Cuando un famoso periodista taurino se despertó henchido de ego como tantas otras mañanas, se encontró solo y tumbado en su cama convertido en un monstruoso toro de El Freixo.
Lo primero que hizo fue pensar en que si le había tocado de la noche a la mañana ser un toro, qué suerte poder serlo de la casta juliana.
Lo segundo en lo que pensó fue en su pelo, en si conservaría su preciada melena negra. Intentó tocarse la cabeza con sus manos, pero ahora tenía pezuñas y sólo alcanzó a pellizcarse la tripa, que parecía más fofa que antes.
Todavía tumbado de lado, le hubiera gustado poder mirar en el espejo su nuevo aspecto, pero no tenía ganas de levantarse y, a la vez, sentía la extraña necesidad de someterse sin miramientos a cualquier voluntad ajena.
La radio se encendió automáticamente como todas las mañanas para oír a Federico cuando sintió un instinto impetuoso por hacer lo que esa voz dijera, ya fuera comprar productos de Nuggela & Sulé, lanzarse a una hipoteca inversa de Óptima Mayores o irse a morir por la libertad del pueblo iraní. Antes de ser un toro también sentía que debía hacer caso a esa vocecilla, pero ahora lo ansiaba.
Su rabo se movía solo y no sabía controlarlo. «Mata moscas con el rabo...», canturreó en su cabeza y, acto seguido, cayó en que esa mañana había quedado con Rafael Garrido justo cuando sonó el timbre de casa. El sonido, o que se trataba de quien se trataba, le provocó una erección involuntaria y se sintió muy incómodo, pero no avergonzado. Trató otra vez de levantarse. Tras unos segundos se convenció de que realmente no quería, así que dejó de engañarse intentándolo.
La puerta de la habitación se abrió y pudo ver la cara de pánico del señor Garrido fugazmente antes del portazo. Él ni se movió. Oía voces al otro lado e intentó hablar. «Muuuu, mu mu muuu, muuuuuu», dijo hasta que se dio cuenta de que los toros no hablan y que esos bramidos los asustarían aún más, así que se calló y siguió cómodamente asobinado.
Pasó un buen rato sin escuchar a nadie y empezó a sentir hambre. Era lo único que lo llevaba de verdad a querer moverse. Cuando había decidido firmemente levantarse a comer, la puerta se abrió de nuevo y un fusil asomó en manos de Florito, que disparó, y él empezó a sentirse entumecido.
Ya adormilado, oyó parte de la conversación: «¿Dónde coño está nuestro hombre? ¿Y qué hace un toro de El Juli en su cama?» (...) «Será uno de los de esta tarde, llamad al maestro, anda» (...) «¿Y tú no oíste nada esta mañana? Porque acostarse con un toro no sé cómo será, pero ruido tiene que hacer de cojones» (...) «A esto sí que se le puede llamar poner los cuernos» (...) «Pues pa mí que este animal tiene un aire a nuestro amigo, eh. Mirad ese flequillito que cae sobre la frente... a ver si va a ser él» (...) «Oye, ¿está afeitado, no? Que necesitamos sustos, pero no sangre» (...) «Sí, Julián dice que es uno de los de esta tarde, que lo llevemos a la plaza».
El efecto de la droga evitó que se enterara de cómo lo sacaron de la habitación, lo transportaron y enchiqueraron.
Estaba ya a punto de salir de toriles cuando recobró plenamente la consciencia. Se puso de pie por primera vez y todo su cuerpo temblaba. Quizá sólo estuviera hecho para yacer.
Seguía teniendo hambre, así que olisqueó el suelo, pero sólo dio con restos de sangre y heces. Tenía otra vez muchas ganas de echarse. Escuchó pisadas por el techo que se detuvieron cuando una luz repentina lo cegó, sintió un pinchazo en el morrillo y las ganas de ser sometido, de obedecer, y de servir pudieron con el hambre y la pereza. Una puerta se abrió, avanzó y salió a un pasillo con una luz al final. Lo recorrió y sintió que volvía a nacer.
Estaba en el ruedo. Empezó a correr sin ton ni son. Luego corrió allí donde se movía una capa e iba de una a otra como un perrito tras una pelotita o un liberal tras una guerra.
El público pitaba y protestaba por su nulo trapío, pero «¿qué sabrán estos?», pensó. «Ya les gustaría ser yo», aunque no se hubiera visto en el espejo.
En una de las vueltas salió un hombre, el matador, que era Morante de La Puebla, y él no pudo hacer otra cosa que seguir la capa sin estorbarlo. Se sentía dichoso. A él le había tocado Morante, «¿qué más puede desear un toro que que le toque morir a manos del mayor artista de la historia?» y mientras se deleitaba con ello, también pensaba en que lo único que no podía hacer era poner dificultades, y vaya que si cumplió con su cometido. Se sentía muy feliz y lo expresó sacando su lengua, que ya no volvería a guardar. Aunque también se apenó, porque ya no tenía una lengua humana para contarlo ni manos para escribirlo, y esto último le dolió mucho porque él tenía en muy alta estima su escritura.
Salió el picador y no supo si ir hacia él o no. Decidió dejarse llevar, es decir, que decidieran otros por él y así, sin querer, chocó contra el caballo. El puyazo le dolió mucho y huyó de él pronto. No debía exagerar su mansedumbre, por lo que no se fue muy lejos. Sin embargo, no pudo ocultar su flojedad, y al doblar de sus manos notaba cómo se desparramaban sus carnes sebosas. En el segundo puyazo se dejó dar más, no fuera que llegase al final con más fuerza de la debida, lo que provocó su caída al salir del encuentro. Se desplomó sobre la arena como se despertó sobre la cama, y ahí estaba, lleno de júbilo, encantado de verse ahí tumbado, entregado, con su vientre, lo más vulnerable, expuesto a lo desconocido: nunca había estado tan cómodo. Le daban igual los pitos. «Ojalá quedarme así y ver desde aquí la gran obra que creará el maestro». Mientras unas manos agarraban sus cuernos y otras su rabo, nunca dudó de su naturaleza, nunca dudó entre ser un toro o una birria. Fue levantado.
Dejó a los banderilleros que clavaran sin apuros y sin lucimiento, pues él estaba destinado a la muleta, a llenar de sus babas esa tela roja y servir a la expresión artística de Morante, como un wáter le sirvió a Duchamp.
Había llegado por fin a la faena tal y como lo deseaba su matador: agotado. Tenía la fuerza justa, esa que lo llevaba a obedecer y a contribuir al triunfo del artista.
Hubo un momento en que se sintió humillado y por un instante quiso arremeter contra el torero, ser un toro fiero, indómito, impredecible, "agreste" o ser, al menos, un toro de lidia. En ese mismo instante sintió el deseo de volver a ser humano y de gritar que él quería dejar de ser un toro para el arte.
El instante pasó. Él no podía caer en eso, de manera que se arrojó a ser lo que debía ser, aunque ello fuera lo que un toro nunca debía ser.
Se entregó a la muerte como se entregó en vida: felizmente alienado. Sus dos orejas fueron a manos de Morante y fue arrastrado por las mulillas con una sonrisa en la boca.
Murió y, en otro lugar, muy lejos de allí, estiraba sus patas por primera vez una cría de Dolores Aguirre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario