viernes, 15 de mayo de 2026

VII de San Isidro 2026. Fernando Adrián, cuatro Puertas Grandes

Fernando Adrián ha salido por cuarta vez por la Puerta Grande en menos de tres años. El dios del toreo tardó veintiocho años en abrirla por primera y segunda vez el año pasado, por ejemplo.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es de no creer. Es ver al Atleti ganar una Champions robada como las Ligas del Barsa de Negreira. Es insoportable. Es ya inaguantable verlo con esos ojos tan juntos sobre esa mandíbula prominente que forman un rostro que hubiera soñado Cuerda para Amanece Que No Es Poco. Es repulsivo verlo dar esos caderazos empotradores al aire delante del toro, que pareciera que quisiera penetrar al público peneque, aparentemente deseoso de recibir las sacudidas palpitantes de la entrepierna del torero. Es vomitivo ver esos caretos alelados del callejón que atienden a la repugnante obra del artista como si ante su vista se estuviera levantando y deshaciendo el Panteón de Adriano y que agitan sus manitas para aplaudir (¡en el callejón!) tan educadamente como introducen su pepeleta en la urna electoral. Es deprimente ver a media plaza de Madrid entregada a la vulgaridad más chabacana, a la ordinariez más trivial, a lo que Pulp dedicó su Common People, pero sin ironía, a todo lo que está mal, al Mal hecho trapazos, a lo que dura en la memoria lo mismo que esos vídeos que se pierden en un scroll infinito, a lo que no vale nada, a la nada más absoluta, a lo que uno suelta en el váter y que decidiera, en uno de esos días raros, recobrarlo con sus propias manos y llevarlo bien alzado y chorreando por casa hasta posarlo orgullosamente en la estantería de Ikea del salón entre la fotografía del viaje de novios a Japón y uno de los títulos de los tantos másteres realizados. Entristece ver a una muchedumbre lanzada a llevarlo en volandas por la calle Alcalá, a que empate con Ortega Cano o Esplá y doble en salidas a hombros al Poderoso, porque les ha inseminado con sus meneos en los que el toro lo ha toreado, o porque coleccionan acontecimientos, o porque necesitan orejas que contar en su trabajo o en su Instagram, o porque les da lástima o ternura, como pasaba con Casillas y pasa ahora con Almeida, los yernísimos de España, o porque llevan una melopea de aúpa, o porque su cara les recuerda a la del panadero del pueblo de sus suegros, o simplemente por joder, con perdón, a la afición venteña, que protesta con razón y a la que le entran ganas de ciscarse en todo, de derribar la plaza y levantar sobre sus ruinas lo que era hasta hace muy poco.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es una ignominia. La imagen que resume la situación sería la de Adrián saliendo a hombros mirando hacia atrás, sin creerse por donde sale, y la estatua de Antoñete enfrente, mirándolo con incredulidad.

Pero que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es a la vez es una aceleración, un gran paso hacia el final de esta tauromaquia caníbal, que va de triunfo en triunfo hasta el vómito final.

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