domingo, 12 de octubre de 2025

La Hispanidad (y algo más). El Toreo.

El Toreo. Ni más ni menos. Eso ha acontecido hoy en Las Ventas, desde el mediodía hasta la noche, tiempo después de que el sol muriera, como siempre, desparramado sobre el reloj de la plaza; justo cuando la tarde moría como nunca, ahogada en tantas lágrimas que aquel que vuelva este triste lunes a los asientos vacíos de la plaza y los mire, con sus rayas y números negros sobre la piedra gris, no vacilará en comprenderlos como el mayor columbario de lo español. Las Ventas como un Valle de los Caídos a cielo abierto y los muertos, vivos fuera de él, como cadáveres vueltos a sus cotidianas fruslerías.

Tantas veces los viles escribanos de lo taurino nos habían contado cosas "históricas" que resultaba, si cabe, más increíble que la historia del Toreo estuviera pasando de página en un solo día y delante de nuestros ojos. Éramos Hegel en Jena, viendo a la historia no cabalgar, si no embestir, acometer contra nosotros y sin un Napoleón a las riendas. Solos, abandonados cada uno ante la historia, reaccionábamos sin orden ni concierto. A nosotros, pobres mortales, nos alcanzaba como un tornado el airecillo del pasar la página histórica.

Era una historia, además, revoltosa, como si Dios le hubiera dejado jugar con el tiempo a un liberalio (hacia delante-hacia atrás-hasta el centro-hasta la nada-hasta deshacerlo todo), o como si quisiera castigar a todos los que este tiempo se han atrevido a coquetear, y aún más, flirtear con "lo histórico".

La historia volvía por la mañana. Y que la historia vuelva es muy doloroso. Dolía ver a Rincón citar al toro con la muleta planchá desde Bogotá y torear como ya no se ve. Como Curro Vázquez, tan natural, o Frascuelo, tan guapo. Dolía mucho a los que los vieron en activo, porque revivían algo de lo que fue, y dolía igual a los que lo veían por vez primera, porque sabían que era irrepetible. Dolía la vuelta de la historia como tragedia, no como farsa. Dolía tanto que se lloraba de alegría.

Por la tarde, la historia ya hecha se deshacía en una emocionante ovación a Robleño en su despedida. Saludaba desde el tercio nuestro Odiseo de la Ítaca torista tras 25 heroicos años. Un torero de Madrid y espejo de príncipes en el que ninguno ha querido mirarse, porque el reflejo de su tauromaquia del Toro y el clasicismo, afeaba a la bureaumaquia del perritoro y los despachos. Dolían los aplausos que parecían querer cerrar un vacío que se abría sin herederos a la vista: el del torero-héroe clásico. Personalmente, también me apenaba verlo anunciado hoy con esos anti-toros. No era justo, pero era así.

La historia se adelantaba con Tripulante, cuarto toro de Garcigrande, al que le tocó en suerte vérselas con Morante de La Puebla (de chenel y oro). En el centro del ruedo, mecía al toro en las chicuelinas de recibo cuando se vio arrollado. Volteado, cayó sobre la arena bocarriba, brazo derecho semilevantado, inmóvil. Para muchos, morantistas y moranteros, caía la historia viva, se desplomaba el genio y su cuerpo cobraba peso justo cuando se creía ciegamente que no tenía cuerpo, que se había olvidado de él. Para mí, se caía un mito. Se vio rodeado de capotes, otros cuerpos y luces y, justo en ese instante, mirar al ruedo era observar un cuadro de Brueghel El Viejo y descubrir, entre tantas figuras, a una muerte juguetona rondando por él. Se cambió el tercio mientras hombres inspeccionaban su organismo como los incrédulos palpaban las heridas de Cristo. Salía de nuevo al ruedo el ídolo y veía cómo el toro se iba por el izquierdo directo al cuerpo de Curro Javier. El fandom lo veía negro, aunque el toro fuera colorado. Brindó a Abascal (gesto fascistoide que se tragará Amón) y la negrura seguía en las cocorotas moranteras. Antes de empezar, pedían que lo matara ya. Pero, en estas, entre las dos rayas y con la muleta en la diestra, se puso a torear sin probaturas, sin enmendarse, sin moverse de lo que puede ocupar la nada más insignificante y pasándose al toro realmente como si fuera incorpóreo (ay). A ver si los morantistas iban a tener razón con lo del cuerpo. Vendría una segunda serie calcada de emoción y toreo hasta que el toro lo derrotó en la pierna; entonces comprendimos que la fe morantista puede seguir por muchos caminos, salvo por el de un dios sin carnes ni huesos. Una tercera serie en redondo nos levantaría del asiento: el cuerpo quieto, vencido, la pierna adelantada, la tela como si no hubiera y el toro yendo por donde él mandaba. Y el cambio de mano al rematar. Estaba toreando como si fuera la última vez. Cogió la zocata, pero el toro ya había dicho que por ahí no, así que, tras una serie de verdadero esfuerzo, volvió a la otra mano con el toro ya desfondado (fue muy castigado en el Equigarce). Mató en corto, perfecta la ejecución y ligeramente caída la espada. El toro rodó y Roberto Gómez (¿?), el presidente, sacó un pañuelo y, con las mulillas viendo la vida o la historia pasar, sacó otro. Otra Puerta Grande de baratillo, otra vez la historia como farsa, pero, Morante, terminaba de dar la vuelta al ruedo y, en el mismo centro, se llevaba las manos al cogote, las movía y removía, y las elevaba al cielo portando un mechón negro: su coleta. Lloraba y la historia se nos venía encima súbitamente (luego ya la policía del tirano nos quitaría los pedazos de historia a porrazos). Morante se cortaba la coleta y nosotros qué. Nosotros muertos con nuestros Felipe VI, Pedro Sánchez, Ayuso, Rufián, Ábalos, Nogales de la Serna, Villasuso, Broncano, Motos, Alsina, Barceló, Federico, Xabi Alonso, Lamine Yamal, Macron, Von der Leyen, José Andrés, Dabiz Muñoz, Pedroche, Urtasun, Pérez Reverte, Almodóvar, Amenábar, Bardem, Cruz, Casanova, Wyoming, y tantos otros vivos de cartón piedra.

En un solo día despedíamos a Rincón, Morante y Robleño. La historia nos arrollaba al acontecer del Toreo.

El Toreo se aparecía así este 12 de octubre de 2025. El Toreo de verdad, el espontáneo, sin spoilers, el que va más allá del ruedo, aquel que mueve al pueblo español, por el que nuestro pueblo se expresa (casi) sin directrices, por el que puramente elige y despide a sus héroes, a sus mitos, a sus enemigos, y con el que llora, se duele y se reencuentra. El Toreo que desgarra el recuerdo. España está, toda, en el Toreo y, hoy, hemos hecho historia. Sánchez Albornoz completó la famosa frase de Croce y dijo que "la historia es la hazaña de la libertad y la libertad, la hazaña de la historia", y, esas estamos, en la hazaña de ser libres.

domingo, 5 de octubre de 2025

IV de Otoño. Víctor Hernández lo dijo.

(Se cuenta lo de los tres primeros toros, que son los vistos)

A la espera del colofón de la Hispanidad, que, en Ayusoland, es como si el madrileño fuera el guerrero maya que al final de Apocalypto ve llegar, en lugar de a los barcos españoles, a los capitales latinoamericanos a hacerse con su tierra, Plaza 1 preparaba para esta cuarta corrida de la Feria de Otoño un cartel de toreros del gusto de Madrí frente a un desafío de gallardos y lisarnasios, esto es, algo así tan nonsense como que fuera Pérez Reverte en una de las embarcaciones de la flotilla de la progrez.

Ver los seiscientos veintitrés kilogramos del primer lisarnasio desplazarse era sufrir por la cantidad de colesterol que se debía estar liberándose de sus venas y rompiéndolas. Se podía sentir la fractura, el crujir a cada arrancada. Igual que verlo chocar con ese rocín de tamaño planetario era pensar en Nietzsche e imaginar al filósofo arrojándose no sobre el caballo, sino sobre el pobre obeso toro que era maltratado en una injusta pelea. ¿Habrá algún Nietzsche en la afición capaz de saltar al ruedo, ofrecer su cuerpo al jamelgo-tanque y poner fin a ese canibalismo llamado, todavía, tercio de varas? Fortes quitó por templadas verónicas por el derecho que la cátedra recibió con un destemplado entusiasmo. La mole negra embestía, se movía (había todavía muchas venas por romper) y Uceda brindaba, se gustaba, pero no se comprometía. Era el lisarnasio soñado por todos aquellos ilusos que se han acartelado en los últimos años con esta bueyada de carnes flácidas y casta aún más fofa, y Uceda sólo dejaba un buen derechazo suelto. Por el izquierdo, casi ni verlo. Lo mató de estocada fulminante tras una media perpendicular.

El siguiente lisarnasio en desfilar era un Mr. Potato de la cabaña brava o el mito de la creación de Empédocles hecho toro: un collage en su morfología. Recibió un primer puyazo criminal y en el segundo se empleó dignamente. En banderillas persiguió (¿casta?) a los peones y Raúl Ruiz clavó un meritorio par por cómo se dejó ver y por el quite que le hicieron. Fortes también brindó y el lisarnasio también embistió. Improvisó el matador en un inicio de pedida de matrimonio clavando rodilla en tierra. Esa inspiración se abrió a partir de ahí como el toro en su vaivén y dejó paso a la transpiración del toreo, con espacio y maneras ideales para no someter al animal. La labor de Fortes, por debajo de la condición franca y repetidora del animal, cayó bien en la blanda afición madrileña que lo esperaba. Mató mal.

El tercer toro recibió aplausos de salida y entendemos que fueron por el contraste con las dos cosas como de otra especie que lo precedieron. Era ya de Fuente Ymbro y tomó un primer puyazo trasero para simular el segundo. Crudo, permitió lucirse a Marcos Prieto con los rehiletes. El toro era de tardear y Víctor Hernández se paseó hasta toriles para brindar a un señor sentado cerca de la amiga que acompañaba hoy al Chatarrero (¿tendrá también un Excel, como Ábalos, para ordenarse los pagos a sus compañías?). Tras un inicio por estatuarios, trincherazo y el de pecho, y dos series, firme, con la diestra, Víctor Hernández cogió la zocata y dijo todo lo que tenía que decir ante un oponente tardo, reservón y soso: este es mi pecho, este mi cruzarse, esta mi femoral y este mi vaciarte. Un torero con algo que decir y diciéndolo en Madrid. Lo mínimo que sirve para justificar ante nuestras familias tantas tardes y tardes de sonados silencios. Víctor Hernández lo dijo. Él hizo, con naturales, a un toro que no existía. Ejecutó bien la suerte suprema y recibió una oreja.

Salía de la plaza, pasaba de las paredes mudéjares a las trincheras metálicas de las obras del metro, y pensaba en lo bien que había estado Víctor Hernández, lo bien que había dicho lo que quería decir, pero que no me había levantado del asiento por emoción. Y en el taxi pensé en nuestras élites, en que nos quieren llevar a la muerte por la soberanía ucraniana, sea eso lo que sea, y en que los asientos de Las Ventas vistos de frente con los tendidos vacíos parecen un columbario. El toro, el toro, el toro... Él y nosotros somos seres-para-la-muerte.

jueves, 14 de agosto de 2025

Morante y Zabala


Zabala de la Serna
parece ser el ungido por Morante de La Puebla para hacer de su cuento un nuevo "Juan Belmonte, matador de toros" de Chaves Nogales. Íbamos por Gallito, pero no tiene un libro así. Las cositas de Joselito contadas como las de El Pasmo, y Morante cerrando la trinidad.

Tras recibir la cornada del gordito en Pontevedra y la compañía del crítico en esas últimas 48 horas, plasmadas en un publirreportaje que, no lo negaremos, subía el nivel del diario El Mundo hasta las cotas más altas del ¡Hola! del franquismo, Juanma Lamet fue claro: "Nuestro Belmonte ya tiene a su Chaves Nogales". ¡Já! Quién si no iba a certificarlo, con lo que aprende uno en el callejón de Las Ventas. Incluso la mismísima Ana Pastor, santificada verificadora de verdades y posverdades, descendió de su atmosférico elitismo y alabó el texto zabalesco. Y ahí sigo, intentando comprender qué quiere decir que una progre de las más progres, sin duda, de las más progrerosas, de las charos más chárez, la que, con casi toda certeza, representaría a España en un Mundial Femenino Woke, se arroje públicamente a ensalzar una mediocre composición escrita de un periodista taurino, de la derechona búmer y sobre un tema taurino: sobre Morante de La Puebla.

¿Acaso Morante trae el Konsenso Setentayochesco a los toros? ¿La Gran Coalición empieza por él? ¿Por qué? ¿Quizá es otra estatalización de una expresión puramente popular: Morante, torero, héroe del pueblo, debe hacerse héroe del Estado? ¿Lo veremos entrevistado en La Sexta Noche y en El Hormiguero? ¿Quiere el torero hacerse hito estatal, amplificar su figura a través de los voceros del 78, ser el españolejo más conocido de un régimen caduco, y matando animales? ¿Dónde ha quedado su admiración por Trevijano? ¿Quiere poner a un toreo decadente en la portada de una España decadente? ¿Sueña con ser el alma y el rostro de Ex-paña?

No lo sé, pero es meridiano que la loa de Pastor y, sobre todo, la designación de Zabala como escritor de cámara, de quien más dice es de Morante y no de Zabala.

Morante elige al crítico más famoso en una época donde nadie los lee. Designa al Óscar Puente del taurinismo. A quien otrora le llamaba "Tunante de La Puebla" y ahora es su mayor grupie. Escoge, necesita escoger, a alguien con esa carga de culpa que lo haga tan previsible como el animal al que se enfrenta. Opta por la facilidad editorial, como se inclina en el ruedo por la comodidad en el toro. Conoce bien al pueblo y sus gustos (el morantero como paradigma del españolejo estatalizado) y selecciona a quien lo satisfizará. A quien enrede en metáforas y cursíforas la claridad de su toreo, erupcione sus verónicas, hunda en lava sus pies para encender sus puros en lo profundo de la fragua de Vulcano, rompa sus desplantes en infinitos proyectiles magmáticos, escupa sus naturales en fogonazos pirotécnicos, haga de esta, su época más gravemente ligera, o ligeramente grave, la más ininteligible, que lo críptico aproxima la leyenda, al que vista con oraciones gramaticalmente imposibles, erradas, su cuerpo aéreo, sus lances de nicotina y sus estocadas como abreacciones, en fin, a quien sea tan hipócrita como para lanzarse a la imposible empresa de traducir a palabras el cacareado arte del "mejor torero de la historia", y del "mayor intérprete vivo", porque la historia, para que realmente se realice, hay que escribirla.

El artista quiere su libro (un "Juan Belmonte"), su antagonista (Roca: neotoreo versus clasicismo) y su historia (como farsa o, un paso más allá: como marketing). A veces pienso en que la tauromaquia terminará por Morante de La Puebla, que se merecería como biógrafo a alguien como Anónimo.

lunes, 14 de julio de 2025

Octavo encierro de San Fermín 2025. ¿A?

Miura, de la A con asas a la A entre interrogantes.

¿Dónde están los toros que pesaban más de setecientos kilos, pero que en las páginas de Diario de Navarra aparecían como de seiscientos noventa y seis, siete o nueve para no generar alarma social? ¿Dónde están los burracos, como Ermitaño, los sardos y los salineros, como Olivito, dónde la riqueza de capas, dónde los pelajes históricos? ¿Dónde están esos lomos que navegaban por encima de los de los bueyes y que no tenían un horizonte que los recortara? ¿Dónde está esa forma de correr despiadada, que era ver avanzar el deseo de ser más rápido que la muerte, queriendo adelantarla para llegar antes a la plaza? ¿Dónde está Chirrino? ¿Dónde están los miuras?

domingo, 13 de julio de 2025

Algo rápido sobre la fotografía de Rafaelillo y el de Escolar en Pamplona


Ésa es la magnífica fotografía, de autor desconocido, que retrata un momento de la corrida del 12 de julio de 2025 en la Plaza de Toros Monumental de Pamplona.

En primer plano, abajo a la izquierda, como sostenido por el propio final de la imagen, un toro de Escolar arrodillado, con la boca cerrada, el estoque clavado hasta lo más dentro, y desenfocado, porque está ahí, pero pronto dejará de estarlo. Mira hacia fuera el animal e imaginamos al puntillero acercándose a él, en una bellísima elipsis de la esencia de la Fiesta: el espectáculo donde se debe sentir la Muerte, siempre, aunque no se vea.

A la derecha, a media altura, una mancha negra vertical, deshecha por abajo en unos pliegues rosas que se salen del cuadro. Un subalterno exhausto, derrotado, vencido hacia delante, con una mano apoyada en cada muslo, y que sostiene todavía con la derecha su capote. Sigue aferrado a él, dispuesto a sacudirlo en un acto reflejo para ahuyentar el peligro. Una vida para siempre ya en alerta, en la que reconocemos al Capitán Willard en el hotel despertándose para matar moscas u oyendo, quijotescamente, helicópteros del Viet Cong en las taladradoras de una calle estadounidense.

Las tablas rojas, rojísimas, del burladero cruzan la parte central de lado a lado y, sobre ellas y encima del estribo, en el centro de la imagen, el blanco y el rojo, de San Fermín, y de la camisa ensangrentada de Rafaelillo. España se desangra, se va perdiendo a través de toreros así. Solo, lleva también aún la muleta en su mano izquierda, llora al cielo, como esa figura del Guernica, y comprendemos la lucha a vida a muerte que ha debido tener con ese diablo borroso. Un lamento en el que grita la tauromaquia heroica, la original, la de Frascuelo que, con el estómago y tres costillas rotas, se volvió a arrojar sobre el morrillo de Peluquero para matarlo de un estocada hasta las cintas y contraria*.

Cabezas, bustos más bien, flotan sobre el torero, mirándolo fijamente, como el banderillero Iván García, de manera piadosa, o Robleño, como viéndose a sí mismo. Cómo debe ser reconocerse nítidamente, sin reflejos, máculas o dudas, en el otro. Humano, demasiado humano. Todos nos vemos, nos aparecemos, en las miradas de esos bustos flotantes, que es lo que debe ver un matador desde el ruedo, filas y filas de ellos, en los que estamos todos y cada uno de los públicos, desde el que no quiere mirar, hasta los que lo miran a través de una lente o una pantalla.

Y, por último, la mano. El brazo desnudo que cae en perpendicular desde lo alto del burladero sobre el hombro del torero. La mano que somos todos, Rafael, dándote alivio, consuelo, calor y sintiendo aquello que los españoles hemos sido, hoy que somos mayoritariamente algo entre Santos Cerdán y Lamine Yamal, y lo que debemos luchar por seguir siendo, pese al sangrado.

Una corrida y todo el planeta de los toros dentro de una fotografía, desbordándola. Qué película habría hecho Serra con imágenes de esa tarde.

*Luego se supo que Rafaelillo mató a ese toro de Escolar con ocho costillas rotas y un neumotórax.

Séptimo encierro de San Fermín 2025. Desangrarse

Un toro negro de La Palmosilla metía riñones a la altura de donde el Santo y salía propulsado como si al sentir la presencia de lo divino, un espíritu demoníaco lo arrojara a una huida hacia delante sin más fin que hacer el mal. Como un rayo negro que oscurecía la calle y acaparaba el espacio a su alrededor, se encontró con un blanco a tiro y no dudó: arqueó el cuello, lo empitonó con el izquierdo y lanzó al aire al hombre que seguramente sintió, más que volar, que caía, se desangraba, en el vacío más impenetrable, ese de la propia existencia. Si Heidegger, como Hemingway, hubiera conocido la Fiesta, quizá habría visto al toro como al animal-para-la-muerte. Tras el mal hecho, volvía el toro como si nada a la manada y volvería más adelante a haber más corneados, pero ya no por un instinto malicioso de los animales, sino por la inevitabilidad del choque entre cuerpos que van a distinta velocidad y ocupan un mismo espacio. Los españoles se desangran por salvarse este fin de semana de julio, en Torre-Pacheco y en las calles y la plaza de toros de Pamplona (honor a Rafaelillo, Robleño y Juan de Castilla y a los toros de Escolar).

sábado, 12 de julio de 2025

Sexto encierro de San Fermín 2025. Un encierro de toros sólo en la plaza

Era un encierro más para el espectador y, seguramente, el mejor para el corredor. Los toros de Escolar mandando, estirados, con huecos, menos velocidad y dejándose sin decir ni , como los demás, estar rondando por las orejas, sobando los hijares, palmeando sus costillares o agarrando sus pitones. Era ver al toro rodeado y sobado por hombres sudorosos, excitados, rebosantes de adrenalina, ahogado en un mar de testosterona, con todo permitido, nada que consentirse, y filmado por las cámaras estatales, esto es, gubernamentales, y la mente se iba a la Sauna Adán. Ahora bien, no es lo mismo llevar detrás a uno de Pichorronco, girar el cuello y ver en esos vivísimos ojos toda una vida, la propia, que pende en esos instantes de que no se le ocurra estirar el cuello y lanzar la cornada, que correr delante de una de las horrendas lindezas de Álvaro Núñez, con esa carita de no haberse peleado en su vida y una mirada de súplica por acabar con una existencia producto de décadas de artimañas eugenésicas a contra natura. Decíamos, era un encierro más hasta pisar el ruedo. Allí, dos toros hacían por vez primera cosas de toros, se distraían, reconocían la plaza y descubrían la insignificancia del hombre, aún en masa. Se enfrentaba uno de ellos a la muralla humana, cara a caras, decidía ignorarla (ya tiene suficiente el guiri con la socialdemocracia, pensaría) y volvía hacia el callejón, llevándose a su paso a tres o cuatro hombres que salían despedidos como peleles. Otro toro, mientras, se orientaba al ver un capote que se tenía que soltar para tomar el olivo, oteaba las tablas y se lanzaba a embestir rabiosamente a un ramillete de piernas colgando, algunas, con el tobillo al aire (de aquí sale otra novela de González Pons), como si estuviera entrenando su acierto, su puntería cornúpeta, hasta que otro capote lo encerraba definitivamente. Terminaba así un encierro de toros que lo había sido sólo en la plaza.

La Hispanidad (y algo más). El Toreo.

El Toreo. Ni más ni menos. Eso ha acontecido hoy en Las Ventas , desde el mediodía hasta la noche, tiempo después de que el sol ...