domingo, 8 de octubre de 2023

VI de Otoño. Diálogo en el cielo sobre la tarde de un chenel y oro.


Diálogo transcrito por la imaginación a partir de unos símbolos en lengua torerística grabados en la chaquetilla chenel y oro de Borja Jiménez y hallados al llegar al hotel, tras su salida a hombros, posiblemente surgidos por el rozar del gentío que lo aupaba triunfal:

AFICIONADO (A).- Don Antonio, hoy uno actuaba en Madrid con su favorito, el lila y oro, y no vea la tarde que ha echado. ¡Debe sentirse usted muy honrado!
CHENEL (C).- [Fuma] Ya sabe que desde que estoy aquí [echa el humo], y no puedo estar en mi plaza, no me gusta verlas. Pero, cuéntame, cuéntame [echa más humo].
A.- Hoy eran los Vitorinos, señor Chenel. No han sido los de San Isidro, ni en presentación, alguno estaba asardinado, ni en fuerzas, sí lo han sido, en cambio, en su poca bravura en el caballo, pero qué seriedad, qué dureza y qué forma de resistirse a la entrega. Todos estarán ahora por el limbo y seguirán con su boca cerrada (dicen que ahí, en la dentadura, les guardaba Vitorino padre el óbolo para Caronte, porque no quería que nadie se las tuviera que volver a ver con ellos).
C.- [El cigarrillo humea entre sus dedos] Ya contaba Vidal que Belador no quería volver al corral, con lo que imagínate dejar a uno de esos suelto entre los muertos.
A.- Ni entre muchos vivos, que ya sabe que las figuras de hoy sólo los han visto, y muy poco, cuando han estado en su punto más dulce.
C.- [Tira la colilla, coge otra y asiente abriendo un ojo más que el otro, con la sien inclinada] Sí...
A.- Es que fíjese lo certeros que son. Al primero de la tarde, a pesar de sufrir de una notoria blandenguez agravada por una malísima suerte de varas, su casta lo ha mantenido fiero para el último tercio. Román, ese jovial gladiador valenciano, ha empezado bien con él, hallando el toque y la distancia justos, tragando muchas miradas, soportando un incomodísimo gazapeo y varios avisos, hasta que le ha robado un buen derechazo. Al querer ligarlo quedándose en el sitio, pero al hilo, ¡pum!, un pitonazo en el muslo y la sangre brotando. Con el torniquete en la pierna, el matador porfía por robarle algún lance más, pero la sangre pesa, y mucho. Aún así, cómo sois los toreros, el tío macho se ha tirado a matarlo, dejando una estocada defectuosa que ha permitido al segundo matador descabellar sin dificultad mientras se llevaban a Román hacia la enfermería entre aplausos.
C.- [La llama del mechero ilumina su mechón] Son toros muy duros para toreros muy listos. Qué bien los entendía El Cid, pronto y en la mano, chaval.
A.- Otro que vistió honrosamente como usted.
C.- Y tanto, cómo disfruté con él en Madrid [la calada es interminable].
A.- Y cómo habría disfrutado con el de hoy, Borja Jiménez, de Espartinas. La gesta es inmensa, triunfar frente a tres victorinos, señor Antoñete. ¡Que sólo ha toreado nueve corridas este año! Y la mayoría gracias a la Copa que lleva su nombre.
C.- [Sigue fumando] Eso tiene mucho valor. Aún me acuerdo de mi Julito en la tarde de su confirmación. Es difícil superar esa faena [apaga el cigarrillo con el pie y se recuesta de frente al otro]. Ve contándome, muchacho, que me distraigo.
A.- Perdóneme si mezclo algunos pasajes, porque ha echado Borja una tarde tan rotunda y variada que los recuerdos quedan ahora todavía como un magma que se tiene que solidificar.
C.- [Se enciende otro cigarro] Es que la verdad es lo que no se olvida.
A.- Cuánto se le añora a usted... Veamos, por dónde empiezo. Sabiendo Borja ya que tenía tres toros que matar, a su primero, una raspa, lo lidia con inteligencia. Primero, con un recibo capotero saliéndose a los medios y llevándolo encelado por bajo, y, luego, dejándolo perfectamente colocado las dos veces para el picador, que, no obstante, pica trasero. Blandea el toro en banderillas y se queda pegajoso en el capote de brega. No estaba nada claro el animal, y, quizá por eso, brinda a la Infanta Elena. El toro gazapea y el torero trata de ligar, cruzándose y tirando de él. Una serie por la derecha consigue que el toro se la trague entera, entre miradas de esas que paran los relojes y los marcapasos. Le consigue robar grandes derechazos sueltos, tragando mucho paquete. Se lleva la muleta a la zurda y, entonces, sucede. No sé cuántos naturales han sido, a cuál más largo, más cargada la suerte, más circular la trayectoria del toro y más puro en su quietud el torero, retazos sueltos, escalofríos, entre olés y el levitar sobre la almohadilla. Uno de ellos al final de la faena llevando toreado al victorino hasta el final como no se recordaba desde su admirado Manuel Jesús, por cierto, otro de Sevilla.
C.- ¿Ha rugido Madrid? [sonríe humeante]
A.- Se ha entregado, maestro.
C.- Cómo echo de menos ese rugido...
A.- Ha sido una obra completísima, su opus magnum: valeroso, firme y mandón por el complicado pitón derecho, y clásico, templado y profundo por el buen pitón izquierdo. Media estocada arriba y atravesadilla ha acabado con el animal, que sería la misma ejecución que dejaría a la postre en sus otros dos toros, con un descabellar acertadísimo. Oreja auténtica de Madrid.
C.- Me alegro mucho por el chaval y por Madrid, que se rinde como ninguna plaza a la entrega de verdad.
A.- Pues verá con lo que le cuente ahora. En el tercer toro, del mexicano y superado por las circunstancias Valadez, ha quitado Borja por templadas verónicas rematadas por una media antológica en la que numerosas almas se han acordado de usted.
C.- Así he sentido yo antes como un crujido en la cadera. Era eso...
A.- Sin duda. Ha resucitado usted en esa media.
C.- Seguro que ha sido mejor que la mía... pero, dime lo de los otros toros [apaga otro cigarrillo].
A.- El cuarto era como un demonio negro y largo con una guadaña purísima en el pitón izquierdo y con una fiereza agazapada para saltar en la ocasión propicia. Borja se va a por él con la muleta en la izquierda, sin probaturas, empezando despegado, como conociéndose. En la segunda serie coge confianza y tira bien del complicado toro, que le dice nones a una intentona de cambio de mano. Con la derecha lo templa, aunque en terrenos cómodos para ambos, toro y torero. Hacia el final, el matador se decide a atacar y da una serie de derechazos conduciendo toda la incertidumbre de la embestida hasta donde no había más. Coge el estoque y la izquierda y ruge Madrid con dos naturales lentísimos y larguísimos. Una faena a más a más, con un final inolvidable. Otra oreja, pedida en masa por el público, y la Puerta Grande abierta. Es que pienso y no creo que alguno de los mandamases de esto de los toros hoy día pueda empatar con lo que ha hecho Borja en sus toros. Maestro, créame que resultaba sorprendente ver a un hombre tan poco placeado obrar con la experta imperfección de un lidiador.
C.- Es que el toreo que se recuerda es así, imperfecto. Si el toreo es perfecto, no es toreo, es otra cosa, y se olvida.
A.- Lleva usted toda la razón. Y déjeme decirle lo cipotudos que son ustedes, los toreros. Qué héroes españoles se dejó fuera de su libro el liberalio Bustos. Mire, con el triunfo ya en la mano, se ha ido Borja a portagayola a recibir al último toro, respondiendo a la ejecutada por Valadez en el anterior. Si eso no es cipotudismo, hombría, que baje Dios y lo vea. Decía Pascal que la dicha y desdicha del hombre vienen de una sola cosa, el no soportar la quietud. Con actuaciones así, la afición tampoco aguanta el permanecer sentada y se levanta a aplaudir su media verónica en el recibo de capote y su sacar al toro del caballo con un remate torerísimo. El toro parece más franco que los anteriores y pronto lo demuestra. Brinda al compañero caído en batalla y empieza como en el cuarto, con mucho temple y firmeza, pero desajustado. Un pisotón de la pezuña lo descalza de un pie y él se descalza del otro. Así, sin el peso de lo fabricado por el hombre nos regala otros dos naturales imborrables y fijados por un trincherazo de cartel. Se va a la derecha y sigue el toreo, rubricado con un final exquisito por bajo.
C.- Como debe ser siempre, por abajo.
A.- Como ha sido, maestro. Otra oreja más para su labor de verdadera Puerta Grande ante tres señores de Victorino Martín.
C.- [Cierra un ojo, pitillo en boca] Qué alegría. Sepas que a la afición venteña la dan igual las orejas cuando uno ha toreado como éste. Éste va directo al corazón de Madrid.
A.- [Alejándose] Ya sabe lo que Dombrovsky dice que le dijo Jesús a Pilato cuando esté le preguntó: ¿qué es la verdad? - Es la que viene del cielo.

Aquí finaliza la transcripción en su parte legible. El resto de símbolos se confunden con los alamares y bordados de la chaquetilla y resultan ininteligibles para aquel que no se ha vestido nunca de lila y oro.

sábado, 7 de octubre de 2023

V de Otoño. La Fiesta simulada: petardazo de El Pilar y del (h)arte sevillano.

Decíamos ayer que esto de la tauromaquia está dirigido por los intereses dinerarios de unos pocos poderosos desde la emoción de lo verdadero hacia la celebración de lo simulado, y hoy ahí lo tenemos. Asistimos a la genuina pseudo-tauromaquia que se quiere imponer con un público absolutamente servil a tal fin y una afición que parece perder cierto fuelle en su ejercicio de resistencia (¡sólo hemos dicho "miau" en el último!). Un espectáculo prefabricado de unas dos horas en el que poder intercambiar cubata y móvil en la mano, postearlo en las redes sociales de cada cual como algo cool, nacional-punk o perteneciente a una cultura underground (algo en lo que la Fundación está emperrada), y poder continuar con el peneque en la discoteca de moda o en la terraza del 7. Una tauromaquia que pasa del arte de lidiar los toros al arte de postearlos. No hay toro, el tercio de varas y el de banderillas son testimoniales, rémoras de una gloria anterior que permanecen porque aumentan el tiempo potencial de consumo de gintonics, y todo se reduce, para los profesionales, a la cosa muletera. Así volaban hoy las manillas del reloj de la plaza durante los dos primeros tercios y se aplomaban durante el último. La tauromaquia rampante de un solo tercio que impera en casi toda la piel de toro.

Gran parte de la responsabilidad de la simulación de hoy (y de muchas tardes en muchos sitios), la tienen los figurantes en el cartel original, remendado merecidísimamente con un salmantino, dos de esos toreros del (h)arte sevillano, que se anuncian de manera reincidente y sinvergüenza con unos semovientes que dan lástima, sobre todo en Las Ventas. Además, resultan ser, Ortega y Aguado, dos toreros que disfrutan de una notable influencia, casi supremacía, en lo más compartido del mundillo taurino de Twitter e Instagram. Todas las pantallas se llenan de lances suyos. Son virales. Y, visto lo visto, queda probado lo engañoso de ese tipo de publicaciones, toda vez que se les ve actuar en vivo y ante qué animalejos. ¡La de orejas que se darían si sólo viéramos los toros en el móvil! Ante esta conversión de los toros en una fiesta simulada, virtual y viralizable, queda claro que Madrid es la principal oposición, y casi única.

La otra gran responsabilidad de lo de hoy, como decíamos, está en lo ganadero. Petardazo. Seis bichejos impresentables de El Pilar, de esos a los que Madrid recibe merecidamente con gritos de "miau" y "toooro, toooro", con caritas tan inocentes como para ser modelos Disney, alguno tan escurrío que casi ocupaba lo mismo que las líneas de cal, picados ya por la puesta de la divisa (especialmente el primero), desplomándose sobre la arena, de frente y de costado, o baboseándola al doblar de sus pezuñas, perfectos ejemplares de la selección en base a la bobaliconería y no a la casta, y, en definitiva, unos oponentes frente a los que más que torear, ahora que está de moda, se les habría de amnistiar. Por reseñar justamente, el sexto toro, Resistón, acudió en bravo al caballo por dos veces y peleó dignamente.

Dicho esto, la naturaleza brava del toro de lidia, aun tan remotamente oculta en los seis ejemplares de hoy, siempre plantea ciertas dificultades, ante las que hoy no había artistas de la lidia capaces y dispuestos a vencer. En general, los toros han recibido horrendos y dañinos puyazos y una pésima lidia. Sin embargo, por ser igualmente justos, cabe destacar la disposición de Castaño a colocar bien sus toros para el caballo, el segundo buen puyazo de Javier Martín y la excelente brega de Marco Galán al cuarto toro, y, digamos, la singular eficacia con la espada y los descabellos (la corrida ha durado dos horas exactas).

Así, trataré de abreviar y no hacerles perder su valioso tiempo de domingo sometiéndolos a leer una descripción sobre el tedioso y quasi-uniforme acontecer de cada toro. Haberlo sufrido en la plaza ya está bien.

Castaño recibe con su vertical torería por verónicas al primero, rematando con una templadísima media. Luego, en sus dos toros, con la muleta, desmonterado y amonterado, sigue templado y vertical, pero perdido, inseguro, sin acoplarse. Lo que nos conduce a barruntar, como con tantos otros tiesos curtidos en auténticas batallas con el Toro-Toro, es que son incapaces frente al toro-simulacro. La maldición del tieso: triunfar con la alimaña, fracasar con el boyante. Mata de buena estocada, pero rinconera, al cuarto.

Del instagramable Ortega nos llevamos una encajada y lentísima verónica, la tercera, una verdadera preciosidad, en su quite al primer toro. Con ella, su equipo de marketing podrá organizar onanistas charlas-coloquio invernales, concertar épicos reportajes sobre la vida del esteta con las cadenas autonómicas, acordar una muestra individual en la Sala Antoñete, pero sin hacer sombra a la de Julián de San Blas, o, incluso, plantear un largometraje con el pasaje de esa verónica a cámara superlenta narrado por Emilio Muñoz, con divagaciones artísticas de Esplá y expectoraciones volcánicas de Zabalita. El resto de su actuación ha pasado como una pinturería hueca, un continente sin contenido, un mero juego formal, como el de los suprematistas rusos (hoy Juan podría haberse anunciado como el Cuadrado Blanco-sobre un fondo blanco de Malévich) y, además, en pelmazo. Es el artista en el fin del arte.

Aguado, desde aquella maravilla del '19 en la que nos jodió la vida al saber que difícilmente veríamos algo similar, parece que la losa de lo taurino le ha jodido, no la vida, pero sí su carrera. Su performance de hoy podría haberse anunciado como: "El pegapases del arte de Sevilla. No se lo pierdan. Tercera actuación este año en Madrid". Con él y su natural, pero vulgar, quehacer, se demuestra la infinita maleabilidad de los toreros hacia las malas artes y las geometrías del mal.

Por lo de hoy, y por lo de ayer, no nos queda más que decir: ¡que muera el arte y viva la emoción!

viernes, 6 de octubre de 2023

Gloria a los toros mansos (de Cortés) y a los toreros machos (Castella, Ureña y Chacón). Un combate en el que ha ganado el hombre.

Como salir de un combate. La tauromaquia, etimológicamente, es la lucha del hombre con el toro. En el devenir histórico, el luchar se convierte por medio del arte en un lidiar, y la tauromaquia en el arte de lidiar los toros. Pero, últimamente, predomina otra concepción de ésta, alejada de la seriedad de la lucha e inmersa en la algarería de cualquier otro espectáculo en directo. El toro ofrece poca o nula adversidad y lo que debía ser un combate, se queda en un simulacro festejado en la despreocupación del público. Se ha pasado de la emoción de lo verdadero a la celebración de lo simulado. Por suerte, hoy, gracias a la mansedumbre (una maravillosa condición del toro de lidia que comporta imprevisibilidad), y a la inteligencia y valor al faenar de tres hombres (Castella, Ureña y Chacón), se ha devuelto a la Fiesta taurómaca a su vertiente más original, la de la lidia. Por eso, hoy, agotados por la emoción dejada en la plaza, la sensación es como de salir de un combate, de una lucha real a muerte, en la que, claramente, podemos decir que ha ganado el hombre. Hoy, es un día para sentirse orgulloso de ser hombres.

No obstante, hasta el cuarto toro, la corrida iba por el derrotero de ese tedio que es parte de la piedra venteña, con tercios de varas desapercibidos (salvo por un Guernica en el tercero) y un desfile de Victorianos blandengues, móviles, y de hechuras eclécticas, como deformados por la visión de un cubista: uno escurrido y cabezón, otro anovillado, regordío y ameninado, y otro ensillado, sin culata y sin cara. Hasta el cuarto toro, sólo había destacado un quite por verónicas ceñidas y templadas de Ureña, del que salió trastabillado y teniendo que buscar guarida hacia tablas, al que respondió Castella, destacando una larguísima larga cambiada llevando al toro embebido en los vuelos hasta un final que parecía no llegar. Por lo demás, el francés ofreció en el primero su neo-toreo de lejanías en lo mollar y cercanías en lo superfluo. El murciano estuvo firme frente al segundo que soltaba la cara y la lengua, como queriendo lamer el aire descontaminado del Madrid Central de Almeidón. Y Ginés Marín, ante el manso tercero al que arrojó descaradamente al relance sobre el caballo de guardar, exhibió toda su incapacidad para con el toro-no-bobo, y su inteligencia para abreviar. Los tres mataron mal.

Así, con conversaciones mundanas entre bostezos, de repente, ¡zas!, la mansedumbre se presentaba en todo su esplendor.

Irrumpe Devoto de Cortés, un voluminoso cuerpo negro alto y largo, de 626 kilos. Huele la arena y parece cavilar, se frena frente a los capotes y se lo vuelve a pensar. Castella lo pone frente al picador y recibe un primer puyazo breve del que sale suelto hasta toriles. Comienza entonces el toro la circunvolución del ruedo de Las Ventas recibiendo seis picotazos más, alternativamente en la querencia y en la contraquerencia. En los fugaces lances del matador con el capote, se intuye cierta casta, yendo el toro muy largo y humillado. El diestro dirige al picador, pero nadie manda sobre el manso, que se pasea por el ruedo como Roberto Gómez por el callejón, sin que nadie lo atienda. Se dispone todo para las banderillas y, en medio del barullo, José Chacón anda con su capote hacia el toro, que se le viene en un arreón, lo coge al vuelo y lo deja fijo con un lance larguísimo, consiguiendo lo que nadie antes había conseguido, parar, templar y mandar sobre el manso. Qué gobernante no querría un consejero que con un solo gesto le diera todo lo necesario para ser virtuoso. Pero el manso es fiel a su comportamiento y continúa yendo suelto hasta que, de nuevo, Chacón lo fija con dos capotazos a cuál mejor, enseñando el manso encastado que intuíamos. Para el gran y arriesgado par de Viotti, Chacón cita al toro en largo, se lo deja llegar corriendo hacia atrás, el manso apretando y arreando, el lidiador aguantando para, en el momento justo, encontrarse toro y capote en un lance larguísimo y quedar el semoviente inmejorablemente colocado. Esta brega de Chacón será más recordada que cualquier faena del que se despidió el sábado de Madrid. Castella ha visto al toro gracias a su subalterno y, sin dudar, se viene al 7 e inicia su faena por bajo con gran mérito y enorme emoción logrando parar y mandar sobre el enorme y huidizo cuerpo negro. Sigue con la derecha, mandando sobre el manso y llevándolo por donde el hombre quiere, aunque en las formas neo- habituales de este torero. Gana en las siguientes series la mansedumbre sobre la casta en el toro y baja también, quizá por ello, la actuación de Sebastián, acentuándose sus formas ya descritas. Alcanza la lidia otro punto álgido con un cambio de mano a la zurda muy largo y en el que el animal va toreado. Cierra, desafortunada y desacertadamente, con unas bernardinas. Pincha dos veces y, en la segunda, el toro lo hace hilo, pero ahí está otra vez el capote de Chacón para quitárselo. Mata de estocada desprendida y atravesada y da una merecida vuelta al ruedo.

El quinto, Andaluz, sale de toriles también pensándoselo, quizá aún más, si cabe. Camina parsimonioso, para que podamos comentar sin prisa toda su altura, su poco cuello y su gran badana. Se detiene en las líneas de cal, con miedo a cruzar, y muestra auténtico terror ante los capotes, de los que huye hasta toriles. Canta la gallina. Qué mansazo. Casi imposible de picar, pasa incontables veces por los terrenos de los dos picadores, quienes administran cada vez un picotazo con la puya. En una de esas, el manso hasta realiza un recorte a la vara. El toro es olímpico, por la cantidad de vueltas que da al ruedo. Mientras, Castella está ausente como director de lidia, y Ureña que, para desgracia suya, no lleva a un Chacón en su cuadrilla, las ve venir. Eutimio, el presidente, denota incomodidad ante tanto manso (se le ve más tendido hacia la cosa orejil y eutímica) y tarda centurias en sacar el pañuelo rojo. Banderillas negras para el toro, primeras desde el legendario Cazarrata de Saltillo. Los banderilleros sufren de lo lindo ante los arreones de Andaluz, y sufre aún más Eutimio, que cambia súbitamente el tercio. Ahí sale Ureña ante el mansazo, entre voces de "¡mata eso ya!", y acompañado por un sentimiento de compasión despertado por el hecho de que le tocara en mala suerte semejante animal. Y ahí va Ureña y le da la vuelta a todo. Se sale desde toriles hacia los medios torerísimamente, llevando al toro metido en la muleta por bajo, andándole hacia atrás. Inicio para el toro, sin aspavientos ni efectismos, de verdadero lidiador. Sólo con eso, todo cambia. Un toro que no había recibido un pase, sin picar, incierto, inédito frente a una tela, de repente, por la inteligencia de un hombre, sigue los engaños y se vuelve inteligible. El sentimiento en el público ahora es de expectación. Ureña continúa la lidia en los medios, con firmeza pasmosa en varias series por ambos pitones enseñando al toro por dónde y hasta dónde ir, tirando de él, templando los arreones, anticipándose a ellos, tragando paquete en los cambios de pecho, acoplándose a cada topetazo, cada vez diferente, a cada frenada o a cada venida del mansazo. Muchísima emoción, por lo incierto y violento del toro y por la perseverancia y valor del torero, que se queda inmóvil en el sitio donde los toros cogen. El pitón descontrolado rozando la pantorrilla, la ingle y el torso y todos ellos firmes, confiando en la mano y la muleta que sostiene. Todo parece mentira, resulta increíble que esté toreando a ese toro. Con la batalla absolutamente ganada al animal y de forma inesperada, Ureña se inventa un cierre de faena hacia el tercio con muletazos y trincherazos por bajo hondos y largos, también de emoción, que ponen a la plaza en pie. La faena queda para el recuerdo como la más inteligente de las que ha realizado en Madrid. Entra a matar y recibe un pitonazo en el pecho que lo deja bocabajo sobre la arena. Se levanta mientras el manso huye hasta llegar al 5-6, donde Ureña vuelve a perfilarse y deja una estocada recibiendo algo desprendida. Tras varios descabellos y dos avisos, muere el toro y el torero da una vuelta al ruedo de ley.

El sexto toro, basto y feo, sirve para reafirmar el bluff de Marín y su sinvergonzonería, junto a la del Presidente Eutimio, "Timi", privándonos de un tercer puyazo a un toro que, en el primero, derribaba a caballo y picador, y, en el segundo, hacía una gran pelea metiendo riñones y empujando hacia fuera el acorazado. Cosas de la tauromaquia simulada.

miércoles, 4 de octubre de 2023

La contra-tauromaquia de Julián López, "El Juli"

Julián López, "El Juli", se ha despedido (por el momento) de los ruedos tras veinticinco años como matador de toros. Su trayectoria abarca la historia de la España que "iba muy bien" de Aznar a la "Frankenstein" de Sánchez, de la séptima Copa de Europa a la Negreira League, y del esplendor de Tomás a los indultos de Esaú. Casualmente, sus veinticinco años de matador coinciden con un vertiginoso declive social, político, moral e intelectual en España, y también, y aquí es lo que se viene a defender, causalmente, con una de las mayores decadencias acaecidas en la cosa taurómaca.

Nadie duda de que Julián ha mandado mucho, y como prueba de su "poderosidad" ahí está su última tarde en Las Ventas, toda una demostración de "mando y ordeno" sobre el planeta de los toros. Su despedida de Madrid se anuncia y requeteanuncia desde una turra mediática de flabelíferos (a-)críticos alabándolo al unísono, sólo igualada por la de los periodistas patrios con Messi y su Mundial. La empresa Plaza 1, que remolonea con el vergonzoso estado de conservación de la plaza, se vuelca en avivar la brasa y dedica al de Velilla la mayor exposición a un torero en Las Ventas, sin ser torero "de Madrid", y habiendo salido una sola vez por la Puerta Grande, como Morenito de Maracay, entre muchísimos otros. La presidenta de la Comunidad de Madrid y otros gerifaltes políticos y taurinos también obvian el deterioro material de la plaza, pero pontifican la muestra: "uno de los toreros más importantes del último siglo". Todo queda así dispuesto para que triunfe en el primer festejo de la Feria de Otoño, por lo que pudiera pasar después, y en sábado, día por excelencia del canalleo madrileño de muñecas españolizantes y de comida, gin, puro, toros y disco-plaza, es decir, de público triunfalista. Simón y Garrido le disponen también unos Lisarnasios, bóvidos grasosos, mansos y sin un ápice de casta, y facilitan que Uceda abra el cartel y lo cierre Rufo, dos matadores lejos hoy en día de poder buscarle las cosquillas a Julián. Así, su última tarde en Madrid es una bien orquestada profecía autocumplida para su segunda Puerta Grande, como uno de esos platos preparados que se venden en el supermercado, exhibidos durante horas tras el mostrador, con el mismo aspecto y presentación, igualados para todos los ojos y gustos, excepto el bueno, y de los que uno sabe indudablemente lo que esperar, para poder degustarlo despreocupadamente mientras se aciertan los paneles de La Ruleta de la Suerte.

Esa es la cantada "poderosidad" de Julián, un dominio burocrático (en los bureaus, despachos) y no taurocrático (ante el Toro), y que dice casi todo de su dimensión histórica, que la tiene. Pero antes de explicar eso, cabe subrayar dos condicionantes.

Uno, ha sido un matador que durante su carrera ha adolecido de lo que Sloterdijk denomina "legitimidad por aclamación", esa que fue inaugurada por Napoleón. Y es que a El Juli sólo lo han aplaudido, bien entrada su maestría, por la insistencia golfa de la amplia mayoría de juntaletras, diarios y revistas dedicados a lo taurino, careciendo siempre de tirón popular, de renombre socialitero y de atractivo para el aficionado.

Y dos, que lo que los juligans y la crítica oficial ensalzan de su figura es que "ha mandado", que ha sido "el torero más poderoso", o "un mandón del toreo". Y es más, defienden que ese "haber mandado", por sí solo repele ante su retirada toda crítica y atrae toda loa. Porque "ha mandado", no debemos criticar a Julián, dice la "crítica" (otra prueba de su mucho mando). Para todo el régimen, el valor de la cosa juliana está ahí, en el mando ejercido. La tauromaquia se convierte así, como la política desde Hobbes, en una cratología, aunque primitiva. Desarrollando esta idea, la dimensión histórica, el valor histórico o no de lo juliano, en todo caso, habría de determinarse a través del análisis del modo de ejercer ese poder y de los resultados de su mandar.

En cuanto al modo de ejercer el poder, ya comentada su soberanía en los despachos, atenderemos a qué estilo frente a qué toro. El estilo juliano se basa en un temple prodigioso aplicado desde el más nítido des-toreo, el del des-cuelgue (su tronco se desploma hacia delante asemejándose a una alcayata), la des-carga (cuerpo de perfil y pierna descaradamente retrasada) y la des-pedida (la posición corporal alejada del toro y el movimiento engendrado despiden al animal hacia fuera, lo más lejos posible, ya sea la M-30, el Guadalquivir, la Estafeta o el Gangoiti). Esto es, en las antípodas del toreo clásico. Su faenar es como el de un pintor callejero que vive del amaneramiento de sobar y sobar la acuarela para producir una y otra vez el mismo paisaje, sin emoción. No obstante, este estilo de gran temple, pero bufo, grotesco e impuro ha sido tan cacareado por los revistosos que, contribuyendo a esta época de decaimiento de la afición y crecimiento del público bisoño, le ha servido para triunfar por todas partes, salvo en Madrid, única oposición encontrada a su "poderosidad". También ha sido un benefactor clave en su poderío el toro que ha elegido tener delante. Primordialmente, un bóvido bobo, chico, blandengue y, preferiblemente, mono-encaste, buscando la casta mínima, o arrebatándosela. Su oponente no ha sido el necesario para demostrar su cacareado "poder", sino que ha sido un toro al que "cuidar" en los primeros tercios (la era juliana también coincide con la progresiva insignificancia de la suerte de varas) a fin de que llegara en modo "colaborador" a la muleta. Con Julián, el toro supercomercial (especialmente vendible e inteligible) ha pasado a ser un toro superbobo (especialmente asequible y previsible).

En este punto, mención aparte merece su manera de ejecutar la suerte de matar, el julipié: o cómo "aliviarse" mediante un horrendo brinco al hacer la estocada, como un salmón saltando río arriba. Todos convenimos en que en la estocada, el diestro se expone al máximo riesgo si se ejecuta con verdad el complejísimo gesto técnico que conlleva. Pues bien, en el julipié, por tanto, se incumple esta geometría de la verdad y del bien, y se concentran toda la ética de la trampa y la estética de la fealdad julianas.

Con respecto a los resultados de su mandar, lo que deja El Juli afecta gravemente a los dos protagonistas de este rito, toro y torero. En los de cuatro patas, ha colaborado con ahínco y voluntariamente en mutilar su riqueza y variedad. Tras su paso y mando por el planeta de los toros hay menos ganaderías y menos encastes. Lo decía él mismo: «el toro más difícil es el que no te deja expresarte artísticamente». Y claro, a ver quién, pudiendo no hacerlo, elige lo difícil y lo que "no te deja expresarte artísticamente". Lo minoritario, a extinguir. Sobre los de dos patas, ha creado escuela, la Juliana. Ahí están para corroborarlo los Roca, Castella, Perera, Luque, Ginés, Lorenzo, Rufo o Esaú, y tantos y tantos jóvenes novilleros devenidos en burócratas que aplican con total previsibilidad las reglas de El Juli. En todos ha calado el ansia de mandar como él, y la forma más eficaz es imitándolo. El sueño es triunfar y mandar, da igual cómo, es decir, no importa torear bien. La lección juliana es que el toreo es un igualdá. Con esta propagación de lo juliano desde la posición de Leviatán de Julián, se ha convertido al ritual (lo que está cargado de significado, lo significante) en una rutina (lo insignificante). Ha hecho de la tauromaquia, una buromaquia.

Así, podemos concluir todo lo anterior y afirmar que lo que nos lega el mando de El Juli, lo que otorga a su figura esa dimensión histórica, es una contra-tauromaquia. Si suponemos una línea fundamental de la tauromaquia, un fundamentalismo tauromáquico, sería la de una ética basada en el obrar bien (Torear bien), desde la que obtener, en contadas ocasiones y, sobre todo, con el Toro-Toro, la emoción estética. Es decir, lo verdadero es el único camino hacia lo bello. Pues bien, la obra del de San Blas ha ido a la contra, o más bien, contra todo ello. Su legado, podría decirse, no es valioso, es contravalioso: lo falso es el único camino hacia la deformidad (el poder).

Hasta nunca, Julián. Esperamos que tu legado se borre pronto, porque, como dijo Chesterton, "las falacias no dejan de serlo aunque se conviertan en modas".

domingo, 24 de septiembre de 2023

Tres domingos de septiembre y un toro bravo, Sombrero, de Pedraza de Yeltes.


Dice Lipovetsky que la realidad hoy es, ante todo, paradójica, y podemos sin osadía añadir que en España la realidad es paradójicamente extremada. Una realidad de lo español que se condensa en la Fiesta de los Toros, decía Pérez de Ayala, como se ha demostrado en el último de la tarde, pitado de salida, y ovacionado en el arrastre. Qué paradoja esta de que el toro peor presentado resulte en el más bravo ya no de hoy, sino de todo el mes de septiembre que, para Plaza 1, es el mes del "toro por excelencia", con lo que quieren decir que el resto de meses, en Las Ventas, hay otras cosas por excelencia, pero no el toro.

Sombrero, de Pedraza de Yeltes, de 597 kilos repartidos hasta colmar un cuerpo alto y largo, como de material rodante ferroviario, de pinta colorada y ojo de perdiz, pero sin cara. Al tren lo coronan dos pitoncitos que bien valdrían para una gesta rocareyera y que reciben oportunas y lógicas protestas. Para colmo, blandea en los capotes de matador y cuadrilla, momento en que la mente de los que hemos optado por perdernos el inicio del derbi madrileño de la corrupta Liga de Roures (un catalanista campeando y trampeando en la competición deportiva nacional más importante, otra paradoja) vuela hacia la plegaria por no tener que aguantar el show de Florito and The Berrendos y a otro animalejo que no sabíamos de que ganadería sería, ya que las cuentas de Simón y Garrido en cuanto al número de cuartillas blancas que imprimir con los datos de los sobreros, no han salido tan ajustadas como sus cábalas taquilleras, y faltaban por doquier. En ese vago pensar, discurre la lidia, y Gómez del Pilar coloca en largo al toro para el tercio de varas. Sombrero no duda y acude fijo y veloz a la cita con Sangüesa y su caballo. El puyazo cae trasero, pero la atención se desplaza, resbala y cae bajo el peto. Ahí están los dos pitoncitos del toro y, tras ellos, no sé, 597 kilos de pasta nuclear, un tren sin descarrilar queriendo atravesar una montaña, y todos los Newton que la imaginación pueda generar. El empuje sube hasta el tendido, se siente, pesa, provoca el aplauso, el apretar los puños, el exabrupto, el no pestañear, el verse con el trasero levitando sobre la piedra, la obligación inconsciente de liberar toda esa fuerza de algún modo. Fuerza que impide al varilarguero dejar de picar. Los cuartos traseros del toro surcando la arena en sentadilla perenne, el caballo arrastrado y el puyazo todavía dentro. Unos segundos para siempre, lo que siempre venimos a ver. Consiguen arrancar al toro del peto y el matador lo dispone, aún más largo, para la segunda vara, a la que acude y empuja con la misma bravura. Estamos aplaudiendo al toro, (qué cosa de frikis, emocionarse con un animal creciéndose en el castigo), cuando el señor presidente D. José Luis González González (qué paradoja, también, que tenga nombre de árbitro) saca el pañuelo blanco y se cambia el tercio. "¡Fuera del palco, fuera del palco!". Nos acaban de arrebatar la posibilidad de habitar un tiempo inolvidable, ya perdido en el sonar de clarines y timbales. "¿Qué hacer?", dijo Lenin: protestar, pero qué impotencia.

Sombrero sigue yendo a más, y lo muestra en el inicio arrodillado del matador, forzándolo a erguirse por la codicia con la que persigue las telas. La naturaleza diciéndole al hombre que no reniegue de su condición de bípedo. En toda la faena, es ostensible la bravura del toro, celoso de su terreno cuando Gómez del Pilar se adentra en él, humillado y comiéndose todo lo que le antecede. Embestidas acompañadas por el torero, que no torea salvo en algún natural suelto muy al final de una larga faena. El toro recibe una estocada que escupe entera mientras continúa persiguiendo todo lo que se le pone por delante, banderilleros, capotes. Descabella Gómez del Pilar a la primera y las mulillas se llevan a Sombrero, bajo una honda ovación y una desatendida petición de vuelta al ruedo.

De los demás toros, diremos que ha resultado en una corrida-concurso de descaste y fealdad (una Little Miss Sunshine taurina): un Partido de Resina irreconocible y de blandiblú; un lagarto con percheros de Samuel, noblote y sin fuelle; el Victoriano de hechuras eclécticas y que rompió en maquinita boba de embestir; una pintura de Peñajara que se convirtió en estatua tras los tres puyazos, excelente el primero de Peralta, en toda la yema; un novillo impresentable de Escolar, noble en demasía; y lo dicho arriba de Sombrero.

De la terna, destacar su disposición a lucir los toros en la suerte de varas y su mal hacer con los aceros. Serafín Marín sin decir nada; Rubén Pinar diciendo letanías desde la plaza de Felipe II y haciendo la alcayata en homenaje al que se despide el sábado; y Gómez del Pilar tendiendo hacia el neo-toreo de acompañamiento, las triquiñuelas orejeras y sin dejar rastro de aquel que se enfrentó a Milagroso de Escolar.

domingo, 10 de septiembre de 2023

Mochuelo y Castaño, el auténtico desafío.


A veinte días de la despedida de Julián de San Blas, una treta urdida para contristar al público gintoniquero de Simón y superar a Pepe Nelo en Puertas Grandes de Madrid, se olía Toro en Las Ventas. Aunque la cosa saldría luego con varios toros oliendo la arena más de lo que se esperaba, y sin equinos derribados.

Primero de los "desafíos ganaderos" que, visto lo visto, el nombre debe referirse al homérico desafío que tienen algunos de esos ganaderos con su material. Los tres primeros de Valdellán, desigualmente presentados, encastados y escarbadores, y los tres últimos de Juan Luis Fraile, destartaladamente ásperos, descastados y flojos. Los seis de pitones íntegros que no arrojan sombras paralelepípedas. Frente a ellos, Paco Ramos, de Onda, Damián Castaño, de Salamanca, y Luis Gerpe, de Seseña.

El primero es chico y flojo. De lejos, acude bravo al caballo dos veces y las dos sale derrapando. "Por Dios, que no resulte la tarde en un espectáculo de sostenibilidad". Cae un par de banderillas de España a la arena y cae el toro mientras caen protestas. Ahí, en esas caídas, debe hallarse simbólicamente el zeitgeist de lo español. Ramos logra sostener al toro a media altura, faenando por fuera y a enganchones. Todo jaleado desde el callejón desde donde no se debe ver que el toro, sin fuerzas y con su punto de casta, gana al matador. Pincha, pega un bajonazo y pierdo la cuenta de las veces que entra a matar.

Sale Mochuelo escarbando y el guiri lo ovaciona. Sale bien Castaño con él al medio y lo deja en largo para el caballo que monta Agudo. Así, dos veces, y dos grandes peleas de toro y picador. El tercer puyazo lo toma en corto por impaciencia. Tras una buena lidia de Galán, Damián brinda a Marco Pérez, el niño prodigio que puede arrebatar a Luque la herencia del sitio que deja Julián. El toro es bravo y encastado y el matador manda en un buen inicio de faena. Por el derecho da una serie en la que aguanta el empuje del bravo y cierra con un gran pase de pecho. Repite por el derecho tendiendo hacia la relajación, que el toro no permite. Coge la izquierda y, de repente, nos levantan dos naturales como dos rayos lentísimos, fotografiados, dados desde la más humana verticalidad y rematados en la más honda horizontalidad. Si hay un verdadero desafío en la tauromaquia, es el que hoy ha superado Castaño con Mochuelo. Sigue por naturales, igual de verticales, pero menos lentos y rematados, y cierra cambiándose de mano con torería y gusto. Castaño ha Toreado, por momentos, a Mochuelo, pero pincha y mata de estocada caída. El toro se va ovacionado y el matador da una clamorosa vuelta al ruedo.

El tercero recibe a su salida palmas y protestas. Tiene cara antigua, como bosquejada por Luis Gordillo. Gerpe lo coloca mal para el primer puyazo, del que se va suelto, como del segundo, llegando hasta el picador que guarda la puerta. El mansito recibe un tercer puyazo. Los tres, traseros. Aprieta a Joao Pedro en banderillas y lo obliga a tomar el olivo. De las Heras lidia eficazmente. Gerpe basa su faena en la periferia, y el toro, sin alardes, va venciendo. Victoria que se consuma en la segunda bernardina, cuando prende y levanta al matador y, ya en el suelo, lo pisotea. Gerpe vuelve al toro para matarlo, pero falla, hasta que lo consigue tras varios intentos.

Antes de que salga el cuarto y que cambie la ganadería, vemos que la Policía Nacional de "caballero, la mascarilla" y los tiktoks coreografiados se dirige a por un señor regordío aposentado en el bajo del 9, al que se llevan entre aplausos de sus vecinos de localidad. Puede que sea otro episodio de gordofobia del que Zabalita no ha dicho ni mu, o puede que dijera en algún grupo de WhatsApp que "lo de Barbastro no era un espectáculo infantil".

De vuelta a los toros, el primero de Juan Luis Fraile y cuarto de la tarde es acapachado y se planta en toriles. Por aspecto recuerda a un Cuadri afinado y por comportamiento a un abanto Lisarnasio. Del primer puyazo que recibe trasero se lleva la vara colgando. Se le coloca hasta para un tercer puyazo cuando cae un trueno y rompe la lluvia en diluvio. El mansazo busca refugio en toriles y el público en las gradas, que hasta entonces lucían desiertas. Pasa así la faena de Ramos, amonterado, entre su descolocación a la hora de matar y la recolocación de los espectadores por la plaza.

Los matadores prueban el ruedo con sus zapatillas y Castaño dice que p'alante. El quinto sale y salta contra las tablas y en cada lance. Arranca bien al caballo, pero se le pica mal y, entonces, se mueve descoordinado y sin fuerzas. El matador, decidido y firme, traga sapos, culebras y hasta charos en cada pase, con el burel abriéndose, frenándose, saltando y soltando la cara. Un recital de descaste. Castaño se dispone a entrar matar, ejecuta la suerte y se lleva un pitonazo al pecho y una merecidísima ovación tras el arrastre del toro.

El sexto salta y flojea como el anterior, pero de manera menos pronunciada. Recibe dos puyazos largos y traseros, dejándose dar y cayendo al salir. Blandea también al querer quitarse las capas a cornadas. Banderillea el primero de una en una y Tornay su par, acelerado. Gerpe faena con decisión, pero sin mando, y queda a merced del toro en varias ocasiones en los pases de pecho y por el izquierdo. Es loable la labor inocente del matador frente a semejante aspereza. Vuelve el diluvio y vuelven a refugiarse las gentes que volvieron al tendido. Tarda mucho Gerpe en entrar a matar para dar un pinchazo hondo que escupe, una estocada y muchos descabellos.

Dos horas y veinticinco minutos de corrida y la faena de Castaño a Mochuelo han sido los auténticos desafíos.

sábado, 19 de agosto de 2023

En torno a la tradición del encierro de Brihuega del 16 de agosto


El globalismo rampante que plaga estos días la superficie del globo con hombres con falda y chanclas, nos dicta desde sus altavoces televisoros que lo que antes entendíamos por verano en España, una estación que dura unos tres meses, los más calurosos, ahora es una sucesión de olas de calor cada una extendida varios días. Los mapas meteorológicos se tiñen de un clima azufroso y el telediario transcurre en una secuencia de sofocantes reportajes y alarmistas reporteros que llaman a "hidratarse frecuentemente". No obstante, y dado que todavía nos dejan cavilar desde una visión pre-globalista o pre-cosmopolita, es decir, nacionalista (tiembla, Cayetana), también se podría describir al verano español como una genuina sucesión de tradiciones, en su mayoría, populares e inventadas.

En 1983 ya explicaron Hobsbawm y Ranger que toda tradición es siempre un invento o un reinvento. Por ofrecer un ejemplo, William Wallace no vistió nunca la típica falda escocesa o kilt, ya que esa tradición no fue inventada hasta el siglo XVIII, siendo aún más recientes sus tradicionales estampados. En la línea de los citados autores, el filósofo Jean Juan Palette-Cazajus explica con ingenio que «en las cosas de la historia no hay tradiciones, sino, algunas veces, continuidad. Y ésta no cabe nunca en la perpetuación de lo mismo, sino en la rara capacidad de imprimir a los acontecimientos la marca de una voluntad de perseverancia en el ser». Y afina aún más: «tradición es ilusión. Ilusión de perennizar y sacralizar cualquier producción histórica de la mente humana mediante la creencia de que su periódica repetición ritualizada podrá preservar una pureza originaria».

Brihuega, célebre villa alcarreña que tiene embriagados con sus campos de espliego a instagramers, turistas de pueblos, y desbrujulados hipermnemónicos, que diría Debray, celebra cada 16 de agosto su tradicional encierro por el campo, declarado de interés turístico regional en 2009 y en proceso de adquirir la distinción de interés turístico nacional. El encierro, en síntesis, consiste en: una suelta de cuatro toros desde las calles hacia el campo el 16 de agosto a las 18:30 horas; un encierro en puridad, la conocida como "Subida", con los toros del campo al pueblo en la madrugada del 16 al 17; y, por último, otra suelta a las 12:00 horas del 17 de agosto, la llamada "Bajada", de esos bureles encerrados por la noche en los corrales de la iglesia de San Felipe hacia la plaza de toros. Casi un día entero de "encierro", por calles y campo, bajo el sol y la luna, que lo hace el acontecimiento más preciado de todo brihuego junto a la procesión de su Virgen de la Peña.

Ahora bien, esto no se parece en nada a lo que debía ser el encierro original que, como en todas partes, consistía en trasladar las reses del campo al pueblo para ser encerradas y lidiadas. Es decir, en el siglo XVIII no había "Subida". Parece ser que la actual tradición del encierro de Brihuega se inventó en los años 60 tras la construcción de la Plaza de Toros de La Muralla (1965), cuando alguna gran mente (seguramente casi tan grande como la de González Pons, el Oppenheimer español) ideó lo de la "Subida" para continuar teniendo un "encierro" auténtico, dado que con la plaza de toros se hacía del todo innecesario el traslado y encierro de los toros.

Parte fundamental en este invento de la tradición del encierro del 16 de agosto fue el ganadero Pedro Sopeña (qepd), quien, junto a su familia, se hizo cargo de su organización durante cincuenta años. Años de luces y sombras que hicieron del encierro de Brihuega el más popular y la referencia de toda la provincia de Guadalajara, la envidia y el espejo donde mirarse, porque tenía a los toros más grandes y fieros, por el riesgo y la emoción de su desarrollo y por lo especial de durar casi un día entero, con una noche de por medio. Desde entonces, está tradición inventada se ha ido conservando con ciertas corrosiones, algunas superficiales, y otras, profundas. Entre ellas, se pueden destacar el tránsito de novillos a toros, o el de permitir los coches a prohibirlos.

En la última década, y sobre todo tras lo acontecido en la edición de 2016 y en la de este 2023, se aprecia cierta y notable desviación en la conservación de la tradición del encierro del 16 de agosto, que se condensa en el hiriente lamento de que «Brihuega ya no es lo que era» y en la esperanzada ilusión de que «Brihuega vuelva a ser Brihuega». Una de las principales quejas es hacia una falta de organización del encierro o desorganización, si cabe. Se percibe un encierro ostensiblemente "descabezado", que va perdiendo su identidad y sin rumbo claro. Por ello, se proponen tres máximas como guías para devolver al encierro a lo más cercano a su tradición:

1. Situar al Toro como eje. En estos tiempos en que vemos imágenes de auténticos torazos en festejos populares y de auténticas babosas en los ruedos, choca poderosamente que los cuatro toros del encierro de este año, de Joselito, del Tajo, estuvieran anovillados y escurríos. Como sufre el aficionado en muchas plazas, los toros eran a la vista todo lo opuesto a lo que uno entiende por un toro de lidia. Podrían pasar por unas vacas travestidas con un aparato cornúpeto hiper-desarrollado o, directamente, por los novillos sin picar de por la tarde. Las gentes de Fontanar, Horche o Yunquera, entre muchas otras, presumen con socarronería, y con razón, de que los toros que sueltan en sus pueblos tienen más trapío. Cierto es que en Brihuega, quizá porque el taurinismo llega a todos los rincones, cunde el mantra de que el toro, cuanto más pequeño, mejor, ya que allanará más fácilmente y se moverá con más viveza, pero la realidad es que el toro aguanta y se mueve cuando tiene casta, esa cosa anhelada por la afición y denostada por el régimen taurino. Está claro que el trapío no garantiza la casta, pero sí el miedo y el respeto. Por eso, lo primordial para la restauración de la tradición del encierro de Brihuega y que lo devolvería a esa posición de referencia es "echar" cuatro señores Toros, sin discusión. Cuestión esta en la que se podría plantear una reinvención, como sería el optar por una ganadería de renombre y encastada (ahí están los Cuadris, Escolares, Ibanes, Miuras o Victorinos en muchas calles de España).

2. Devolver la imprevisibilidad propia del encierro. A nivel mundial, Bauman constataba una tendencia a la securitización, apuntalada por Sloterdijk al señalar que «la actual sociedad del riesgo es aquella en la que lo arriesgado está prohibido», y resumida por El Juli en lo taurino: «el toro más difícil es el que no te deja expresarte artísticamente». En el caso del encierro de Brihuega, esta primacía de la seguridad ha conducido a los diversos regidores a fortificar el camino no urbano de salida hacia el campo, levantando vallas, talanqueras y automóviles (el hacer de barricada puede ser un futuro uso del vehículo privado de combustión cuando nos obliguen a todos a ir en patinete eléctrico), y convirtiéndolo en una mera prolongación del recorrido urbano. Con ello se pretende afianzar una salida menos complicada, pero se elimina la imprevisibilidad de la que proviene la emoción. Hace años, superado el trayecto por el núcleo urbano, cualquier toro podía moverse por donde su instinto lo llevara, pudiendo incluso volver al pueblo por cualquier lugar. Una imprevisibilidad en la que parece residir la pureza de este encierro. Antes, la tarde del encierro era para un niño estar encarcelado en casa y merendar Nocilla y miedo porque había cuatro toros sueltos. El niño actual pasa la tarde libre en la calle, sin temor, junto a sus adultos en algarabía de botellines y cubatas. Hoy, merced a un vallado desmedido, el encierro se torna excesivamente previsible y mediatizable, pues, además, toda talanquera es, en potencia, un puesto destacado para que un culo, cula o cule tome feas imágenes que serán emitidas en bucle por Espejo Público. Por tanto, si se quisiera devolver al encierro a la senda tradicional, convendría "liberarlo" de esa excesiva "seguridad".

3. Concebir con interés al encierro en su integridad. Bien lo sabe todo brihuego, el encierro no dura lo que dura, sino que se extiende a lo largo de todo un año. Ello sugiere, lógicamente, que su organización tenga lugar durante todo ese mismo periodo. Los responsables públicos, si tienen interés e ilusión, deben considerar una preparación más profunda y amplia del encierro, así como la constitución de espacios de reflexión y discusión libres sobre dicho evento. Asimismo, el encierro en sí tiene tres partes bien diferenciadas, las cuales han de preservarse por igual. Su organización ha de concebirse desde la integridad de su desarrollo, sin obviar o discriminar cualquiera de sus partes. Tan importante es en la conservación de la tradición luchar porque haya "Subida", como recobrar la esencia de por la tarde del toro, el caballo y el hombre buscándose en las cuestas del valle de Brihuega. ¿Acaso se puede decir que uno ha estado en el encierro sin volver con las tibias espinadas por las aliagas y con dolor en los cuádriceps de subir y bajar cuestas y almendros? Por último, otra ayuda en la conservación del encierro en su integridad podría ser apuntalarlo con actos complementarios que, en algún caso, son tradiciones que se han perdido. Se recuperaría así el "Toro del Aguardiente", que se soltaba en la plaza de toros al finalizar la "Bajada", o, ante la posibilidad de que ésta no se celebrara por no haber podido encerrar ningún toro, se dispusiera de algunos otros bureles para ser soltados en su lugar.

Estas tres propuestas tienen la ilusión de conservar la tradición del encierro del 16 de agosto de Brihuega y de que no le ocurra como al verano, que ahora es sólo una sucesión de olas de calor. Pues ya lo advierte Cazajus: «la precaria memoria humana tiende a considerar tradicional toda idea o práctica social que supere los diez años de existencia».

Devolver el Toro, la imprevisibilidad y la integridad al encierro de Brihuega.

«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*

*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/  «M...