jueves, 18 de junio de 2026

«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*


*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/ 


«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»

Dijo Rubén Amón.

Las Ventas… Las Ventas con su irse hacia la plaza.

Venirse en coche a través del Madrid atascado de vuelta al hogar que, por unas dos horas, será un pedazo de piedra gris con un número pintado en negro. O acercarse en metro que, por un rato, deja de ser la patria del inmigrante para ser nación pasajera de españoles con almohadilla. O asomarse por la tele que, por seguro, será de mentira. Sea como sea, aproximarse a la plaza de toros de Madrid es irse despojando de lo cotidiano, desprenderse al bajar por la calle Alcalá de todo con lo que uno viste y reviste su existencia y llegar crudo, a ver si se abandona un poco esa cosa tan común de irse muriendo, o todo lo contrario, y travestirse a lo taurino para seguir muriendo un poco más. Ir a Las Ventas es una costumbre y, a la vez, está de moda.

Las Ventas con sus bares, en los que no se cabe.

Bares en los que estar dentro es esperar para el baño, y fuera es donde se puede estar hasta pasar a esperar para el baño. Porque el aficionado es alguien que espera. Esperan hasta los jóvenes que hacen cola en el Carrefour Express y lo han convertido en su bar, como la clase media ha hecho de Mercadona su restaurante de menú del día. El café con pestiños en Gómez resiste a la peste del gintonic. El olor a fritanga también persiste frente al aroma a sandía con hielo del vapeo. Igual que una repisa de madera con una lista de precios pegada con celofán, y una funda de plástico grasienta que pende de un clavo y guarda una imagen descolorida de Pepín Jiménez sobreviven al estilo colonizador minimal andalú de cenefas de azulejos y paredes de ladrillo desnudo sobre las que clavar una alcayata fotografiada de Julián. Todavía incluso se conoce a algún camarero por su nombre, pero tras las barras hay cada vez más extranjeros y esos pedazos de acero inoxidable, piedra o madera son las verdaderas fronteras. Barras de bar, vertederos de pueblos. Por suerte, en el suelo todavía no hay servilletas de papel sobadas y pringosas que anuncian el cartel de una tarde. En el aire hay humo entre los recuerdos y se habla demasiado, pero siempre hay algún anciano que observa, callado, hasta que deja las monedas y se va, y con él un mundo sin datáfonos ni culerinas.

Las Ventas también con su explanada en derredor.

Ese gran vacío que cobra sentido cuando la boca del metro escupe gente que se cruza con la que se arroja desde cualquier calle. Personas y personas cruzándose, aunque muchas están predestinadas a no cruzarse. Se cruzan vidas en paralelo: las que van amargadas, pero con la ilusión de ver a los Reyes Magos, y las que van etílicas de felicidad, pero con la clarividencia de ver un triunfo. Todas van a ver morir a seis toros, seguro. Y por esa obviedad protestan los antitaurinos que, amparados por la policía estatal, prefieren manifestarse en la explanada antes que frente a un matadero. «¡Aguafrí-a-guafrí-a-guafría!» se le oye cantar a un tendero en la solanera mientras las puertas de la plaza engullen a la gente.

Las Ventas con sus pasillos, que se abarrotan.

Aún llenos de multitudes, uno se siente en el vacío, solo, como un forastero, hasta que se otea a un conocido y sube de golpe el calor de la muchedumbre. El sol del oeste entra a los pasillos y resalta los desconchones de las paredes. La plaza casi se cae a pedazos, aunque de ella cuelgue un «no hay billetes». Casi nadie sabe dónde va y todos van igual. Nunca la masa fue tan indiferente. Se avanza entre la homogeneidad que da un país precario. Subir las escaleras hacia el tendido alto es como meter la cabeza entre pantalones expuestos en un outlet de la periferia. Las voces de «¡almohadillas pa’ la piedra!» se las llevan borrachos de cubata al pecho. Orinar en los abrevaderos del 10 alto es recibir la salpicadura de alguien que desconoce lo de cargar la suerte. ¡Qué menos que, si caen sobre nuestra pernera gotas del orín de otro, sean de alguien que sepa qué es cargar la suerte! La cuartilla blanca del programa de mano se cuida o se pisotea, eso sí, con mocasines de borlas. En los pasillos todo pasa y lo queda es posar. Posa el torero, posa el público y, entre poses y lenguas, se pierde la corrida.

Las Ventas con su reloj por el que se va el sol y muere la tarde.

Un reloj que no se detiene aunque toree el mejor escacharrador de la historia. Porque tiempo es lo que somos y lo experimentamos yendo a la plaza; hasta que, al lado, una adolescente vomitando ginebra nos devuelve a la fruslería de minutos y segundos convencionales, al tiempo perdido.

Así están Las Ventas con su esquizofrenia, que es la del españolejo hoy, entre el Estado que lo devora y una nación que se desangra.

Las Ventas con su Cazarrata y su Ombú. Con su Rosco y su Roberto Gómez. Con su Guarro y su Centro de Asuntos Taurinos. Con su sol de canillas al aire y su sombra de calcetines de perritos. Con su 7 y su callejón. Con sus llenos de andanadas despejadas y sus triunfos vacíos. Con su báscula que adelgaza a los caballos y engorda a los cuvillos. Con su «Gallito» de Lope y su discoteca. Con su chatarrero, siempre acompañado, y su vulcanólogo, siempre que su mecenas no toree en Jerez. Con sus pañuelos verdes y sus gintonics. Con su memoria y su amnesia. Con sus chubasqueros y sus paraguas, sí, paraguas. Con su ruido y su silencio importado. Con sus filias, a quien se entrega, y sus fobias, a quien no. Con su «del que lo hace cuando lo hace» y con su Fernando Adrián. Con sus toreros de Madrid y con Julián de San Blas. Con sus palmas de tango y sus vivaespañas. Con su palco real sin rey. Con su palco de rigor mortis. Con su muerte y su farsa, que lo es todo menos lo malo. Con su exigencia y su decadencia. Con su idiosincrasia que se pierde. Las Ventas con su afición a la que a veces le gustaría hacer de su entrada, pagada, una pistola y ¡pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Petardo!

Las Ventas hasta con sus Amones, que regurgitan paridas como la del título.

Las Ventas, una plaza que ya no es lo que era, lo que recordamos que era o lo que nos contaron, porque ya no puede serlo.

Las Ventas es, cada vez más, nostalgia de sí misma o una resaca. Por eso, mientras más vengo a Las Ventas, menos me gusta morirme… o leer a Amón.

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