miércoles, 20 de mayo de 2026

XI de San Isidro 2026. Jurado de jilgueros

Hoy, que el que escribe volvía a la plaza desde la farsa más rentable de la historia del toreo, nos hemos enterado de que el compañero de tendido L. es, reproduzco literalmente: «jurado de jilgueros». No sabíamos qué es lo que juzga: si el canto, el plumaje y sus tonalidades, sus dotes voladoras, o todo o nada de lo anterior, pero Google nos ha sacado de dudas. Se evalúa y puntúa el canto, la calidad, pureza y repetición de las notas (floreos, adornos, remates) y se penaliza los sonidos defectuosos o extraños según un código de canto oficial. Hemos sabido que es jurado de jilgueros al verlo hablar en inglés con un guiri, lo que nos ha sorprendido por sus más de setenta años y su nulo aspecto cosmopolita, pero por lo visto ha realizado numerosos viajes a Grecia y otros países mediterráneos para ejercer su magistratura y de ahí su glosolalia.

La cuestión es que hemos conocido todo esto durante el tedioso oficiar de Leal ante el quinto toro, el remiendo de Couto de Fornilhos, que ha sido el garbanzo negro de una corrida de Saltillo que, para entenderla adecuadamente diez años después de la emocionantísima de Cazarratas, era necesario ser algo parecido a un jurado de jilgueros, esto es, un aficionado-aficionado. La tarde de hoy, sin ser nada del otro mundo (eso es lo de Reta), no cabe en el juicio del público que se entusiasma con las lenguas y las poses, ni en la tinta de las plumas que escriben sobre volcanes y relojes. La corrida de hoy y, por ejemplo, la de Cuvillo que abrió el serial, son dos universos que discurren en paralelo. Hay una brecha que no deja de abrirse entre la afición y el taurinismo, que incluye también a su público, y que prefiere lo divertido a lo emocionante. Un abismo que sólo podría cerrarlo ese torero, aquel que realmente quisiera pasar a la historia con toros y no con marketing.

Muy a nuestro pesar, hoy no habido ningún Cazarratas con el que Carmona II realmente salvara a la tauromaquia de su continuo declive.

Los Saltillo se han dejado dar más pases de los que nos hubieran gustado, aunque todos se han ido sin torear, salvo el primero, y con la boca cerrada; todos han manseado, salvo el encastado sexto; todos recibieron puyazos traseros, caídos, rectificados o sin rectificar; y tan sólo el cuarto ha traído el peligro que esperábamos.

El primero miraba las líneas del redondel al salir y quiso mirar muy de cerca la cocorota de Venegas en el primer lance. Bien dejado para encontrarse con el picador las dos veces, en las que se dejó dar y corneó el peto. El toro medía todo, pero no obstaculizó las tafalleras de Leal en el quite, lo que nos entristeció sobremanera. ¡Un saltillo dejándose dar ese lance era ver un mundo derrumbarse, era ver a un rayo apagarse o a Ábalos entregarse a una vida virtuosa! Fernando Sánchez aguantó en la boca de riego más que Mourinho en el césped el día de los aspersores, se dejó llegar al toro muy cerca y clavó un par en su misma cara que casi lo rebasa por alto. La buena lidia de Iván García enseñó al matador las posibilidades de la noble embestida del burel. Brindó Venegas al respetable y enlazó tres series meritorias con la diestra (se cumplía la teoría de Pepe Campos sobre las faenas planteadas siempre con un inicio sobre la mano derecha y, en principio, con tres tandas). Cambió a la zocata, dio un gran natural y, en el siguiente, aguantó un parón con la cara del toro en su pecho hasta que tiró de él con gran valor. Este mal trago puede que lo llevara a volver a la diestra antes de coger el estoque. Intentó otros naturales de frente que no salieron y se tiró sobre el toro para dejar una estocada casi entera. Fernando Sánchez apuntilló certeramente y el matador saludó una merecida ovación.

El segundo tenía un aire a Cazarratas. Largo como un camino se paraba en el capote de Leal y huía, hasta que se fijó en él y lo persiguió con codicia hacia el centro del ruedo, donde el matador se lo tuvo que quitar de encima milagrosamente. Bravuconeó en el primer encuentro con el centauro y del segundo salió enseguida hacia la capa como sale una charo hacia Vito Quiles. El toro, manso, no paró de andar por el ruedo. Persiguió ciegamente a un banderillero a la salida del par y hasta el final a pesar de que otro subalterno le metió su capote en el hocico. Leal tenía prisa por brindarnos el toro, pero el animal lo vio y tuvo que detener por un momento su intención. Su hermano, creemos, cerró al toro con buen criterio en el burladero del 7 y Leal empezó por Castella. Luego siguió por el pitón derecho y continuó por el izquierdo, con el toro dejándose llevar en su mansedumbre y el torero yéndose con él, como el recogepelotas que persigue con la toalla al tenista. Tras muchos pases, mató saliéndose y soltando la muleta, que voló alto como sin querer volver al suelo hastiada de tantos meneos que había recibido. El toro se echó en toriles y fue apuntillado.

El tercero, un bello toro cárdeno y lucero, se llamaba Granadino, como el que mató a Sánchez Mejías, y metió gustosamente la cara en el recibo capotero de Juan de Castilla, que lo dejó muy bien colocado para sus choques con el Equigarce, a los que fue y de los que se fue pronto. Venegas quitó por gaoneras y no quisimos ni mirar de la vergüenza de que un saltillo soportara eso. Tres banderilleras estaban por el suelo cuando Juan de Castilla se arrodilló e inició su faena sobre la diestra (otra vez). El toro lo obligó a hacer más gimnasia que toreo. Ya de pie, y también con la diestra, dio mucha distancia al lucero que se arrancó con alegría y embestía largo y franco. Luego acortó espacios, se embarulló, cambió de mano, otra vez, estuvo sin ajuste, sin pausa, sin compromiso y, sobre todo, sin plan, mientras el toro seguía embistiendo con franqueza y hubiera seguido haciéndolo tanto o más que Ganador, y sin enseñarnos la lengua. Una maquinita de embestir (de Saltillo) y Perera en su casa. Mató Juan de Castilla de estocada hasta la bola soltando el engaño. Sonó un aviso.

El cuarto tenía una de esas caras por las que Juan Ortega huiría de la plaza como huyó de la iglesia. Se emplazó en el medio y destrozó el capote de un subalterno. De nuevo, Venegas se preocupó de ponerlo en suerte como Madrid merece, aunque el toro no respondió como se merecía y apenas peleó. Fernando Sánchez expuso mucho en su par e Iván García le dio todas las ventajas en el suyo. Venegas inició su faena por bajo y el toro lo rebañó. El matador optó por ponerse como si fuera otro toro, este se le subió a las barbas y descubrió a un hombre con ningún festejo el año pasado. Frente al genio y sentido de ese toro estaba Venegas, pero debía estar el protagonista de la mejor película taurina de la historia, por ejemplo. Mató de media estocada muy baja.

El de Couto soltó coces, probó la puya de los dos piqueros y su desbordante mansedumbre sirvió para que se lucieran Herrera corriéndolo para atrás y dejándolo así ante el caballo, y Barrero con dos pares de mérito de los que salió entero apoyándose en los palos. Luego Leal dio otra vez muchos pases y su faena se pasó descubriendo lo de los jilgueros. Sonó un aviso.

El último era enorme. Como un tren chino, frente a los que los de Talgo quedarán como los de FEVE, se fue contra el caballo y empujó mucho mientras recibía un puyazo sin medida. Juan de Castilla lo colocó bien de largo para el segundo puyazo, en el que el toro se empleó con iguales fuerza y entrega. Nos quedamos sin un tercer puyazo y, por tanto, con el recuerdo de lo que pudo ser, como de tantos otros toros. Cervantes bregó excepcionalmente, y lo cerró a una mano bajo una ovación. Juan de Castilla realizó un notable inicio por bajo, en el que se exhibieron la casta del toro y su humillación. En el tercio y no en los medios, y en la corta distancia y no en la media, con la zocata el toro se lo comió. Cambió raudo a la diestra y el toro lo desbordó hasta el final de una faena, otra vez, sin estructura, sin tirar la moneda y sin medida. ¿Dónde estaba Encabo? Llegamos a pensar que seguiría hoy también desinformando junto a Arnás. Tras varios intentos desastrosos y un aviso de por medio, lo mató de media pescuecera.

viernes, 15 de mayo de 2026

VII de San Isidro 2026. Fernando Adrián, cuatro Puertas Grandes

Fernando Adrián ha salido por cuarta vez por la Puerta Grande en menos de tres años. El dios del toreo tardó veintiocho años en abrirla por primera y segunda vez el año pasado, por ejemplo.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es de no creer. Es ver al Atleti ganar una Champions robada como las Ligas del Barsa de Negreira. Es insoportable. Es ya inaguantable verlo con esos ojos tan juntos sobre esa mandíbula prominente que forman un rostro que hubiera soñado Cuerda para Amanece Que No Es Poco. Es repulsivo verlo dar esos caderazos empotradores al aire delante del toro, que pareciera que quisiera penetrar al público peneque, aparentemente deseoso de recibir las sacudidas palpitantes de la entrepierna del torero. Es vomitivo ver esos caretos alelados del callejón que atienden a la repugnante obra del artista como si ante su vista se estuviera levantando y deshaciendo el Panteón de Adriano y que agitan sus manitas para aplaudir (¡en el callejón!) tan educadamente como introducen su pepeleta en la urna electoral. Es deprimente ver a media plaza de Madrid entregada a la vulgaridad más chabacana, a la ordinariez más trivial, a lo que Pulp dedicó su Common People, pero sin ironía, a todo lo que está mal, al Mal hecho trapazos, a lo que dura en la memoria lo mismo que esos vídeos que se pierden en un scroll infinito, a lo que no vale nada, a la nada más absoluta, a lo que uno suelta en el váter y que decidiera, en uno de esos días raros, recobrarlo con sus propias manos y llevarlo bien alzado y chorreando por casa hasta posarlo orgullosamente en la estantería de Ikea del salón entre la fotografía del viaje de novios a Japón y uno de los títulos de los tantos másteres realizados. Entristece ver a una muchedumbre lanzada a llevarlo en volandas por la calle Alcalá, a que empate con Ortega Cano o Esplá y doble en salidas a hombros al Poderoso, porque les ha inseminado con sus meneos en los que el toro lo ha toreado, o porque coleccionan acontecimientos, o porque necesitan orejas que contar en su trabajo o en su Instagram, o porque les da lástima o ternura, como pasaba con Casillas y pasa ahora con Almeida, los yernísimos de España, o porque llevan una melopea de aúpa, o porque su cara les recuerda a la del panadero del pueblo de sus suegros, o simplemente por joder, con perdón, a la afición venteña, que protesta con razón y a la que le entran ganas de ciscarse en todo, de derribar la plaza y levantar sobre sus ruinas lo que era hasta hace muy poco.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es una ignominia. La imagen que resume la situación sería la de Adrián saliendo a hombros mirando hacia atrás, sin creerse por donde sale, y la estatua de Antoñete enfrente, mirándolo con incredulidad.

Pero que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es a la vez es una aceleración, un gran paso hacia el final de esta tauromaquia caníbal, que va de triunfo en triunfo hasta el vómito final.

sábado, 9 de mayo de 2026

II de San Isidro 2026. No he visto nada de la corrida

Esta crónica es a la manera de muchos críticos taurinos: sin haber visto nada de la tarde. Lo que viene a continuación es lo que me han contado:

320 pases.
3 avisos.
Toros de La Quinta a la manera de El Freixo.
El legado del Atila de San Blas.
Tres toreros con 46 años de alternativa para deshonrar la suerte suprema.
Pa-pa-pa-oh
Pa-pa-pa-oh
¿Dónde estás, matador?
Pa-pa-pa-oh
Pa-pa-pa-oh
El de 22, Perera, en su sitio, que es fuera.
El de 19, Luque, en su momento, que es ya desde hace mucho.
El de 5, Rufo, en su pantomima, que es con la que se triunfa.
¡Matador, matador!Si todo estuviera mejor¡Matador, matador!¿A dónde vas matador?¡Matador, oh yeah!¡Matador, matador!*




* Letra de la canción «Matador» de Los Fabulosos Cadillacs, 1993

viernes, 8 de mayo de 2026

I de San Isidro 2026. Lenguas y poses

La lengua del cuarto Cuvillo se desplomaba de su boca casi al aparecer en el ruedo: la señal que precede al arte. Al huir del caballo la lengua se meneaba de un lado al otro, y del otro al uno y Talavante se frotaba las manos. ¡La de arte que se desprendía en cada salivazo y que sus muñecas debían recoger! La lengua llegó entera a la muleta y con ella hizo de la obra de Pollock un simple gotelé. Se iba tras ella ciegamente con su punta, lo único afilado en toda su morfología. Un hilo de baba unía lengua y muleta. Se palpaba el erotismo, como en los WhatsApps de Koldo. Ese apéndice excretor tras una sinuosa tela roja... Era ese Alien fálico salivando sobre la teniente Ripley. Mejor no saber qué hacía la crítica con sus manos. El torero sólo tenía que posar. Talavante posaba y posaba y la lengua no se cansaba. Podría haber estado poniendo poses hasta que la lengua cayera seca, que hubiera seguido embistiendo entre los huesos del torero. Cayó el toro de estocada caída, cayeron la lengua y el pañuelo azul. El matador se pasó su lengua por los morros al ver pasar la del toro, en claro homenaje. Se arrastraba al animal y la decencia de Madrid quedaba babeada.

Las Ventas se lame y se relame hasta que de ella sólo queden las taquillas y un cartel de "NO HAY BILLETES".

A Ortega no le vale ni la lengua. Es el artista hipermoderno: su arte empieza y termina en él, no necesita toro, le estorba. Hay que verle sin animal, sin traje y con su badajo por muleta, dándole vergazos al aire, que es su toro soñado.

domingo, 26 de abril de 2026

Dolores y Escolar en 3 Puyazos. Otra historia

Se arranca el coche gracias a la gasolina enriquecida por las guerras de los pacifistas. Se introduce el destino en el Maps del móvil. Se recuerda debidamente a todos los benditos fallecidos del alcalde de Madrid y su maratón que fuerza a la inteligencia de la app a recalcular la ruta. Se suda para alcanzar la M-30 y se sube la potencia del aire acondicionado. Se baja la radio para oír al navegador. Se sube la radio al creerse seguro en saber llegar ya a la A-1. Se pisa la A-1 y se sube más la radio, que ya se deja así. Se avanza en sentido Burgos entre vehículos movidos por planes de fin de semana, es decir, empujados por un vacío. Se viaja emboscado. Se coge la salida 34 y se inicia una travesía de rotonda en rotonda, que es esa plaza de pueblo sin pueblo, plaza para pasar y no para estar. Se pasa una última rotonda, bueno, se espera que así sea. Se aparca el coche ahí donde empieza el campo y el pueblo no sabe cómo dejar de serlo. Se ha plantado césped y un carril bici. Se encuentra la naturaleza con la moda. Se pasea por calles hechas de muretes de medio pie de ladrillo que es lo que separa lo público de lo íntimo que es, además, replicable o lo parece. Se camina también entre vehículos y alcorques vacíos. Se va entre la nada y la otra nada. Se ve que se ha logrado hacer de los pueblos, o de su parte nueva, al menos, un cementerio para los vivos que huyen de la ciudad. Se discurre por otra rotonda también como transeúnte y se tiene la funesta sensación de que la movilidad sostenible también se aplicará pronto sobre el cuerpo humano. Serás sostenible o no serás. Finalmente, se lee en un cartel: «Gracias aficionados», y, por el hueco de donde no está la coma, se entra en otro universo.

Dentro de la plaza de toros huele a fritanga. Repiquetean las campanas de la iglesia y las cigüeñas. Hay un gran redondel sin líneas de circulación.Todo se llena de gente alrededor y todos han pagado su entrada, hasta Roberto Gómez, según dicen, en lo que puede ser el mayor hito no sólo de la Feria de 3 Puyazos, sino de la tauromaquia del siglo XXI junto con la felícisima retirada de Julián. Amón, mientras, estará en el callejón de Sevilla posando como Bernard-Henri Lévy en su guerra particular. Todos allí reunidos por lo mismo: la emoción de un toro y un hombre luchando a muerte. Aficionados que ansiamos huir de la cutrez de los minutos que se pasan procrastinando sobre el váter y, en cambio, perder media vida sobre la piedra de una plaza viendo matar toros, para ver si morimos un poco menos y hasta que muramos del todo. Nuestro universo paralelo.

Salen seis toros, tres de Dolores Aguirre y tres de José Escolar. Toros de verdad, no de los que se ven en las pantallas. Toros cabezones, con flequillo, o avacados. Toros sin cuernos de merengue ni rastros del confitero. Toros que se arrancan al caballo con alegría o que se lo piensan y en los que se ve mayor duda existencial que en cualquiera de nuestros conciudadanos ante la Declaración de la Renta; toros que apuntan al torero, que lo desarman y que revientan el cartel con el otro hierro como si fuera una hoja de papel; toros que no dejan poner poses o sí, como el segundo de Escolar, y que entonces nos desagradan, o toros mansos con casta, como el tercero de Dolores, que estaríamos dispuestos a ver una y otra vez. Toros que reciben veinte puyazos, de veinte maneras distintas, ninguna merecedora de aplauso y unas cuantas con sus justas protestas e incluso broncas.

Toros que no nos muestran su lengua antes de morir, señal inequívoca de la ausencia de eso que llaman «arte» y que ha alcanzado su cénit con un señor regordío sentado en una silleja plegable de madera, con los brazos en alto y las banderillas también, cruzado de piernas como una señora esperando a la salida de misa y dejando un par al quiebro sin reunir y desigualado, tras el que el toro embistió contra la silla a lengüetadas.

Toros frente los que no hay tres artistas, sino tres tiesos: Damián Castaño, Juan de Castilla y Maxime Solera, empecinados, eso sí, en faenar para toros de lengua fuera. Sólo en los dos primeros animales se cuentan más pases que en toda la tarde de Prieto y Reta, que ya sabemos que es el universo al que aspiramos, nuestro Cielo. Y desde esas alturas, el ánimo se cae al tejer el hilo entre lo de Reta del día anterior, lo de hoy y lo que vendrá en San Isidro. Una línea continua hacia el abismo que trae aquel que salvará a la tauromaquia de los toros.

Sólo hay dos acontecimientos que adelantan, concentrada, la decadencia: los toros y el fútbol del Real Madrid.

Los toros hoy han podido con los hombres, incapaces de matarlos como merecen. Sólo Castaño ha estado a la altura del meloso pitón derecho de su Escolar.

Se vuelve a la realidad, que es bajar por la A-1 sentido Madrid. Y la carga se alivia pensando en que aunque Almeidón nos obligase a ir corriendo hasta San Agustín del Guadalix, iríamos con la misma ilusión.

Sánchez Vara debió sacar la silla con el de Reta y cambiar así la historia.

domingo, 12 de abril de 2026

Morantadas

Esta es una humilde colección de cursilerías, dislates y memeces recientes de destacados plumillas sobre Morante: morantadas para que ustedes juzguen Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'
, esto es, si en el torero está el torero... o el mercadólogo.

MORANTADAS

Morante nos trae, del Cielo, la Gracia toreadora.

Andrés Amorós


Se desmayaba Morante al natural, se enroscaba la embestida del toro hasta hacerse indisociables el uno y el otro. Una coreografía de belleza y asombro cuya intensidad repercutió en la incredulidad de los espectadores reunidos en el mirador atlántico de Nazaré. Bien lo conocen los aficionados al surf porque allí se propagan olas gigantes y proezas homéricas, aunque el temple de Morante —señor de las arenas y de los mares— domeñó el océano, el espacio y el tiempo.

Rubén Amón 


La expectación que precedía a Morante de la Puebla colapsó Las Ventas. Toreaba el mejor de los toreros. Alguien gritó "¡acuérdate de Sevilla!". Y a las 19.11 MdlP se acordaba de Sevilla, la fragua y la forja del toreo. Jugados apenas los brazos, apenas los vuelos, trenzó una madeja de verónicas ingrávidas que caían por su propio peso en un palmo de terreno. El temple en sus muñecas y en el fondo de un toro de clase extraordinaria, esa manera de volcar la cara, el poder exacto. Y sobre esa piedra de la bravura tamizada de calidad edificó una ensoñación, una faena de un clasicismo absoluto, durmiendo el toreo con una embestida que a veces se dormía. A veces gateaba. Despacio fluía la maestría. Como se ama y se canta.

La obra fue un tratado bíblico del bien hacer. Del toreo fundamental sublimado, ligado de verdad, hundido en sus talones, embrocado con pecho, cintura y compás, salpicado de carteles de toros, de trincherillas chispeantes, cambios de mano profundos, un natural que aún revolotea.

Zabala de la Serna


¿Y ahora qué, José Antonio? ¿Qué hacemos? ¿Cómo nos acostumbramos? Yo creía que te llevabas las manos a la cabeza de la emoción sobrepasada, después del costalazo cervical y después del triunfo. Después de volver al ruedo tambaleante y descolorido para rendir Madrid.

Aún no ha doblado el último toro y pienso que no haber sabido verte bien es una maldición que se llevarán muchos a la tumba. Pobre del que no alcanzó a entender tu misterio. Qué equivocado y qué ciego hay que estar. Había que estar, en pasado. 

Juanma Lamet


Es lo que sucede con Morante, que no existe para dar calor de brasero a una tribu sentimental sino para inquietar, para alterar lo establecido y para devolver el toreo a la intemperie en la que habita la creación en carne viva, una creación que puede ser clásica o rupturista, pero no identitaria ni conservadora.

José F. Peláez 


Y si se compara, parecen de cartón y no de seda los capotes de los demás cuando se trata de la joya singular del toreo de capa: la verónica. Dibujada tan despacio que hasta podía distinguirse nítidamente el color nilo de las vueltas del capote de Morante, ni grande ni pequeño, muy ligero, que parece variar de tamaño al desplegarse. El toro del estreno se había parado al cabo de apenas una docena de viajes. Morante se dio el gusto de acariciarle el pitón en un desplante frontal con la mano izquierda. Sin que pareciera un alarde, porque realmente no lo era.

Barquerito


Morante bajó el capote y mandó parar al toro. Tanto aguantó en la cara de Gentil, que parecía decirle a los fotógrafos “¿La tenéis ya?”. Después, cuatro verónicas celestiales y una media que, en el momento del envío de esta crónica, todavía no habrá terminado. Con la muleta, sacó al paso al toro a los medios, con esa naturalidad que debería llamarse “morantina”, y se fue a esos terrenos en los que sólo él se pone para cuajar dos primorosas tandas con la derecha. Por el pitón izquierdo sacó todo lo que Gentil tenía, casi nada, y lo mató con la machacona costumbre de jamás perder un trofeo con la espada. Dos orejas y su grito de guerra en el tendido: “Jo-sean-tonio, Moran-tede-lapuebla”. A algún aficionado le pareció mucho premio, pero hace tiempo que dejé de preocuparme por el rigor de los trofeos de Morante. Como si eso importara lo más mínimo ante la inmensidad de lo que estamos viviendo.

Luis Enríquez 


Y a estas alturas, ya pocos dudan de la dimensión mítica de Morante de la Puebla, un nombre ya ajeno al circo humano y perteneciente a ese universo paralelo donde habitan los entes de carácter divino o heroico.

Morante trasciende el ego, se olvida de sí mismo y se hace uno con el toro, danzando con la bestia a cámara lenta, en un compás que genera una inmensa armonía visual.

Morante ama a su enemigo. Como los buenos guerreros. Por eso exige toros de embestida retorcida.

Morante se templa y ralentiza el embiste del toro, dándole a sus muletazos una inmensa plasticidad y desenvoltura.

Pero, como la renuncia de Benedicto XVI, la retirada de Morante tiene un regusto crepuscular. Persisten, eso sí, sus magistrales faenas, que se repiten una vez tras otra en las plazas de la eternidad.

Luis Landeira


El encanto de un natural me superó. El infinito frente a los límites, la dimensión, la genialidad del artista que juega con el tiempo. Cinco naturales expresaron las formas geométricas abiertas para que uno de ellos no acabara nunca. El recorrido de una tela roja imantada a las puntas de dos pitones que quiere llegar a un todo sin fin. Absorto me quedé contemplando la perfección que aviva el alma. La inspiración de un genio en majestuosa abstracción. El placer ante la creación de un arte efímero perfectamente diseñado. Desesperadamente bello.

Pocos ha llevado la geometría del natural a tales extremos. Curva cerrada deteniendo el tiempo con terminación compleja muy atrás. Muy atrás de la cadera. Ese momento que nunca ocurre y puede ocurrir en cualquier momento. Mas aún ocurrió en un instante. Enorme, inédito, impactante y emocionante. Un milagro, que no es una excepción en el hacer de la lidia, un milagro es, sencillamente, algo que no puede explicarse.
Quejido potente en los completos y extraordinario trazos. Naturales esenciales que glorificaron el toreo. Todos iguales, todos distintos y, uno, de excelencia suprema. Uno, y para qué más. Uno extremadamente despacio que rezumó torería por cada poro de la piel de quien lo esculpió. Un natural que hizo suyo antes de entregárselo a la gente que emocionada le aclamaba. Uno permanece en la retina tras la decepcionante y nefasta tarde de toros mansos y flojos con los que se finiquitó la temporada en la Maestranza. Lo modeló Morante de la Puebla, quién si no.

Quien se ha convertido en torero de culto. El heterodoxo y original. Quien está abierto a las múltiples influencias taurómacas. Todo un creador de estilos que sintetiza fielmente el toreo de todas las épocas. Desde el más primerizo hasta el arrebatado lirismo de propio cuño. La excelencia irrenunciable para comprender la magia de un torero. De un genio universal.

Manuel Viera


Creo que Morante de la Puebla es consciente de todo ello. En su interesante proceso de autoconstrucción, ha superado todos los corsés de la tradición, del intérprete y de la audiencia y se dedica a dejar más una impronta que una ejecución. Y no lo tomen como un impresionismo, un quite que ya ha pagado la entrada. Nada de eso. Es pura expresión. Simplemente, este torero ya no está obsesionado con la impasibilidad del actor ante una representación diaria en el teatro o con la adecuación de la audiencia de un concierto de piano. Él sabe que puede pasar del gesto de majeza a la profunda expresión emocional sin ningún problema y transmitiendo al público que acude a la plaza mucho más que cualquier otro intérprete en cualquier otra manifestación y ante cualquier otra audiencia. Es profundamente consciente de ese diálogo entre calle y escenario y lo maneja desde hace tiempo como yo no he visto nunca a nadie hacerlo. Porque juega con la muerte, con su destreza y con la escena, porque mejora y dignifica a su antagonista, sea de la condición que sea, y con todo ello, emociona a su público; por eso, es el mayor intérprete vivo que hay ahora mismo en el mundo.

David González Romero

domingo, 5 de abril de 2026

La metamorfosis (o cómo el taurinismo desprecia al toro de lidia)

Cuando un famoso periodista taurino se despertó henchido de ego como tantas otras mañanas, se encontró solo y tumbado en su cama convertido en un monstruoso toro de El Freixo.

Lo primero que hizo fue pensar en que si le había tocado de la noche a la mañana ser un toro, qué suerte poder serlo de la casta juliana.

Lo segundo en lo que pensó fue en su pelo, en si conservaría su preciada melena negra. Intentó tocarse la cabeza con sus manos, pero ahora tenía pezuñas y sólo alcanzó a pellizcarse la tripa, que parecía más fofa que antes.

Todavía tumbado de lado, le hubiera gustado poder mirar en el espejo su nuevo aspecto, pero no tenía ganas de levantarse y, a la vez, sentía la extraña necesidad de someterse sin miramientos a cualquier voluntad ajena.

La radio se encendió automáticamente como todas las mañanas para oír a Federico cuando sintió un instinto impetuoso por hacer lo que esa voz dijera, ya fuera comprar productos de Nuggela & Sulé, lanzarse a una hipoteca inversa de Óptima Mayores o irse a morir por la libertad del pueblo iraní. Antes de ser un toro también sentía que debía hacer caso a esa vocecilla, pero ahora lo ansiaba.

Su rabo se movía solo y no sabía controlarlo. «Mata moscas con el rabo...», canturreó en su cabeza y, acto seguido, cayó en que esa mañana había quedado con Rafael Garrido justo cuando sonó el timbre de casa. El sonido, o que se trataba de quien se trataba, le provocó una erección involuntaria y se sintió muy incómodo, pero no avergonzado. Trató otra vez de levantarse. Tras unos segundos se convenció de que realmente no quería, así que dejó de engañarse intentándolo.

La puerta de la habitación se abrió y pudo ver la cara de pánico del señor Garrido fugazmente antes del portazo. Él ni se movió. Oía voces al otro lado e intentó hablar. «Muuuu, mu mu muuu, muuuuuu», dijo hasta que se dio cuenta de que los toros no hablan y que esos bramidos los asustarían aún más, así que se calló y siguió cómodamente asobinado.

Pasó un buen rato sin escuchar a nadie y empezó a sentir hambre. Era lo único que lo llevaba de verdad a querer moverse. Cuando había decidido firmemente levantarse a comer, la puerta se abrió de nuevo y un fusil asomó en manos de Florito, que disparó, y él empezó a sentirse entumecido.

Ya adormilado, oyó parte de la conversación: «¿Dónde coño está nuestro hombre? ¿Y qué hace un toro de El Juli en su cama?» (...) «Será uno de los de esta tarde, llamad al maestro, anda» (...) «¿Y tú no oíste nada esta mañana? Porque acostarse con un toro no sé cómo será, pero ruido tiene que hacer de cojones» (...) «A esto sí que se le puede llamar poner los cuernos» (...) «Pues pa mí que este animal tiene un aire a nuestro amigo, eh. Mirad ese flequillito que cae sobre la frente... a ver si va a ser él» (...) «Oye, ¿está afeitado, no? Que necesitamos sustos, pero no sangre» (...) «Sí, Julián dice que es uno de los de esta tarde, que lo llevemos a la plaza».

El efecto de la droga evitó que se enterara de cómo lo sacaron de la habitación, lo transportaron y enchiqueraron.

Estaba ya a punto de salir de toriles cuando recobró plenamente la consciencia. Se puso de pie por primera vez y todo su cuerpo temblaba. Quizá sólo estuviera hecho para yacer.

Seguía teniendo hambre, así que olisqueó el suelo, pero sólo dio con restos de sangre y heces. Tenía otra vez muchas ganas de echarse. Escuchó pisadas por el techo que se detuvieron cuando una luz repentina lo cegó, sintió un pinchazo en el morrillo y las ganas de ser sometido, de obedecer, y de servir pudieron con el hambre y la pereza. Una puerta se abrió, avanzó y salió a un pasillo con una luz al final. Lo recorrió y sintió que volvía a nacer.

Estaba en el ruedo. Empezó a correr sin ton ni son. Luego corrió allí donde se movía una capa e iba de una a otra como un perrito tras una pelotita o un liberal tras una guerra.

El público pitaba y protestaba por su nulo trapío, pero «¿qué sabrán estos?», pensó. «Ya les gustaría ser yo», aunque no se hubiera visto en el espejo.

En una de las vueltas salió un hombre, el matador, que era Morante de La Puebla, y él no pudo hacer otra cosa que seguir la capa sin estorbarlo. Se sentía dichoso. A él le había tocado Morante, «¿qué más puede desear un toro que que le toque morir a manos del mayor artista de la historia?» y mientras se deleitaba con ello, también pensaba en que lo único que no podía hacer era poner dificultades, y vaya que si cumplió con su cometido. Se sentía muy feliz y lo expresó sacando su lengua, que ya no volvería a guardar. Aunque también se apenó, porque ya no tenía una lengua humana para contarlo ni manos para escribirlo, y esto último le dolió mucho porque él tenía en muy alta estima su escritura.

Salió el picador y no supo si ir hacia él o no. Decidió dejarse llevar, es decir, que decidieran otros por él y así, sin querer, chocó contra el caballo. El puyazo le dolió mucho y huyó de él pronto. No debía exagerar su mansedumbre, por lo que no se fue muy lejos. Sin embargo, no pudo ocultar su flojedad, y al doblar de sus manos notaba cómo se desparramaban sus carnes sebosas. En el segundo puyazo se dejó dar más, no fuera que llegase al final con más fuerza de la debida, lo que provocó su caída al salir del encuentro. Se desplomó sobre la arena como se despertó sobre la cama, y ahí estaba, lleno de júbilo, encantado de verse ahí tumbado, entregado, con su vientre, lo más vulnerable, expuesto a lo desconocido: nunca había estado tan cómodo. Le daban igual los pitos. «Ojalá quedarme así y ver desde aquí la gran obra que creará el maestro». Mientras unas manos agarraban sus cuernos y otras su rabo, nunca dudó de su naturaleza, nunca dudó entre ser un toro o una birria. Fue levantado.

Dejó a los banderilleros que clavaran sin apuros y sin lucimiento, pues él estaba destinado a la muleta, a llenar de sus babas esa tela roja y servir a la expresión artística de Morante, como un wáter le sirvió a Duchamp.

Había llegado por fin a la faena tal y como lo deseaba su matador: agotado. Tenía la fuerza justa, esa que lo llevaba a obedecer y a contribuir al triunfo del artista.

Hubo un momento en que se sintió humillado y por un instante quiso arremeter contra el torero, ser un toro fiero, indómito, impredecible, "agreste" o ser, al menos, un toro de lidia. En ese mismo instante sintió el deseo de volver a ser humano y de gritar que él quería dejar de ser un toro para el arte.

El instante pasó. Él no podía caer en eso, de manera que se arrojó a ser lo que debía ser, aunque ello fuera lo que un toro nunca debía ser.

Se entregó a la muerte como se entregó en vida: felizmente alienado. Sus dos orejas fueron a manos de Morante y fue arrastrado por las mulillas con una sonrisa en la boca.

Murió y, en otro lugar, muy lejos de allí, estiraba sus patas por primera vez una cría de Dolores Aguirre.

XI de San Isidro 2026. Jurado de jilgueros

Hoy, que el que escribe volvía a la plaza desde la farsa más rentable de la historia del toreo, nos hemos enterado de que el com...