(Se cuenta lo de los tres primeros toros, que son los vistos)
A la espera del colofón de la Hispanidad, que, en Ayusoland, es como si el madrileño fuera el guerrero maya que al final de Apocalypto ve llegar, en lugar de a los barcos españoles, a los capitales latinoamericanos a hacerse con su tierra, Plaza 1 preparaba para esta cuarta corrida de la Feria de Otoño un cartel de toreros del gusto de Madrí frente a un desafío de gallardos y lisarnasios, esto es, algo así tan nonsense como que fuera Pérez Reverte en una de las embarcaciones de la flotilla de la progrez.
Ver los seiscientos veintitrés kilogramos del primer lisarnasio desplazarse era sufrir por la cantidad de colesterol que se debía estar liberándose de sus venas y rompiéndolas. Se podía sentir la fractura, el crujir a cada arrancada. Igual que verlo chocar con ese rocín de tamaño planetario era pensar en Nietzsche e imaginar al filósofo arrojándose no sobre el caballo, sino sobre el pobre obeso toro que era maltratado en una injusta pelea. ¿Habrá algún Nietzsche en la afición capaz de saltar al ruedo, ofrecer su cuerpo al jamelgo-tanque y poner fin a ese canibalismo llamado, todavía, tercio de varas? Fortes quitó por templadas verónicas por el derecho que la cátedra recibió con un destemplado entusiasmo. La mole negra embestía, se movía (había todavía muchas venas por romper) y Uceda brindaba, se gustaba, pero no se comprometía. Era el lisarnasio soñado por todos aquellos ilusos que se han acartelado en los últimos años con esta bueyada de carnes flácidas y casta aún más fofa, y Uceda sólo dejaba un buen derechazo suelto. Por el izquierdo, casi ni verlo. Lo mató de estocada fulminante tras una media perpendicular.
El siguiente lisarnasio en desfilar era un Mr. Potato de la cabaña brava o el mito de la creación de Empédocles hecho toro: un collage en su morfología. Recibió un primer puyazo criminal y en el segundo se empleó dignamente. En banderillas persiguió (¿casta?) a los peones y Raúl Ruiz clavó un meritorio par por cómo se dejó ver y por el quite que le hicieron. Fortes también brindó y el lisarnasio también embistió. Improvisó el matador en un inicio de pedida de matrimonio clavando rodilla en tierra. Esa inspiración se abrió a partir de ahí como el toro en su vaivén y dejó paso a la transpiración del toreo, con espacio y maneras ideales para no someter al animal. La labor de Fortes, por debajo de la condición franca y repetidora del animal, cayó bien en la blanda afición madrileña que lo esperaba. Mató mal.
El tercer toro recibió aplausos de salida y entendemos que fueron por el contraste con las dos cosas como de otra especie que lo precedieron. Era ya de Fuente Ymbro y tomó un primer puyazo trasero para simular el segundo. Crudo, permitió lucirse a Marcos Prieto con los rehiletes. El toro era de tardear y Víctor Hernández se paseó hasta toriles para brindar a un señor sentado cerca de la amiga que acompañaba hoy al Chatarrero (¿tendrá también un Excel, como Ábalos, para ordenarse los pagos a sus compañías?). Tras un inicio por estatuarios, trincherazo y el de pecho, y dos series, firme, con la diestra, Víctor Hernández cogió la zocata y dijo todo lo que tenía que decir ante un oponente tardo, reservón y soso: este es mi pecho, este mi cruzarse, esta mi femoral y este mi vaciarte. Un torero con algo que decir y diciéndolo en Madrid. Lo mínimo que sirve para justificar ante nuestras familias tantas tardes y tardes de sonados silencios. Víctor Hernández lo dijo. Él hizo, con naturales, a un toro que no existía. Ejecutó bien la suerte suprema y recibió una oreja.
Salía de la plaza, pasaba de las paredes mudéjares a las trincheras metálicas de las obras del metro, y pensaba en lo bien que había estado Víctor Hernández, lo bien que había dicho lo que quería decir, pero que no me había levantado del asiento por emoción. Y en el taxi pensé en nuestras élites, en que nos quieren llevar a la muerte por la soberanía ucraniana, sea eso lo que sea, y en que los asientos de Las Ventas vistos de frente con los tendidos vacíos parecen un columbario. El toro, el toro, el toro... Él y nosotros somos seres-para-la-muerte.
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