"... Se para momentáneamente", decía el Gran Hermano venteño, una voz megafónica que reproduce las instrucciones que dicta un algo, un alguien o unos álguienes desconocidos que deciden sobre aquello a lo que vamos a dedicar nuestro tiempo una tarde de viernes, aunque pensáramos que eso ya lo habíamos decidido, y durante veinte minutos llovía sin un toro de los Lozano en el ruedo, aunque toro, lo que se dice un T-O-R-O, no hubo en toda la tarde, que hasta una vez se nos olvidaba que había un bicho en la arena, tan sumiso y embobado él en un burladero cerca del que mirábamos algo después, más arriba, cuando el cielo se nos caía en tromba y nos acordábamos de las carpas, Quechuas y chabolas que en la Puerta del Sol ha montado nuestra oligarquía para birlarnos la propiedad de una casa y que sea el Estado, es decir, BlackRock, el que administre nuestra existencia a lo rollo megafónico, y gota a gota deseábamos que se hundieran esos plásticos que encierran el olor a porro y el hedor juvenil de no tener presente ni futuro, ansiábamos que un torrente arenoso, un huracán en láminas lo arrastrara todo y dejara en pie, reluciente, el oso y el madroño, sin graffitis ni la decadencia en la que iba cayendo la tarde, que no sabíamos si nos caía lluvia o llovían ruinas, porque el aguacero vino justo tras la única tanda de naturales digna, en el primer toro, de Urdiales, que fue un tieso y ahora es un alguien, no como los de antes, los de la voz tiránica, sino como esos álguienes que pueden echarse un foulard al cuello, escurrirse toreando monarrachas semivivas y medrar por la cosa del (h)arte hasta hacerse un hueco en el escalafón que nadie ya mira, que tampoco ya nadie lee a los críticos acríticos, pero cuya voz cala y cala y cala en los públicos que hoy parecía que nos mojaba la lengua de Zabala, por cómo las gentes jaleaban las nonadas del de Cidacos y de Fortes, acosado a la carrera por el alcurrucén de más interés desde el 5 hasta el 9, un arreón que el malagueño no termina de dar nunca, otro eterno esperado, como sí da, en cambio, flequillazos, y que tampoco mata, ni él ni los otros dos que hacían la terna, igual que tampoco se pica: primero se masacra y, en el segundo encuentro, se señala, ¡hala! Alas de su ángel de la guarda que salvaban a Parejo cuando entraba a matar al tercero, que se arrancaba con el brío de una erección, se apagaba como se espachurra un cigarro, y cuyo pitón derecho se pudo enterrar entero en el torso del gaditano, que volvía a nacer, como ya hizo el 27 de agosto, esa vez en torero, y de él, tras lo de hoy, ya no esperamos mucho más que deje de tener como referente a Julián, porque ya vuelve a oler a muerto.
Un momento en Las Ventas, entonces, puede durar los veinte minutos que tarden tres toreros y unos cuantos hombres de traje y con paraguas en decidir si el festejo sigue o no, mientras montan su carpa de Sol en el callejón. "... La corrida continúa para delante", dijo la voz orwelliana después. Pues ojalá hubiera continuado para atrás.