Desayuno en un bar del centro de Guadalajara, que ha quedado para que paseen viejos a diario y corran toros cuatro días al año. Un corredor de la muerte por el que unos van despacio, y otros deprisa.
Las servilletas de papel anuncian una corrida de toros. «Manzanares. Juan Ortega. Roca Rey. Toros de Hermanos García Jiménez. 11 de abril – 17:30h. Brihuega».
Cojo una servilleta con la mano y con las dos la restriego por mis morros. La grasa de las porras pasa a la servilleta, que aprieto contra mi cara y repaso con ella todos los rincones. El papel se llena de restos de café. Se enmarrona y se vuelve transparente por partes. Lo retiro y lo miro. Manzanares casi ha desaparecido. De Juan Ortega sólo se lee ya «uan» y no puedo evitar pensarlo en andaluz. Sobre el nombre del peruano se han quedado pegados trozos del crujiente de la porra, entre las letras, tachándolas. Incluso habrá algo de mis babas. La ganadería se ha perdido entre las arrugas del papel. El resto, ilegible. Espachurro la servilleta y la tiro al suelo junto a otras tantas iguales.
Irá mucha gente a la corrida, seguro. No hay más que ver el suelo del bar.
En la televisión hablan de Noelia. En el Estado, eutanasia libre, y en los toros, indultos deliberados.
Mientras voy al baño pienso en la vida usada y arrojada como una servilleta de papel; en muchas vidas así, por los suelos. Y pienso también en el papelillo que se mete en las urnas. Miro el rollo de papel higiénico. Pronto anunciarán ahí los carteles de toros y podremos limpiarnos con ellos el tafanario. Podrían poner ahí también el BOE.
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