domingo, 4 de octubre de 2026

IV de Otoño 2026. ¡Ens roben!

«¡Ens roben!»

Como exhiben a diario los piojos que nos gobiernan y las liendres que viven de sus desperdicios, para decir algo así en España hoy sólo está legitimado el catalán, el catalán-catalán, con ele geminada, y no el moriscolán ni el negrolán, con ele africada o africana, aunque pronto serán mayoría en esa tierra de la que brotan los que se dicen «mejores españoles» que son también, cómo no, los que no quieren serlo. De modo que hagámonos pasar por uno de ellos para poder manifestar lo que muchos hemos sentido en el quinto toro de la victorinada de hoy y lograr no soliviantar a los parásitos de lo taurino. Porque si uno fuera catalán, y hubiera gritado en la plaza en esos momentos: «¡Ens roben!», se habría detenido, sin duda, la corrida. La UIP se habría personado en los vomitorios del 7 para proteger al aficionado, que paga. El Delegado del Gobierno en Madrid habría facilitado la invasión del ruedo por la afición, hasta habría hecho un pasillo de antitaurinos, incluyendo a Amón, a nuestro alrededor como escudo frente a las probables embestidas del toro en el ruedo. El Presidente del Gobierno no habría parado su reflexión, faltaría más, pero sí mandaría a Diego Rubio enviar un WhatsApp a Urtasun para que saliera a defender en prime time el hecho diferencial del aficionado de Madrid frente al robo flagrante y continuo al que se ve sometido por el taurinismo. Echenique, si pudiera, se habría levantado de la silla para unirse a la cadena humana de «Rodea Las Ventas», convocada al día siguiente y hasta que nos sintiéramos justamente recompensados. Hasta Nogales de la Serna se indignaría. Pero nada, la realidad es que como no somos catalanes de ele geminada, nos la envainaremos y seguiremos tragando con lo que Plaza 1 nos eche, porque, como españoles, estamos acostumbrados a que nos roben. El español es el hombre que se deja robar. Nos roban el toro, tarde tras tarde, y, cuando no, nos roban la lucha con él.

Verdadero fue lo que esta tarde nos robaron, un torazo de Victorino que remató en el burladero queriendo descoñetarlo con su pitón derecho, girando rabiosamente el cuello hasta dejar en la misma vertical el izquierdo, autoexorcizándose. Ureña lo dejó en largo frente a «Richi» Romero, el picador con un nombre como el que uno encontraba en el bolsillo de los vaqueros escrito a boli en una tarjetita arrugada del Falkata. El toro arrancó como si se llevara consigo el mundo. Chocó contra la mole (¡ay, si nuestras fronteras estuvieran hechas de equigarcesaurios!) y cargó con el empuje de todo ese mundo que llevaba. Empujó y empujó el ariete de sangre brava y «Richi» se sostuvo. A empellones, bajo el peto, era el toro el que parecía querer hincarse más la puya, oradar en su propia piel y abrirse el espiráculo de una ballena, para respirar por donde se le hería, porque el toro bravo vive de la muerte, gris como era: un Moby Dick. La pelea era grandiosa. «Richi» decidió cebarse en esa carne que se le ofrecía a placer, excavando en ella, perforándola queriendo encontrar un sentido, el inencontrable de la vida, quizá, y cuando al toro lo arrancaron del peto se llevó clavada la vara como una banderilla o como un arpón. Costó que se le cayera o que se la quitaran, no lo recuerdo bien porque en esos momentos el toro seguía acudiendo a todo reclamo. Se acercó el matador para colocarlo, lo puso más en corto y de nuevo arrancó y empujó como antes. Otra vez recibió un duro castigo y otra vez lo despegaron del caballo. La mano derecha de Ureña giraba. Se cambió el tercio sin un tercer puyazo. ¡ENS ROBAN!

Los rehileteros las pasaron canutas con los parones, las esperas y las arrancadas. Uno, Azuquita, se desvaneció en el callejón tras una cogida con voltereta, y el otro, El Víctor, logró clavar con gran valor los dos últimos palitroques tras varias pasadas en falso. Con todo el castigo que llevaba, Verdadero no había descolgado nada. Llegó altanero a la muleta, orientado y con poder. Ureña no lo quiso ni ver. ¡ENS ROBAN! Y nosotros vimos a tauro- sin -maquia. Verdadero, un toro encastado de verdad que, además, fue duro hasta en su morirse.

Verdadero fue el toro de una victorinada desigual, con dos toracos: quinto y sexto, que nos mantuvo enteramente con la atención en el ruedo y en la que los seis animales fueron arrastrados con la boca cerrada. Se podría decir que, a tenor de lo que sucede por los ruedos babeados de casi toda España, sin lengua (del toro) no hay arte, y, por tanto, habrá más toro cuanta menos lengua se vea.

Uceda Leal, vestido como tomó la alternativa hacía 30 años y 1 día (suena a condena), decidió no jugársela con el flojo primero, al que mató tirándose muy derecho de estocada desprendida, perpendicular y atravesada. Las gentes aplaudieron el fallo de Iván García en un par y quedó patente la discrepancia entre abonos vendidos (cada vez más) y abonados (cada vez menos).

El cuarto apretó mucho de salida a Uceda, quien se vengó dejando que su picador lo masacrara. Ver a Gómez Escorial tratando de poner banderillas humaniza a los toreros y no sé si eso es bueno, porque empezamos con la humanización del héroe y terminamos llenándolo todo horriblemente de humanos y sin héroes. Con el toro muy entero, Uceda se echó el engaño a la zurda y se puso a torear. Ecos de El Cid. Sin probaturas, sobresalió en la serie un natural del que el toro salió podido. Se vio cómo el animal se hundía y, desde ahí, cambió. Puede que también acusara la masacre en varas. Se orientó por el derecho y Uceda ya no se acopló, con un viento molestón. Estuvo en vilo, colgado del pitón, enteramente de pie en vertical, al entrar a matar por primera vez. Luego dejó una estocada entera y caída y el toro murió de bravo, yéndose hacia los medios hasta caer en el tercio.

El segundo toro olía a ese rastro que sigue a ciegas Victorino hijo, ese gas mefítico que debía expeler Cobradiezmos. Blandeó tras dos puyazos criminales y asomaron pañuelos verdes que reclamaban al sobrero de Las Ramblas. Hay gente pa tó. Ureña ofreció con este toro una de sus faenas mejor planteadas y ejecutadas en Madrid. Toda realizada dentro de un área del tamaño de un receptáculo habitacional de esos que se alquilan por el precio del salario mínimo interprofesional. Primero con la diestra, sin dudas, sin toques, con los vuelos, muy relajado, a media altura. Luego con la siniestra, de forma similar, aunque más irregular. Volvía a la derecha y, sin ayuda, daba un pase larguísimo. Había toreado mejor que Urdiales, y a un victorino de los neo-, pero para llegar al gran público no es lo mismo nacer en las tierras que baña el Cidacos que en las del Guadalentín. Se pasó de faena, con dos series a voces que no mantuvieron el nivel de lo anterior. Pinchó y lo degolló, perdiendo, como tantas veces, un merecido trofeo.

El tercero era una raspa que casi se podía colar por el hueco del burladero. Recibió también de lo lindo bajo el caballo, de donde fue rescatado excepcionalmente por Juan Carlos Rey. Aún más brillante fue su lidia, en la que se sirvió sólo de tres capotazos a cual mejor. Borja Jiménez inició por bajo, bien y ligado. Siguió con la derecha, como dicta el manual del neotoreo, con sus maneras ajulianadas y sin hacerse con el bicho, que tenía más fuelle que los dos primeros. Tras varias series insulsas, cogió la zocata, por donde el toro iba mejor. Dejó algún natural suelto estimable, pero corrió la sensación de que no se hizo con el animal. Dispuesto a matar, dio una voz que ni Emilio de Justo y cayó sobre el toro tal estoconazo que rodó sin puntilla. Le valió la oreja.

El último tenía unas velas que servirían para desalojar toda la Puerta del Sol con sólo asomarse desde Alcalá. Tito Sandoval administró, como buen profesional de la bureaumaquia, dos medidos puyazos. El toro tenía poder, era duro y listo. Rey se la jugó y dejó dos pares en la cara, redondeando su fabulosa tarde. Borja Jiménez empezó cerrado bajo el 7 y de ahí no salió. El toro se enteraba cada vez que se le presentaba la muleta y se espabilaba más, mientras que el torero se achicaba. En un derechazo pareció que Borja pelearía, pero fue un espejismo. Como Ureña, no lo quiso ni ver. Pinchó y, a la segunda, lo cazó.

A las 19:55, es decir, con 1 hora y 55 minutos de festejos, nos despedíamos.

viernes, 2 de octubre de 2026

II de Otoño 2026. "Se para momentáneamente"

"... Se para momentáneamente", decía el Gran Hermano venteño, una voz megafónica que reproduce las instrucciones que dicta un algo, un alguien o unos álguienes desconocidos que deciden sobre aquello a lo que vamos a dedicar nuestro tiempo una tarde de viernes, aunque pensáramos que eso ya lo habíamos decidido, y durante veinte minutos llovía sin un toro de los Lozano en el ruedo, aunque toro, lo que se dice un T-O-R-O, no hubo en toda la tarde, que hasta una vez se nos olvidaba que había un bicho en la arena, tan sumiso y embobado él en un burladero cerca del que mirábamos algo después, más arriba, cuando el cielo se nos caía en tromba y nos acordábamos de las carpas, Quechuas y chabolas que en la Puerta del Sol ha montado nuestra oligarquía para birlarnos la propiedad de una casa y que sea el Estado, es decir, BlackRock, el que administre nuestra existencia a lo rollo megafónico, y gota a gota deseábamos que se hundieran esos plásticos que encierran el olor a porro y el hedor juvenil de no tener presente ni futuro, ansiábamos que un torrente arenoso, un huracán en láminas lo arrastrara todo y dejara en pie, reluciente, el oso y el madroño, sin graffitis ni la decadencia en la que iba cayendo la tarde, que no sabíamos si nos caía lluvia o llovían ruinas, porque el aguacero vino justo tras la única tanda de naturales digna, en el primer toro, de Urdiales, que fue un tieso y ahora es un alguien, no como los de antes, los de la voz tiránica, sino como esos álguienes que pueden echarse un foulard al cuello, escurrirse toreando monarrachas semivivas y medrar por la cosa del (h)arte hasta hacerse un hueco en el escalafón que nadie ya mira, que tampoco ya nadie lee a los críticos acríticos, pero cuya voz cala y cala y cala en los públicos que hoy parecía que nos mojaba la lengua de Zabala, por cómo las gentes jaleaban las nonadas del de Cidacos y de Fortes, acosado a la carrera por el alcurrucén de más interés desde el 5 hasta el 9, un arreón que el malagueño no termina de dar nunca, otro eterno esperado, como sí da, en cambio, flequillazos, y que tampoco mata, ni él ni los otros dos que hacían la terna, igual que tampoco se pica: primero se masacra y, en el segundo encuentro, se señala, ¡hala! Alas de su ángel de la guarda que salvaban a Parejo cuando entraba a matar al tercero, que se arrancaba con el brío de una erección, se apagaba como se espachurra un cigarro, y cuyo pitón derecho se pudo enterrar entero en el torso del gaditano, que volvía a nacer, como ya hizo el 27 de agosto, esa vez en torero, y de él, tras lo de hoy, ya no esperamos mucho más que deje de tener como referente a Julián, porque ya vuelve a oler a muerto.

Un momento en Las Ventas, entonces, puede durar los veinte minutos que tarden tres toreros y unos cuantos hombres de traje y con paraguas en decidir si el festejo sigue o no, mientras montan su carpa de Sol en el callejón. "... La corrida continúa para delante", dijo la voz orwelliana después. Pues ojalá hubiera continuado para atrás.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Un toro ha cogido a mi padre


Un toro ha cogido a mi padre. Yo lo he visto por el móvil, sentado en el váter. Justo cuando venía la cogida, el toro y él se han salido del plano. He deslizado el dedo hacia arriba para poder verlo o para detener al puñetero animal, pero la tecnología no hace milagros. Se oía un grito, y la cámara hacía zoom sobre su cuerpo tumbado con toda su cara contra el suelo. No se movía. Estaba inconsciente, seguramente. Estaba como el muñeco que tira un niño cuando deja de jugar con él. Mi padre era un pelele. El realizador cambiaba la cámara y vi al toro seguir como si nada. «¡Joder, joder!». «Mamá», aparecía ahora en la pantalla. Me llamaba llorando. Al colgar, volvía el vídeo en directo y a mi padre se lo llevaban en una camilla escoltado por innumerables policías municipales. Mi padre herido estaba más protegido que nuestra frontera. Movía la mano, el brazo, se quería incorporar y era verlo resucitar. Creí que podía haber muerto. Se me vino una sensación de fragilidad que podía con toda negación. No, no, no. No puede ser. Él también puede irse, era cierto, así, en un golpe de cámara, que debe ser el pestañeo de una máquina y yo lo veía a través de unas ondas... ¿y si la señal se equivocaba? ¿Y si pudiera rebobinar? ¿Y si en otra frecuencia mi padre, como tantas otras veces, salía airoso? ¿Y si no era real? ¿Qué es lo real? Somos nada y también somos algo, todo. ¿Para qué peinarse? Luego la vida seguía y era un coñazo. En la oficina entraban emails, llamadas, gentes y mensajes de mi madre. Yo seguía en ese pelele. Recogía a mi hijo mayor del colegio y me deshacía. Era todavía más frágil y la vida ya no era un coñazo. Me tragaba el llanto y lo devolvía en abrazos. Él se dormía. Comía algo en casa, deshecho entre mi hija pequeña y ella, su madre: ese algo, mi todo. Cogía el coche. Por la carretera iban más coches. ¿Adónde irían? Yo iba a ver a mi padre, pero ¿los demás? Todo otro desplazamiento perdía su sentido. Me desplazaba entre sinsentidos. En el hospital tuve que aparcar, coger un ticket, salir del parking y bajar a urgencias. Había chavales fumando con vías en sus brazos. Se reían de la muerte. Dentro dudé dónde preguntar, si en información o en admisión. Di el nombre de mi padre en uno y terminé en el otro. Hasta dentro de tres cuartos de hora no podría pasar a verlo, me dijeron, y sólo durante una hora, un solo familiar. Me dieron una pegatina tres cuartos de hora después, no podía ver a mi padre sin esa cosa azul pegada sobre mi pecho, lo que quería decir que sin esa pegatina, o si hubiera llegado mucho más temprano o más tarde, no hubiera podido ver a mi padre. Comprendí entonces que los protocolos nos matan. En el año 2026 es un milagro vivir. Y yo lo vi al darle la mano a mi padre, con mi pegatina azul en el pecho, en sus ojos que lloraban sangre.

martes, 25 de agosto de 2026

La muerte de Belmontino

Belmontino era chico por todas partes. Chico, y hubo quien se quejó, por lo que él fue de un lado a otro, haciendo grande su pequeñez o queriendo achicarla. Fue también feamente castigado y se fue suelto las dos veces. El caballo se fue también entre quejas y todo el círculo del cielo era gris y lo mirábamos, para que nuestros ojos tomaran aire o para ver si iba a llover. Belmontino sintió algo que llaman mansedumbre y corría por aquí, por allí, a por uno, con ese y ese otro, de un número a los siguientes o a los anteriores, y nadie lo paraba porque nadie podía pararlo. Era el dueño del círculo del suelo de arena oscura. Ya tenía unos palitroques encima cuando se detuvo porque quiso y ya no volvimos a mirar encima de nuestras cabezas. Un hombre le puso una tela delante, pero Belmontino sabía lo que era tela y lo que era hombre. El hombre no pudo hacer más que sufrir y nosotros mirarlo. Nuestros ojos se pegaron a ese animal, iban donde él iba, se movían cuando él lo hacía, rebotaban en nuestras órbitas con sus cabezazos, sus dentelladas, sus sacudidas, sus coletazos, sus giros y sus miradas, y todo lo que nuestros ojos se movían era suyo. Lo veíamos, pero estábamos dentro de Belmontino, como si nos hubieran arrancado los ojos y los hubieran incrustado sobre los suyos, a empellones, llorando sangre. Ojo por ojo. El hombre quiso verlo también, se echó la tela a su mano izquierda, la echó adelante y se le echó encima Belmontino que se volvió rabiosamente y ahí seguían el hombre y la tela, y él tras ellos hasta que el cuerpo se erguió y movió la tela de un modo tan sutil ante tanta violencia que Belmontino dudó. Sintió eso mismo que antes, que podríamos llamar la duda existencial del español, y miró hacia fuera del círculo, y nosotros también. Pero volvió. Y hubiera seguido volviendo hasta que nos hubiéramos vuelto ciegos. Ciegos de emoción estábamos cuando el hombre se arrojó una segunda vez sobre Belmontino que dobló las manos y cayó. Pero se levantó. Desde donde sus ojos veíamos el cielo y el suelo, un círculo y otro, varias veces. Veíamos sus patas y sus pezuñas que avanzaban junto a unas tablas muy rojas. Veíamos sangre brotar. Veíamos las patas y pezuñas avanzar y retroceder. Veíamos la arena negra y las nubes, todo lleno de nubes. Veíamos que las patas temblaban, pero no doblaban. Veíamos otros hombres por ahí arriba, entre el cielo y el suelo. Veíamos que íbamos y veníamos; que nos íbamos, pero nos quedábamos. Veíamos a la ganadera que había criado a Belmontino, una vez, y otra, al volver. Veíamos que volvíamos. Veíamos al hombre que aplaudía sin la tela roja. Veíamos que andábamos, que no podíamos seguir en pie, pero que no queríamos echarnos. Que nos eche otro, veíamos que nos echara otro. Veíamos ya más el círculo del cielo, a ráfagas. Todo se veía entrecortado. Veíamos por ahí a nuestra ganadera. Veíamos más negro que otra cosa. Veíamos ya sólo un ruido, un aplauso ensordecedor. Y creímos verlo caer, casi bajo la ganadera, a los pies que lo vieron crecer. Creímos verlo caer donde nació.

Y vimos que murió Belmontino tras no dejarse morir.

Luego vimos que lo arrastraron las mulillas mientras seguíamos en pie y aplaudiendo sin parar durante varios minutos.

Y luego pensamos en quién se va hoy a tragar su muerte por Ucrania y que, si fuera por España, sería sólo por toros como Belmontino de Dolores Aguirre y toreros honestos como Damián Castaño.

jueves, 18 de junio de 2026

«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*


*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/ 


«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»

Dijo Rubén Amón.

Las Ventas… Las Ventas con su irse hacia la plaza.

Venirse en coche a través del Madrid atascado de vuelta al hogar que, por unas dos horas, será un pedazo de piedra gris con un número pintado en negro. O acercarse en metro que, por un rato, deja de ser la patria del inmigrante para ser nación pasajera de españoles con almohadilla. O asomarse por la tele que, por seguro, será de mentira. Sea como sea, aproximarse a la plaza de toros de Madrid es irse despojando de lo cotidiano, desprenderse al bajar por la calle Alcalá de todo con lo que uno viste y reviste su existencia y llegar crudo, a ver si se abandona un poco esa cosa tan común de irse muriendo, o todo lo contrario, y travestirse a lo taurino para seguir muriendo un poco más. Ir a Las Ventas es una costumbre y, a la vez, está de moda.

Las Ventas con sus bares, en los que no se cabe.

Bares en los que estar dentro es esperar para el baño, y fuera es donde se puede estar hasta pasar a esperar para el baño. Porque el aficionado es alguien que espera. Esperan hasta los jóvenes que hacen cola en el Carrefour Express y lo han convertido en su bar, como la clase media ha hecho de Mercadona su restaurante de menú del día. El café con pestiños en Gómez resiste a la peste del gintonic. El olor a fritanga también persiste frente al aroma a sandía con hielo del vapeo. Igual que una repisa de madera con una lista de precios pegada con celofán, y una funda de plástico grasienta que pende de un clavo y guarda una imagen descolorida de Pepín Jiménez sobreviven al estilo colonizador minimal andalú de cenefas de azulejos y paredes de ladrillo desnudo sobre las que clavar una alcayata fotografiada de Julián. Todavía incluso se conoce a algún camarero por su nombre, pero tras las barras hay cada vez más extranjeros y esos pedazos de acero inoxidable, piedra o madera son las verdaderas fronteras. Barras de bar, vertederos de pueblos. Por suerte, en el suelo todavía no hay servilletas de papel sobadas y pringosas que anuncian el cartel de una tarde. En el aire hay humo entre los recuerdos y se habla demasiado, pero siempre hay algún anciano que observa, callado, hasta que deja las monedas y se va, y con él un mundo sin datáfonos ni culerinas.

Las Ventas también con su explanada en derredor.

Ese gran vacío que cobra sentido cuando la boca del metro escupe gente que se cruza con la que se arroja desde cualquier calle. Personas y personas cruzándose, aunque muchas están predestinadas a no cruzarse. Se cruzan vidas en paralelo: las que van amargadas, pero con la ilusión de ver a los Reyes Magos, y las que van etílicas de felicidad, pero con la clarividencia de ver un triunfo. Todas van a ver morir a seis toros, seguro. Y por esa obviedad protestan los antitaurinos que, amparados por la policía estatal, prefieren manifestarse en la explanada antes que frente a un matadero. «¡Aguafrí-a-guafrí-a-guafría!» se le oye cantar a un tendero en la solanera mientras las puertas de la plaza engullen a la gente.

Las Ventas con sus pasillos, que se abarrotan.

Aún llenos de multitudes, uno se siente en el vacío, solo, como un forastero, hasta que se otea a un conocido y sube de golpe el calor de la muchedumbre. El sol del oeste entra a los pasillos y resalta los desconchones de las paredes. La plaza casi se cae a pedazos, aunque de ella cuelgue un «no hay billetes». Casi nadie sabe dónde va y todos van igual. Nunca la masa fue tan indiferente. Se avanza entre la homogeneidad que da un país precario. Subir las escaleras hacia el tendido alto es como meter la cabeza entre pantalones expuestos en un outlet de la periferia. Las voces de «¡almohadillas pa’ la piedra!» se las llevan borrachos de cubata al pecho. Orinar en los abrevaderos del 10 alto es recibir la salpicadura de alguien que desconoce lo de cargar la suerte. ¡Qué menos que, si caen sobre nuestra pernera gotas del orín de otro, sean de alguien que sepa qué es cargar la suerte! La cuartilla blanca del programa de mano se cuida o se pisotea, eso sí, con mocasines de borlas. En los pasillos todo pasa y lo queda es posar. Posa el torero, posa el público y, entre poses y lenguas, se pierde la corrida.

Las Ventas con su reloj por el que se va el sol y muere la tarde.

Un reloj que no se detiene aunque toree el mejor escacharrador de la historia. Porque tiempo es lo que somos y lo experimentamos yendo a la plaza; hasta que, al lado, una adolescente vomitando ginebra nos devuelve a la fruslería de minutos y segundos convencionales, al tiempo perdido.

Así están Las Ventas con su esquizofrenia, que es la del españolejo hoy, entre el Estado que lo devora y una nación que se desangra.

Las Ventas con su Cazarrata y su Ombú. Con su Rosco y su Roberto Gómez. Con su Guarro y su Centro de Asuntos Taurinos. Con su sol de canillas al aire y su sombra de calcetines de perritos. Con su 7 y su callejón. Con sus llenos de andanadas despejadas y sus triunfos vacíos. Con su báscula que adelgaza a los caballos y engorda a los cuvillos. Con su «Gallito» de Lope y su discoteca. Con su chatarrero, siempre acompañado, y su vulcanólogo, siempre que su mecenas no toree en Jerez. Con sus pañuelos verdes y sus gintonics. Con su memoria y su amnesia. Con sus chubasqueros y sus paraguas, sí, paraguas. Con su ruido y su silencio importado. Con sus filias, a quien se entrega, y sus fobias, a quien no. Con su «del que lo hace cuando lo hace» y con su Fernando Adrián. Con sus toreros de Madrid y con Julián de San Blas. Con sus palmas de tango y sus vivaespañas. Con su palco real sin rey. Con su palco de rigor mortis. Con su muerte y su farsa, que lo es todo menos lo malo. Con su exigencia y su decadencia. Con su idiosincrasia que se pierde. Las Ventas con su afición a la que a veces le gustaría hacer de su entrada, pagada, una pistola y ¡pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Petardo!

Las Ventas hasta con sus Amones, que regurgitan paridas como la del título.

Las Ventas, una plaza que ya no es lo que era, lo que recordamos que era o lo que nos contaron, porque ya no puede serlo.

Las Ventas es, cada vez más, nostalgia de sí misma o una resaca. Por eso, mientras más vengo a Las Ventas, menos me gusta morirme… o leer a Amón.

domingo, 14 de junio de 2026

La de La Beneficencia 2026. ¿Hoy Amón se habrá aburrido?

Vamos a comenzar con dos suposiciones: una, que Rubén Amón haya asistido a la corrida de La Beneficencia y, dos, que lo haya hecho como espectador de callejón en lugar de ir a "su abono", que nadie sabe dónde está. En esta segunda conjetura, hemos optado por lo que, a tenor del histórico de la fotogalería venteña, aparece como lo más probable.

A partir de ahí, lo siguiente que se ha de destacar como gran condicionante de la tarde en el ruedo, los tendidos y el callejón, donde suponemos a Amón, ha sido la lluvia. Hoy, por una decisión basada en motivos desconocidos de los meteorólogos de Plaza 1, no se habían proyectado hacia delante esos condones metálicos que hacen de tejadillo para que los del gañote puedan disfrutar de la tarde en el callejón como si estuvieran en un polideportivo, con el sonido de los «bieeeeenggg» de los banderilleros retumbando en la chapa y penetrando en sus orejas como un gol.

Amón, entonces, tomaría su sitio en el callejón henchido de ego, tras recibir la única, pero valiosísima felicitación de sí mismo por su última arcada en El Confidencial bajo el título «¿Es Las Ventas la plaza más aburrida del mundo?» Ya aposentado, si no fuera por haber estado loando con otros compinches del gañote la actuación de Gordito II el día anterior en Marbella ante las fieras desmochadas de El Freixo, podría haberse hecho otra pregunta: «Beneficencia... ¿a beneficio de quién?»

Vería salir al primer toro de la tarde, de Victoriano del Río, hecho entero de grasa. Si el colesterol se hiciera toro, sería ese. Observaría con su mirada de intelectual cómo se movían las carnes grasosas de ese bicho, queriendo separarse del músculo, cobrar vida propia y reproducirse como en una película de Carpenter. Sufriría con el esfuerzo de Talavante porque el toro no se tumbara, aunque su lengua ya hubiera caído casi desde el recibo capotero. Oiría las protestas —el aburrimiento de las protestas del 7— y vería a los pañuelos verdes ondear, esparciendo el tedio por toda la plaza, como si fuera un virus que está en las cosas nasales de esos aficionados y que queda impregnado en ese moquero verde. Pensaría entonces en lo acertado de su artículo y puede que en su cerebro se hubiera atisbado un destello de lucidez si se le hubiera ocurrido plantearse que, a lo mejor, el tedio nace de un toro despojado de toda su naturaleza fiera e indómita. Se entristecería al ver que Ambel sólo dejó una banderilla en tres pasadas y que tuvo hasta que soltarlas a la cara del toro una vez y tomar el olivo. El canguelo que entra ante una lengua tan afilada como la del toro. Ya con la muleta, tomaría notas muy cultas y muy chulas de cómo el deseo de perseguir sin fin la tela roja del animal obeso, se encontraba con el muro infranqueable de su blandenguería. Talavante lo degolló, y Amón despediría con una gran ovación a los areneros que curraron de lo lindo para retirar los litros y litros de sangre derramada por la boca del burel. «Qué grandes profesionales a los que el 7 no reconoce como merecen. ¡Fascistas!»

Salía el segundo buey y Amón también aplaudiría a rabiar las verónicas de pegolete de Roca Rey. Le explicaría al de al lado sus teorías sobre Madrid, Sevilla y el 7, mientras este tendido protestaba de nuevo la invalidez del buey, que más que andar, se tropezaba, pero enseguida se le iría el disgusto al ver el pique capotero entre Rey y Hernández, tan artificial como pueblerino en el que no dieron una sola verónica, que en Las Ventas gustan. No nos atrevemos a imaginar los movimientos rítmicos que debieron ejecutar las manos de Amón tras las tablas con el inicio de rodillas de Roca Rey, ni queremos tratar de adivinar la longitud, grosor y espesor de la mancha blanca que dejaría en el maderamen cuando el matador aguantó el parón del toro, cabeza con cabeza a un metro, y se lo sacó con un cambiado por detrás. «¡Aaaaaaagggghhh ugghgghhh síiiiiii!», o algo similar bramaría. Muy en novillero toda la tarde, Roca intentó su neotoreo, pero el buey, con toda su lengua fuera, se le rajó en el segundo zurdazo, aunque no importaba, porque Amón estaría todavía extasiado por lo de antes. Mató de estocada desprendida con el buey pegado a tablas, y Amón lo vería muy de cerca.

Víctor Hernández recibió con verónicas a mantazos al tercero y Amón aplaudiría de nuevo, porque aplaudir es pasárselo guay. No apreciaría el tamaño de los trastos de los tres matadores, cercano al de los toldos verdes de la España del desarrollismo, que él no va a la plaza a medir ni a hacer geometría. Como entiende que el primer tercio es un rémora para el espectáculo, tampoco atendería al primer gran puyazo y la buena pelea de Empanado. Su cuidado flequillito se le movería con el vendaval que se levantó en banderillas y que dejó clara la casta y, por momentos, genio del toro, que hizo sufrir de lo lindo a los rehileteros. Prieto lo cerró a una mano con gran habilidad, pero Amón estaría mirando el impacto en número de visualizaciones de su artículo y se lo perdería. Hernández faenó cerrado por el viento, con firmeza y mejor por el pitón izquierdo, pero sin dar el paso y el remate de los que nace el Toreo. Se tuvo la sensación de que el toro, encastado, era el que mandaba, aunque Amón seguramente vería otra cosa. Desde el tendido se veía un nubarrón sobre el matador, que era la sombra de la mano de Abellán. Manoletinas para cerrar, una estocada tendida y atravesada, a capón, y luego una desmedida parsimonia para descabellar al toro hicieron que nos quedásemos muy cerca del tercer aviso, algo que Amón podría haber entendido como un merecido indulto, de haberse producido.

En el cuarto llegaría el diluvio. Los tendidos se vaciaron demostrando que hoy no había muchos de los habituales, y Amón abandonaría su puesto en el callejón. Vería ya bajo el techo de la galería y en la pantalla de televisión el hacer de Talavante que estaba en la línea del no-hacer ante un torete tan colaborador y entregado a la causa artística como los jóvenes voluntarios de la visita del Papa. Aún así, si no hubiera marrado con la espada, las buenas y pocas gentes que quedaban en sus asientos le hubieran pedido la oreja. ¡Y eso seguro que habría divertido a Amón, que cuenta la diversión en despojos!

Roca decidió que la corrida siguiera adelante bajo la lluvia, el viento y sobre un ruedo que era un océano blanco, hasta con sus oleajes. «¡Qué actitud de figurón del toreo!», exclamaría Amón, atusándose el pelo. No sé fijaría en la interesante pelea en varas, con un primer puyazo en el que el toro casi derriba al Equigarce, ni en los apuros de un subalterno al cerrar al toro, viéndose obligado a tirar el capote, que quedaría hecho un gurruño sobre el barro durante varios minutos, en un signo para muchos de la decadencia de la Fiesta y que para nuestro escritor no sería más que un potencial estorbo para el desarrollo artístico del matador peruano. Lo que tampoco vería Amón es a un niño de tipo amorantado torear de salón en lo alto del 7 con una almohadilla de color malva bajo la lluvia y los olés del público. En cambio, sí que vería por la televisión el neotoreo de descargue, desalojo y temple, eso sí, de Roca Rey, frente a un toro con interés, que a veces se ponía bronco o cabeceaba, pero que rompió en un nuevo animal muletero. Y Amón vibraría como un móvil al recibir la llamada de una amante, porque ese neotoreo luce y reluce como pocas cosas a través de los bits de la pantalla. Roca falló varias veces con la espada y nos quedamos sin ver una de sus magníficas estocadas, algo que a Amón se la trae al pairo, porque sólo hay un dios del toreo capaz de matar como Dios manda.

El sexto toro ya no lo vimos nosotros, pero tampoco podemos asegurar que Amón sí lo viera o que ya se hubiera ido del ¿aburrimiento? a La Maestranza que, aunque no pase nada en ella, es la «primera plaza del mundo».

viernes, 12 de junio de 2026

Ferrera descalzo hacia un Ilunion

El último día de mayo de dos mil veintiséis, Ferrera picó a un toro de Adolfo Martín, cortó dos orejas y salió a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas por cuarta vez. Se subió a la furgoneta y, a un kilómetro del hotel, se bajó descalzo.

Andaría por la calle López de Hoyos de Madrid con su traje de luces lleno de sangre. La furgoneta lo seguiría unos metros por detrás. O no, y lo abandonaría en su suerte. Un hombre que venía del roce con la muerte se rozaba con la vida de una calle cualquiera. Se daba un baño de soledades. Él, que acababa de tocar el cielo, decidía bajarse y andar solo entre otros mortales.

Ferrera olería a muerto, pero caminaba. Estaba vivo y feliz, seguramente. Era el más vivo entre los vivos. Sería ver andar a la muerte, que también es la vida, ahora que la ocultan en las periferias, donde cada vez vive más gente. Alguien se iría a llevar un trozo de filete de ternera a la boca cuando vería al torero tras el cristal del restaurante, y puede que, en ese mismo momento, se atragantara al pensar en el matadero donde hubieran matado maquinalmente a lo que era su comida. También, en algún momento, el torero y un repartidor de Glovo coincidirían, y no habría mejor alegoría de España.

Como la mentira es costumbre, alguno pudiera pensar que era una performance. Un rodaje para un anuncio de tanatoturismo. Otros quizá sufrirían un ramalazo existencialista y caerían en lo absurdo de su vida que, frente al torero, se hacía inconmensurable. Parecería claro que no era una declaración contra el animalismo, y sí una afirmación muda de la tauromaquia: su normalización. La Fiesta se presentaba en sociedad, se introducía en sus calles. Se hacía de carne y hueso, sin aspavientos, albornoces o cánticos, con toda su crudeza, en el cuerpo y el vestido de sangre de un matador de toros que andaba entre una muestra de esta sociedad de vivos de cartón piedra y muertos que caminan. Un hombre que era el propio mensaje: «¡Vive!»

El torero iba sin manoletinas, sólo con las medias entre sus pies y el suelo. Quizá es que después de la gloria se ha de buscar la penitencia. Tendría frío, pisaría orín de mascota, y algún adoquín roto rasgaría la tela y su piel. «Como si se rajaran las plantas de mis pies y me deshiciera por los talones», pensaría, lo que fuera necesario para sentir más la tierra que pisaba, hacerse de ella, arraigarse. De Madrid al suelo. Sólo él iría descalzo y nadie podría dudar de dónde venía. Volvería alguno a casa con una pizza congelada para cenar; otros irían a cenar fuera de casa, tratando absurdamente de olvidar la ineludible llegada del lunes; también habría quienes irían haciendo running y quienes, como especímenes altamente evolucionados del Homo Sapiens, irían plegándose, agachándose y arrastrándose para recoger las mierdas de su perrito, mientras él, Ferrera, venía de matar tres toros. Ojalá fuera fumándose un cigarrillo. Nuestro John Wayne.

En el ruedo, querría haberlo hecho todo en solitario: picar, quitar, banderillear, faenar y matar. En la calle, querría estar solo, pero en multitud, porque necesitaría sentirse uno más. Desearía ver a gente, cruzarse con ella. Querría igualarse. A su paso, se sentiría un escalofrío. Ansiaría someterse a lo cotidiano. Volver al rebaño. Gustosamente iría plegando su cuerpo a las normas de circulación y de educación. Disfrutaría al pararse ante un paso de cebra, al mirar antes de cruzar o al ceder el paso a un hombre con un carrito de bebé. La luz de los semáforos enrojecería su traje ensangrentado. O lo reverdecería. Su terno blanco y oro lo haría verse como un extraterrestre. Desde los coches, a cierta velocidad, verían cruzar un destello, una estrella fugaz teñida de sangre. Como en la plaza. La lágrima de una herida.

Alguien lo reconocería, o mejor que no. «Mejor volver a ser nadie; yo soy nadie, como los demás», iría pensando. Algún niño lo señalaría con el dedo y otro lo miraría pasar como a un Rey Mago. Debería haber una ordenanza por la que un niño sólo puede estar a esa hora en la calle para cruzarse con un torero. La calle y sus cosas se atenuarían a su paso, hasta apagarse. O al contrario, y ese banco de madera roída sin historias ya que contar recobraría lustre y sentido a su paso: «Por aquí, por delante de este banco pasó Ferrera». Con la muerte encima, daría vida a la calle y, milagrosamente, nadie lo grabó o fotografió.

Así llegó Antonio Ferrera a un modesto hotel Ilunion del barrio de Prosperidad, andando, descalzo y con su traje de luces lleno de sangre, después de hacer que el San Isidro de dos mil veintiséis no se nos olvide.

IV de Otoño 2026. ¡Ens roben!

«¡Ens roben!» Como exhiben a diario los piojos que nos gobiernan y las liendres que viven de sus desperdicios, para decir algo a...