jueves, 5 de febrero de 2026

La Gala 2026


La Gala se celebraba en el mismo invernadero, hábitat de florecimiento liberalio, que el año pasado, plantado en mitad del ruedo de nuestra querida plaza, ocupándolo todo y queriéndolo desplazar todo, sobre todo, esos tendidos vacíos que hablaban más que Ramonchu de lo que va realmente todo este sarao.

Ayuso ha levantado, sin querer, con esa semi-longaniza de vidrio en Las Ventas la isla de Epstein de la tauromaquia liberal (si con el triunfo de la democracia liberal unos cantaron el fin de la historia, tiene que haber una tauromaquia igual que traiga el triunfo imperante sobre todas las cosas). Todo lo que ahí se mostraba es lo que se puede ver, lo que se exhibía, y era atroz, así que daba miedo pensar en lo que no se ve de ese mundillo taurino. Jarreaba en Madrid y nosotros veíamos ese planeta desde fuera, a través de la transparencia de los cristales, pero éramos ajenos. Se nos quería hacer ajenos. Nos mojábamos y ellos no.

Ya dentro, un mago cuarentón vestido de Gryffindor sacaba cosas resplandecientes de los cuerpos de Ayuso, Almeidón, los del CAT, diversos matadores... cuando, por detrás del prestidigitador, aparecía la figura de Roca Rey, que pasaba por su lado para tomar asiento porque llegaba tarde. También llegaba tarde a la gala.

El mago avanzaba y pillábamos a Victorino hijo trajinando con el móvil. Alguien hablará algún día de la adicción de los búmeres a esas maquinitas.

El mago terminaba colocando todo eso que había ido sacando de los cuerpos en un cartel formando un corazón: «Madrid, el corazón del toreo» y se exponía, como por arte de magia, una pancarta para responder a las del 7. La contrapancarta del taurinismo es cursi.

Seguía una actuación musical con unos tipos vetustos, haciendo rock de catequesis de ese que ya pasó, de esa música ñoña que se ha ido con los Tipos Infames.

Aparecían tras ellos Ramonchu y Gemma Castaño que, por lo que he leído, es el affaire de Cayetano, felizmente retirado. Ramonchu dejaba la camiseta del año pasado, pero seguía con sus zapatillas e incorporaba un cuellito alto. Un look a lo Amón, nuestro superventas. Gemma iba disfrazada de envoltorio de bombón, mostrando una pierna de arriba a abajo (un homenaje a cargar la suerte) y un tatuaje en su hombro, pero lo más destacado era su acento andaluz, claro reconocimiento al «Madrid de todos los acentos» ayusil. El acento de Ramonchu, que lleva en Madrid desde 1993 era, en cambio, ya tal mezcla que nos sonaba a un futuro muy pasado.

Salía entonces Almeidón a dar la bienvenida, con su acento cateto, y recordaba a «Moncholí», ensalzaba a los «mataderos y ganaderos» y pontificaba el mantra de los jóvenes y los toros que, como el año pasado, recorrería la gala de principio a fin como el mantra del cambio climático en un discurso de nuestro Pedro.

Acto seguido, como en el guión de una serie española actual, es decir, mala, un imberbe sobrino de Borja Domecq recogía el premio a Jandilla como mejor ganadería y lo hacía joven como es, pero hablando como un viejo. Lo búmer y lo zúmer entendiéndose. Los toros de Ayuso han resuelto el galimatías del generational clash, olvidándose, eso sí, de todos los equis y millenials que estamos por ahí en medio.

El premio lo entregaba Álvaro, el hijo de Florito, que se quedaba en el escenario para recibir de manos de su padre el premio «Juventud y Tauromaquia». Veintisiete castañas contemplan al niño, que ha estudiao mucho, pero ha querido seguir los pasos del padre, orgulloso. A los demás nos dejaba la sensación de que en España el progreso es sólo por la vía de la endogamia. Reparaba entonces en el aspecto de Álvaro, con pinta de torero y pensaba en que todo habitante del universo taurino parecía nacer prototipado. ¿Existe un único útero donde se gestan taurinos? ¿Será un invernadero como el de la gala? ¿O será una isla como la de Epstein donde se producen monstruos surgidos de relaciones incestuosas, propias del Marqués de Sade, del hiato de la historia y de lo más oscuro del ser humano? ¿Por qué ese pelazo en todos los taurinos?

«Tiempo del relevo en el mundo del toro», decía Ramonchu, que se llevaba un abrazo más sentido de Florito que el que se llevaba su propio hijo. Cosas de famiglia.

Mariló Montero recibía el premio «Mujer y Tauromaquia» y lo hacía muy seria, con un discurso extrañamente sesudo, como si se le pidiera a algún joven madrileño de cuarto de la ESO escribir en defensa de la tauromaquia. Estaba tan seria que daban ganas de haberla visto a ella ayer frente a Pablo Iglesias en lugar de a Vito Quiles.

Y ya, por fin, se iba a enseñar el cartel de este año. Antes, un vídeo del making of en el que se veía cómo un señor peludo, lleno de tatuajes y con grandes pendientes hacía fotos a un esmirriado Roca Rey. Recordaba a la Blow Up de Antonioni, pero sin mujeres. También se veía a CRV gesticulando efusivamente como uno de los jueces de las series de Netflix sobre competiciones de fabricar tartas o sobre maquillaje, con unas gafapasta a lo Le Corbusier.

«Pues ahí está. Qué cartel más bonito. Cambio generacional», decían los copresentadores mientras tras ellos se alzaba el cartel con un Roca Rey enseñando su medio pechito depilado y con una mirada a lo Zoolander.

La política de género de Plaza 1, es decir, de la CAM, es feminizar a un torero. Amariconarlo. Una tauromaquia maricona. Una cuestión más profunda de lo que pueda parecer, que ahí está el libro de Manuel Delgado Ruiz, «De la Muerte de un Dios», para quien quiera.

Roca dio un discurso tan largo como sus faenas y nos pareció que escribe y lee mejor que torea.

Luego subieron muchos jóvenes que se sentaron con los matadores presentes, los co-presentadores y desconocidos en la escalinata del escenario para hacerse un retrato de Dorian Gray. Una foto que sería mejor cartel que el que se presentaba.

Ramonchu mientras, se erigía en un héroe desmitificador de toreros: «Tala, ven aquí. Manza, vamos, sube. Borja, Borja, ven».

Se veía a Miguel Martín dando indicaciones compulsivamente entre la pasividad de esa primera fila de empresarios y políticos. Era como el esbirro que en las películas de mafiosos quiere hacerse notar o hace de payaso.

De pronto, casi sin querer, salían los carteles, esa cosa por la que se supone que se montaba está gala, y los co-presentadores los narraban rapidísimamente, obviando casi siempre la corrida torista de cada semana.

Luego se dirigían a Borja Jiménez que fue el único que se dirigió a la afición de Madrid (la gran ausente de la gala, la que paga) dando las gracias. Y luego retó a Roca a que se apunte con él a la de Victorino en Otoño. El realizador consideró oportuno no mostrarnos el careto del peruano y nos quedamos con las ganas de inmortalizarlo.

El premio «Embajador de la Tauromaquia» se iba para Sergio Ramos, que no estaba. Lo recogía Tala de manos de Schuster, que pasó por el escenario tan ignorado como el que lleva al speaker el micrófono que sí funciona. Tala hablaba y parecía Joaquín Reyes disfrazado de él, por lo cartoniano de su cara.

Salía Bernard Domb a decir paridas y Garrido empezaba un discurso antitaurino que se cortaba por el inicio del telediario, que mostraba imágenes de un agua enfurecida, liberada de las cañerías que la aprisionan y la conducen contra su voluntad, y daba gusto terminar así.

Nos quedábamos sin escuchar a Ayuso y, sobre todo, con la sensación de que había faltado en la gala lo que nadie se había atrevido a mencionar: Morante.

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