domingo, 4 de octubre de 2026

IV de Otoño 2026. ¡Ens roben!

«¡Ens roben!»

Como exhiben a diario los piojos que nos gobiernan y las liendres que viven de sus desperdicios, para decir algo así en España hoy sólo está legitimado el catalán, el catalán-catalán, con ele geminada, y no el moriscolán ni el negrolán, con ele africada o africana, aunque pronto serán mayoría en esa tierra de la que brotan los que se dicen «mejores españoles» que son también, cómo no, los que no quieren serlo. De modo que hagámonos pasar por uno de ellos para poder manifestar lo que muchos hemos sentido en el quinto toro de la victorinada de hoy y lograr no soliviantar a los parásitos de lo taurino. Porque si uno fuera catalán, y hubiera gritado en la plaza en esos momentos: «¡Ens roben!», se habría detenido, sin duda, la corrida. La UIP se habría personado en los vomitorios del 7 para proteger al aficionado, que paga. El Delegado del Gobierno en Madrid habría facilitado la invasión del ruedo por la afición, hasta habría hecho un pasillo de antitaurinos, incluyendo a Amón, a nuestro alrededor como escudo frente a las probables embestidas del toro en el ruedo. El Presidente del Gobierno no habría parado su reflexión, faltaría más, pero sí mandaría a Diego Rubio enviar un WhatsApp a Urtasun para que saliera a defender en prime time el hecho diferencial del aficionado de Madrid frente al robo flagrante y continuo al que se ve sometido por el taurinismo. Echenique, si pudiera, se habría levantado de la silla para unirse a la cadena humana de «Rodea Las Ventas», convocada al día siguiente y hasta que nos sintiéramos justamente recompensados. Hasta Nogales de la Serna se indignaría. Pero nada, la realidad es que como no somos catalanes de ele geminada, nos la envainaremos y seguiremos tragando con lo que Plaza 1 nos eche, porque, como españoles, estamos acostumbrados a que nos roben. El español es el hombre que se deja robar. Nos roban el toro, tarde tras tarde, y, cuando no, nos roban la lucha con él.

Verdadero fue lo que esta tarde nos robaron, un torazo de Victorino que remató en el burladero queriendo descoñetarlo con su pitón derecho, girando rabiosamente el cuello hasta dejar en la misma vertical el izquierdo, autoexorcizándose. Ureña lo dejó en largo frente a «Richi» Romero, el picador con un nombre como el que uno encontraba en el bolsillo de los vaqueros escrito a boli en una tarjetita arrugada del Falkata. El toro arrancó como si se llevara consigo el mundo. Chocó contra la mole (¡ay, si nuestras fronteras estuvieran hechas de equigarcesaurios!) y cargó con el empuje de todo ese mundo que llevaba. Empujó y empujó el ariete de sangre brava y «Richi» se sostuvo. A empellones, bajo el peto, era el toro el que parecía querer hincarse más la puya, oradar en su propia piel y abrirse el espiráculo de una ballena, para respirar por donde se le hería, porque el toro bravo vive de la muerte, gris como era: un Moby Dick. La pelea era grandiosa. «Richi» decidió cebarse en esa carne que se le ofrecía a placer, excavando en ella, perforándola queriendo encontrar un sentido, el inencontrable de la vida, quizá, y cuando al toro lo arrancaron del peto se llevó clavada la vara como una banderilla o como un arpón. Costó que se le cayera o que se la quitaran, no lo recuerdo bien porque en esos momentos el toro seguía acudiendo a todo reclamo. Se acercó el matador para colocarlo, lo puso más en corto y de nuevo arrancó y empujó como antes. Otra vez recibió un duro castigo y otra vez lo despegaron del caballo. La mano derecha de Ureña giraba. Se cambió el tercio sin un tercer puyazo. ¡ENS ROBAN!

Los rehileteros las pasaron canutas con los parones, las esperas y las arrancadas. Uno, Azuquita, se desvaneció en el callejón tras una cogida con voltereta, y el otro, El Víctor, logró clavar con gran valor los dos últimos palitroques tras varias pasadas en falso. Con todo el castigo que llevaba, Verdadero no había descolgado nada. Llegó altanero a la muleta, orientado y con poder. Ureña no lo quiso ni ver. ¡ENS ROBAN! Y nosotros vimos a tauro- sin -maquia. Verdadero, un toro encastado de verdad que, además, fue duro hasta en su morirse.

Verdadero fue el toro de una victorinada desigual, con dos toracos: quinto y sexto, que nos mantuvo enteramente con la atención en el ruedo y en la que los seis animales fueron arrastrados con la boca cerrada. Se podría decir que, a tenor de lo que sucede por los ruedos babeados de casi toda España, sin lengua (del toro) no hay arte, y, por tanto, habrá más toro cuanta menos lengua se vea.

Uceda Leal, vestido como tomó la alternativa hacía 30 años y 1 día (suena a condena), decidió no jugársela con el flojo primero, al que mató tirándose muy derecho de estocada desprendida, perpendicular y atravesada. Las gentes aplaudieron el fallo de Iván García en un par y quedó patente la discrepancia entre abonos vendidos (cada vez más) y abonados (cada vez menos).

El cuarto apretó mucho de salida a Uceda, quien se vengó dejando que su picador lo masacrara. Ver a Gómez Escorial tratando de poner banderillas humaniza a los toreros y no sé si eso es bueno, porque empezamos con la humanización del héroe y terminamos llenándolo todo horriblemente de humanos y sin héroes. Con el toro muy entero, Uceda se echó el engaño a la zurda y se puso a torear. Ecos de El Cid. Sin probaturas, sobresalió en la serie un natural del que el toro salió podido. Se vio cómo el animal se hundía y, desde ahí, cambió. Puede que también acusara la masacre en varas. Se orientó por el derecho y Uceda ya no se acopló, con un viento molestón. Estuvo en vilo, colgado del pitón, enteramente de pie en vertical, al entrar a matar por primera vez. Luego dejó una estocada entera y caída y el toro murió de bravo, yéndose hacia los medios hasta caer en el tercio.

El segundo toro olía a ese rastro que sigue a ciegas Victorino hijo, ese gas mefítico que debía expeler Cobradiezmos. Blandeó tras dos puyazos criminales y asomaron pañuelos verdes que reclamaban al sobrero de Las Ramblas. Hay gente pa tó. Ureña ofreció con este toro una de sus faenas mejor planteadas y ejecutadas en Madrid. Toda realizada dentro de un área del tamaño de un receptáculo habitacional de esos que se alquilan por el precio del salario mínimo interprofesional. Primero con la diestra, sin dudas, sin toques, con los vuelos, muy relajado, a media altura. Luego con la siniestra, de forma similar, aunque más irregular. Volvía a la derecha y, sin ayuda, daba un pase larguísimo. Había toreado mejor que Urdiales, y a un victorino de los neo-, pero para llegar al gran público no es lo mismo nacer en las tierras que baña el Cidacos que en las del Guadalentín. Se pasó de faena, con dos series a voces que no mantuvieron el nivel de lo anterior. Pinchó y lo degolló, perdiendo, como tantas veces, un merecido trofeo.

El tercero era una raspa que casi se podía colar por el hueco del burladero. Recibió también de lo lindo bajo el caballo, de donde fue rescatado excepcionalmente por Juan Carlos Rey. Aún más brillante fue su lidia, en la que se sirvió sólo de tres capotazos a cual mejor. Borja Jiménez inició por bajo, bien y ligado. Siguió con la derecha, como dicta el manual del neotoreo, con sus maneras ajulianadas y sin hacerse con el bicho, que tenía más fuelle que los dos primeros. Tras varias series insulsas, cogió la zocata, por donde el toro iba mejor. Dejó algún natural suelto estimable, pero corrió la sensación de que no se hizo con el animal. Dispuesto a matar, dio una voz que ni Emilio de Justo y cayó sobre el toro tal estoconazo que rodó sin puntilla. Le valió la oreja.

El último tenía unas velas que servirían para desalojar toda la Puerta del Sol con sólo asomarse desde Alcalá. Tito Sandoval administró, como buen profesional de la bureaumaquia, dos medidos puyazos. El toro tenía poder, era duro y listo. Rey se la jugó y dejó dos pares en la cara, redondeando su fabulosa tarde. Borja Jiménez empezó cerrado bajo el 7 y de ahí no salió. El toro se enteraba cada vez que se le presentaba la muleta y se espabilaba más, mientras que el torero se achicaba. En un derechazo pareció que Borja pelearía, pero fue un espejismo. Como Ureña, no lo quiso ni ver. Pinchó y, a la segunda, lo cazó.

A las 19:55, es decir, con 1 hora y 55 minutos de festejos, nos despedíamos.

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