martes, 25 de agosto de 2026

La muerte de Belmontino

Belmontino era chico por todas partes. Chico, y hubo quien se quejó, por lo que él fue de un lado a otro, haciendo grande su pequeñez o queriendo achicarla. Fue también feamente castigado y se fue suelto las dos veces. El caballo se fue también entre quejas y todo el círculo del cielo era gris y lo mirábamos, para que nuestros ojos tomaran aire o para ver si iba a llover. Belmontino sintió algo que llaman mansedumbre y corría por aquí, por allí, a por uno, con ese y ese otro, de un número a los siguientes o a los anteriores, y nadie lo paraba porque nadie podía pararlo. Era el dueño del círculo del suelo de arena oscura. Ya tenía unos palitroques encima cuando se detuvo porque quiso y ya no volvimos a mirar encima de nuestras cabezas. Un hombre le puso una tela delante, pero Belmontino sabía lo que era tela y lo que era hombre. El hombre no pudo hacer más que sufrir y nosotros mirarlo. Nuestros ojos se pegaron a ese animal, iban donde él iba, se movían cuando él lo hacía, rebotaban en nuestras órbitas con sus cabezazos, sus dentelladas, sus sacudidas, sus coletazos, sus giros y sus miradas, y todo lo que nuestros ojos se movían era suyo. Lo veíamos, pero estábamos dentro de Belmontino, como si nos hubieran arrancado los ojos y los hubieran incrustado sobre los suyos, a empellones, llorando sangre. Ojo por ojo. El hombre quiso verlo también, se echó la tela a su mano izquierda, la echó adelante y se le echó encima Belmontino que se volvió rabiosamente y ahí seguían el hombre y la tela, y él tras ellos hasta que el cuerpo se erguió y movió la tela de un modo tan sutil ante tanta violencia que Belmontino dudó. Sintió eso mismo que antes, que podríamos llamar la duda existencial del español, y miró hacia fuera del círculo, y nosotros también. Pero volvió. Y hubiera seguido volviendo hasta que nos hubiéramos vuelto ciegos. Ciegos de emoción estábamos cuando el hombre se arrojó una segunda vez sobre Belmontino que dobló las manos y cayó. Pero se levantó. Desde donde sus ojos veíamos el cielo y el suelo, un círculo y otro, varias veces. Veíamos sus patas y sus pezuñas que avanzaban junto a unas tablas muy rojas. Veíamos sangre brotar. Veíamos las patas y pezuñas avanzar y retroceder. Veíamos la arena negra y las nubes, todo lleno de nubes. Veíamos que las patas temblaban, pero no doblaban. Veíamos otros hombres por ahí arriba, entre el cielo y el suelo. Veíamos que íbamos y veníamos; que nos íbamos, pero nos quedábamos. Veíamos a la ganadera que había criado a Belmontino, una vez, y otra, al volver. Veíamos que volvíamos. Veíamos al hombre que aplaudía sin la tela roja. Veíamos que andábamos, que no podíamos seguir en pie, pero que no queríamos echarnos. Que nos eche otro, veíamos que nos echara otro. Veíamos ya más el círculo del cielo, a ráfagas. Todo se veía entrecortado. Veíamos por ahí a nuestra ganadera. Veíamos más negro que otra cosa. Veíamos ya sólo un ruido, un aplauso ensordecedor. Y creímos verlo caer, casi bajo la ganadera, a los pies que lo vieron crecer. Creímos verlo caer donde nació.

Y vimos que murió Belmontino tras no dejarse morir.

Luego vimos que lo arrastraron las mulillas mientras seguíamos en pie y aplaudiendo sin parar durante varios minutos.

Y luego pensamos en quién se va hoy a tragar su muerte por Ucrania y que, si fuera por España, sería sólo por toros como Belmontino de Dolores Aguirre y toreros honestos como Damián Castaño.

La muerte de Belmontino

Belmontino era chico por todas partes. Chico, y hubo quien se quejó, por lo que él fue de un lado a otro, haciendo grande su pe...