pequeñez o queriendo achicarla. Fue también feamente castigado y se fue suelto las dos veces. El caballo se fue también entre quejas y todo el círculo del cielo era gris y lo mirábamos, para que nuestros ojos tomaran aire o para ver si iba a llover. Belmontino sintió algo que llaman mansedumbre y corría por aquí, por allí, a por uno, con ese y ese otro, de un número a los siguientes o a los anteriores, y nadie lo paraba porque nadie podía pararlo. Era el dueño del círculo del suelo de arena oscura. Ya tenía unos palitroques encima cuando se detuvo porque quiso y ya no volvimos a mirar encima de nuestras cabezas. Un hombre le puso una tela delante, pero Belmontino sabía lo que era tela y lo que era hombre. El hombre no pudo hacer más que sufrir y nosotros mirarlo. Nuestros ojos se pegaron a ese animal, iban donde él iba, se movían cuando él lo hacía, rebotaban en nuestras órbitas con sus cabezazos, sus dentelladas, sus sacudidas, sus coletazos, sus giros y sus miradas, y todo lo que nuestros ojos se movían era suyo. Lo veíamos, pero estábamos dentro de Belmontino, como si nos hubieran arrancado los ojos y los hubieran incrustado sobre los suyos, a empellones, llorando sangre. Ojo por ojo. El hombre quiso verlo también, se echó la tela a su mano izquierda, la echó adelante y se le echó encima Belmontino que se volvió rabiosamente y ahí seguían el hombre y la tela, y él tras ellos hasta que el cuerpo se erguió y movió la tela de un modo tan sutil ante tanta violencia que Belmontino dudó. Sintió eso mismo que antes, que podríamos llamar la duda existencial del español, y miró hacia fuera del círculo, y nosotros también. Pero volvió. Y hubiera seguido volviendo hasta que nos hubiéramos vuelto ciegos. Ciegos de emoción estábamos cuando el hombre se arrojó una segunda vez sobre Belmontino que dobló las manos y cayó. Pero se levantó. Desde donde sus ojos veíamos el cielo y el suelo, un círculo y otro, varias veces. Veíamos sus patas y sus pezuñas que avanzaban junto a unas tablas muy rojas. Veíamos sangre brotar. Veíamos las patas y pezuñas avanzar y retroceder. Veíamos la arena negra y las nubes, todo lleno de nubes. Veíamos que las patas temblaban, pero no doblaban. Veíamos otros hombres por ahí arriba, entre el cielo y el suelo. Veíamos que íbamos y veníamos; que nos íbamos, pero nos quedábamos. Veíamos a la ganadera que había criado a Belmontino, una vez, y otra, al volver. Veíamos que volvíamos. Veíamos al hombre que aplaudía sin la tela roja. Veíamos que andábamos, que no podíamos seguir en pie, pero que no queríamos echarnos. Que nos eche otro, veíamos que nos echara otro. Veíamos ya más el círculo del cielo, a ráfagas. Todo se veía entrecortado. Veíamos por ahí a nuestra ganadera. Veíamos más negro que otra cosa. Veíamos ya sólo un ruido, un aplauso ensordecedor. Y creímos verlo caer, casi bajo la ganadera, a los pies que lo vieron crecer. Creímos verlo caer donde nació.

Y vimos que murió Belmontino tras no dejarse morir.

Luego vimos que lo arrastraron las mulillas mientras seguíamos en pie y aplaudiendo sin parar durante varios minutos.

Y luego pensamos en quién se va hoy a tragar su muerte por Ucrania y que, si fuera por España, sería sólo por toros como Belmontino de Dolores Aguirre y toreros honestos como Damián Castaño.

jueves, 18 de junio de 2026

«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*


*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/ 


«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»

Dijo Rubén Amón.

Las Ventas… Las Ventas con su irse hacia la plaza.

Venirse en coche a través del Madrid atascado de vuelta al hogar que, por unas dos horas, será un pedazo de piedra gris con un número pintado en negro. O acercarse en metro que, por un rato, deja de ser la patria del inmigrante para ser nación pasajera de españoles con almohadilla. O asomarse por la tele que, por seguro, será de mentira. Sea como sea, aproximarse a la plaza de toros de Madrid es irse despojando de lo cotidiano, desprenderse al bajar por la calle Alcalá de todo con lo que uno viste y reviste su existencia y llegar crudo, a ver si se abandona un poco esa cosa tan común de irse muriendo, o todo lo contrario, y travestirse a lo taurino para seguir muriendo un poco más. Ir a Las Ventas es una costumbre y, a la vez, está de moda.

Las Ventas con sus bares, en los que no se cabe.

Bares en los que estar dentro es esperar para el baño, y fuera es donde se puede estar hasta pasar a esperar para el baño. Porque el aficionado es alguien que espera. Esperan hasta los jóvenes que hacen cola en el Carrefour Express y lo han convertido en su bar, como la clase media ha hecho de Mercadona su restaurante de menú del día. El café con pestiños en Gómez resiste a la peste del gintonic. El olor a fritanga también persiste frente al aroma a sandía con hielo del vapeo. Igual que una repisa de madera con una lista de precios pegada con celofán, y una funda de plástico grasienta que pende de un clavo y guarda una imagen descolorida de Pepín Jiménez sobreviven al estilo colonizador minimal andalú de cenefas de azulejos y paredes de ladrillo desnudo sobre las que clavar una alcayata fotografiada de Julián. Todavía incluso se conoce a algún camarero por su nombre, pero tras las barras hay cada vez más extranjeros y esos pedazos de acero inoxidable, piedra o madera son las verdaderas fronteras. Barras de bar, vertederos de pueblos. Por suerte, en el suelo todavía no hay servilletas de papel sobadas y pringosas que anuncian el cartel de una tarde. En el aire hay humo entre los recuerdos y se habla demasiado, pero siempre hay algún anciano que observa, callado, hasta que deja las monedas y se va, y con él un mundo sin datáfonos ni culerinas.

Las Ventas también con su explanada en derredor.

Ese gran vacío que cobra sentido cuando la boca del metro escupe gente que se cruza con la que se arroja desde cualquier calle. Personas y personas cruzándose, aunque muchas están predestinadas a no cruzarse. Se cruzan vidas en paralelo: las que van amargadas, pero con la ilusión de ver a los Reyes Magos, y las que van etílicas de felicidad, pero con la clarividencia de ver un triunfo. Todas van a ver morir a seis toros, seguro. Y por esa obviedad protestan los antitaurinos que, amparados por la policía estatal, prefieren manifestarse en la explanada antes que frente a un matadero. «¡Aguafrí-a-guafrí-a-guafría!» se le oye cantar a un tendero en la solanera mientras las puertas de la plaza engullen a la gente.

Las Ventas con sus pasillos, que se abarrotan.

Aún llenos de multitudes, uno se siente en el vacío, solo, como un forastero, hasta que se otea a un conocido y sube de golpe el calor de la muchedumbre. El sol del oeste entra a los pasillos y resalta los desconchones de las paredes. La plaza casi se cae a pedazos, aunque de ella cuelgue un «no hay billetes». Casi nadie sabe dónde va y todos van igual. Nunca la masa fue tan indiferente. Se avanza entre la homogeneidad que da un país precario. Subir las escaleras hacia el tendido alto es como meter la cabeza entre pantalones expuestos en un outlet de la periferia. Las voces de «¡almohadillas pa’ la piedra!» se las llevan borrachos de cubata al pecho. Orinar en los abrevaderos del 10 alto es recibir la salpicadura de alguien que desconoce lo de cargar la suerte. ¡Qué menos que, si caen sobre nuestra pernera gotas del orín de otro, sean de alguien que sepa qué es cargar la suerte! La cuartilla blanca del programa de mano se cuida o se pisotea, eso sí, con mocasines de borlas. En los pasillos todo pasa y lo queda es posar. Posa el torero, posa el público y, entre poses y lenguas, se pierde la corrida.

Las Ventas con su reloj por el que se va el sol y muere la tarde.

Un reloj que no se detiene aunque toree el mejor escacharrador de la historia. Porque tiempo es lo que somos y lo experimentamos yendo a la plaza; hasta que, al lado, una adolescente vomitando ginebra nos devuelve a la fruslería de minutos y segundos convencionales, al tiempo perdido.

Así están Las Ventas con su esquizofrenia, que es la del españolejo hoy, entre el Estado que lo devora y una nación que se desangra.

Las Ventas con su Cazarrata y su Ombú. Con su Rosco y su Roberto Gómez. Con su Guarro y su Centro de Asuntos Taurinos. Con su sol de canillas al aire y su sombra de calcetines de perritos. Con su 7 y su callejón. Con sus llenos de andanadas despejadas y sus triunfos vacíos. Con su báscula que adelgaza a los caballos y engorda a los cuvillos. Con su «Gallito» de Lope y su discoteca. Con su chatarrero, siempre acompañado, y su vulcanólogo, siempre que su mecenas no toree en Jerez. Con sus pañuelos verdes y sus gintonics. Con su memoria y su amnesia. Con sus chubasqueros y sus paraguas, sí, paraguas. Con su ruido y su silencio importado. Con sus filias, a quien se entrega, y sus fobias, a quien no. Con su «del que lo hace cuando lo hace» y con su Fernando Adrián. Con sus toreros de Madrid y con Julián de San Blas. Con sus palmas de tango y sus vivaespañas. Con su palco real sin rey. Con su palco de rigor mortis. Con su muerte y su farsa, que lo es todo menos lo malo. Con su exigencia y su decadencia. Con su idiosincrasia que se pierde. Las Ventas con su afición a la que a veces le gustaría hacer de su entrada, pagada, una pistola y ¡pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Petardo!

Las Ventas hasta con sus Amones, que regurgitan paridas como la del título.

Las Ventas, una plaza que ya no es lo que era, lo que recordamos que era o lo que nos contaron, porque ya no puede serlo.

Las Ventas es, cada vez más, nostalgia de sí misma o una resaca. Por eso, mientras más vengo a Las Ventas, menos me gusta morirme… o leer a Amón.

domingo, 14 de junio de 2026

La de La Beneficencia 2026. ¿Hoy Amón se habrá aburrido?

Vamos a comenzar con dos suposiciones: una, que Rubén Amón haya asistido a la corrida de La Beneficencia y, dos, que lo haya hecho como espectador de callejón en lugar de ir a "su abono", que nadie sabe dónde está. En esta segunda conjetura, hemos optado por lo que, a tenor del histórico de la fotogalería venteña, aparece como lo más probable.

A partir de ahí, lo siguiente que se ha de destacar como gran condicionante de la tarde en el ruedo, los tendidos y el callejón, donde suponemos a Amón, ha sido la lluvia. Hoy, por una decisión basada en motivos desconocidos de los meteorólogos de Plaza 1, no se habían proyectado hacia delante esos condones metálicos que hacen de tejadillo para que los del gañote puedan disfrutar de la tarde en el callejón como si estuvieran en un polideportivo, con el sonido de los «bieeeeenggg» de los banderilleros retumbando en la chapa y penetrando en sus orejas como un gol.

Amón, entonces, tomaría su sitio en el callejón henchido de ego, tras recibir la única, pero valiosísima felicitación de sí mismo por su última arcada en El Confidencial bajo el título «¿Es Las Ventas la plaza más aburrida del mundo?» Ya aposentado, si no fuera por haber estado loando con otros compinches del gañote la actuación de Gordito II el día anterior en Marbella ante las fieras desmochadas de El Freixo, podría haberse hecho otra pregunta: «Beneficencia... ¿a beneficio de quién?»

Vería salir al primer toro de la tarde, de Victoriano del Río, hecho entero de grasa. Si el colesterol se hiciera toro, sería ese. Observaría con su mirada de intelectual cómo se movían las carnes grasosas de ese bicho, queriendo separarse del músculo, cobrar vida propia y reproducirse como en una película de Carpenter. Sufriría con el esfuerzo de Talavante porque el toro no se tumbara, aunque su lengua ya hubiera caído casi desde el recibo capotero. Oiría las protestas —el aburrimiento de las protestas del 7— y vería a los pañuelos verdes ondear, esparciendo el tedio por toda la plaza, como si fuera un virus que está en las cosas nasales de esos aficionados y que queda impregnado en ese moquero verde. Pensaría entonces en lo acertado de su artículo y puede que en su cerebro se hubiera atisbado un destello de lucidez si se le hubiera ocurrido plantearse que, a lo mejor, el tedio nace de un toro despojado de toda su naturaleza fiera e indómita. Se entristecería al ver que Ambel sólo dejó una banderilla en tres pasadas y que tuvo hasta que soltarlas a la cara del toro una vez y tomar el olivo. El canguelo que entra ante una lengua tan afilada como la del toro. Ya con la muleta, tomaría notas muy cultas y muy chulas de cómo el deseo de perseguir sin fin la tela roja del animal obeso, se encontraba con el muro infranqueable de su blandenguería. Talavante lo degolló, y Amón despediría con una gran ovación a los areneros que curraron de lo lindo para retirar los litros y litros de sangre derramada por la boca del burel. «Qué grandes profesionales a los que el 7 no reconoce como merecen. ¡Fascistas!»

Salía el segundo buey y Amón también aplaudiría a rabiar las verónicas de pegolete de Roca Rey. Le explicaría al de al lado sus teorías sobre Madrid, Sevilla y el 7, mientras este tendido protestaba de nuevo la invalidez del buey, que más que andar, se tropezaba, pero enseguida se le iría el disgusto al ver el pique capotero entre Rey y Hernández, tan artificial como pueblerino en el que no dieron una sola verónica, que en Las Ventas gustan. No nos atrevemos a imaginar los movimientos rítmicos que debieron ejecutar las manos de Amón tras las tablas con el inicio de rodillas de Roca Rey, ni queremos tratar de adivinar la longitud, grosor y espesor de la mancha blanca que dejaría en el maderamen cuando el matador aguantó el parón del toro, cabeza con cabeza a un metro, y se lo sacó con un cambiado por detrás. «¡Aaaaaaagggghhh ugghgghhh síiiiiii!», o algo similar bramaría. Muy en novillero toda la tarde, Roca intentó su neotoreo, pero el buey, con toda su lengua fuera, se le rajó en el segundo zurdazo, aunque no importaba, porque Amón estaría todavía extasiado por lo de antes. Mató de estocada desprendida con el buey pegado a tablas, y Amón lo vería muy de cerca.

Víctor Hernández recibió con verónicas a mantazos al tercero y Amón aplaudiría de nuevo, porque aplaudir es pasárselo guay. No apreciaría el tamaño de los trastos de los tres matadores, cercano al de los toldos verdes de la España del desarrollismo, que él no va a la plaza a medir ni a hacer geometría. Como entiende que el primer tercio es un rémora para el espectáculo, tampoco atendería al primer gran puyazo y la buena pelea de Empanado. Su cuidado flequillito se le movería con el vendaval que se levantó en banderillas y que dejó clara la casta y, por momentos, genio del toro, que hizo sufrir de lo lindo a los rehileteros. Prieto lo cerró a una mano con gran habilidad, pero Amón estaría mirando el impacto en número de visualizaciones de su artículo y se lo perdería. Hernández faenó cerrado por el viento, con firmeza y mejor por el pitón izquierdo, pero sin dar el paso y el remate de los que nace el Toreo. Se tuvo la sensación de que el toro, encastado, era el que mandaba, aunque Amón seguramente vería otra cosa. Desde el tendido se veía un nubarrón sobre el matador, que era la sombra de la mano de Abellán. Manoletinas para cerrar, una estocada tendida y atravesada, a capón, y luego una desmedida parsimonia para descabellar al toro hicieron que nos quedásemos muy cerca del tercer aviso, algo que Amón podría haber entendido como un merecido indulto, de haberse producido.

En el cuarto llegaría el diluvio. Los tendidos se vaciaron demostrando que hoy no había muchos de los habituales, y Amón abandonaría su puesto en el callejón. Vería ya bajo el techo de la galería y en la pantalla de televisión el hacer de Talavante que estaba en la línea del no-hacer ante un torete tan colaborador y entregado a la causa artística como los jóvenes voluntarios de la visita del Papa. Aún así, si no hubiera marrado con la espada, las buenas y pocas gentes que quedaban en sus asientos le hubieran pedido la oreja. ¡Y eso seguro que habría divertido a Amón, que cuenta la diversión en despojos!

Roca decidió que la corrida siguiera adelante bajo la lluvia, el viento y sobre un ruedo que era un océano blanco, hasta con sus oleajes. «¡Qué actitud de figurón del toreo!», exclamaría Amón, atusándose el pelo. No sé fijaría en la interesante pelea en varas, con un primer puyazo en el que el toro casi derriba al Equigarce, ni en los apuros de un subalterno al cerrar al toro, viéndose obligado a tirar el capote, que quedaría hecho un gurruño sobre el barro durante varios minutos, en un signo para muchos de la decadencia de la Fiesta y que para nuestro escritor no sería más que un potencial estorbo para el desarrollo artístico del matador peruano. Lo que tampoco vería Amón es a un niño de tipo amorantado torear de salón en lo alto del 7 con una almohadilla de color malva bajo la lluvia y los olés del público. En cambio, sí que vería por la televisión el neotoreo de descargue, desalojo y temple, eso sí, de Roca Rey, frente a un toro con interés, que a veces se ponía bronco o cabeceaba, pero que rompió en un nuevo animal muletero. Y Amón vibraría como un móvil al recibir la llamada de una amante, porque ese neotoreo luce y reluce como pocas cosas a través de los bits de la pantalla. Roca falló varias veces con la espada y nos quedamos sin ver una de sus magníficas estocadas, algo que a Amón se la trae al pairo, porque sólo hay un dios del toreo capaz de matar como Dios manda.

El sexto toro ya no lo vimos nosotros, pero tampoco podemos asegurar que Amón sí lo viera o que ya se hubiera ido del ¿aburrimiento? a La Maestranza que, aunque no pase nada en ella, es la «primera plaza del mundo».

viernes, 12 de junio de 2026

Ferrera descalzo hacia un Ilunion

El último día de mayo de dos mil veintiséis, Ferrera picó a un toro de Adolfo Martín, cortó dos orejas y salió a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas por cuarta vez. Se subió a la furgoneta y, a un kilómetro del hotel, se bajó descalzo.

Andaría por la calle López de Hoyos de Madrid con su traje de luces lleno de sangre. La furgoneta lo seguiría unos metros por detrás. O no, y lo abandonaría en su suerte. Un hombre que venía del roce con la muerte se rozaba con la vida de una calle cualquiera. Se daba un baño de soledades. Él, que acababa de tocar el cielo, decidía bajarse y andar solo entre otros mortales.

Ferrera olería a muerto, pero caminaba. Estaba vivo y feliz, seguramente. Era el más vivo entre los vivos. Sería ver andar a la muerte, que también es la vida, ahora que la ocultan en las periferias, donde cada vez vive más gente. Alguien se iría a llevar un trozo de filete de ternera a la boca cuando vería al torero tras el cristal del restaurante, y puede que, en ese mismo momento, se atragantara al pensar en el matadero donde hubieran matado maquinalmente a lo que era su comida. También, en algún momento, el torero y un repartidor de Glovo coincidirían, y no habría mejor alegoría de España.

Como la mentira es costumbre, alguno pudiera pensar que era una performance. Un rodaje para un anuncio de tanatoturismo. Otros quizá sufrirían un ramalazo existencialista y caerían en lo absurdo de su vida que, frente al torero, se hacía inconmensurable. Parecería claro que no era una declaración contra el animalismo, y sí una afirmación muda de la tauromaquia: su normalización. La Fiesta se presentaba en sociedad, se introducía en sus calles. Se hacía de carne y hueso, sin aspavientos, albornoces o cánticos, con toda su crudeza, en el cuerpo y el vestido de sangre de un matador de toros que andaba entre una muestra de esta sociedad de vivos de cartón piedra y muertos que caminan. Un hombre que era el propio mensaje: «¡Vive!»

El torero iba sin manoletinas, sólo con las medias entre sus pies y el suelo. Quizá es que después de la gloria se ha de buscar la penitencia. Tendría frío, pisaría orín de mascota, y algún adoquín roto rasgaría la tela y su piel. «Como si se rajaran las plantas de mis pies y me deshiciera por los talones», pensaría, lo que fuera necesario para sentir más la tierra que pisaba, hacerse de ella, arraigarse. De Madrid al suelo. Sólo él iría descalzo y nadie podría dudar de dónde venía. Volvería alguno a casa con una pizza congelada para cenar; otros irían a cenar fuera de casa, tratando absurdamente de olvidar la ineludible llegada del lunes; también habría quienes irían haciendo running y quienes, como especímenes altamente evolucionados del Homo Sapiens, irían plegándose, agachándose y arrastrándose para recoger las mierdas de su perrito, mientras él, Ferrera, venía de matar tres toros. Ojalá fuera fumándose un cigarrillo. Nuestro John Wayne.

En el ruedo, querría haberlo hecho todo en solitario: picar, quitar, banderillear, faenar y matar. En la calle, querría estar solo, pero en multitud, porque necesitaría sentirse uno más. Desearía ver a gente, cruzarse con ella. Querría igualarse. A su paso, se sentiría un escalofrío. Ansiaría someterse a lo cotidiano. Volver al rebaño. Gustosamente iría plegando su cuerpo a las normas de circulación y de educación. Disfrutaría al pararse ante un paso de cebra, al mirar antes de cruzar o al ceder el paso a un hombre con un carrito de bebé. La luz de los semáforos enrojecería su traje ensangrentado. O lo reverdecería. Su terno blanco y oro lo haría verse como un extraterrestre. Desde los coches, a cierta velocidad, verían cruzar un destello, una estrella fugaz teñida de sangre. Como en la plaza. La lágrima de una herida.

Alguien lo reconocería, o mejor que no. «Mejor volver a ser nadie; yo soy nadie, como los demás», iría pensando. Algún niño lo señalaría con el dedo y otro lo miraría pasar como a un Rey Mago. Debería haber una ordenanza por la que un niño sólo puede estar a esa hora en la calle para cruzarse con un torero. La calle y sus cosas se atenuarían a su paso, hasta apagarse. O al contrario, y ese banco de madera roída sin historias ya que contar recobraría lustre y sentido a su paso: «Por aquí, por delante de este banco pasó Ferrera». Con la muerte encima, daría vida a la calle y, milagrosamente, nadie lo grabó o fotografió.

Así llegó Antonio Ferrera a un modesto hotel Ilunion del barrio de Prosperidad, andando, descalzo y con su traje de luces lleno de sangre, después de hacer que el San Isidro de dos mil veintiséis no se nos olvide.

domingo, 7 de junio de 2026

Como colofón a San Isidro 2026: la transcripción de la locución de Telemadrid del tercer toro del festejo del 3 de junio

Sirva esta transcripción de la locución de Telemadrid del 3 de junio de 2026, vigésimo tercera de abono de la Feria de San Isidro, durante el tercer toro, de Montalvo, para Samuel Navalón, como ejemplo típico de la tauromaquia caníbal, que se devora a sí misma mentira a mentira:

(Se vuelve de publicidad y el torero ya está lanceando a la verónica en su recibo al toro)

SIXTO.— Acaba de saltar al ruedo el cuarto toro (es el tercero), ”Caprichoso". Nos vamos a ir rápidamente al callejón para hablar con Ismael Martín, Laura.

LAURA (la vemos y comprobamos que no es la de Otto Preminger).— Junto a él nos encontramos, Ismael, hemos visto una actuación vibrante desde el principio, qué pena que al toro en la muleta le haya faltado ese punto.

ISMAEL.— Así es, ¿no? Creo que le ha faltado un poquito de vida. He intentado ponerle... ¡mi vida en cada muletazo! Pero bueno, se ha ido apagando poquito a poco y queda otro.

LAURA.— Suerte.

ISMAEL.— Muchas gracias.

(Suenan los clarines para dar paso a los caballos)

SIXTO.— El saludo capotero de Samuel Navalón al cuar... Al tercer toro de la tarde, este negro listón número 86 de 512 kilos. Un toro que nació en junio de 2021. Ésta era la aparición del toro por la puerta de chiqueros. Un toro más liviano, de falta de trapío.

ENCABO.— Es muy corto, muy bajo.

SIXTO.— Y muy bien hecho, pero le falta... Ese trapío que demanda una plaza como Madrid.

ENCABO.— Bien, impetuoso, pero poco a poco ha ido bajando, pero vamos a ver. Tiene el cuerpo ideal para moverse. No lo quiere hacer mal.

SIXTO.— Ahí está ya el picador esperando a que Samuel Navalón le deje el toro en suerte, Laura.

LAURA.— Es Agustín Moreno de gris perla y oro. Un picador que comenzó queriendo ser torero de la Escuela Taurina de Albacete, y después pasooó al oficio que tiene ahora. Y como curiosidad os contaré que es zurdo, así que tuvo que aprender a echar la vara con la diestra.

ENCABO.— Pues lo ha aprendido bien, lo ha cogido fenomenal. El toro empujando con fijeza, cara abajo.

ARNÁS.— Muy importante lo que pase ahora con el toro...

ENCABO.— Mmmmuy portante.

ARNÁS.— ...cuándo lo saquen del peto

(El toro aterriza, hunde su hocico en la arena)

ENCABO.— El toro... ¡qué pena!

ARNÁS.— Ayyyyy.

ENCABO.— Estaba haciendo cosas buenas.

ARNÁS.— Es lo que me temía... Incluso la mano derecha... No sé... Al apoyar, con las manos.

ENCABO.— Vamos a confiar en que se venga arriba.

SIXTO.— Samuel Navalón restando al toro. De nuevo en la jurisdicción de Agustín Moreno.

OTRO.— Esto es lo que se dice de las plazas, porque en los corrales no parecía tan terciadito como en la plaza de toros, que la plaza se los come mucho eh.

ENCABO.— Pero sabes por qué, porque el toro como es tan bajo y tan corto pues está regordío, pero para ese cuerpo, digamos, ¿no?

ARNÁS.— Para varias plazas de primera, grrr un toro más pequeño más iiiiu, los veterinarios, el toro daría otra sensación.

SIXTO.— Un toro muy sevillano, por ejemplo, ¿no?

ARNÁS.— Por ejemplo. Y otro quite.

SIXTO.— José Garrido, a la verónica. Nadie está perdonando el quite en el día de hoy.

ENCABO.— Bien ahora la altura que traía el toro.

SIXTO.— Ceñido, esa media a pies juntos... Con la que cierra el quite José Garrido.

ARNÁS.— Ahí es cuando pierde la mano.

ENCABO.— Y el gesto de Samuel.

SIXTO.— Laura, llegamos al tercio de banderillas de este tercer toro de la tarde.

LAURA.— Con los palos ya vemos a Javier Perea, de azul y azabache. De padre banderillero y hermano futbolista, ha estado en varios equipos de primera división. Y le va acompañar Vicente Herrera que es uno de los terceros con más paseíllos en esta Feria, un total de 5.

SIXTO.— Ummm ay.

(Sólo clava un palo sobre el toro, y el otro casi va a parar a su propia pierna)

ENCABO.— Arribaaaaaa.

SIXTO.— A tomar el olivo, Javier Perea. Ahí está Vicente Herrera, por el pitón izquierdo.

ENCABO.— Lo provoca, espera un poquito el toro.

ARNÁS.— Ahí eeehhhh grrr

SIXTO.— De repente parecía que había clavado los arpones, pero fíjense .

ENCABO.— Pues no tiene ninguna banderilla en este momento el toro, después de estas dos primeras pasadas. En el primer envite se quedó una, que luego se cayó, y en el segundo envite no se ha quedado ninguna (matemática taurina).

ARNÁS.— Parece que ha recobrado algo de vitalidad. Vaya, pues si antes lo digo...

(El toro se desploma tras un capotazo)

SIXTO Y ENCABO.— (Risas).

ARNÁS.— En los otros capotazos... Que el toro estaba más...

ENCABO.— Yo creo que se ha tropezado.

ARNÁS.— Vamos a ver.

SIXTO.— Javier Perea. Ahora sí, los palos en la anatomía del toro. Esa es la mirada.

ENCABO.— Bien Vicente, se deja ver, para llamar la atención del toro y que éste no lo espere en demasía. Muy bien.

SIXTO.— Apoyándose en los palos para salir. Pues se cambia el tercio. A Curro Javier... Cerrando al toro, intentándolo en aquella zona para Samuel Navalón... Percance en Algemesí, el pasado año, y además, nunca hay enemigos pequeños con un festival...

ARNÁS.— Con un festival. Rubén Pinar le pidió las banderillas. Era casi una fiesta, además, para los damnificados por las inundaciones de Algemesí y y lo que son las cosas. Una cornada que, por milímetros, no llegó a ser mortal. Ahí está de nuevo Samuel. Aemás con ese vestido especial para él, no sólo porque con él tomó la alternativa en Albacete en 2024, si no porque no se lo había vuelto a poner hasta las Fallas de este año y salió también a hombros igualmente como en aquella tarde de Albacete, este vestido muy especial para Samuel.

(Durante todo este excepcional soliloquio, el torero ya ha dado la primera serie entera con la muleta)

ENCABO.— Da mucha distancia, como ven ustedes ahí en esa imagen. Primero para darle tiempo. Segundo para ver si se le viene a tanta distancia. Media distancia, ahí cita.

SIXTO.— Muleta por delante... El toro de Montalvo... Escarba, se lo piensa, ahí le llega más, ahí se viene. Muleta puesta.

ARNÁS.— Bien colocado (tal y como en la imagen que ilsustra este texto).

ENCABO.— Muy seguro.

(No se oye ni una mosca por varios segundos, pero atronan los «biennnnnggg» de los subalternos)

SIXTO.— Midiendo también la extensión de la tanda.

ENCABO.— Samuel que probablemente sea uno de los toreros que desde su época de sin caballos hasta que tomó la alternativa haya estado menos tiempo. Muy poco tiempo, cogió ambiente muy rápido y tomó la alternativa muy rápido.

ARNÁS.— Ggglaro la temporada 2024, o dicho, que la tomó en Albacete en septiembre, ese año cortó orejas absolutamente todos los días (¿los 365 días de un año?) excepto en Madrid, que estuvo muy bien y dio una vuelta al ruedo de novillero y en Sevilla donde dio igualmente una vuelta al ruedo, pero todos los días, todos los días, todas las novilladas recorrió el anillo y fueron bastantes, las que toreó.

(El plano es para el busto de Navalón, que pone muchos morritos)

SIXTO.— Le presenta de nuevo la muleta, por el pitón diestro.

(Todos los pases de la serie se producen en el silencio del público y los comentaristas. Los «bieeeeennnnggg», en cambio no cesan)

ARNÁS.— Qué pena que el toro no tenga más emoción (¿un toro puede tener emociones?).

ENCABO.— Pues sí, porque es obediente (eufemismo de bobo esférico).

ARNÁS.— Y está muy bien con él.

SIXTO.— A ver si poquito a poco va calando en el tendido.

(Y muestran una imagen de una grada o andanada semivacía donde uno está con el móvil, otro con un puro y otro de tonteo con otra)

ENCABO.— Vamos a ver qué hace el toro por el pitón izquierdo... Qué templado.

SIXTO.— Trazo de natural (¿?).

ENCABO.— Qué bien ha colocado el toro la cara ahí. Qué bien ha manejado la altura también ahí.

SIXTO.— Excelente. Fíjense cómo le aguanta, cómo le deja meter la cara para el de pecho.

ENCABO.— Con qué seguridad pisa el ruedo. Cómo maneja los trastos. Con qué valor tira de las embestidas (se lo aseguro: no es Gallito).

SIXTO.— Cruzándose, buscando el pitón contrario, Samuel Navalón.

ARNÁS.— El año pasado estuvo valentísimo coldel Conde de Mayalde. De los toreros que, sin cortar orejas, salió la afición hablando de él, con esa única corrida que tuvo. Y, anteriormente, había confirmado en la Feria de Otoño, que anduvo quince días desde la alternativa en Albacete a la confirmación, precisamente el día en que Enrique Ponce se despidió de la afición de Madrid, atesore una Puerta Grande yyy una oreja cortó Samuel (todos nos acordábamos, sí).

SIXTO.— Terrenos cercanos a los medios se había ido el toro, lo va a cerrar algo más. Vuelve al derecho.

(Más morritos y paseítos alrededor del toro, del que veríamos su lengua, si fuera más larga, desde atrás, entre sus patas)

ENCABO.— Y recuerden ustedes que Samuel empezó la faena dándole mucha distancia al toro y, muy probablemente, la cierre en la cercanía más absoluta.

ARNÁS.— ¡Bieeeennnggg!

SIXTO.— Muy paciente está con el toro además, eh.

ARNÁS.— Está con actitud y diligencia de veterano.

SIXTO.— La corrida de momento, los dos de Montalvo que se han lidiado, buena condición, pero les está faltando ese puntito de emoción, de casta para que trascienda más lo realizado en el ruedo por parte de los diestros. Una pena. Pero tanto Ismael Martín como ahora Samuel Navalón están demostrando una dimensión notable. Muy seguro, en el sitio que está pisandooo el joven nacido en Ayora.

ENCABO.— Y está ahí. Metido entre los pitones. Probablemente se saque la muleta por detrás, ahí está, para ejecutar una besentina (¿?).

SIXTO.— Muy cosida la embestida en la muleta. El alarde de valor. Ahí está, fíjense, llegándoleee los pitones al bordado de la chaquetilla. Y el desplante

ENCABO.— Muy bien con la muleta.

SIXTO.— Demostración de valor de Samuel Navalón.

ARNÁS.— Y no volvió a caerse el toro eh.

ENCABO Y SIXTO.— Naaaa.

ARNÁS.— ... En la faena de muleta.

SIXTO.— Qué pena que no transmitiera un poquito más.

ARNÁS.— La transmisión porque... Y además lo necesita Samuel Navalón. Que un toro le ponga ese más.

ENCABO.— Pues sí. Porque son toreros que son dominadores, poderosos y que decía yo antes que están con la hierba en la boca y necesitan que esto se mueva para llegar arriba. Fíjense por dónde se ha pasado los pitones.

ARNÁS.— Eggque no le puedes poner un pero a la actuación de Samuel.

SIXTO.— Va a cerrar con ma..., con bernadinas.

OTRO.— Y hay pro... Protestas en el 7 (risas). Bueno pues cuando más aplauden unos, es el efecto rebote.

SIXTO.— Desarmado (se le desmonta la muleta con la primera bernadina). Ahí vuelve, a colocarse, Samuel Navalón.

ENCABO.— Qué cerca le pasó ahí.

SIXTO.— Cuidado.

ENCABO.— Ichhh.

SIXTO.— El cierre de faena.

ENCABO.— Pues ahora toca matarlo bien.

ARNÁS.— Pues sí, para irse con la conciencia totalmente tranquila entre barreras.

ENCABO.— Lo decimos en alguna ocasión. El objetivo que mucha gente se cree que tiene que tener el torero es abrir la Puerta Grande. A mí me parece que eso es casi milagroso. Lo que un torero debe marcarse es estar siempre muy por encima del lote que tengas para quedarte tranquilo. Si eso te da para salir por la Puerta Grande, bienvenido sea. Lo importante, y lo que está a nuestro alcance, es estar por encima del toro que nos ha tocao. Y ÉSTE ES EL CASO.

ARNÁS.— Suerte contraria.

SIXTO.— Estocada.

ENCABO.— ¡¿En todo lo alto?!

SIXTO.— Estocada.

ARNÁS.— El problema, Luis Miguel, e lo que dices, lo suscribo de arriba a abajo, es que luego los empresarios exigen a los apoderados contabilidad orejil.

ENCABO.— Sí, sí, sí, claro.

ARNÁS.— Y eso es muy injusto.

SIXTO.— La estadística muchas veces va reñida con lo que ha pasado en el ruedo.

ENCABO.— Esooo o que esté el papel acabao.

ARNÁS.— Bueno, eso (risas), esos casos.

SIXTO.— Estocada.

ARNÁS.— Hasta los gavilanes.

(Suena un aviso)

SIXTO.— Un punto atravesada, yo creo que es lo que le ha restado mayor rapidez, pero ahí está doblando las manos ya este tercer toro de la tarde, segundo con el hierro de Montalvo, y la ovación que se lleva Samuel Navalón, buen torero nacido en la provincia de Valencia, en Ayora. Y Vicente Herrera, ese cachetazo definitivo. Bueno, pues llegamos así, al finaaal de la primera mitad, de la primera parte de este festejo de la Feria de San Isidro en el que ha cortado, de momento, una oreja José Garrido y dos buenas actuaciones de Ismael Martín y Samuel Navalón ante dos toros que habiendo un poquito más de emoción, de chispa, de casta, pues hubiese trascendido más lo que han realizado, porque ha tenido mucho mérito. Bueno, pues, volvemos enseguida para seguir viviendo este festejo, pero antes ahí tienen, el código QR desde el que consultar toda la información taurina en nuestra web, en Telemadrid.es. Y ya saben que también pueden descargarse nuestra app en sus dispositivos para seguir la Feria de San Isidro más allá de las fronteras de nuestra región o para todo aquel que quiera volver a ver repetidas las corridas que emitimos todas las tardes aquí, en Telemadrid.

viernes, 5 de junio de 2026

XXV de San Isidro 2026. Sólo lo malo es verdad

En un ejercicio de honestidad con uno mismo, la crónica de esta tarde va en crudo, con las notas tomadas directamente sobre la piedra. Porque esta tauromaquia en la que sólo lo malo es verdad no merece más (ni tanto):

Una raspa. Mira a toriles porque anhela morir ahí dentro, sin pelear. Sale picado y prueba ya la arena en el recibo de Uceda. Va andando al caballo; empuja, le pegan trasero, se encela. En el segundo puyazo acude pronto a por un picotazo. Se distrae al cite del primer banderillero, que pasa en falso. Protestas en vano por la flojera. El toro saca la castita juampedrera y la lengua cuando el matador coge la muleta, que sigue y persigue y que Uceda se la pone y se la quita sin fiarse. Se hace el toro con él. Media atravesada. Descabella a la segunda.

Sale otro novillo. «Toooro toooro». Se cae como el anterior en otra verónica de recibo. Hay toros bravos, mansos y areneros: con querencia por la arena. Flojísimo. Lo devuelven. Se va obediente y felizmente a toriles entre sus hermanos bueyes. Quizá ése era su destino.

Ahora una birria de Montalvo, se para también junto a toriles. Sale cagado y lleno de mierda. Recibe tres lanzadas en el primer encuentro. Ya saca la lengua. Los pelitos del morrillo. Recibe otra lanzada doble horrible. La lengua hipnótica. Muleta. En el segundo lance por bajo aterriza durante varios metros. Por la derecha el toro lo apura y Clemente luego no lo agobia. Pases y más pases, en un bar. Todo despegado. Golletazo y varios puntillazos.

Un coloradito anovillado con su manchita blanca en la bragada, señal de inmaculado. Buen primer puyazo. Segundo puyazo en mejor sitio y el toro cumple. Quita Uceda, sin lucimiento. Responde Aguado por chicuelinas sobaqueras, algunas sin darlas. Toreo fantasma. El pica era Espartaco. Se despunta el pitón izquierdo. ¿Merengue? Aguado respira aliviado porque antes del tercer par el toro saca la lengua. No le gusta: cabecea el torero, no el toro. «Educar a los públicos». Manda narices. Pase y carrerita. Pose y carrerita. Como una modelo, pero corriendo en vez de andando. Se sale de la suerte suprema y se tira abajo. Otra vez igual. Casi entera atravesada. Segundo descabello, con pinchazos en el hocico del toro: su educación.

Otro torete protestado. Verónicas aturulladas de recibo, el toro con codicia y humillando. Bien agarrado en el primer encuentro. El toro también es arenero. Más trasero el segundo puyazo, el toro sale pronto y vuelve para no recibir castigo. Quite del «uy» de Clemente. Se cae al ir al encuentro del primer par. Sánchez clava pasado. Embiste bien el toro en el capote de brega. Por bajo y a la zurda, pronto. Deslucida la serie entre las caídas y los trallazos del torero. Sin acoplarse y sin inspiración. No le ha cogido la distancia. Uceda actúa como un búmer: a lo jubilado. Media bien ejecutada, perpendicular.

Mediogayola. Casi le rebana la cabeza francesa. Un toro sería la guillotina española. Toro negro, más serio. Aprieta mucho, también en el caballo. Buena pelea. Casta. Buen par el tercero, del segundo. Con la muleta Clemente está a merced. Terrenos de adentro, el toro se hace el señor, pero el torero no rehúye. Una tanda al final con la derecha, un gran derechazo por dentro y el toro se ha sentido podido. Cambia a la zurda. Ensarta con un pitón el muslo del torero, lo levanta, lo zarandea y lo lanza. Terrorífico. Estaba colocándose haciendo el numerito mirando al tendido y el toro, celoso de su sitio, no ha dudado. Al hule se lo llevan muchos brazos de subalterno. Pasan helicópteros: ¿el Papa? ¿No llegaba mañana? Lo mata Uceda.

Otro bichejo feo y con cara de lelo. Hastío. Nada. Nada. Iván García clavaría hasta en granito. Aguado, nada. Pero nada, nada. Nada de nada. Todo arte es inútil, pero ¿y si el «artista» es el inútil? Hemos visto la lengua de todos los toros. ¿En cuántas tardes ha sucedido eso? Aguado medio lo mata y parece que pide perdón. Hay que verlo más y, a poder ser, con la misma mierda de animalejos.

martes, 2 de junio de 2026

XXII de San Isidro 2026. Una montera lanzada contra las tablas (o la pelea entre Minutero, de Escolar, y Damián Castaño)

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas.

Y antes, salía Minutero de toriles entre palmas y el ruedo se llenaba de toro. Justo lo que no pasó en Aranjuez este domingo porque actuaba el dios del toreo y sólo puede ser él el que lo llene. Castaño recibía al burel saliéndose hacia el centro como podía. Lo dejó bien y largo en sus tres encuentros con el jaco, en los que recibió tres puyazos caídos sin emplearse y de los que quiso salir pronto. Siempre hizo hilo al que lo quiso colocar para ser picado. Hasta tres veces persiguió a los hombres que lo querían disponer para el segundo puyazo, como no queriendo que huyeran de él. Como nuestros partidos cuando quieren huir de la corrupción. La casta. A Rubén Sánchez, nada más comenzar la brega, el toro lo lanzó a los aires, cayó, también su capote sobre el toro, y, tras un caos, se lo llevaron por el callejón con la cara llena de sangre. Corrían banderilleros tras las tablas y por delante de ellas, sufriendo horrores para clavar los palitroques. Todos se movían abajo y arriba, en los tendidos, nadie movía una pestaña. Salió el matador con la montera calada, como hacía Esplá. Minutero lo esperaba. Fue Castaño hacia él y empezó por bajo, a lo que el toro respondió con un NO más claro que el que Mouliaá le dio a Errejón. Habían sido cuatro pases y ya no podíamos dejar de mirar; ya la emoción nos iba a mantener en vilo hasta el fin. Con la muleta bamboleada por el aire y en su mano derecha volvió a por el toro. Así empezó y siguió una batalla en la que un tieso de Salamanca, un hombre como cualquiera de nosotros, que habrá hecho ya su declaración de la renta, que tendrá su hipoteca, su familia, sus aficiones, sus dilemas, sus contradicciones, sus negocios, su ideología, su historia y, en fin, un simple hombre que ponía delante de esa fiera su corazón y un trapo rojo y, así, se nos hacía un héroe. Eso hacía Castaño, que fracasaba, pero perserveraba. Firme, aguantaba el parón del toro, la mirada aviesa o que ni lo dejara colocarse; soportaba hasta que se detuviera a pensar cómo darle una cornada en medio del pase, o eso parecía, que el toro cavilaba y cavilaba para hacer el mal, como si lo dirigiera un demonio. El torero se entregaba, pero no podía con Minutero. Y ahí estábamos todos con Castaño, metidos en su traje, sudando, resoplando y viviendo, sin importar nada más que esa lucha con ese toro, sin acordarnos de nuestra miserable existencia y, a la vez, experimentándola con la mayor de las intensidades. Siguió Castaño hasta que pudo robarle dos series meritísimas con la diestra, de tres o cuatro pases, tragando y tirando de él. Aplaudíamos naturalmente y porque por algún lado, nuestras palmas, debía salir la emoción. Con la zocata el toro sólo se dejó birlar uno o dos naturales espléndidos. Lo que no se dejó Minutero fue que Castaño le diera un sólo pase de pecho. Ni uno, a diferencia de los que recibieron los cacareados Ganador o Cantaor. El matador resopló y se alejó del toro, que lo miraba.

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas y, en ese golpe silencioso, se nos devolvía de golpe toda nuestra insignificancia.

¿Qué somos? Somos lo que habíamos sido esos últimos seis o siete minutos. Somos seres-para-la muerte y la muerte, que es la nuestra, la de cada uno, era Minutero. Y pensábamos en que no podía tener mejor nombre un toro así de fiero, que nos recuerda que los minutos, el tiempo es lo que nos atraviesa.

A Castaño ya sabíamos que también se le atraviesa la suerte suprema: la de matar, qué ironía. Pinchó en su primer intento y Minutero se vistió por última vez de parca yéndose a por él como un auténtico cabrón. Castaño se arrojó al suelo, Minutero se volvió a por él y apareció el capote de Toñete para devolverle al torero la vida que se le iba. Castaño volvió y, en la suerte natural, dejó una estocada delantera y muy caída que no hizo apenas daño al toro que siguió con la boca cerrada hasta el golpe certero de verduguillo. Las mulillas arrastraron a Minutero bajo una sonora ovación y Castaño dio una merecida vuelta al ruedo. Nos mirábamos y nos descubríamos en la emoción de haber sobrevivido a una guerra.

Minutero destacaba así en una señora corrida de toros de José Escolar inmejorablemente presentada, en la que todos sus toros fueron recibidos entre aplausos, tres de ellos (tercero, quinto y sexto) fueron arrastrados igual, en la que casi ninguno se dejó banderillear, y ninguno se empleó en sus segundos o terceros puyazos que fueron ejecutados vilmente, en la que todos vendieron cara su vida, se fueron sin una estocada digna y sin saber la longitud, aspecto y consistencia de sus lenguas, en la que todos parecía que pensaban, que dudaban o que, incluso, tenían intención, la de coger, de perseguir al que se ponía en su camino, de quitarse esas telas que los burlaban, la voluntad de no dejarse birlar pases y, en fin, de que no cupiera hoy eso del «arte», que se manifiesta a través de las poses hipersexualizadas de un torero, de un macho humano, frente a un animalejo subdesarrollado que ansía ser abusado, que está fabricado para ser profanado, y delante de un público que festeja la violación en directo y, a poder ser, en un ambiente báquico.

Una tarde de mucho aire y con ese toro con el que uno habría sido el mayor fan juliano si El Poderoso hubiera tenido a bien haberlo lidiado.

Pepe Moral cazcaleó y dio al soso y flojo primero la misma cantidad de pases que es capaz de recibir un huanpedro o alguno de sus derivados, pero sin sacarnos su sin hueso. Hubo algún muletazo decente en el número cincuenta y tres o cincuenta y cuatro, quizá, pero nadie le hacía ya caso, como al niño que se pasa un buen rato intentando desbloquear una nueva habilidad, llamando incesantemente la atención de los adultos («¡Mira, papá, mira lo que hago!») y, al final, medio le sale cuando ya nadie atiende. Con el cuarto, no supo ni por dónde empezar. Cazcaleó aquí con las manos, si es que eso fuera posible, pasando la muleta de la una a la otra y así pasó su tarde. Estoqueó y descabelló mal.

Castaño en el exigente y peligroso segundo, que fue horrorosamente picado por Richi Romero (creo que tengo en casa de mis padres un flyer de Falkata de un RRPP con el mismo nombre), hizo un esfuerzo ímprobo por arrebatarle dos muletazos seguidos. Lo logró en una serie con la diestra al final, cruzándose y provocando la embestida con un toque. Pinchó en la suerte natural, luego en la contraria y, de nuevo en la natural, dejó una estocada delantera, atravesada, perpendicular y casi entera.

Gómez del Pilar salió toreramente con el tercero hacia el centro. Un toro que remató en el burladero del 7 y se estampó contra el del 9. Hay algo viril, un vacío que llena ese ataque del toro contra las tablas, como si fuéramos nosotros los que arremetemos contra esta sociedad feble. Nos birló un tercer puyazo y el toro, vengándonos, le ganó rotundamente la partida en la muleta. Faenó muy cerrado por el aire y no apostó más que al final de una larguísima faena. Pinchó tres veces saliéndose y, con el toro entero, quiso descabellar. Lo intentó amenazando el récord de esta Feria de Aguado y a la nosecuantas logró el golpe justo de cruceta, a punto del tercer aviso. Con el sexto, un toro humillador, codicioso y de cierta listeza que no fue picado y dificultó sobremanera la cosa banderilleril, Gómez del Pilar necesitó decenas y decenas de pases hasta comprender que había que cruzarse y dar un toque, porque el toro era obediente, pero mironcete, y así dejó alguna tanda templada de naturales con la zurda y con la diestra. Cuando la faena estaba hecha, en su punto álgido y ya había sonado un aviso, decidió dar dos series más, peores, claro. Suponemos que su apoderado, Juan de Padua, y el propio matador sabían que estaban ante uno de Escolar y en Madrid, aunque quizá no habrían pasado por La Castellana y no se habían percatado de que está convertida en una gran plató para la telecomunicación de los mensajes de León XIV. Dejó una media caída saliéndose de la suerte y, de nuevo, decidió coger el descabello. Sonó otro aviso, se libró de una cornada y lo consiguió descabellar.

Después nos fuimos a casa, felices de estar vivos.

sábado, 23 de mayo de 2026

Feria chica (sobre Cantaor)


Guadalajara está de Feria chica. Un amigo ha subido una historia a Instagram y ahí se ve. El sol de junio cayendo en mayo sobre una plaza. Una mujer, una abuela vestida de verano bajo el calor velando por su nieto, que bota una pelota, solo, como los columpios que presiden la plazuela y que, igual que están ahí, están en cualquier lugar; toboganes y balancines estandarizados, sin alma, que son parte de nuestro imaginario para empobrecerlo y volvernos, casi sin remedio, replicables.

Hay también gente a la sombra vestida igual, de blanco: son de una peña. Se oye a una charanga, aunque no se la llega a ver. Tocan «La Canción del Mariachi»:

Ay-ay, ay-ay
Ay-ay, mi amor
¡Ay, mi morena de mi corazón!

En sus instrumentos, la canción suena a melancolía, a destemple.

La ciudad está de fiesta, pero apenas hay movimiento. Nadie baila, todo está parado. Sólo se bebe, con la esperanza de que nada cambie, que otro año más todo siga igual.

La vista entonces se va hacia arriba, a los árboles que miran a la plazoleta y a los edificios que se asoman. Dos bloques altos de viviendas, de ladrillo y hormigón, quietos como la ciudad. Desde esas casas se oirá la música y se oteará a los peñistas, aunque parecen vacías. Los bloques son testigo y hogar de una población muerta, como casi toda Castilla, que se reanima desesperadamente con charangas y alcohol: la Feria chica.

De madrugada, alguien volverá borracho a una de esas casas. Alguien al que, quizá, le gusten los toros. Alguien que vería a Cantaor, de Victoriano del Río, en un vídeo, seguramente, y sabría de la polémica vuelta al ruedo e, incluso, de que algunos hablan de si hubiera de haber sido indultado. Se levantaría a vomitar y, tras las arcadas, aún con la cabeza sobre el váter, oiría a sus padres hablando en el salón. Sus padres, que se lo han dado todo y él se lo devuelve matándose a beber con cuarenta y tantos años, pensaría. Volvería a la cama, suponemos, mareado, pero decidido, y dispararía por fin.

En el móvil permanecería en bucle la embestida de Cantaor y la Feria chica continuaría abajo, hasta que encontrasen el cadáver.

miércoles, 20 de mayo de 2026

XI de San Isidro 2026. Jurado de jilgueros

Hoy, que el que escribe volvía a la plaza desde la farsa más rentable de la historia del toreo, nos hemos enterado de que el compañero de tendido L. es, reproduzco literalmente: «jurado de jilgueros». No sabíamos qué es lo que juzga: si el canto, el plumaje y sus tonalidades, sus dotes voladoras, o todo o nada de lo anterior, pero Google nos ha sacado de dudas. Se evalúa y puntúa el canto, la calidad, pureza y repetición de las notas (floreos, adornos, remates) y se penaliza los sonidos defectuosos o extraños según un código de canto oficial. Hemos sabido que es jurado de jilgueros al verlo hablar en inglés con un guiri, lo que nos ha sorprendido por sus más de setenta años y su nulo aspecto cosmopolita, pero por lo visto ha realizado numerosos viajes a Grecia y otros países mediterráneos para ejercer su magistratura y de ahí su glosolalia.

La cuestión es que hemos conocido todo esto durante el tedioso oficiar de Leal ante el quinto toro, el remiendo de Couto de Fornilhos, que ha sido el garbanzo negro de una corrida de Saltillo que, para entenderla adecuadamente diez años después de la emocionantísima de Cazarratas, era necesario ser algo parecido a un jurado de jilgueros, esto es, un aficionado-aficionado. La tarde de hoy, sin ser nada del otro mundo (eso es lo de Reta), no cabe en el juicio del público que se entusiasma con las lenguas y las poses, ni en la tinta de las plumas que escriben sobre volcanes y relojes. La corrida de hoy y, por ejemplo, la de Cuvillo que abrió el serial, son dos universos que discurren en paralelo. Hay una brecha que no deja de abrirse entre la afición y el taurinismo, que incluye también a su público, y que prefiere lo divertido a lo emocionante. Un abismo que sólo podría cerrarlo ese torero, aquel que realmente quisiera pasar a la historia con toros y no con marketing.

Muy a nuestro pesar, hoy no habido ningún Cazarratas con el que Carmona II realmente salvara a la tauromaquia de su continuo declive.

Los Saltillo se han dejado dar más pases de los que nos hubieran gustado, aunque todos se han ido sin torear, salvo el primero, y con la boca cerrada; todos han manseado, salvo el encastado sexto; todos recibieron puyazos traseros, caídos, rectificados o sin rectificar; y tan sólo el cuarto ha traído el peligro que esperábamos.

El primero miraba las líneas del redondel al salir y quiso mirar muy de cerca la cocorota de Venegas en el primer lance. Bien dejado para encontrarse con el picador las dos veces, en las que se dejó dar y corneó el peto. El toro medía todo, pero no obstaculizó las tafalleras de Leal en el quite, lo que nos entristeció sobremanera. ¡Un saltillo dejándose dar ese lance era ver un mundo derrumbarse, era ver a un rayo apagarse o a Ábalos entregarse a una vida virtuosa! Fernando Sánchez aguantó en la boca de riego más que Mourinho en el césped el día de los aspersores, se dejó llegar al toro muy cerca y clavó un par en su misma cara que casi lo rebasa por alto. La buena lidia de Iván García enseñó al matador las posibilidades de la noble embestida del burel. Brindó Venegas al respetable y enlazó tres series meritorias con la diestra (se cumplía la teoría de Pepe Campos sobre las faenas planteadas siempre con un inicio sobre la mano derecha y, en principio, con tres tandas). Cambió a la zocata, dio un gran natural y, en el siguiente, aguantó un parón con la cara del toro en su pecho hasta que tiró de él con gran valor. Este mal trago puede que lo llevara a volver a la diestra antes de coger el estoque. Intentó otros naturales de frente que no salieron y se tiró sobre el toro para dejar una estocada casi entera. Fernando Sánchez apuntilló certeramente y el matador saludó una merecida ovación.

El segundo tenía un aire a Cazarratas. Largo como un camino se paraba en el capote de Leal y huía, hasta que se fijó en él y lo persiguió con codicia hacia el centro del ruedo, donde el matador se lo tuvo que quitar de encima milagrosamente. Bravuconeó en el primer encuentro con el centauro y del segundo salió enseguida hacia la capa como sale una charo hacia Vito Quiles. El toro, manso, no paró de andar por el ruedo. Persiguió ciegamente a un banderillero a la salida del par y hasta el final a pesar de que otro subalterno le metió su capote en el hocico. Leal tenía prisa por brindarnos el toro, pero el animal lo vio y tuvo que detener por un momento su intención. Su hermano, creemos, cerró al toro con buen criterio en el burladero del 7 y Leal empezó por Castella. Luego siguió por el pitón derecho y continuó por el izquierdo, con el toro dejándose llevar en su mansedumbre y el torero yéndose con él, como el recogepelotas que persigue con la toalla al tenista. Tras muchos pases, mató saliéndose y soltando la muleta, que voló alto como sin querer volver al suelo hastiada de tantos meneos que había recibido. El toro se echó en toriles y fue apuntillado.

El tercero, un bello toro cárdeno y lucero, se llamaba Granadino, como el que mató a Sánchez Mejías, y metió gustosamente la cara en el recibo capotero de Juan de Castilla, que lo dejó muy bien colocado para sus choques con el Equigarce, a los que fue y de los que se fue pronto. Venegas quitó por gaoneras y no quisimos ni mirar de la vergüenza de que un saltillo soportara eso. Tres banderilleras estaban por el suelo cuando Juan de Castilla se arrodilló e inició su faena sobre la diestra (otra vez). El toro lo obligó a hacer más gimnasia que toreo. Ya de pie, y también con la diestra, dio mucha distancia al lucero que se arrancó con alegría y embestía largo y franco. Luego acortó espacios, se embarulló, cambió de mano, otra vez, estuvo sin ajuste, sin pausa, sin compromiso y, sobre todo, sin plan, mientras el toro seguía embistiendo con franqueza y hubiera seguido haciéndolo tanto o más que Ganador, y sin enseñarnos la lengua. Una maquinita de embestir (de Saltillo) y Perera en su casa. Mató Juan de Castilla de estocada hasta la bola soltando el engaño. Sonó un aviso.

El cuarto tenía una de esas caras por las que Juan Ortega huiría de la plaza como huyó de la iglesia. Se emplazó en el medio y destrozó el capote de un subalterno. De nuevo, Venegas se preocupó de ponerlo en suerte como Madrid merece, aunque el toro no respondió como se merecía y apenas peleó. Fernando Sánchez expuso mucho en su par e Iván García le dio todas las ventajas en el suyo. Venegas inició su faena por bajo y el toro lo rebañó. El matador optó por ponerse como si fuera otro toro, este se le subió a las barbas y descubrió a un hombre con ningún festejo el año pasado. Frente al genio y sentido de ese toro estaba Venegas, pero debía estar el protagonista de la mejor película taurina de la historia, por ejemplo. Mató de media estocada muy baja.

El de Couto soltó coces, probó la puya de los dos piqueros y su desbordante mansedumbre sirvió para que se lucieran Herrera corriéndolo para atrás y dejándolo así ante el caballo, y Barrero con dos pares de mérito de los que salió entero apoyándose en los palos. Luego Leal dio otra vez muchos pases y su faena se pasó descubriendo lo de los jilgueros. Sonó un aviso.

El último era enorme. Como un tren chino, frente a los que los de Talgo quedarán como los de FEVE, se fue contra el caballo y empujó mucho mientras recibía un puyazo sin medida. Juan de Castilla lo colocó bien de largo para el segundo puyazo, en el que el toro se empleó con iguales fuerza y entrega. Nos quedamos sin un tercer puyazo y, por tanto, con el recuerdo de lo que pudo ser, como de tantos otros toros. Cervantes bregó excepcionalmente, y lo cerró a una mano bajo una ovación. Juan de Castilla realizó un notable inicio por bajo, en el que se exhibieron la casta del toro y su humillación. En el tercio y no en los medios, y en la corta distancia y no en la media, con la zocata el toro se lo comió. Cambió raudo a la diestra y el toro lo desbordó hasta el final de una faena, otra vez, sin estructura, sin tirar la moneda y sin medida. ¿Dónde estaba Encabo? Llegamos a pensar que seguiría hoy también desinformando junto a Arnás. Tras varios intentos desastrosos y un aviso de por medio, lo mató de media pescuecera.

viernes, 15 de mayo de 2026

VII de San Isidro 2026. Fernando Adrián, cuatro Puertas Grandes

Fernando Adrián ha salido por cuarta vez por la Puerta Grande en menos de tres años. El dios del toreo tardó veintiocho años en abrirla por primera y segunda vez el año pasado, por ejemplo.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es de no creer. Es ver al Atleti ganar una Champions robada como las Ligas del Barsa de Negreira. Es insoportable. Es ya inaguantable verlo con esos ojos tan juntos sobre esa mandíbula prominente que forman un rostro que hubiera soñado Cuerda para Amanece Que No Es Poco. Es repulsivo verlo dar esos caderazos empotradores al aire delante del toro, que pareciera que quisiera penetrar al público peneque, aparentemente deseoso de recibir las sacudidas palpitantes de la entrepierna del torero. Es vomitivo ver esos caretos alelados del callejón que atienden a la repugnante obra del artista como si ante su vista se estuviera levantando y deshaciendo el Panteón de Adriano y que agitan sus manitas para aplaudir (¡en el callejón!) tan educadamente como introducen su pepeleta en la urna electoral. Es deprimente ver a media plaza de Madrid entregada a la vulgaridad más chabacana, a la ordinariez más trivial, a lo que Pulp dedicó su Common People, pero sin ironía, a todo lo que está mal, al Mal hecho trapazos, a lo que dura en la memoria lo mismo que esos vídeos que se pierden en un scroll infinito, a lo que no vale nada, a la nada más absoluta, a lo que uno suelta en el váter y que decidiera, en uno de esos días raros, recobrarlo con sus propias manos y llevarlo bien alzado y chorreando por casa hasta posarlo orgullosamente en la estantería de Ikea del salón entre la fotografía del viaje de novios a Japón y uno de los títulos de los tantos másteres realizados. Entristece ver a una muchedumbre lanzada a llevarlo en volandas por la calle Alcalá, a que empate con Ortega Cano o Esplá y doble en salidas a hombros al Poderoso, porque les ha inseminado con sus meneos en los que el toro lo ha toreado, o porque coleccionan acontecimientos, o porque necesitan orejas que contar en su trabajo o en su Instagram, o porque les da lástima o ternura, como pasaba con Casillas y pasa ahora con Almeida, los yernísimos de España, o porque llevan una melopea de aúpa, o porque su cara les recuerda a la del panadero del pueblo de sus suegros, o simplemente por joder, con perdón, a la afición venteña, que protesta con razón y a la que le entran ganas de ciscarse en todo, de derribar la plaza y levantar sobre sus ruinas lo que era hasta hace muy poco.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es una ignominia. La imagen que resume la situación sería la de Adrián saliendo a hombros mirando hacia atrás, sin creerse por donde sale, y la estatua de Antoñete enfrente, mirándolo con incredulidad.

Pero que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es a la vez es una aceleración, un gran paso hacia el final de esta tauromaquia caníbal, que va de triunfo en triunfo hasta el vómito final.

sábado, 9 de mayo de 2026

II de San Isidro 2026. No he visto nada de la corrida

Esta crónica es a la manera de muchos críticos taurinos: sin haber visto nada de la tarde. Lo que viene a continuación es lo que me han contado:

320 pases.
3 avisos.
Toros de La Quinta a la manera de El Freixo.
El legado del Atila de San Blas.
Tres toreros con 46 años de alternativa para deshonrar la suerte suprema.
Pa-pa-pa-oh
Pa-pa-pa-oh
¿Dónde estás, matador?
Pa-pa-pa-oh
Pa-pa-pa-oh
El de 22, Perera, en su sitio, que es fuera.
El de 19, Luque, en su momento, que es ya desde hace mucho.
El de 5, Rufo, en su pantomima, que es con la que se triunfa.
¡Matador, matador!Si todo estuviera mejor¡Matador, matador!¿A dónde vas matador?¡Matador, oh yeah!¡Matador, matador!*




* Letra de la canción «Matador» de Los Fabulosos Cadillacs, 1993

viernes, 8 de mayo de 2026

I de San Isidro 2026. Lenguas y poses

La lengua del cuarto Cuvillo se desplomaba de su boca casi al aparecer en el ruedo: la señal que precede al arte. Al huir del caballo la lengua se meneaba de un lado al otro, y del otro al uno y Talavante se frotaba las manos. ¡La de arte que se desprendía en cada salivazo y que sus muñecas debían recoger! La lengua llegó entera a la muleta y con ella hizo de la obra de Pollock un simple gotelé. Se iba tras ella ciegamente con su punta, lo único afilado en toda su morfología. Un hilo de baba unía lengua y muleta. Se palpaba el erotismo, como en los WhatsApps de Koldo. Ese apéndice excretor tras una sinuosa tela roja... Era ese Alien fálico salivando sobre la teniente Ripley. Mejor no saber qué hacía la crítica con sus manos. El torero sólo tenía que posar. Talavante posaba y posaba y la lengua no se cansaba. Podría haber estado poniendo poses hasta que la lengua cayera seca, que hubiera seguido embistiendo entre los huesos del torero. Cayó el toro de estocada caída, cayeron la lengua y el pañuelo azul. El matador se pasó su lengua por los morros al ver pasar la del toro, en claro homenaje. Se arrastraba al animal y la decencia de Madrid quedaba babeada.

Las Ventas se lame y se relame hasta que de ella sólo queden las taquillas y un cartel de "NO HAY BILLETES".

A Ortega no le vale ni la lengua. Es el artista hipermoderno: su arte empieza y termina en él, no necesita toro, le estorba. Hay que verle sin animal, sin traje y con su badajo por muleta, dándole vergazos al aire, que es su toro soñado.

domingo, 26 de abril de 2026

Dolores y Escolar en 3 Puyazos. Otra historia

Se arranca el coche gracias a la gasolina enriquecida por las guerras de los pacifistas. Se introduce el destino en el Maps del móvil. Se recuerda debidamente a todos los benditos fallecidos del alcalde de Madrid y su maratón que fuerza a la inteligencia de la app a recalcular la ruta. Se suda para alcanzar la M-30 y se sube la potencia del aire acondicionado. Se baja la radio para oír al navegador. Se sube la radio al creerse seguro en saber llegar ya a la A-1. Se pisa la A-1 y se sube más la radio, que ya se deja así. Se avanza en sentido Burgos entre vehículos movidos por planes de fin de semana, es decir, empujados por un vacío. Se viaja emboscado. Se coge la salida 34 y se inicia una travesía de rotonda en rotonda, que es esa plaza de pueblo sin pueblo, plaza para pasar y no para estar. Se pasa una última rotonda, bueno, se espera que así sea. Se aparca el coche ahí donde empieza el campo y el pueblo no sabe cómo dejar de serlo. Se ha plantado césped y un carril bici. Se encuentra la naturaleza con la moda. Se pasea por calles hechas de muretes de medio pie de ladrillo que es lo que separa lo público de lo íntimo que es, además, replicable o lo parece. Se camina también entre vehículos y alcorques vacíos. Se va entre la nada y la otra nada. Se ve que se ha logrado hacer de los pueblos, o de su parte nueva, al menos, un cementerio para los vivos que huyen de la ciudad. Se discurre por otra rotonda también como transeúnte y se tiene la funesta sensación de que la movilidad sostenible también se aplicará pronto sobre el cuerpo humano. Serás sostenible o no serás. Finalmente, se lee en un cartel: «Gracias aficionados», y, por el hueco de donde no está la coma, se entra en otro universo.

Dentro de la plaza de toros huele a fritanga. Repiquetean las campanas de la iglesia y las cigüeñas. Hay un gran redondel sin líneas de circulación.Todo se llena de gente alrededor y todos han pagado su entrada, hasta Roberto Gómez, según dicen, en lo que puede ser el mayor hito no sólo de la Feria de 3 Puyazos, sino de la tauromaquia del siglo XXI junto con la felícisima retirada de Julián. Amón, mientras, estará en el callejón de Sevilla posando como Bernard-Henri Lévy en su guerra particular. Todos allí reunidos por lo mismo: la emoción de un toro y un hombre luchando a muerte. Aficionados que ansiamos huir de la cutrez de los minutos que se pasan procrastinando sobre el váter y, en cambio, perder media vida sobre la piedra de una plaza viendo matar toros, para ver si morimos un poco menos y hasta que muramos del todo. Nuestro universo paralelo.

Salen seis toros, tres de Dolores Aguirre y tres de José Escolar. Toros de verdad, no de los que se ven en las pantallas. Toros cabezones, con flequillo, o avacados. Toros sin cuernos de merengue ni rastros del confitero. Toros que se arrancan al caballo con alegría o que se lo piensan y en los que se ve mayor duda existencial que en cualquiera de nuestros conciudadanos ante la Declaración de la Renta; toros que apuntan al torero, que lo desarman y que revientan el cartel con el otro hierro como si fuera una hoja de papel; toros que no dejan poner poses o sí, como el segundo de Escolar, y que entonces nos desagradan, o toros mansos con casta, como el tercero de Dolores, que estaríamos dispuestos a ver una y otra vez. Toros que reciben veinte puyazos, de veinte maneras distintas, ninguna merecedora de aplauso y unas cuantas con sus justas protestas e incluso broncas.

Toros que no nos muestran su lengua antes de morir, señal inequívoca de la ausencia de eso que llaman «arte» y que ha alcanzado su cénit con un señor regordío sentado en una silleja plegable de madera, con los brazos en alto y las banderillas también, cruzado de piernas como una señora esperando a la salida de misa y dejando un par al quiebro sin reunir y desigualado, tras el que el toro embistió contra la silla a lengüetadas.

Toros frente los que no hay tres artistas, sino tres tiesos: Damián Castaño, Juan de Castilla y Maxime Solera, empecinados, eso sí, en faenar para toros de lengua fuera. Sólo en los dos primeros animales se cuentan más pases que en toda la tarde de Prieto y Reta, que ya sabemos que es el universo al que aspiramos, nuestro Cielo. Y desde esas alturas, el ánimo se cae al tejer el hilo entre lo de Reta del día anterior, lo de hoy y lo que vendrá en San Isidro. Una línea continua hacia el abismo que trae aquel que salvará a la tauromaquia de los toros.

Sólo hay dos acontecimientos que adelantan, concentrada, la decadencia: los toros y el fútbol del Real Madrid.

Los toros hoy han podido con los hombres, incapaces de matarlos como merecen. Sólo Castaño ha estado a la altura del meloso pitón derecho de su Escolar.

Se vuelve a la realidad, que es bajar por la A-1 sentido Madrid. Y la carga se alivia pensando en que aunque Almeidón nos obligase a ir corriendo hasta San Agustín del Guadalix, iríamos con la misma ilusión.

Sánchez Vara debió sacar la silla con el de Reta y cambiar así la historia.

domingo, 12 de abril de 2026

Morantadas

Esta es una humilde colección de cursilerías, dislates y memeces recientes de destacados plumillas sobre Morante: morantadas para que ustedes juzguen Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'
, esto es, si en el torero está el torero... o el mercadólogo.

MORANTADAS

Morante nos trae, del Cielo, la Gracia toreadora.

Andrés Amorós


Se desmayaba Morante al natural, se enroscaba la embestida del toro hasta hacerse indisociables el uno y el otro. Una coreografía de belleza y asombro cuya intensidad repercutió en la incredulidad de los espectadores reunidos en el mirador atlántico de Nazaré. Bien lo conocen los aficionados al surf porque allí se propagan olas gigantes y proezas homéricas, aunque el temple de Morante —señor de las arenas y de los mares— domeñó el océano, el espacio y el tiempo.

Rubén Amón 


La expectación que precedía a Morante de la Puebla colapsó Las Ventas. Toreaba el mejor de los toreros. Alguien gritó "¡acuérdate de Sevilla!". Y a las 19.11 MdlP se acordaba de Sevilla, la fragua y la forja del toreo. Jugados apenas los brazos, apenas los vuelos, trenzó una madeja de verónicas ingrávidas que caían por su propio peso en un palmo de terreno. El temple en sus muñecas y en el fondo de un toro de clase extraordinaria, esa manera de volcar la cara, el poder exacto. Y sobre esa piedra de la bravura tamizada de calidad edificó una ensoñación, una faena de un clasicismo absoluto, durmiendo el toreo con una embestida que a veces se dormía. A veces gateaba. Despacio fluía la maestría. Como se ama y se canta.

La obra fue un tratado bíblico del bien hacer. Del toreo fundamental sublimado, ligado de verdad, hundido en sus talones, embrocado con pecho, cintura y compás, salpicado de carteles de toros, de trincherillas chispeantes, cambios de mano profundos, un natural que aún revolotea.

Zabala de la Serna


¿Y ahora qué, José Antonio? ¿Qué hacemos? ¿Cómo nos acostumbramos? Yo creía que te llevabas las manos a la cabeza de la emoción sobrepasada, después del costalazo cervical y después del triunfo. Después de volver al ruedo tambaleante y descolorido para rendir Madrid.

Aún no ha doblado el último toro y pienso que no haber sabido verte bien es una maldición que se llevarán muchos a la tumba. Pobre del que no alcanzó a entender tu misterio. Qué equivocado y qué ciego hay que estar. Había que estar, en pasado. 

Juanma Lamet


Es lo que sucede con Morante, que no existe para dar calor de brasero a una tribu sentimental sino para inquietar, para alterar lo establecido y para devolver el toreo a la intemperie en la que habita la creación en carne viva, una creación que puede ser clásica o rupturista, pero no identitaria ni conservadora.

José F. Peláez 


Y si se compara, parecen de cartón y no de seda los capotes de los demás cuando se trata de la joya singular del toreo de capa: la verónica. Dibujada tan despacio que hasta podía distinguirse nítidamente el color nilo de las vueltas del capote de Morante, ni grande ni pequeño, muy ligero, que parece variar de tamaño al desplegarse. El toro del estreno se había parado al cabo de apenas una docena de viajes. Morante se dio el gusto de acariciarle el pitón en un desplante frontal con la mano izquierda. Sin que pareciera un alarde, porque realmente no lo era.

Barquerito


Morante bajó el capote y mandó parar al toro. Tanto aguantó en la cara de Gentil, que parecía decirle a los fotógrafos “¿La tenéis ya?”. Después, cuatro verónicas celestiales y una media que, en el momento del envío de esta crónica, todavía no habrá terminado. Con la muleta, sacó al paso al toro a los medios, con esa naturalidad que debería llamarse “morantina”, y se fue a esos terrenos en los que sólo él se pone para cuajar dos primorosas tandas con la derecha. Por el pitón izquierdo sacó todo lo que Gentil tenía, casi nada, y lo mató con la machacona costumbre de jamás perder un trofeo con la espada. Dos orejas y su grito de guerra en el tendido: “Jo-sean-tonio, Moran-tede-lapuebla”. A algún aficionado le pareció mucho premio, pero hace tiempo que dejé de preocuparme por el rigor de los trofeos de Morante. Como si eso importara lo más mínimo ante la inmensidad de lo que estamos viviendo.

Luis Enríquez 


Y a estas alturas, ya pocos dudan de la dimensión mítica de Morante de la Puebla, un nombre ya ajeno al circo humano y perteneciente a ese universo paralelo donde habitan los entes de carácter divino o heroico.

Morante trasciende el ego, se olvida de sí mismo y se hace uno con el toro, danzando con la bestia a cámara lenta, en un compás que genera una inmensa armonía visual.

Morante ama a su enemigo. Como los buenos guerreros. Por eso exige toros de embestida retorcida.

Morante se templa y ralentiza el embiste del toro, dándole a sus muletazos una inmensa plasticidad y desenvoltura.

Pero, como la renuncia de Benedicto XVI, la retirada de Morante tiene un regusto crepuscular. Persisten, eso sí, sus magistrales faenas, que se repiten una vez tras otra en las plazas de la eternidad.

Luis Landeira


El encanto de un natural me superó. El infinito frente a los límites, la dimensión, la genialidad del artista que juega con el tiempo. Cinco naturales expresaron las formas geométricas abiertas para que uno de ellos no acabara nunca. El recorrido de una tela roja imantada a las puntas de dos pitones que quiere llegar a un todo sin fin. Absorto me quedé contemplando la perfección que aviva el alma. La inspiración de un genio en majestuosa abstracción. El placer ante la creación de un arte efímero perfectamente diseñado. Desesperadamente bello.

Pocos ha llevado la geometría del natural a tales extremos. Curva cerrada deteniendo el tiempo con terminación compleja muy atrás. Muy atrás de la cadera. Ese momento que nunca ocurre y puede ocurrir en cualquier momento. Mas aún ocurrió en un instante. Enorme, inédito, impactante y emocionante. Un milagro, que no es una excepción en el hacer de la lidia, un milagro es, sencillamente, algo que no puede explicarse.
Quejido potente en los completos y extraordinario trazos. Naturales esenciales que glorificaron el toreo. Todos iguales, todos distintos y, uno, de excelencia suprema. Uno, y para qué más. Uno extremadamente despacio que rezumó torería por cada poro de la piel de quien lo esculpió. Un natural que hizo suyo antes de entregárselo a la gente que emocionada le aclamaba. Uno permanece en la retina tras la decepcionante y nefasta tarde de toros mansos y flojos con los que se finiquitó la temporada en la Maestranza. Lo modeló Morante de la Puebla, quién si no.

Quien se ha convertido en torero de culto. El heterodoxo y original. Quien está abierto a las múltiples influencias taurómacas. Todo un creador de estilos que sintetiza fielmente el toreo de todas las épocas. Desde el más primerizo hasta el arrebatado lirismo de propio cuño. La excelencia irrenunciable para comprender la magia de un torero. De un genio universal.

Manuel Viera


Creo que Morante de la Puebla es consciente de todo ello. En su interesante proceso de autoconstrucción, ha superado todos los corsés de la tradición, del intérprete y de la audiencia y se dedica a dejar más una impronta que una ejecución. Y no lo tomen como un impresionismo, un quite que ya ha pagado la entrada. Nada de eso. Es pura expresión. Simplemente, este torero ya no está obsesionado con la impasibilidad del actor ante una representación diaria en el teatro o con la adecuación de la audiencia de un concierto de piano. Él sabe que puede pasar del gesto de majeza a la profunda expresión emocional sin ningún problema y transmitiendo al público que acude a la plaza mucho más que cualquier otro intérprete en cualquier otra manifestación y ante cualquier otra audiencia. Es profundamente consciente de ese diálogo entre calle y escenario y lo maneja desde hace tiempo como yo no he visto nunca a nadie hacerlo. Porque juega con la muerte, con su destreza y con la escena, porque mejora y dignifica a su antagonista, sea de la condición que sea, y con todo ello, emociona a su público; por eso, es el mayor intérprete vivo que hay ahora mismo en el mundo.

David González Romero

domingo, 5 de abril de 2026

La metamorfosis (o cómo el taurinismo desprecia al toro de lidia)

Cuando un famoso periodista taurino se despertó henchido de ego como tantas otras mañanas, se encontró solo y tumbado en su cama convertido en un monstruoso toro de El Freixo.

Lo primero que hizo fue pensar en que si le había tocado de la noche a la mañana ser un toro, qué suerte poder serlo de la casta juliana.

Lo segundo en lo que pensó fue en su pelo, en si conservaría su preciada melena negra. Intentó tocarse la cabeza con sus manos, pero ahora tenía pezuñas y sólo alcanzó a pellizcarse la tripa, que parecía más fofa que antes.

Todavía tumbado de lado, le hubiera gustado poder mirar en el espejo su nuevo aspecto, pero no tenía ganas de levantarse y, a la vez, sentía la extraña necesidad de someterse sin miramientos a cualquier voluntad ajena.

La radio se encendió automáticamente como todas las mañanas para oír a Federico cuando sintió un instinto impetuoso por hacer lo que esa voz dijera, ya fuera comprar productos de Nuggela & Sulé, lanzarse a una hipoteca inversa de Óptima Mayores o irse a morir por la libertad del pueblo iraní. Antes de ser un toro también sentía que debía hacer caso a esa vocecilla, pero ahora lo ansiaba.

Su rabo se movía solo y no sabía controlarlo. «Mata moscas con el rabo...», canturreó en su cabeza y, acto seguido, cayó en que esa mañana había quedado con Rafael Garrido justo cuando sonó el timbre de casa. El sonido, o que se trataba de quien se trataba, le provocó una erección involuntaria y se sintió muy incómodo, pero no avergonzado. Trató otra vez de levantarse. Tras unos segundos se convenció de que realmente no quería, así que dejó de engañarse intentándolo.

La puerta de la habitación se abrió y pudo ver la cara de pánico del señor Garrido fugazmente antes del portazo. Él ni se movió. Oía voces al otro lado e intentó hablar. «Muuuu, mu mu muuu, muuuuuu», dijo hasta que se dio cuenta de que los toros no hablan y que esos bramidos los asustarían aún más, así que se calló y siguió cómodamente asobinado.

Pasó un buen rato sin escuchar a nadie y empezó a sentir hambre. Era lo único que lo llevaba de verdad a querer moverse. Cuando había decidido firmemente levantarse a comer, la puerta se abrió de nuevo y un fusil asomó en manos de Florito, que disparó, y él empezó a sentirse entumecido.

Ya adormilado, oyó parte de la conversación: «¿Dónde coño está nuestro hombre? ¿Y qué hace un toro de El Juli en su cama?» (...) «Será uno de los de esta tarde, llamad al maestro, anda» (...) «¿Y tú no oíste nada esta mañana? Porque acostarse con un toro no sé cómo será, pero ruido tiene que hacer de cojones» (...) «A esto sí que se le puede llamar poner los cuernos» (...) «Pues pa mí que este animal tiene un aire a nuestro amigo, eh. Mirad ese flequillito que cae sobre la frente... a ver si va a ser él» (...) «Oye, ¿está afeitado, no? Que necesitamos sustos, pero no sangre» (...) «Sí, Julián dice que es uno de los de esta tarde, que lo llevemos a la plaza».

El efecto de la droga evitó que se enterara de cómo lo sacaron de la habitación, lo transportaron y enchiqueraron.

Estaba ya a punto de salir de toriles cuando recobró plenamente la consciencia. Se puso de pie por primera vez y todo su cuerpo temblaba. Quizá sólo estuviera hecho para yacer.

Seguía teniendo hambre, así que olisqueó el suelo, pero sólo dio con restos de sangre y heces. Tenía otra vez muchas ganas de echarse. Escuchó pisadas por el techo que se detuvieron cuando una luz repentina lo cegó, sintió un pinchazo en el morrillo y las ganas de ser sometido, de obedecer, y de servir pudieron con el hambre y la pereza. Una puerta se abrió, avanzó y salió a un pasillo con una luz al final. Lo recorrió y sintió que volvía a nacer.

Estaba en el ruedo. Empezó a correr sin ton ni son. Luego corrió allí donde se movía una capa e iba de una a otra como un perrito tras una pelotita o un liberal tras una guerra.

El público pitaba y protestaba por su nulo trapío, pero «¿qué sabrán estos?», pensó. «Ya les gustaría ser yo», aunque no se hubiera visto en el espejo.

En una de las vueltas salió un hombre, el matador, que era Morante de La Puebla, y él no pudo hacer otra cosa que seguir la capa sin estorbarlo. Se sentía dichoso. A él le había tocado Morante, «¿qué más puede desear un toro que que le toque morir a manos del mayor artista de la historia?» y mientras se deleitaba con ello, también pensaba en que lo único que no podía hacer era poner dificultades, y vaya que si cumplió con su cometido. Se sentía muy feliz y lo expresó sacando su lengua, que ya no volvería a guardar. Aunque también se apenó, porque ya no tenía una lengua humana para contarlo ni manos para escribirlo, y esto último le dolió mucho porque él tenía en muy alta estima su escritura.

Salió el picador y no supo si ir hacia él o no. Decidió dejarse llevar, es decir, que decidieran otros por él y así, sin querer, chocó contra el caballo. El puyazo le dolió mucho y huyó de él pronto. No debía exagerar su mansedumbre, por lo que no se fue muy lejos. Sin embargo, no pudo ocultar su flojedad, y al doblar de sus manos notaba cómo se desparramaban sus carnes sebosas. En el segundo puyazo se dejó dar más, no fuera que llegase al final con más fuerza de la debida, lo que provocó su caída al salir del encuentro. Se desplomó sobre la arena como se despertó sobre la cama, y ahí estaba, lleno de júbilo, encantado de verse ahí tumbado, entregado, con su vientre, lo más vulnerable, expuesto a lo desconocido: nunca había estado tan cómodo. Le daban igual los pitos. «Ojalá quedarme así y ver desde aquí la gran obra que creará el maestro». Mientras unas manos agarraban sus cuernos y otras su rabo, nunca dudó de su naturaleza, nunca dudó entre ser un toro o una birria. Fue levantado.

Dejó a los banderilleros que clavaran sin apuros y sin lucimiento, pues él estaba destinado a la muleta, a llenar de sus babas esa tela roja y servir a la expresión artística de Morante, como un wáter le sirvió a Duchamp.

Había llegado por fin a la faena tal y como lo deseaba su matador: agotado. Tenía la fuerza justa, esa que lo llevaba a obedecer y a contribuir al triunfo del artista.

Hubo un momento en que se sintió humillado y por un instante quiso arremeter contra el torero, ser un toro fiero, indómito, impredecible, "agreste" o ser, al menos, un toro de lidia. En ese mismo instante sintió el deseo de volver a ser humano y de gritar que él quería dejar de ser un toro para el arte.

El instante pasó. Él no podía caer en eso, de manera que se arrojó a ser lo que debía ser, aunque ello fuera lo que un toro nunca debía ser.

Se entregó a la muerte como se entregó en vida: felizmente alienado. Sus dos orejas fueron a manos de Morante y fue arrastrado por las mulillas con una sonrisa en la boca.

Murió y, en otro lugar, muy lejos de allí, estiraba sus patas por primera vez una cría de Dolores Aguirre.

Un toro ha cogido a mi padre

Un toro ha cogido a mi padre. Yo lo he visto por el móvil, sentado en el váter. Justo cuando venía la cogida, el toro y él se han salido del...