martes, 5 de noviembre de 2024

Niños jugando al toro en Paiporta

- Macho, otra vez de toro el Mateo, no, que siempre se viene al bulto. ¡Mateo, tío, embiste bien, eh!
- ¡Qué dices, que yo no quiero ser un domecq! Para eso no hago de toro nunca más, que mi padre dice que el toro tiene que dar miedo y no lástima.
- (Abriéndose a un lado con la muleta en la derecha) Venga, Carmencita, tú vigila que el listo del Ximo no le pegue un chaquetazo y me lo quite.
- El toro pa'l poble, Tinín, que ahora vas de enterao y luego bien que te gusta que lo pare.
- A nosotras traednos unas pipas para no aburrirnos y ya, si eso, presidimos como Dios manda. ¡Puerta, torilero!
(Sale Mateo y se va al bulto, como siempre).

Unos niños jugando al toro en Paiporta. Por ruedo, el lodo; por burladero, un biombo de escombros; por muleta, un trapo rojo; y por montera, todo un país. Había pasado la gran tragedia de este siglo y de sus vidas y ahí estaban, como si no hubiera pasado el tiempo desde que Díaz-Cañabate contaba deliciosamente cómo jugaban al toro en el Paseo del Prado en 1910. No cabía más España en la imagen. Si se hubiera inundado, por ejemplo, Birmingham, los niños, aún en su mayoría musulmanes, jugarían al hide and seek; si el agua hubiera sepultado el quartier de La Calade en Marsella, se vería a niños, también musulmanes, divirtiéndose haciendo parkour sobre las ruinas; o si la riada hubiera alcanzado, que sé yo, el barrio europeo de Bruselas, los niños se estarían manifestando airadamente junto a González Pons contra el cambio climático; pero había pasado en Valencia, en España, y los niños jugaban al toro.

Tras los días de inacción estatal deliberada y los minutos de ese domingo para la historia en el que tambaleó sobre el barro todo un régimen, hasta que el rey dio la jeta institucional y posó sus manos arbitrales y moderadoras calmando a la turba, salvando su legado y haciendo que búmeres, liberalios y derechones conserven la paja que se hicieron en un bote junto al Título II de la Constitución, tras todo eso y gracias a esa imagen de unos niños jugando al toro, nos sentimos como Odiseo: volvíamos a casa, nos re-civilizábamos. Siguiendo lo que recogía Sloterdijk de que las civilizaciones son una lucha permanente entre recuerdo y olvido, tras la riada, quedaba sedimentado y expuesto en unos niños aquello que somos. Se preguntaba Novalis que adónde vamos y se respondía que "siempre al hogar". Ahí estaba, en esos niños, nuestra casa, nuestro pueblo, el pueblo español, pero no ese ente abstracto en el que reside la soberanía y que sirve para las fantasías eróticas de un locuaz turolense con los libres e iguales de la diputada Cayetana, para que la fábula federalista se haga realidad, o para que Gustavo Bueno se cagara en él, con razón, por su indefinición. No, no era ese pueblo. Era el pueblo hecho niño, niños, vecinos y amigos, la verdadera patria, la más inocente y, para una cantidad significativa de compatriotas, seguramente, lo más a la ultraderecha del extremismo más reaccionario. Era emocionantísimo. Ante eso, en qué grado sumo de paria queda quién, como Pablo Iglesias, se regodea en decir que la patria "son los hospitales, los colegios, los servicios públicos donde se garantizan nuestro derechos". No es que pierdan el relato, es que la verdad habla, se cuenta sola naturalmente por encima de esas historias fabricadas. Y la verdad es que esos niños eran pura España. Eran esa españolidad eterna que emerge ante la más grande adversidad. El ser-español se extrema en las dificultades. En esos niños se reconocía a Cabeza de Vaca, a Blas de Lezo, a Elcano, eran el Imperio, la Monarquía Hispánica, eran el Real Madrid, eran un Barsa descendido, un Laporta con Negreira y Puigdemont en prisión, en ellos no había periodismo, ni desinformación, ni infoxicación, ni "lodocracia", ni sermones de Évole o Wyoming, en esos niños no se programaba cambiar el coche por la bici, el hogar por el co-living, la carne por el escarabajo marroquí, la tauromaquia por la zoofilia, el matrimonio por la unión, la familia por El País, o los niños por las mascotas, no; en esos niños estaban todos los españoles, toda España; hasta se vislumbraba meridianamente que de alguno debería salir el nuevo Joselito El Gallo que devuelva la tauromaquia a su ser.

Y esa patria es lo que quiere hundir un régimen, el del 78. No se olvidará la línea horizontal del fango sobre las fotos de familia, de niños, en las paredes de los garajes de Valencia. Ahí quedará para siempre retratado este régimen, como el que ahogó al pueblo español. Porque uno espera que caiga esta oligarquía de oligarquías y que, cuando lo haga, el retrato de esa nueva transición que sustituya a la mierda de El Abrazo, sea una pintura de esos niños jugando al toro en Paiporta.

Que no se olvide: si nos viéramos desde la Estación Espacial Internacional, esto es, como Colón se imaginó el globo, y la nave continuara dando vueltas y vueltas a la Tierra hasta el fin de la Historia, siempre habrá por ahí un español, con un trapo rojo, toreando al destino.

jueves, 17 de octubre de 2024

Quiero ser como Rubén Amón (hacia una crítica de la razón taurinista)


Quiero ser como Rubén Amón.

Un adalid de la razón taurinista desde el callejón, ese Delfos donde la pitia Abellán atiende a politicastros y celebridades, a cambio del sacrificio de verlo desfilar trajeao.

Quiero chapotear en la superficie de la tauromaquia como rito transgresor, rebozarme en actos de la Fundación y embadurnarme con el pringue de lo contracultural, pero no sumergirme en su profundidad, donde hay sueños rotos, pitones mutilados y donde lo falso es real.

Quiero actuar como ariete del equipo de la comodidad frente al de la incomodidad. Ser correcto y dejar a la ética cegada por la brillante taquilla de Simón o por la danza sugestiva de lenguas y poses.

¡Quiero ser Tartufo!

Quiero preferir ver los toros por televisión, que mi pensamiento sea la narración, que me piensen su cuento, que me cuenten lo que pienso, que vea lo que me digan y vean lo que yo. "¡Habla, para que te vea!", le dijo Sócrates el sofista a un discípulo, y le dice el taurino a los toros del televisor.

Quiero admirar a los tanatólogos que hacen autopsias de lo moribundo a través de las imágenes televisadas. Quiero seguir las prescripciones del doctor Caballero y gozar con las disecciones forenses de de la Serna.

Quiero ser un desertor de la cultura tradicional, el Hugo Ball de los taurinos, y hacer manifiestos, pero no dejar que se manifieste la exigencia. El rigor, sólo contra la cuenta del tardeo en La Tienta; ante el torero, la transigencia. Y ante las figuras, la admiración, porque son héroes inactuales (con community mánager y adicción a Tiktok) ahora que los dioses decaen.

Quiero desarraigar a la tauromaquia de su etimología, de su sufijo, ese -maquia que genera tanto rechazo como afición. Quiero que sea un arte, el arte, elevarla al trono de la vanguardia cultural, aunque ocuparlo sea un negocio y se comparta solio con el cenicero de Hirst, los fogones de José Andrés, los happening de Abramovich o el best seller de Marwan. Así podría presumir de ser taurino en el programa de Broncano. Quiero una taurostética, quiero que un artista toree a un vástago de Ombú en la sala del Guernica del Reina Sofía. Quiero que los de la ceja arqueen su dedo hacia arriba en forma de pitones. Quiero premios nacionales, autonómicos y provinciales de tauromaquia. Qué leches, quiero un Master Bull en TVE, con Domingo Delgado de la Cámara de jurado.

Quiero vibrar con el toreo y con el destoreo. Desde Duchamp, todo vale en el arte, y más aquí, que se muere de verdad. Quiero ser feliz en una plaza de toros, despreocuparme de geometrías, distancias, terrenos, colocaciones, ejecuciones, de parar, mandar, templar, y cargar la suerte, y preocuparme, pero poco, del botellón, porque qué no alegra más que ver a la plaza llena, aunque sea de borrachos. Quiero ser feliz y apetecer más lo divertido que lo emocionante. Quiero más despedidas de Ponce y menos de soltero, más Cénate Las Ventas y menos trapíos impropios. Ser un homo ludens, en cuya conciencia individual satisfecha no quepa el ser-en-la-época del aburrimiento. Heidegger es para los existencialistas del 7, a los que quiero volverme para descargarme sobre su molesta presencia y, mientras les insulto y miro, que se caigan el toro, Las Ventas y El Batán. Quiero que se concedan muchos despojos, porque orejas es lo único que puedo arrojar al gintonic del Arahy sin quedar como un rancio. Quiero coleccionar acontecimientos en el poco espacio libre de mi cuenta de Google. Quiero vivir lo histórico cada tarde, y hacer de lo excepcional lo corriente. Quiero que el torero triunfe, pues quién soy yo para juzgarlo, quién para amargarlo con protestas, quién para impedir el triunfo de un hombre que se está jugando la vida contra un animal creado para simular peligro. Quiero babear por Ortega mientras mece en su muleta la lengua y la baba del toro. ¡Ay, si Pollock hubiera visto los trazos de esa saliva sobre la tela!

Quiero despreciar al toro que no colabora para el arte. Y no es que quiera, es que debo hacerlo. Lo minoritario no es minoritario porque no embista, no. Lo es porque ofrece complicaciones propias de su naturaleza. Qué es eso de que el toro reponga, se oriente, se distraiga, no humille, suelte la cara, que mire por aquí, mire por allá, mire que se mueve Roberto Gómez. ¡Qué es eso de que el toro coja! Qué hartazgo de lo natural, ¿cuántas veces tiene el hombre que rendre l'âme para ser Creador? El toro debe fabricarse para que triunfe el hombre. El toro será más toro cuanto menos lo sea. Hay que seleccionar según la altura hasta la que descienda su lengua. Quiero disponer de un selector automatizado de toros con el que, sobre la base de un carácter comúnmente blandengue, poder aplicarle trapíos, pintas y afeitados. Un toro homogéneo para facilitar esas heterogéneas expresiones de los artistas que se forman en la misma escuela. El toro al hoyo y el vivo al bollo.

Quiero una Fiesta con el hombre como medida de todas las cosas. Quiero que Barceló haga del hombre de Vitruvio un minotauro con chorreras por cuernos y senos de mujer. Quiero en mi muñeca una pulsera de "Viva El Juli", y quiero un tatuaje con la cifra de los segundos que duran las medias más largas de Morante, Ortega y Aguado, y que podría resultar en el 112 de emergencias. Quiero que mi apariencia grite: "¡soy taurino y esnob!", lo que se consigue vistiendo, además, camiseta con mensaje bajo chaqueta y pinta desaliñá.

Quiero unos toros "centro centrados", esto es, liberalismo para beber en el tendido, nihilismo en el ruedo, progresismo en el rito, socialismo en los despachos, liberalios en barrera y un Illa sin complejos que se vaya a ver con Moreno Bonilla la del Domingo de Resurrección en Sevilla con las cámaras de la nueva OneToro TV rescatada por el Estado andaluz. ¡Quiero los toros del consenso en una España federal!

Y para todo esto quiero al toro como lo accesorio, al torero, de rebote, como lo esencial, y a su relación, como una fórmula cosmética para ocultar que la tauromaquia ya fue. Hoy moramos en cada tarde de toros sobre heridas maquilladas.

¡No puedo ser otra cosa que un hipócrita!

Y es que, quizá, la actitud más consecuente ante esa tauromaquia estúpida sea la hipocresía. Por eso, quiero ser como Amón, el Tartufo de los taurinos. Quiero el advenimiento de una nueva tauromaquia posthistórica, en la que todo sea felicidad y no haya que preocuparse de nada, en la que la IA sea la encargada de resolver el dilema psico-artístico de que cada toro sólo tenga dos orejas que entregar.

A Luismi, «El Chatarrero»

Está el reloj de la plaza de Las Ventas y está él. Luismi, «El Chatarrero»: el hombre de un tiempo que se nos va. Luismi se dedi...