martes, 2 de junio de 2026

XXII de San Isidro 2026. Una montera lanzada contra las tablas (o la pelea entre Minutero, de Escolar, y Damián Castaño)

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas.

Y antes, salía Minutero de toriles entre palmas y el ruedo se llenaba de toro. Justo lo que no pasó en Aranjuez este domingo porque actuaba el dios del toreo y sólo puede ser él el que lo llene. Castaño recibía al burel saliéndose hacia el centro como podía. Lo dejó bien y largo en sus tres encuentros con el jaco, en los que recibió tres puyazos caídos sin emplearse y de los que quiso salir pronto. Siempre hizo hilo al que lo quiso colocar para ser picado. Hasta tres veces persiguió a los hombres que lo querían disponer para el segundo puyazo, como no queriendo que huyeran de él. Como nuestros partidos cuando quieren huir de la corrupción. La casta. A Rubén Sánchez, nada más comenzar la brega, el toro lo lanzó a los aires, cayó, también su capote sobre el toro, y, tras un caos, se lo llevaron por el callejón con la cara llena de sangre. Corrían banderilleros tras las tablas y por delante de ellas, sufriendo horrores para clavar los palitroques. Todos se movían abajo y arriba, en los tendidos, nadie movía una pestaña. Salió el matador con la montera calada, como hacía Esplá. Minutero lo esperaba. Fue Castaño hacia él y empezó por bajo, a lo que el toro respondió con un NO más claro que el que Mouliaá le dio a Errejón. Habían sido cuatro pases y ya no podíamos dejar de mirar; ya la emoción nos iba a mantener en vilo hasta el fin. Con la muleta bamboleada por el aire y en su mano derecha volvió a por el toro. Así empezó y siguió una batalla en la que un tieso de Salamanca, un hombre como cualquiera de nosotros, que habrá hecho ya su declaración de la renta, que tendrá su hipoteca, su familia, sus aficiones, sus dilemas, sus contradicciones, sus negocios, su ideología, su historia y, en fin, un simple hombre que ponía delante de esa fiera su corazón y un trapo rojo y, así, se nos hacía un héroe. Eso hacía Castaño, que fracasaba, pero perserveraba. Firme, aguantaba el parón del toro, la mirada aviesa o que ni lo dejara colocarse; soportaba hasta que se detuviera a pensar cómo darle una cornada en medio del pase, o eso parecía, que el toro cavilaba y cavilaba para hacer el mal, como si lo dirigiera un demonio. El torero se entregaba, pero no podía con Minutero. Y ahí estábamos todos con Castaño, metidos en su traje, sudando, resoplando y viviendo, sin importar nada más que esa lucha con ese toro, sin acordarnos de nuestra miserable existencia y, a la vez, experimentándola con la mayor de las intensidades. Siguió Castaño hasta que pudo robarle dos series meritísimas con la diestra, de tres o cuatro pases, tragando y tirando de él. Aplaudíamos naturalmente y porque por algún lado, nuestras palmas, debía salir la emoción. Con la zocata el toro sólo se dejó birlar uno o dos naturales espléndidos. Lo que no se dejó Minutero fue que Castaño le diera un sólo pase de pecho. Ni uno, a diferencia de los que recibieron los cacareados Ganador o Cantaor. El matador resopló y se alejó del toro, que lo miraba.

Antes de coger el estoque, Damián Castaño lanzaba su montera contra las tablas y, en ese golpe silencioso, se nos devolvía de golpe toda nuestra insignificancia.

¿Qué somos? Somos lo que habíamos sido esos últimos seis o siete minutos. Somos seres-para-la muerte y la muerte, que es la nuestra, la de cada uno, era Minutero. Y pensábamos en que no podía tener mejor nombre un toro así de fiero, que nos recuerda que los minutos, el tiempo es lo que nos atraviesa.

A Castaño ya sabíamos que también se le atraviesa la suerte suprema: la de matar, qué ironía. Pinchó en su primer intento y Minutero se vistió por última vez de parca yéndose a por él como un auténtico cabrón. Castaño se arrojó al suelo, Minutero se volvió a por él y apareció el capote de Toñete para devolverle al torero la vida que se le iba. Castaño volvió y, en la suerte natural, dejó una estocada delantera y muy caída que no hizo apenas daño al toro que siguió con la boca cerrada hasta el golpe certero de verduguillo. Las mulillas arrastraron a Minutero bajo una sonora ovación y Castaño dio una merecida vuelta al ruedo. Nos mirábamos y nos descubríamos en la emoción de haber sobrevivido a una guerra.

Minutero destacaba así en una señora corrida de toros de José Escolar inmejorablemente presentada, en la que todos sus toros fueron recibidos entre aplausos, tres de ellos (tercero, quinto y sexto) fueron arrastrados igual, en la que casi ninguno se dejó banderillear, y ninguno se empleó en sus segundos o terceros puyazos que fueron ejecutados vilmente, en la que todos vendieron cara su vida, se fueron sin una estocada digna y sin saber la longitud, aspecto y consistencia de sus lenguas, en la que todos parecía que pensaban, que dudaban o que, incluso, tenían intención, la de coger, de perseguir al que se ponía en su camino, de quitarse esas telas que los burlaban, la voluntad de no dejarse birlar pases y, en fin, de que no cupiera hoy eso del «arte», que se manifiesta a través de las poses hipersexualizadas de un torero, de un macho humano, frente a un animalejo subdesarrollado que ansía ser abusado, que está fabricado para ser profanado, y delante de un público que festeja la violación en directo y, a poder ser, en un ambiente báquico.

Una tarde de mucho aire y con ese toro con el que uno habría sido el mayor fan juliano si El Poderoso hubiera tenido a bien haberlo lidiado.

Pepe Moral cazcaleó y dio al soso y flojo primero la misma cantidad de pases que es capaz de recibir un huanpedro o alguno de sus derivados, pero sin sacarnos su sin hueso. Hubo algún muletazo decente en el número cincuenta y tres o cincuenta y cuatro, quizá, pero nadie le hacía ya caso, como al niño que se pasa un buen rato intentando desbloquear una nueva habilidad, llamando incesantemente la atención de los adultos («¡Mira, papá, mira lo que hago!») y, al final, medio le sale cuando ya nadie atiende. Con el cuarto, no supo ni por dónde empezar. Cazcaleó aquí con las manos, si es que eso fuera posible, pasando la muleta de la una a la otra y así pasó su tarde. Estoqueó y descabelló mal.

Castaño en el exigente y peligroso segundo, que fue horrorosamente picado por Richi Romero (creo que tengo en casa de mis padres un flyer de Falkata de un RRPP con el mismo nombre), hizo un esfuerzo ímprobo por arrebatarle dos muletazos seguidos. Lo logró en una serie con la diestra al final, cruzándose y provocando la embestida con un toque. Pinchó en la suerte natural, luego en la contraria y, de nuevo en la natural, dejó una estocada delantera, atravesada, perpendicular y casi entera.

Gómez del Pilar salió toreramente con el tercero hacia el centro. Un toro que remató en el burladero del 7 y se estampó contra el del 9. Hay algo viril, un vacío que llena ese ataque del toro contra las tablas, como si fuéramos nosotros los que arremetemos contra esta sociedad feble. Nos birló un tercer puyazo y el toro, vengándonos, le ganó rotundamente la partida en la muleta. Faenó muy cerrado por el aire y no apostó más que al final de una larguísima faena. Pinchó tres veces saliéndose y, con el toro entero, quiso descabellar. Lo intentó amenazando el récord de esta Feria de Aguado y a la nosecuantas logró el golpe justo de cruceta, a punto del tercer aviso. Con el sexto, un toro humillador, codicioso y de cierta listeza que no fue picado y dificultó sobremanera la cosa banderilleril, Gómez del Pilar necesitó decenas y decenas de pases hasta comprender que había que cruzarse y dar un toque, porque el toro era obediente, pero mironcete, y así dejó alguna tanda templada de naturales con la zurda y con la diestra. Cuando la faena estaba hecha, en su punto álgido y ya había sonado un aviso, decidió dar dos series más, peores, claro. Suponemos que su apoderado, Juan de Padua, y el propio matador sabían que estaban ante uno de Escolar y en Madrid, aunque quizá no habrían pasado por La Castellana y no se habían percatado de que está convertida en una gran plató para la telecomunicación de los mensajes de León XIV. Dejó una media caída saliéndose de la suerte y, de nuevo, decidió coger el descabello. Sonó otro aviso, se libró de una cornada y lo consiguió descabellar.

Después nos fuimos a casa, felices de estar vivos.

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