Hágase Premium de El Mundo. Delo de comer. Adquiera, si acaso no se lo regalara alguno de esos Uclés de lo taurino que todos conocemos, un ejemplar de su Memoria de Morante, que debe ser como la memoria histórica, una entelequia para reescribir la historia a gusto del censor, sea este un diputado o un plumilla de mandato imperativo. Chupe su dedo índice con su lengua a poder ser despejada de restos del croissant con crema de pistacho o no se enjuague, pero que sepa que la saliva actúa como profiláctico para su piel, a priori incapaz de soportar las embestidas de esa prosa machirulamente almibarada, o como lubricante, si es usted de la cuerda, para que goce de la penetración en sus poros de un arrabal de cursilería tal que su dedo se sentirá empotrado y húmedo como al pasar las hojas de una novela de González Pons. Deslice el índice hacia abajo y vaya leyendo, pulsando sobre los anuncios; lea y pulse, pulse y lea. Pare. Su dedo no va a eyacular, pero no se fíe, que hay casos de seres que expulsan simiente leyéndolo, aunque vaya usted a saber, que los españolejos fingen hasta en su onanismo. Vomite, si debe hacerlo, sobre la pantalla. Piense que nuestra Españeta le puede dar el Cervantes al autor que tiene frente a sus ojos doloridos y vuelva a vomitar. Ahora el artículo cobra relieve, con los tropezones. Es normal que se acuerde de La Náusea, de Camus. Dios, que aprieta, pero no ahoga, nos dio la diarrea y el estilo nogalesco para purgarnos. Haga acopio de papel higiénico de doble capa, a poder ser, y sin perfumar, que el olisma de lo escrito ya será de una pestilencia que ni la del capote de un torero artista cuajado y cuarteado por las babas de un Garcigrande. Corte unos cuantos cuadraditos del papel, dóblelos sobre sí mismos, y, antes de hacer todo lo explicado, apoye contra la pantalla de su teléfono móvil la celulosa, de manera que cubra la mayor superficie posible, y lea así el artículo: sin leerlo. Si lo desea, puede hacer con el papel lo que hace habitualmente tras una señora digestión de judías pintas. Al terminar, ventile su casa, oree su cuarto, tire de la cadena, salga a respirar y, sobre todo, a olvidar todo lo que ha leído. Estése tranquilo; sepa que la verdad está justo en lo contrario de lo que diga Nogales.
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