sábado, 19 de septiembre de 2026

Un toro ha cogido a mi padre


Un toro ha cogido a mi padre. Yo lo he visto por el móvil, sentado en el váter. Justo cuando venía la cogida, el toro y él se han salido del plano. He deslizado el dedo hacia arriba para poder verlo o para detener al puñetero animal, pero la tecnología no hace milagros. Se oía un grito, y la cámara hacía zoom sobre su cuerpo tumbado con toda su cara contra el suelo. No se movía. Estaba inconsciente, seguramente. Estaba como el muñeco que tira un niño cuando deja de jugar con él. Mi padre era un pelele. El realizador cambiaba la cámara y vi al toro seguir como si nada. «¡Joder, joder!». «Mamá», aparecía ahora en la pantalla. Me llamaba llorando. Al colgar, volvía el vídeo en directo y a mi padre se lo llevaban en una camilla escoltado por innumerables policías municipales. Mi padre herido estaba más protegido que nuestra frontera. Movía la mano, el brazo, se quería incorporar y era verlo resucitar. Creí que podía haber muerto. Se me vino una sensación de fragilidad que podía con toda negación. No, no, no. No puede ser. Él también puede irse, era cierto, así, en un golpe de cámara, que debe ser el pestañeo de una máquina y yo lo veía a través de unas ondas... ¿y si la señal se equivocaba? ¿Y si pudiera rebobinar? ¿Y si en otra frecuencia mi padre, como tantas otras veces, salía airoso? ¿Y si no era real? ¿Qué es lo real? Somos nada y también somos algo, todo. ¿Para qué peinarse? Luego la vida seguía y era un coñazo. En la oficina entraban emails, llamadas, gentes y mensajes de mi madre. Yo seguía en ese pelele. Recogía a mi hijo mayor del colegio y me deshacía. Era todavía más frágil y la vida ya no era un coñazo. Me tragaba el llanto y lo devolvía en abrazos. Él se dormía. Comía algo en casa, deshecho entre mi hija pequeña y ella, su madre: ese algo, mi todo. Cogía el coche. Por la carretera iban más coches. ¿Adónde irían? Yo iba a ver a mi padre, pero ¿los demás? Todo otro desplazamiento perdía su sentido. Me desplazaba entre sinsentidos. En el hospital tuve que aparcar, coger un ticket, salir del parking y bajar a urgencias. Había chavales fumando con vías en sus brazos. Se reían de la muerte. Dentro dudé dónde preguntar, si en información o en admisión. Di el nombre de mi padre en uno y terminé en el otro. Hasta dentro de tres cuartos de hora no podría pasar a verlo, me dijeron, y sólo durante una hora, un solo familiar. Me dieron una pegatina tres cuartos de hora después, no podía ver a mi padre sin esa cosa azul pegada sobre mi pecho, lo que quería decir que sin esa pegatina, o si hubiera llegado mucho más temprano o más tarde, no hubiera podido ver a mi padre. Comprendí entonces que los protocolos nos matan. En el año 2026 es un milagro vivir. Y yo lo vi al darle la mano a mi padre, con mi pegatina azul en el pecho, en sus ojos que lloraban sangre.

Un toro ha cogido a mi padre

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