domingo, 14 de junio de 2026

La de La Beneficencia 2026. ¿Hoy Amón se habrá aburrido?

Vamos a comenzar con dos suposiciones: una, que Rubén Amón haya asistido a la corrida de La Beneficencia y, dos, que lo haya hecho como espectador de callejón en lugar de ir a "su abono", que nadie sabe dónde está. En esta segunda conjetura, hemos optado por lo que, a tenor del histórico de la fotogalería venteña, aparece como lo más probable.

A partir de ahí, lo siguiente que se ha de destacar como gran condicionante de la tarde en el ruedo, los tendidos y el callejón, donde suponemos a Amón, ha sido la lluvia. Hoy, por una decisión basada en motivos desconocidos de los meteorólogos de Plaza 1, no se habían proyectado hacia delante esos condones metálicos que hacen de tejadillo para que los del gañote puedan disfrutar de la tarde en el callejón como si estuvieran en un polideportivo, con el sonido de los «bieeeeenggg» de los banderilleros retumbando en la chapa y penetrando en sus orejas como un gol.

Amón, entonces, tomaría su sitio en el callejón henchido de ego, tras recibir la única, pero valiosísima felicitación de sí mismo por su última arcada en El Confidencial bajo el título «¿Es Las Ventas la plaza más aburrida del mundo?» Ya aposentado, si no fuera por haber estado loando con otros compinches del gañote la actuación de Gordito II el día anterior en Marbella ante las fieras desmochadas de El Freixo, podría haberse hecho otra pregunta: «Beneficencia... ¿a beneficio de quién?»

Vería salir al primer toro de la tarde, de Victoriano del Río, hecho entero de grasa. Si el colesterol se hiciera toro, sería ese. Observaría con su mirada de intelectual cómo se movían las carnes grasosas de ese bicho, queriendo separarse del músculo, cobrar vida propia y reproducirse como en una película de Carpenter. Sufriría con el esfuerzo de Talavante porque el toro no se tumbara, aunque su lengua ya hubiera caído casi desde el recibo capotero. Oiría las protestas —el aburrimiento de las protestas del 7— y vería a los pañuelos verdes ondear, esparciendo el tedio por toda la plaza, como si fuera un virus que está en las cosas nasales de esos aficionados y que queda impregnado en ese moquero verde. Pensaría entonces en lo acertado de su artículo y puede que en su cerebro se hubiera atisbado un destello de lucidez si se le hubiera ocurrido plantearse que, a lo mejor, el tedio nace de un toro despojado de toda su naturaleza fiera e indómita. Se entristecería al ver que Ambel sólo dejó una banderilla en tres pasadas y que tuvo hasta que soltarlas a la cara del toro una vez y tomar el olivo. El canguelo que entra ante una lengua tan afilada como la del toro. Ya con la muleta, tomaría notas muy cultas y muy chulas de cómo el deseo de perseguir sin fin la tela roja del animal obeso, se encontraba con el muro infranqueable de su blandenguería. Talavante lo degolló, y Amón despediría con una gran ovación a los areneros que curraron de lo lindo para retirar los litros y litros de sangre derramada por la boca del burel. «Qué grandes profesionales a los que el 7 no reconoce como merecen. ¡Fascistas!»

Salía el segundo buey y Amón también aplaudiría a rabiar las verónicas de pegolete de Roca Rey. Le explicaría al de al lado sus teorías sobre Madrid, Sevilla y el 7, mientras este tendido protestaba de nuevo la invalidez del buey, que más que andar, se tropezaba, pero enseguida se le iría el disgusto al ver el pique capotero entre Rey y Hernández, tan artificial como pueblerino en el que no dieron una sola verónica, que en Las Ventas gustan. No nos atrevemos a imaginar los movimientos rítmicos que debieron ejecutar las manos de Amón tras las tablas con el inicio de rodillas de Roca Rey, ni queremos tratar de adivinar la longitud, grosor y espesor de la mancha blanca que dejaría en el maderamen cuando el matador aguantó el parón del toro, cabeza con cabeza a un metro, y se lo sacó con un cambiado por detrás. «¡Aaaaaaagggghhh ugghgghhh síiiiiii!», o algo similar bramaría. Muy en novillero toda la tarde, Roca intentó su neotoreo, pero el buey, con toda su lengua fuera, se le rajó en el segundo zurdazo, aunque no importaba, porque Amón estaría todavía extasiado por lo de antes. Mató de estocada desprendida con el buey pegado a tablas, y Amón lo vería muy de cerca.

Víctor Hernández recibió con verónicas a mantazos al tercero y Amón aplaudiría de nuevo, porque aplaudir es pasárselo guay. No apreciaría el tamaño de los trastos de los tres matadores, cercano al de los toldos verdes de la España del desarrollismo, que él no va a la plaza a medir ni a hacer geometría. Como entiende que el primer tercio es un rémora para el espectáculo, tampoco atendería al primer gran puyazo y la buena pelea de Empanado. Su cuidado flequillito se le movería con el vendaval que se levantó en banderillas y que dejó clara la casta y, por momentos, genio del toro, que hizo sufrir de lo lindo a los rehileteros. Prieto lo cerró a una mano con gran habilidad, pero Amón estaría mirando el impacto en número de visualizaciones de su artículo y se lo perdería. Hernández faenó cerrado por el viento, con firmeza y mejor por el pitón izquierdo, pero sin dar el paso y el remate de los que nace el Toreo. Se tuvo la sensación de que el toro, encastado, era el que mandaba, aunque Amón seguramente vería otra cosa. Desde el tendido se veía un nubarrón sobre el matador, que era la sombra de la mano de Abellán. Manoletinas para cerrar, una estocada tendida y atravesada, a capón, y luego una desmedida parsimonia para descabellar al toro hicieron que nos quedásemos muy cerca del tercer aviso, algo que Amón podría haber entendido como un merecido indulto, de haberse producido.

En el cuarto llegaría el diluvio. Los tendidos se vaciaron demostrando que hoy no había muchos de los habituales, y Amón abandonaría su puesto en el callejón. Vería ya bajo el techo de la galería y en la pantalla de televisión el hacer de Talavante que estaba en la línea del no-hacer ante un torete tan colaborador y entregado a la causa artística como los jóvenes voluntarios de la visita del Papa. Aún así, si no hubiera marrado con la espada, las buenas y pocas gentes que quedaban en sus asientos le hubieran pedido la oreja. ¡Y eso seguro que habría divertido a Amón, que cuenta la diversión en despojos!

Roca decidió que la corrida siguiera adelante bajo la lluvia, el viento y sobre un ruedo que era un océano blanco, hasta con sus oleajes. «¡Qué actitud de figurón del toreo!», exclamaría Amón, atusándose el pelo. No sé fijaría en la interesante pelea en varas, con un primer puyazo en el que el toro casi derriba al Equigarce, ni en los apuros de un subalterno al cerrar al toro, viéndose obligado a tirar el capote, que quedaría hecho un gurruño sobre el barro durante varios minutos, en un signo para muchos de la decadencia de la Fiesta y que para nuestro escritor no sería más que un potencial estorbo para el desarrollo artístico del matador peruano. Lo que tampoco vería Amón es a un niño de tipo amorantado torear de salón en lo alto del 7 con una almohadilla de color malva bajo la lluvia y los olés del público. En cambio, sí que vería por la televisión el neotoreo de descargue, desalojo y temple, eso sí, de Roca Rey, frente a un toro con interés, que a veces se ponía bronco o cabeceaba, pero que rompió en un nuevo animal muletero. Y Amón vibraría como un móvil al recibir la llamada de una amante, porque ese neotoreo luce y reluce como pocas cosas a través de los bits de la pantalla. Roca falló varias veces con la espada y nos quedamos sin ver una de sus magníficas estocadas, algo que a Amón se la trae al pairo, porque sólo hay un dios del toreo capaz de matar como Dios manda.

El sexto toro ya no lo vimos nosotros, pero tampoco podemos asegurar que Amón sí lo viera o que ya se hubiera ido del ¿aburrimiento? a La Maestranza que, aunque no pase nada en ella, es la «primera plaza del mundo».

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