lunes, 12 de octubre de 2026

La de la Hispanidad. «Dicen que soy el mejor torero de la historia»

— Dicen que soy el mejor torero de la historia, yo, Morante de La Puebla, pero hoy he matado un garcigrande y un cuvillo.

Se puede decir también que ni juntándolos sumaban para hacer un toro. Sonaba antes el himno de Ceuta, matraca del Estado autonómico, y el de España después. Había aplausos y pitos, tras los himnos, y Morante no salió a saludar. Las nubes cubrían el sol otoñal, como el de hacía un año, cuando el torero se retiraba y la historia pasaba de página dándonos una señora torta. Volvía a Las Ventas el-mejor-torero-de-la-historia con toda su jeta en la explanada de la plaza y con todo su fandom en los tendidos, entre gintonics, adornados con guirnaldas adquiridas en Mercadona, si las fabricara, banderas de Ceuta y de España, y Feijoo y Ayuso, ya no en el tendido, sino en el callejón donde no cabía ni un alma más. El Rey, en cambio, no estaba en ningún sitio. El clima era cálidamente decadente, nos sonaba, era algo que ya habíamos sudado, tantas y tantas tardes... Nos metíamos de nuevo en la misma tarde, hecha una farsa que era ya tan evidente que no se nos podía hacer otra cosa que marketing. Las camisetas con imágenes del ídolo sobre los cuerpos de todo tipo y pelaje lo atestiguaban. Las líneas de cal del ruedo eran una negra, la interior, y una blanca, la exterior y nos imaginamos a alguien, en alguna consultora consultada por alguien del PP, o por alguien como el director del CAT, también del PP, hastiado o hastiada de no tener tiempo ni para ir a ver a su ídolo, justamente Morante, devanándose los sesos sobre su ordenador y sobre la manera de realizar un homenaje a Ceuta en la corrida de este 12 de octubre, cuando de pronto, lo vería: «¡Eureka!», que sería lo que exclamaría si hubiera estudiado algo serio, tras contemplar el símbolo del Yin y el Yang tatuado sobre la nalga de una influencer, y así, tras varios intercambios vía email con ese alguien del partido líder de la oposición, quedaba violentamente santificado por nuestro Estado de partidos el ruedo de nuestro templo. O también puede que simplemente la idea fuera de Abellán... o de Morante. Todo escenario público en España es susceptible de ser engullido por los partidos. Han politizado hasta las líneas de cal de Las Ventas.

— ¿Qué hago aquí? ¿Para qué he vuelto?

Esas preguntas no sabemos si pasarían por la cabeza del cigarrero o no y, si así hubiera sido, seguro que la historia sería otra, pero no es la historia que tenemos que contar. La historia, es lo que tiene, no va por donde uno quiere, mucho menos por donde unos dicen.

Salía la primera cosita de Garcigrande, que era una albondiguilla como de arroz negro tan blando que se deshacía en cada pisada. Aarón Palacio, el que confirmaba sólo para abrir cartel, lo recibió y dejó una buena media. También lo dejó bien ante la cosa equina, bajo la que la bolita de carne negra recibió dos picotazos de los que salió suelta. Se cayó durante la brega, el toro, pero Palacio apostó por un inicio exigente por bajo, con buena respuesta del animal que rompió rápidamente en un dildo embestidor, en lo que todo torero querría llevarse a la cama. Del hacer del torero destacaron los pases de pecho y los finales por bajo, quedando, pese a ello, por debajo de la cosa blanda y boba que seguía embistiendo, y que hubiera seguido embistiendo que hasta se fuera Pedro Sánchez y ahí seguiría él, tras la capa roja o tras una urna, como nuestro demos. Pinchó tres veces hasta que lo degolló con un julipié. Saludó desde el tercio.

— Este primero mío era el toro de Sevilla, de la de hoy, y no de esa que quería más a Julián. Me he acordado de la mano de mi Lili. ¡Cuánta mano tenía para arrascarse las gónadas y qué poca para arrascarme unas buenas bolitas en los sorteos!

Algo así podría haber dicho, casi seguro que no, Morante de su primer toro, un novillo con el que se tuvo que emplear en su recibo de capa, que recibió tres puyazos a los que acudió apenas sin desplazarse, que manifestó una blandenguería propia de su sangre, y con el que ni lo intentó por el izquierdo, visto el calamocheo con el que pedía la eutanasia. Lo despenó, saliéndose, de estocada caída y atravesada.

El tercero, ya de Cuvillo, salía de toriles también sin vida. Salían los toros y se iba la tarde con ellos, hacia los pensamientos de la vuelta al trabajo de mañana, o hacia atrás, allí donde se hallara cierto recocijo o nostalgia. Héctor Gutiérrez le daba una verónica y el bichejo se quedaba fijo, mirando al infinito, ahí donde casualmente estaba Feijoo y creímos ver uno de esos momentos en los que dos almas gemelas se encuentran. El torete recibió dos picotazos en buen lugar, de los que salió suelto. Quitó Palacio por chicuelinas por las que el toro pasaba, sin ser toreado, hasta el remate, con otra buena media. Brindó Gutiérrez a Ayuso, no a Feijoo, que estaba a su lado y que seguiría absorto pensando en su cruce de miradas huecas con el toro. Rompió a embestir y el matador faenó de manera muy medida y a mejor, sobre todo con la zocata, y cerrando con unas bernadinas rubricadas con un gran trincherazo. La fulminante estocada hizo rodar al toro.

— Pedro Jorge...
— Has estado cume, benzinho. Cume.

Caían en la cumbre de la plaza los últimos rayos de luz, alumbrando la roña, alustrando la suciedad avejentada de las tejas que esperan su renovación, como el que espera a Godot, como esperamos nosotros lo que nunca llega mientras mirábamos en el suelo un azulejo roto, y otro, y un charco tan opaco que no nos devolvía nuestro reflejo, ni el de nadie, cuando, al arrastrarse el cuarto toro, Morante y su apoderado jamás tuvieron esa breve conversación, justo después de saludar desde el tercio entre areneros, hombres de verde y azul que recogían arena y sangre roja con sus palas como cualquier otra tarde, ajenos a la presencia del torero y, seguramente, a la de la muerte.

Antes, la impresentable y enana birria de Cuvillo se caía entre olés y miaus a las verónicas de recibo de Morante. El tercio de varas, con esa garrapata cornuda frente ese Equigarcesaurio taladrador, fue como asistir a una violación. La embestida franca y larga del insecto se vio pronto en el capote de Fernando del Toro y en la larga del quite de Gutiérrez. Carlos Sainz se llevó el brindis. Empezó con ayudados por alto, un viril remate por bajo con la zurda y el de pecho. Con la diestra, se sucedieron los enganchones. Pareció no querer dar al eral la media-larga distancia que pedía. Sacrificó lo que debía hacer por lo que quería hacer. Cambió a la izquierda y alumbró uno o dos naturales larguísimos y bellísimos, pero no redondeó nada de nada en una faena extensa, hasta sonó un aviso, e irregular. Dividió a la plaza entre los olés (hoy, sorprendentemente, han dicho más olé que bieeeennnnggg) de los moranteros (los abonados de Plaza 1), y la incredulidad de los aficionados (los abonados de verdad). Tras un metisaca, dejó una media caída y atravesada. Saludó desde el tercio, como hemos comentado.

El quinto fue otra horrendidad pigmea de Garcigrande. Tenía más papada que cuernos y estaba tan flojo como los que lo precedieron. No fue picado. Gutiérrez, sin rival enfrente, porfió por sostener a la cosa esa que tenía delante, aplicando un insulso toreo rectilíneo. Se tiró recto, desde una posición muy por fuera, dejando una estocada caída, definitiva, otra vez.

Ayuso aquí se iba, Feijoo se quedaba, estupefacto tras su auto-descubrimiento en un cuvillo, como Nietzsche con el caballo.

La cosa sexta, fea también, ni vio a un dron que se le paró en las narices. Palacio, viendo tanta necedad, lo recibió de rodillas y faroles. Peleó el cornúpeta bien en los dos puyazos, que cayeron en buen sitio. Sierra dejó un buen ultimo par. Brindó a Curro Vázquez y luego, en claro anti-homenaje, faenó en formas neo- ante un animalejo, otro, para hincharse a torear. Recibió un aviso y mató al último toro de la temporada 2026 de bajonazo trasero y tendido.

— Dicen que soy el mejor torero de la historia, yo, Morante de La Puebla, pero hoy he matado un garcigrande y un cuvillo. Ayer dos hombres mataron tres adolfos cada uno y salieron a hombros. Sin buscar la Historia, están en ella. Yo ahí ando, en mi historia, con minúscula, para que quepa en crónicas, libros y camisetas. La Historia no es tragedia, ni se repite como farsa. La Historia es marketing. Así que seguiré, un año más, si Dios quiere, en esta historia en la que salvaré al toreo del toro, porque el toro es el verdadero obstáculo para el arte. Si Dios quiere, seré el torero que mejor se vende de la Historia: el mejor torero de una época sin toro.

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