miércoles, 28 de octubre de 2026

A Luismi, «El Chatarrero»

Está el reloj de la plaza de Las Ventas y está él. Luismi, «El Chatarrero»: el hombre de un tiempo que se nos va.

Luismi se dedica a la chatarra: posee un cementerio de coches en la carretera de Madrid a Toledo. «Desguaces La Torre: la empresa de la capacidad total». Nada menos. Totalmente capaz para gestionar la muerte de cosas: plomo, cadmio, mercurio, aceite, o líquido anticongelante; cosas ya muertas, que ni siquiera fueron, son las que se resuelven en su desguace, una fábrica improductiva, un no-lugar de un mundo ya pretérito, caduco y que, como a los cementerios o los mataderos, la sociedad le da la espalda.

Y ahí, en esa espalda social que es su desguace, de carne arrugada sin maquillaje, se hace Luismi. El pitidito de una marcha atrás entra en sus orejas que se ahuecan con el zumbido de las llaves de carraca desatornillando ruedas. Sus labios también corrientes se abren al estruendo de una prensa hidráulica compactando carrocerías. Los golpes de cinceles al forzar piezas encajadas podrían haberse oído moldeando su cuerpo, largo como un tubo de escape con barriga, tuneado por la dejadez. Las lunas se desmontan, el aire suena a cristales rotos y en un retrovisor se mira, con sus ojos chiquititos arrejuntados a los lados de su larga nariz, apretándola hasta bizquear como queriendo que deje de alargarse, y por detrás su calva, cierre esférico de su aspecto de borbón bizcorneto y congestionado. Se ve pasar a camiones de carga y con ellos, sobre el espejo, queda el hombre, reflejado entre chatarras. Un vivo entre lo muerto, un feo entre lo feo, donde la lluvia se confunde con el goteo de líquido de motores.

Luismi podría ser uno de esos personajes de la Santa María de Onetti que habitan en la farsa de unas ruinas, si no fuera por su desmedida passion du réel.

Esto último se sabe porque Luismi es aficionado, muy aficionado a los toros. «El Chatarrero» vive de su desguace, pero donde está vívido es en Las Ventas. Por allí pone su cara social y se presenta ubérrimo. Cambia la chatarra por mujeres de compañía que van de su mano, a veces una, a veces dos, exuberantes, negras o rubias, eslavas o latinas, ninguna con pinta de geisha o de la Hepburn en Tiffany´s y muchas con pinta de prostituta, más o menos horteras y todas más jóvenes que él. Podría decirse que lleva un lupanar de la mano, que pasea por la plaza de toros de Madrid como por su desguace: entre ruinas, las de la chatarra o las de esas mujeres que portan la promesa de un útero eternamente infructuoso. Está la mano de Dios de Maradona y está la mano de Eros del Chatarrero.

Es innegable ese contraste aparente entre la chatarra, su dedicación, y las mujeres que acompañan a Luismi, a las que se entrega, pero de él, a otros hombres que lo admiramos, nos atrae algo más profundo.

En lo hondo, deseamos que las que van de su mano no sean escorts, sino amoríos. Suspiramos porque Luismi sea no sólo un emperador de la chatarra, sino también del amor. Creemos que sólo así pudo ser que embaucara a la nietísima de Franco y a la modernísima Ágatha Ruiz de la Prada. Anhelamos entonces conocer sus trucos amorosos, sus tácticas y técnicas de conquista. Psycho Killer / Qu'est-ce que c'est? / Fa-fa-fa-fa, fa-fa-fa-fa-fa-fa, better, imaginamos que les susurra al oído y, luego, que el estoque entra a la vez que su mano entre lo desconocido de unos muslos. ¡Matador! También imaginamos que su mirada estrábica les enloquece y que si, mientras lo miran, les relata la lidia de Cazarrata, les mataría de gusto. Ansiamos que ellas no vean su fealdad, que es la de todos y cada uno de nosotros, y lo contemplen, en su lugar, como a un Zeus hecho toro dispuesto a empotrarlas o como a un donjuán que no usa su lengua para hablar. Confesamos curiosidad por si lo que tenga ahí abajo es lo que dispara flechazos del dios griego. En fin, aspiramos, con Luismi, a tener en él un espejo. ¡Si él puede, todos podemos! Aunque sea pagando.

Y aún más allá, Luismi nos ofrece en este valle de incertidumbres una certeza: es un macho. Lo vemos y decimos: «ahí va un señor macho. Míralo, ay, todavía se puede ser un hombre». En la mano que lleva a esas mujeres sostiene la virilidad de Occidente. Esa mano no sólo sujeta una compañía, sino que todos le acompañamos. Nos lleva de la mano a reencontrarnos con nuestra masculinidad. Es el anti-Errejón, el anti-aliades. Nos reconcilia con el polígamo que somos, según Houellebecq. Es la anti-política de igualdad hecha carne, lo que nunca se atreverá a ser Jabois. Es lo que siempre habría querido escribir González Pons si supiera escribir. No es un ejemplo para nuestros hijos, pero tampoco lo son los repartidores de Glovo.

En la explanada de la plaza de toros de Madrid, bien acompañado, se habrá cruzado alguna vez con el alcalde Almeida, también acompañado, y en ese cruce quedaría resumida la historia de la relación entre el hombre y la mujer.

Luismi, «El Chatarrero», es algo que se nos va como el tiempo, con los tiempos. En su hombría vive una parte de España que se olvida (Alfredo Landa), se repudia y se admira (Julio Iglesias) o se encarcela, (José Luis Ábalos): una españolidad viril, auténtica y putañera. Luismi, desguazador, representa el tiempo casi perdido de ese hombre que muchos no hemos habitado, pero del que otros muchos guardan un cierto deseo de haberlo vivido. Uno lo ve y siente que tiene que haber alguien como él.

Hay triunfadores, que no importan; hay toreros de Madrid, que se recuerdan; y luego está Luismi, «El Chatarrero», lo que nunca se agradece lo suficiente. ¡Viva el Gallito de las compañías!

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