El último día de mayo de dos mil veintiséis, Ferrera picó a un toro de Adolfo Martín, cortó dos orejas y salió a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas por cuarta vez. Se subió a la furgoneta y, a un kilómetro del hotel, se bajó descalzo.
Andaría por la calle López de Hoyos de Madrid con su traje de luces lleno de sangre. La furgoneta lo seguiría unos metros por detrás. O no, y lo abandonaría en su suerte. Un hombre que venía del roce con la muerte se rozaba con la vida de una calle cualquiera. Se daba un baño de soledades. Él, que acababa de tocar el cielo, decidía bajarse y andar solo entre otros mortales.
Ferrera olería a muerto, pero caminaba. Estaba vivo y feliz, seguramente. Era el más vivo entre los vivos. Sería ver andar a la muerte, que también es la vida, ahora que la ocultan en las periferias, donde cada vez vive más gente. Alguien se iría a llevar un trozo de filete de ternera a la boca cuando vería al torero tras el cristal del restaurante, y puede que, en ese mismo momento, se atragantara al pensar en el matadero donde hubieran matado maquinalmente a lo que era su comida. También, en algún momento, el torero y un repartidor de Glovo coincidirían, y no habría mejor alegoría de España.
Como la mentira es costumbre, alguno pudiera pensar que era una performance. Un rodaje para un anuncio de tanatoturismo. Otros quizá sufrirían un ramalazo existencialista y caerían en lo absurdo de su vida que, frente al torero, se hacía inconmensurable. Parecería claro que no era una declaración contra el animalismo, y sí una afirmación muda de la tauromaquia: su normalización. La Fiesta se presentaba en sociedad, se introducía en sus calles. Se hacía de carne y hueso, sin aspavientos, albornoces o cánticos, con toda su crudeza, en el cuerpo y el vestido de sangre de un matador de toros que andaba entre una muestra de esta sociedad de vivos de cartón piedra y muertos que caminan. Un hombre que era el propio mensaje: «¡Vive!»
El torero iba sin manoletinas, sólo con las medias entre sus pies y el suelo. Quizá es que después de la gloria se ha de buscar la penitencia. Tendría frío, pisaría orín de mascota, y algún adoquín roto rasgaría la tela y su piel. «Como si se rajaran las plantas de mis pies y me deshiciera por los talones», pensaría, lo que fuera necesario para sentir más la tierra que pisaba, hacerse de ella, arraigarse. De Madrid al suelo. Sólo él iría descalzo y nadie podría dudar de dónde venía. Volvería alguno a casa con una pizza congelada para cenar; otros irían a cenar fuera de casa, tratando absurdamente de olvidar la ineludible llegada del lunes; también habría quienes irían haciendo running y quienes, como especímenes altamente evolucionados del Homo Sapiens, irían plegándose, agachándose y arrastrándose para recoger las mierdas de su perrito, mientras él, Ferrera, venía de matar tres toros. Ojalá fuera fumándose un cigarrillo. Nuestro John Wayne.
En el ruedo, querría haberlo hecho todo en solitario: picar, quitar, banderillear, faenar y matar. En la calle, querría estar solo, pero en multitud, porque necesitaría sentirse uno más. Desearía ver a gente, cruzarse con ella. Querría igualarse. A su paso, se sentiría un escalofrío. Ansiaría someterse a lo cotidiano. Volver al rebaño. Gustosamente iría plegando su cuerpo a las normas de circulación y de educación. Disfrutaría al pararse ante un paso de cebra, al mirar antes de cruzar o al ceder el paso a un hombre con un carrito de bebé. La luz de los semáforos enrojecería su traje ensangrentado. O lo reverdecería. Su terno blanco y oro lo haría verse como un extraterrestre. Desde los coches, a cierta velocidad, verían cruzar un destello, una estrella fugaz teñida de sangre. Como en la plaza. La lágrima de una herida.
Alguien lo reconocería, o mejor que no. «Mejor volver a ser nadie; yo soy nadie, como los demás», iría pensando. Algún niño lo señalaría con el dedo y otro lo miraría pasar como a un Rey Mago. Debería haber una ordenanza por la que un niño sólo puede estar a esa hora en la calle para cruzarse con un torero. La calle y sus cosas se atenuarían a su paso, hasta apagarse. O al contrario, y ese banco de madera roída sin historias ya que contar recobraría lustre y sentido a su paso: «Por aquí, por delante de este banco pasó Ferrera». Con la muerte encima, daría vida a la calle y, milagrosamente, nadie lo grabó o fotografió.
Así llegó Antonio Ferrera a un modesto hotel Ilunion del barrio de Prosperidad, andando, descalzo y con su traje de luces lleno de sangre, después de hacer que el San Isidro de dos mil veintiséis no se nos olvide.
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