domingo, 26 de abril de 2026

Dolores y Escolar en 3 Puyazos. Otra historia

Se arranca el coche gracias a la gasolina enriquecida por las guerras de los pacifistas. Se introduce el destino en el Maps del móvil. Se recuerda debidamente a todos los benditos fallecidos del alcalde de Madrid y su maratón que fuerza a la inteligencia de la app a recalcular la ruta. Se suda para alcanzar la M-30 y se sube la potencia del aire acondicionado. Se baja la radio para oír al navegador. Se sube la radio al creerse seguro en saber llegar ya a la A-1. Se pisa la A-1 y se sube más la radio, que ya se deja así. Se avanza en sentido Burgos entre vehículos movidos por planes de fin de semana, es decir, empujados por un vacío. Se viaja emboscado. Se coge la salida 34 y se inicia una travesía de rotonda en rotonda, que es esa plaza de pueblo sin pueblo, plaza para pasar y no para estar. Se pasa una última rotonda, bueno, se espera que así sea. Se aparca el coche ahí donde empieza el campo y el pueblo no sabe cómo dejar de serlo. Se ha plantado césped y un carril bici. Se encuentra la naturaleza con la moda. Se pasea por calles hechas de muretes de medio pie de ladrillo que es lo que separa lo público de lo íntimo que es, además, replicable o lo parece. Se camina también entre vehículos y alcorques vacíos. Se va entre la nada y la otra nada. Se ve que se ha logrado hacer de los pueblos, o de su parte nueva, al menos, un cementerio para los vivos que huyen de la ciudad. Se discurre por otra rotonda también como transeúnte y se tiene la funesta sensación de que la movilidad sostenible también se aplicará pronto sobre el cuerpo humano. Serás sostenible o no serás. Finalmente, se lee en un cartel: «Gracias aficionados», y, por el hueco de donde no está la coma, se entra en otro universo.

Dentro de la plaza de toros huele a fritanga. Repiquetean las campanas de la iglesia y las cigüeñas. Hay un gran redondel sin líneas de circulación.Todo se llena de gente alrededor y todos han pagado su entrada, hasta Roberto Gómez, según dicen, en lo que puede ser el mayor hito no sólo de la Feria de 3 Puyazos, sino de la tauromaquia del siglo XXI junto con la felícisima retirada de Julián. Amón, mientras, estará en el callejón de Sevilla posando como Bernard-Henri Lévy en su guerra particular. Todos allí reunidos por lo mismo: la emoción de un toro y un hombre luchando a muerte. Aficionados que ansiamos huir de la cutrez de los minutos que se pasan procrastinando sobre el váter y, en cambio, perder media vida sobre la piedra de una plaza viendo matar toros, para ver si morimos un poco menos y hasta que muramos del todo. Nuestro universo paralelo.

Salen seis toros, tres de Dolores Aguirre y tres de José Escolar. Toros de verdad, no de los que se ven en las pantallas. Toros cabezones, con flequillo, o avacados. Toros sin cuernos de merengue ni rastros del confitero. Toros que se arrancan al caballo con alegría o que se lo piensan y en los que se ve mayor duda existencial que en cualquiera de nuestros conciudadanos ante la Declaración de la Renta; toros que apuntan al torero, que lo desarman y que revientan el cartel con el otro hierro como si fuera una hoja de papel; toros que no dejan poner poses o sí, como el segundo de Escolar, y que entonces nos desagradan, o toros mansos con casta, como el tercero de Dolores, que estaríamos dispuestos a ver una y otra vez. Toros que reciben veinte puyazos, de veinte maneras distintas, ninguna merecedora de aplauso y unas cuantas con sus justas protestas e incluso broncas.

Toros que no nos muestran su lengua antes de morir, señal inequívoca de la ausencia de eso que llaman «arte» y que ha alcanzado su cénit con un señor regordío sentado en una silleja plegable de madera, con los brazos en alto y las banderillas también, cruzado de piernas como una señora esperando a la salida de misa y dejando un par al quiebro sin reunir y desigualado, tras el que el toro embistió contra la silla a lengüetadas.

Toros frente los que no hay tres artistas, sino tres tiesos: Damián Castaño, Juan de Castilla y Maxime Solera, empecinados, eso sí, en faenar para toros de lengua fuera. Sólo en los dos primeros animales se cuentan más pases que en toda la tarde de Prieto y Reta, que ya sabemos que es el universo al que aspiramos, nuestro Cielo. Y desde esas alturas, el ánimo se cae al tejer el hilo entre lo de Reta del día anterior, lo de hoy y lo que vendrá en San Isidro. Una línea continua hacia el abismo que trae aquel que salvará a la tauromaquia de los toros.

Sólo hay dos acontecimientos que adelantan, concentrada, la decadencia: los toros y el fútbol del Real Madrid.

Los toros hoy han podido con los hombres, incapaces de matarlos como merecen. Sólo Castaño ha estado a la altura del meloso pitón derecho de su Escolar.

Se vuelve a la realidad, que es bajar por la A-1 sentido Madrid. Y la carga se alivia pensando en que aunque Almeidón nos obligase a ir corriendo hasta San Agustín del Guadalix, iríamos con la misma ilusión.

Sánchez Vara debió sacar la silla con el de Reta y cambiar así la historia.

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