martes, 2 de junio de 2026

XXII de San Isidro 2026. Una montera lanzada contra las tablas (o la pelea entre Minutero, de Escolar, y Damián Castaño)

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas.

Y antes, salía Minutero de toriles entre palmas y el ruedo se llenaba de toro. Justo lo que no pasó en Aranjuez este domingo porque actuaba el dios del toreo y sólo puede ser él el que lo llene. Castaño recibía al burel saliéndose hacia el centro como podía. Lo dejó bien y largo en sus tres encuentros con el jaco, en los que recibió tres puyazos caídos sin emplearse y de los que quiso salir pronto. Siempre hizo hilo al que lo quiso colocar para ser picado. Hasta tres veces persiguió a los hombres que lo querían disponer para el segundo puyazo, como no queriendo que huyeran de él. Como nuestros partidos cuando quieren huir de la corrupción. La casta. A Rubén Sánchez, nada más comenzar la brega, el toro lo lanzó a los aires, cayó, también su capote sobre el toro, y, tras un caos, se lo llevaron por el callejón con la cara llena de sangre. Corrían banderilleros tras las tablas y por delante de ellas, sufriendo horrores para clavar los palitroques. Todos se movían abajo y arriba, en los tendidos, nadie movía una pestaña. Salió el matador con la montera calada, como hacía Esplá. Minutero lo esperaba. Fue Castaño hacia él y empezó por bajo, a lo que el toro respondió con un NO más claro que el que Mouliaá le dio a Errejón. Habían sido cuatro pases y ya no podíamos dejar de mirar; ya la emoción nos iba a mantener en vilo hasta el fin. Con la muleta bamboleada por el aire y en su mano derecha volvió a por el toro. Así empezó y siguió una batalla en la que un tieso de Salamanca, un hombre como cualquiera de nosotros, que habrá hecho ya su declaración de la renta, que tendrá su hipoteca, su familia, sus aficiones, sus dilemas, sus contradicciones, sus negocios, su ideología, su historia y, en fin, un simple hombre que ponía delante de esa fiera su corazón y un trapo rojo y, así, se nos hacía un héroe. Eso hacía Castaño, que fracasaba, pero perserveraba. Firme, aguantaba el parón del toro, la mirada aviesa o que ni lo dejara colocarse; soportaba hasta que se detuviera a pensar cómo darle una cornada en medio del pase, o eso parecía, que el toro cavilaba y cavilaba para hacer el mal, como si lo dirigiera un demonio. El torero se entregaba, pero no podía con Minutero. Y ahí estábamos todos con Castaño, metidos en su traje, sudando, resoplando y viviendo, sin importar nada más que esa lucha con ese toro, sin acordarnos de nuestra miserable existencia y, a la vez, experimentándola con la mayor de las intensidades. Siguió Castaño hasta que pudo robarle dos series meritísimas con la diestra, de tres o cuatro pases, tragando y tirando de él. Aplaudíamos naturalmente y porque por algún lado, nuestras palmas, debía salir la emoción. Con la zocata el toro sólo se dejó birlar uno o dos naturales espléndidos. Lo que no se dejó Minutero fue que Castaño le diera un sólo pase de pecho. Ni uno, a diferencia de los que recibieron los cacareados Ganador o Cantaor. El matador resopló y se alejó del toro, que lo miraba.

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas y, en ese golpe silencioso, se nos devolvía de golpe toda nuestra insignificancia.

¿Qué somos? Somos lo que habíamos sido esos últimos seis o siete minutos. Somos seres-para-la muerte y la muerte, que es la nuestra, la de cada uno, era Minutero. Y pensábamos en que no podía tener mejor nombre un toro así de fiero, que nos recuerda que los minutos, el tiempo es lo que nos atraviesa.

A Castaño ya sabíamos que también se le atraviesa la suerte suprema: la de matar, qué ironía. Pinchó en su primer intento y Minutero se vistió por última vez de parca yéndose a por él como un auténtico cabrón. Castaño se arrojó al suelo, Minutero se volvió a por él y apareció el capote de Toñete para devolverle al torero la vida que se le iba. Castaño volvió y, en la suerte natural, dejó una estocada delantera y muy caída que no hizo apenas daño al toro que siguió con la boca cerrada hasta el golpe certero de verduguillo. Las mulillas arrastraron a Minutero bajo una sonora ovación y Castaño dio una merecida vuelta al ruedo. Nos mirábamos y nos descubríamos en la emoción de haber sobrevivido a una guerra.

Minutero destacaba así en una señora corrida de toros de José Escolar inmejorablemente presentada, en la que todos sus toros fueron recibidos entre aplausos, tres de ellos (tercero, quinto y sexto) fueron arrastrados igual, en la que casi ninguno se dejó banderillear, y ninguno se empleó en sus segundos o terceros puyazos que fueron ejecutados vilmente, en la que todos vendieron cara su vida, se fueron sin una estocada digna y sin saber la longitud, aspecto y consistencia de sus lenguas, en la que todos parecía que pensaban, que dudaban o que, incluso, tenían intención, la de coger, de perseguir al que se ponía en su camino, de quitarse esas telas que los burlaban, la voluntad de no dejarse birlar pases y, en fin, de que no cupiera hoy eso del «arte», que se manifiesta a través de las poses hipersexualizadas de un torero, de un macho humano, frente a un animalejo subdesarrollado que ansía ser abusado, que está fabricado para ser profanado, y delante de un público que festeja la violación en directo y, a poder ser, en un ambiente báquico.

Una tarde de mucho aire y con ese toro con el que uno habría sido el mayor fan juliano si El Poderoso hubiera tenido a bien haberlo lidiado.

Pepe Moral cazcaleó y dio al soso y flojo primero la misma cantidad de pases que es capaz de recibir un huanpedro o alguno de sus derivados, pero sin sacarnos su sin hueso. Hubo algún muletazo decente en el número cincuenta y tres o cincuenta y cuatro, quizá, pero nadie le hacía ya caso, como al niño que se pasa un buen rato intentando desbloquear una nueva habilidad, llamando incesantemente la atención de los adultos («¡Mira, papá, mira lo que hago!») y, al final, medio le sale cuando ya nadie atiende. Con el cuarto, no supo ni por dónde empezar. Cazcaleó aquí con las manos, si es que eso fuera posible, pasando la muleta de la una a la otra y así pasó su tarde. Estoqueó y descabelló mal.

Castaño en el exigente y peligroso segundo, que fue horrorosamente picado por Richi Romero (creo que tengo en casa de mis padres un flyer de Falkata de un RRPP con el mismo nombre), hizo un esfuerzo ímprobo por arrebatarle dos muletazos seguidos. Lo logró en una serie con la diestra al final, cruzándose y provocando la embestida con un toque. Pinchó en la suerte natural, luego en la contraria y, de nuevo en la natural, dejó una estocada delantera, atravesada, perpendicular y casi entera.

Gómez del Pilar salió toreramente con el tercero hacia el centro. Un toro que remató en el burladero del 7 y se estampó contra el del 9. Hay algo viril, un vacío que llena ese ataque del toro contra las tablas, como si fuéramos nosotros los que arremetemos contra esta sociedad feble. Nos birló un tercer puyazo y el toro, vengándonos, le ganó rotundamente la partida en la muleta. Faenó muy cerrado por el aire y no apostó más que al final de una larguísima faena. Pinchó tres veces saliéndose y, con el toro entero, quiso descabellar. Lo intentó amenazando el récord de esta Feria de Aguado y a la nosecuantas logró el golpe justo de cruceta, a punto del tercer aviso. Con el sexto, un toro humillador, codicioso y de cierta listeza que no fue picado y dificultó sobremanera la cosa banderilleril, Gómez del Pilar necesitó decenas y decenas de pases hasta comprender que había que cruzarse y dar un toque, porque el toro era obediente, pero mironcete, y así dejó alguna tanda templada de naturales con la zurda y con la diestra. Cuando la faena estaba hecha, en su punto álgido y ya había sonado un aviso, decidió dar dos series más, peores, claro. Suponemos que su apoderado, Juan de Padua, y el propio matador sabían que estaban ante uno de Escolar y en Madrid, aunque quizá no habrían pasado por La Castellana y no se habían percatado de que está convertida en una gran plató para la telecomunicación de los mensajes de León XIV. Dejó una media caída saliéndose de la suerte y, de nuevo, decidió coger el descabello. Sonó otro aviso, se libró de una cornada y lo consiguió descabellar.

Después nos fuimos a casa, felices de estar vivos.

sábado, 23 de mayo de 2026

Feria chica (sobre Cantaor)


Guadalajara está de Feria chica. Un amigo ha subido una historia a Instagram y ahí se ve. El sol de junio cayendo en mayo sobre una plaza. Una mujer, una abuela vestida de verano bajo el calor velando por su nieto, que bota una pelota, solo, como los columpios que presiden la plazuela y que, igual que están ahí, están en cualquier lugar; toboganes y balancines estandarizados, sin alma, que son parte de nuestro imaginario para empobrecerlo y volvernos, casi sin remedio, replicables.

Hay también gente a la sombra vestida igual, de blanco: son de una peña. Se oye a una charanga, aunque no se la llega a ver. Tocan «La Canción del Mariachi»:

Ay-ay, ay-ay
Ay-ay, mi amor
¡Ay, mi morena de mi corazón!

En sus instrumentos, la canción suena a melancolía, a destemple.

La ciudad está de fiesta, pero apenas hay movimiento. Nadie baila, todo está parado. Sólo se bebe, con la esperanza de que nada cambie, que otro año más todo siga igual.

La vista entonces se va hacia arriba, a los árboles que miran a la plazoleta y a los edificios que se asoman. Dos bloques altos de viviendas, de ladrillo y hormigón, quietos como la ciudad. Desde esas casas se oirá la música y se oteará a los peñistas, aunque parecen vacías. Los bloques son testigo y hogar de una población muerta, como casi toda Castilla, que se reanima desesperadamente con charangas y alcohol: la Feria chica.

De madrugada, alguien volverá borracho a una de esas casas. Alguien al que, quizá, le gusten los toros. Alguien que vería a Cantaor, de Victoriano del Río, en un vídeo, seguramente, y sabría de la polémica vuelta al ruedo e, incluso, de que algunos hablan de si hubiera de haber sido indultado. Se levantaría a vomitar y, tras las arcadas, aún con la cabeza sobre el váter, oiría a sus padres hablando en el salón. Sus padres, que se lo han dado todo y él se lo devuelve matándose a beber con cuarenta y tantos años, pensaría. Volvería a la cama, suponemos, mareado, pero decidido, y dispararía por fin.

En el móvil permanecería en bucle la embestida de Cantaor y la Feria chica continuaría abajo, hasta que encontrasen el cadáver.

miércoles, 20 de mayo de 2026

XI de San Isidro 2026. Jurado de jilgueros

Hoy, que el que escribe volvía a la plaza desde la farsa más rentable de la historia del toreo, nos hemos enterado de que el compañero de tendido L. es, reproduzco literalmente: «jurado de jilgueros». No sabíamos qué es lo que juzga: si el canto, el plumaje y sus tonalidades, sus dotes voladoras, o todo o nada de lo anterior, pero Google nos ha sacado de dudas. Se evalúa y puntúa el canto, la calidad, pureza y repetición de las notas (floreos, adornos, remates) y se penaliza los sonidos defectuosos o extraños según un código de canto oficial. Hemos sabido que es jurado de jilgueros al verlo hablar en inglés con un guiri, lo que nos ha sorprendido por sus más de setenta años y su nulo aspecto cosmopolita, pero por lo visto ha realizado numerosos viajes a Grecia y otros países mediterráneos para ejercer su magistratura y de ahí su glosolalia.

La cuestión es que hemos conocido todo esto durante el tedioso oficiar de Leal ante el quinto toro, el remiendo de Couto de Fornilhos, que ha sido el garbanzo negro de una corrida de Saltillo que, para entenderla adecuadamente diez años después de la emocionantísima de Cazarratas, era necesario ser algo parecido a un jurado de jilgueros, esto es, un aficionado-aficionado. La tarde de hoy, sin ser nada del otro mundo (eso es lo de Reta), no cabe en el juicio del público que se entusiasma con las lenguas y las poses, ni en la tinta de las plumas que escriben sobre volcanes y relojes. La corrida de hoy y, por ejemplo, la de Cuvillo que abrió el serial, son dos universos que discurren en paralelo. Hay una brecha que no deja de abrirse entre la afición y el taurinismo, que incluye también a su público, y que prefiere lo divertido a lo emocionante. Un abismo que sólo podría cerrarlo ese torero, aquel que realmente quisiera pasar a la historia con toros y no con marketing.

Muy a nuestro pesar, hoy no habido ningún Cazarratas con el que Carmona II realmente salvara a la tauromaquia de su continuo declive.

Los Saltillo se han dejado dar más pases de los que nos hubieran gustado, aunque todos se han ido sin torear, salvo el primero, y con la boca cerrada; todos han manseado, salvo el encastado sexto; todos recibieron puyazos traseros, caídos, rectificados o sin rectificar; y tan sólo el cuarto ha traído el peligro que esperábamos.

El primero miraba las líneas del redondel al salir y quiso mirar muy de cerca la cocorota de Venegas en el primer lance. Bien dejado para encontrarse con el picador las dos veces, en las que se dejó dar y corneó el peto. El toro medía todo, pero no obstaculizó las tafalleras de Leal en el quite, lo que nos entristeció sobremanera. ¡Un saltillo dejándose dar ese lance era ver un mundo derrumbarse, era ver a un rayo apagarse o a Ábalos entregarse a una vida virtuosa! Fernando Sánchez aguantó en la boca de riego más que Mourinho en el césped el día de los aspersores, se dejó llegar al toro muy cerca y clavó un par en su misma cara que casi lo rebasa por alto. La buena lidia de Iván García enseñó al matador las posibilidades de la noble embestida del burel. Brindó Venegas al respetable y enlazó tres series meritorias con la diestra (se cumplía la teoría de Pepe Campos sobre las faenas planteadas siempre con un inicio sobre la mano derecha y, en principio, con tres tandas). Cambió a la zocata, dio un gran natural y, en el siguiente, aguantó un parón con la cara del toro en su pecho hasta que tiró de él con gran valor. Este mal trago puede que lo llevara a volver a la diestra antes de coger el estoque. Intentó otros naturales de frente que no salieron y se tiró sobre el toro para dejar una estocada casi entera. Fernando Sánchez apuntilló certeramente y el matador saludó una merecida ovación.

El segundo tenía un aire a Cazarratas. Largo como un camino se paraba en el capote de Leal y huía, hasta que se fijó en él y lo persiguió con codicia hacia el centro del ruedo, donde el matador se lo tuvo que quitar de encima milagrosamente. Bravuconeó en el primer encuentro con el centauro y del segundo salió enseguida hacia la capa como sale una charo hacia Vito Quiles. El toro, manso, no paró de andar por el ruedo. Persiguió ciegamente a un banderillero a la salida del par y hasta el final a pesar de que otro subalterno le metió su capote en el hocico. Leal tenía prisa por brindarnos el toro, pero el animal lo vio y tuvo que detener por un momento su intención. Su hermano, creemos, cerró al toro con buen criterio en el burladero del 7 y Leal empezó por Castella. Luego siguió por el pitón derecho y continuó por el izquierdo, con el toro dejándose llevar en su mansedumbre y el torero yéndose con él, como el recogepelotas que persigue con la toalla al tenista. Tras muchos pases, mató saliéndose y soltando la muleta, que voló alto como sin querer volver al suelo hastiada de tantos meneos que había recibido. El toro se echó en toriles y fue apuntillado.

El tercero, un bello toro cárdeno y lucero, se llamaba Granadino, como el que mató a Sánchez Mejías, y metió gustosamente la cara en el recibo capotero de Juan de Castilla, que lo dejó muy bien colocado para sus choques con el Equigarce, a los que fue y de los que se fue pronto. Venegas quitó por gaoneras y no quisimos ni mirar de la vergüenza de que un saltillo soportara eso. Tres banderilleras estaban por el suelo cuando Juan de Castilla se arrodilló e inició su faena sobre la diestra (otra vez). El toro lo obligó a hacer más gimnasia que toreo. Ya de pie, y también con la diestra, dio mucha distancia al lucero que se arrancó con alegría y embestía largo y franco. Luego acortó espacios, se embarulló, cambió de mano, otra vez, estuvo sin ajuste, sin pausa, sin compromiso y, sobre todo, sin plan, mientras el toro seguía embistiendo con franqueza y hubiera seguido haciéndolo tanto o más que Ganador, y sin enseñarnos la lengua. Una maquinita de embestir (de Saltillo) y Perera en su casa. Mató Juan de Castilla de estocada hasta la bola soltando el engaño. Sonó un aviso.

El cuarto tenía una de esas caras por las que Juan Ortega huiría de la plaza como huyó de la iglesia. Se emplazó en el medio y destrozó el capote de un subalterno. De nuevo, Venegas se preocupó de ponerlo en suerte como Madrid merece, aunque el toro no respondió como se merecía y apenas peleó. Fernando Sánchez expuso mucho en su par e Iván García le dio todas las ventajas en el suyo. Venegas inició su faena por bajo y el toro lo rebañó. El matador optó por ponerse como si fuera otro toro, este se le subió a las barbas y descubrió a un hombre con ningún festejo el año pasado. Frente al genio y sentido de ese toro estaba Venegas, pero debía estar el protagonista de la mejor película taurina de la historia, por ejemplo. Mató de media estocada muy baja.

El de Couto soltó coces, probó la puya de los dos piqueros y su desbordante mansedumbre sirvió para que se lucieran Herrera corriéndolo para atrás y dejándolo así ante el caballo, y Barrero con dos pares de mérito de los que salió entero apoyándose en los palos. Luego Leal dio otra vez muchos pases y su faena se pasó descubriendo lo de los jilgueros. Sonó un aviso.

El último era enorme. Como un tren chino, frente a los que los de Talgo quedarán como los de FEVE, se fue contra el caballo y empujó mucho mientras recibía un puyazo sin medida. Juan de Castilla lo colocó bien de largo para el segundo puyazo, en el que el toro se empleó con iguales fuerza y entrega. Nos quedamos sin un tercer puyazo y, por tanto, con el recuerdo de lo que pudo ser, como de tantos otros toros. Cervantes bregó excepcionalmente, y lo cerró a una mano bajo una ovación. Juan de Castilla realizó un notable inicio por bajo, en el que se exhibieron la casta del toro y su humillación. En el tercio y no en los medios, y en la corta distancia y no en la media, con la zocata el toro se lo comió. Cambió raudo a la diestra y el toro lo desbordó hasta el final de una faena, otra vez, sin estructura, sin tirar la moneda y sin medida. ¿Dónde estaba Encabo? Llegamos a pensar que seguiría hoy también desinformando junto a Arnás. Tras varios intentos desastrosos y un aviso de por medio, lo mató de media pescuecera.

viernes, 15 de mayo de 2026

VII de San Isidro 2026. Fernando Adrián, cuatro Puertas Grandes

Fernando Adrián ha salido por cuarta vez por la Puerta Grande en menos de tres años. El dios del toreo tardó veintiocho años en abrirla por primera y segunda vez el año pasado, por ejemplo.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es de no creer. Es ver al Atleti ganar una Champions robada como las Ligas del Barsa de Negreira. Es insoportable. Es ya inaguantable verlo con esos ojos tan juntos sobre esa mandíbula prominente que forman un rostro que hubiera soñado Cuerda para Amanece Que No Es Poco. Es repulsivo verlo dar esos caderazos empotradores al aire delante del toro, que pareciera que quisiera penetrar al público peneque, aparentemente deseoso de recibir las sacudidas palpitantes de la entrepierna del torero. Es vomitivo ver esos caretos alelados del callejón que atienden a la repugnante obra del artista como si ante su vista se estuviera levantando y deshaciendo el Panteón de Adriano y que agitan sus manitas para aplaudir (¡en el callejón!) tan educadamente como introducen su pepeleta en la urna electoral. Es deprimente ver a media plaza de Madrid entregada a la vulgaridad más chabacana, a la ordinariez más trivial, a lo que Pulp dedicó su Common People, pero sin ironía, a todo lo que está mal, al Mal hecho trapazos, a lo que dura en la memoria lo mismo que esos vídeos que se pierden en un scroll infinito, a lo que no vale nada, a la nada más absoluta, a lo que uno suelta en el váter y que decidiera, en uno de esos días raros, recobrarlo con sus propias manos y llevarlo bien alzado y chorreando por casa hasta posarlo orgullosamente en la estantería de Ikea del salón entre la fotografía del viaje de novios a Japón y uno de los títulos de los tantos másteres realizados. Entristece ver a una muchedumbre lanzada a llevarlo en volandas por la calle Alcalá, a que empate con Ortega Cano o Esplá y doble en salidas a hombros al Poderoso, porque les ha inseminado con sus meneos en los que el toro lo ha toreado, o porque coleccionan acontecimientos, o porque necesitan orejas que contar en su trabajo o en su Instagram, o porque les da lástima o ternura, como pasaba con Casillas y pasa ahora con Almeida, los yernísimos de España, o porque llevan una melopea de aúpa, o porque su cara les recuerda a la del panadero del pueblo de sus suegros, o simplemente por joder, con perdón, a la afición venteña, que protesta con razón y a la que le entran ganas de ciscarse en todo, de derribar la plaza y levantar sobre sus ruinas lo que era hasta hace muy poco.

Que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es una ignominia. La imagen que resume la situación sería la de Adrián saliendo a hombros mirando hacia atrás, sin creerse por donde sale, y la estatua de Antoñete enfrente, mirándolo con incredulidad.

Pero que Fernando Adrián lleve cuatro Puertas Grandes es a la vez es una aceleración, un gran paso hacia el final de esta tauromaquia caníbal, que va de triunfo en triunfo hasta el vómito final.

sábado, 9 de mayo de 2026

II de San Isidro 2026. No he visto nada de la corrida

Esta crónica es a la manera de muchos críticos taurinos: sin haber visto nada de la tarde. Lo que viene a continuación es lo que me han contado:

320 pases.
3 avisos.
Toros de La Quinta a la manera de El Freixo.
El legado del Atila de San Blas.
Tres toreros con 46 años de alternativa para deshonrar la suerte suprema.
Pa-pa-pa-oh
Pa-pa-pa-oh
¿Dónde estás, matador?
Pa-pa-pa-oh
Pa-pa-pa-oh
El de 22, Perera, en su sitio, que es fuera.
El de 19, Luque, en su momento, que es ya desde hace mucho.
El de 5, Rufo, en su pantomima, que es con la que se triunfa.
¡Matador, matador!Si todo estuviera mejor¡Matador, matador!¿A dónde vas matador?¡Matador, oh yeah!¡Matador, matador!*




* Letra de la canción «Matador» de Los Fabulosos Cadillacs, 1993

viernes, 8 de mayo de 2026

I de San Isidro 2026. Lenguas y poses

La lengua del cuarto Cuvillo se desplomaba de su boca casi al aparecer en el ruedo: la señal que precede al arte. Al huir del caballo la lengua se meneaba de un lado al otro, y del otro al uno y Talavante se frotaba las manos. ¡La de arte que se desprendía en cada salivazo y que sus muñecas debían recoger! La lengua llegó entera a la muleta y con ella hizo de la obra de Pollock un simple gotelé. Se iba tras ella ciegamente con su punta, lo único afilado en toda su morfología. Un hilo de baba unía lengua y muleta. Se palpaba el erotismo, como en los WhatsApps de Koldo. Ese apéndice excretor tras una sinuosa tela roja... Era ese Alien fálico salivando sobre la teniente Ripley. Mejor no saber qué hacía la crítica con sus manos. El torero sólo tenía que posar. Talavante posaba y posaba y la lengua no se cansaba. Podría haber estado poniendo poses hasta que la lengua cayera seca, que hubiera seguido embistiendo entre los huesos del torero. Cayó el toro de estocada caída, cayeron la lengua y el pañuelo azul. El matador se pasó su lengua por los morros al ver pasar la del toro, en claro homenaje. Se arrastraba al animal y la decencia de Madrid quedaba babeada.

Las Ventas se lame y se relame hasta que de ella sólo queden las taquillas y un cartel de "NO HAY BILLETES".

A Ortega no le vale ni la lengua. Es el artista hipermoderno: su arte empieza y termina en él, no necesita toro, le estorba. Hay que verle sin animal, sin traje y con su badajo por muleta, dándole vergazos al aire, que es su toro soñado.

domingo, 26 de abril de 2026

Dolores y Escolar en 3 Puyazos. Otra historia

Se arranca el coche gracias a la gasolina enriquecida por las guerras de los pacifistas. Se introduce el destino en el Maps del móvil. Se recuerda debidamente a todos los benditos fallecidos del alcalde de Madrid y su maratón que fuerza a la inteligencia de la app a recalcular la ruta. Se suda para alcanzar la M-30 y se sube la potencia del aire acondicionado. Se baja la radio para oír al navegador. Se sube la radio al creerse seguro en saber llegar ya a la A-1. Se pisa la A-1 y se sube más la radio, que ya se deja así. Se avanza en sentido Burgos entre vehículos movidos por planes de fin de semana, es decir, empujados por un vacío. Se viaja emboscado. Se coge la salida 34 y se inicia una travesía de rotonda en rotonda, que es esa plaza de pueblo sin pueblo, plaza para pasar y no para estar. Se pasa una última rotonda, bueno, se espera que así sea. Se aparca el coche ahí donde empieza el campo y el pueblo no sabe cómo dejar de serlo. Se ha plantado césped y un carril bici. Se encuentra la naturaleza con la moda. Se pasea por calles hechas de muretes de medio pie de ladrillo que es lo que separa lo público de lo íntimo que es, además, replicable o lo parece. Se camina también entre vehículos y alcorques vacíos. Se va entre la nada y la otra nada. Se ve que se ha logrado hacer de los pueblos, o de su parte nueva, al menos, un cementerio para los vivos que huyen de la ciudad. Se discurre por otra rotonda también como transeúnte y se tiene la funesta sensación de que la movilidad sostenible también se aplicará pronto sobre el cuerpo humano. Serás sostenible o no serás. Finalmente, se lee en un cartel: «Gracias aficionados», y, por el hueco de donde no está la coma, se entra en otro universo.

Dentro de la plaza de toros huele a fritanga. Repiquetean las campanas de la iglesia y las cigüeñas. Hay un gran redondel sin líneas de circulación.Todo se llena de gente alrededor y todos han pagado su entrada, hasta Roberto Gómez, según dicen, en lo que puede ser el mayor hito no sólo de la Feria de 3 Puyazos, sino de la tauromaquia del siglo XXI junto con la felícisima retirada de Julián. Amón, mientras, estará en el callejón de Sevilla posando como Bernard-Henri Lévy en su guerra particular. Todos allí reunidos por lo mismo: la emoción de un toro y un hombre luchando a muerte. Aficionados que ansiamos huir de la cutrez de los minutos que se pasan procrastinando sobre el váter y, en cambio, perder media vida sobre la piedra de una plaza viendo matar toros, para ver si morimos un poco menos y hasta que muramos del todo. Nuestro universo paralelo.

Salen seis toros, tres de Dolores Aguirre y tres de José Escolar. Toros de verdad, no de los que se ven en las pantallas. Toros cabezones, con flequillo, o avacados. Toros sin cuernos de merengue ni rastros del confitero. Toros que se arrancan al caballo con alegría o que se lo piensan y en los que se ve mayor duda existencial que en cualquiera de nuestros conciudadanos ante la Declaración de la Renta; toros que apuntan al torero, que lo desarman y que revientan el cartel con el otro hierro como si fuera una hoja de papel; toros que no dejan poner poses o sí, como el segundo de Escolar, y que entonces nos desagradan, o toros mansos con casta, como el tercero de Dolores, que estaríamos dispuestos a ver una y otra vez. Toros que reciben veinte puyazos, de veinte maneras distintas, ninguna merecedora de aplauso y unas cuantas con sus justas protestas e incluso broncas.

Toros que no nos muestran su lengua antes de morir, señal inequívoca de la ausencia de eso que llaman «arte» y que ha alcanzado su cénit con un señor regordío sentado en una silleja plegable de madera, con los brazos en alto y las banderillas también, cruzado de piernas como una señora esperando a la salida de misa y dejando un par al quiebro sin reunir y desigualado, tras el que el toro embistió contra la silla a lengüetadas.

Toros frente los que no hay tres artistas, sino tres tiesos: Damián Castaño, Juan de Castilla y Maxime Solera, empecinados, eso sí, en faenar para toros de lengua fuera. Sólo en los dos primeros animales se cuentan más pases que en toda la tarde de Prieto y Reta, que ya sabemos que es el universo al que aspiramos, nuestro Cielo. Y desde esas alturas, el ánimo se cae al tejer el hilo entre lo de Reta del día anterior, lo de hoy y lo que vendrá en San Isidro. Una línea continua hacia el abismo que trae aquel que salvará a la tauromaquia de los toros.

Sólo hay dos acontecimientos que adelantan, concentrada, la decadencia: los toros y el fútbol del Real Madrid.

Los toros hoy han podido con los hombres, incapaces de matarlos como merecen. Sólo Castaño ha estado a la altura del meloso pitón derecho de su Escolar.

Se vuelve a la realidad, que es bajar por la A-1 sentido Madrid. Y la carga se alivia pensando en que aunque Almeidón nos obligase a ir corriendo hasta San Agustín del Guadalix, iríamos con la misma ilusión.

Sánchez Vara debió sacar la silla con el de Reta y cambiar así la historia.

XXII de San Isidro 2026. Una montera lanzada contra las tablas (o la pelea entre Minutero, de Escolar, y Damián Castaño)

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas. Y antes, salía Minutero de toriles entre palma...