domingo, 12 de junio de 2022

El día de 3 Puyazos y el puyazo de Réhabi

Réhabi, picador de toros.

Con el sol clavado en todo lo alto a nuestra espalda, subimos por la A-1 en un diésel cargado aún con resaca del pedal a Régimen de este San Isidro y la ilusión de no ver lo mismo, que es lo de siempre. Salida 34 a 34 grados Celsius, gloria y dolor de verano, que ahora es una sucesión alarmante de olas de calor proclamada por meteorólogos (ya advierte Sloterdijk que es la meteorología y no la creatividad la que ha llegado al poder). Un botellín y enfilamos la cuesta que reposa en una callecita encapada que está de Feria, la del Aficionado. Una charanga rebosa con música el aire, ya lleno de una gente que hace manifiesta su diferencia con la masa que habrá por Jaén hasta en la manera de vestirse. Contrariamente a lo que se cree, Pastoureau dice que las personas que intentan no llamar la atención con su ropa son más numerosas que las que sí. La calle es una fiesta y franceses, segovianos, alcarreños o valencianos comen y se dan la mano, estrechando su afición. Hasta las siete de la tarde cabe un paseo por el borde de San Agustín del Guadalix que, como el final de todo pueblo, es signo de la difícil reconciliación del español con su tierra. Sentados ante un altar en una rotonda a la Virgen de Navalazarza, a la que figuramos se habrán acogido los actuantes, un extremeño del lugar con mascota sentencia que Sánchez Vara es tan fijo en San Agustín como el cuartel de la Guardia Civil. Dejando atrás el camposanto, vemos ante lo más sagrado para el Régimen, la taquilla, al bravo Isaac Fonseca adquiriendo su entrada. "En este festejo todo el mundo ha pagado su entrada", reza un folio y la afición.

Con el sol de nuevo a la espalda, entramos y comienza la tarde. Sobre el ruedo se mantendrán indelebles hasta el final los hierros de las dos ganaderías, Peñajara y Prieto de la Cal, y no así la cal de otras rayas que serán varias veces delineadas. El picador parece que ha de moverse en una portería tumbada que Rosco definirá en cierto momento como el "córner". Un hombre con cartel anuncia al toro, por un lado, y al picador y a su caballo, por el otro. Nunca tuvo tanto sentido que ese hombre girara sobre sí. En el callejón no hay Amones, Calamaros, ni Abellanes pues no hay media para captar toda su afición. Sale el primero y ahí está "Javi", o el hombre que cazó a Cazarrata. Doblan las campanas de la iglesia cuando entra a matar y pensamos en Hemingway. ¿Por quién doblan las campanas? Por el arte español contemporáneo, ciego a esta belleza. El reloj avanza y gira y gira alrededor del tercio de varas, que dura más que el último tercio. Vara, Castaño y Sánchez honran al nombre de los organizadores, 3 Puyazos, y lucen a sus toros ante los varilargueros, que se lucen más o menos. El segundo, de Peñajara, pone a volar las tablas de un burladero, que vuelven a su sitio gracias a un toro mecánico (el neo-toro, si fuera eléctrico). El albahío tercero es devuelto en medio de una bronca fuera de sitio. Algunos confunden la "Feria del Aficionado" con la del "Enterado" y protestan como si sus posaderas ocuparan su asiento en Las Ventas. El tercero bis muere por un estoconazo de Imanol Sánchez. Al salir el encastado y colorado cuarto, bien picado por Navarrete y arrastrado en vuelta al ruedo, uno de los enteraos rompe su entrada y abandona la plaza. Castaño se daña la mano izquierda al inicio de su muleteo con el quinto y se fuerza a una faena con la derecha en la que enseña su temple, gusto y buen entendimiento con el animal. Con la luna subiendo por la derecha y el sol cayendo a nuestra izquierda, irrumpen el castaño sexto y el picador francés, Gabin Réhabi. Entonces nos levanta del asiento lo que nunca habíamos visto, lo que se nos birla muchas tardes, la verdadera suerte de varas: un hombre toreando a caballo con una pica en la mano y agarrando un puyazo en todo lo alto a un toro citado y venido desde una gran distancia. Sólo eso vale la entrada que despedazó aquel. Luego vienen otros tres puyazos más, con la vara cayendo más y más trasera. Al terminar el honrado Sánchez con otra buena estocada y llevarse al toro las mulillas sin trallazos, salen a saludar el picador y luego su caballo, mientras se lo agradecemos a 3 Puyazos.

Eran casi las diez y media de la noche cuando bajamos la cuesta hacia el diésel, que saldría con menos combustible, pero cargado con aficionados satisfechos que se acordaban de aquel que rompió su entrada, se fue en el cuarto y no vio a Réhabi.

jueves, 9 de junio de 2022

San Isidro 2022: la escisión entre afición y Régimen

El Régimen


Un año antes del principio de la capitulación de Occidente, Lipset y Rokkan publican en 1967 su teoría de los clivajes, anglicismo que dejaremos para los Errejones y su voz engolada, o teoría de las fracturas, y que se resume en que hay varios elementos como la clase social, la cultura o la religión, que dividen la sociedad en dos bandos. Pues bien, desde Trump queda sobradamente expuesto que la sociedad se parte como el Mar Rojo en dos: élite y pueblo. Una escisión fielmente exhibida en la Feria de San Isidro de 2022, ya sin mascarilla, en la que esos dos bandos, representados en la afición y el Régimen taurino, se han reunido, pero sólo para dividirse aún más.

Durante un mes, la afición hace con su vida un Marie Kondo -para los zoomers-, un Tetris -para los millenials-, o un Tangram -para los boomers-, a fin de sentarse tarde tras tarde en su asiento numerado junto a quien también ha pagado por el suyo para esperar el milagro. Mientras, el Régimen espera regalar asientos a C.A.F.R.E.S. (Culos de Alta Frecuencia de Renovación Elegidos por Simón), que no piensan en números, pues desconocen eso del precio de una entrada, y cuya vida diaria durante un mes no orbita alrededor de las 7 de la tarde, sino que gira en torno a la socialización de su "taurinismo" flasheando sus cabezas sobre las tablas, hasta que el amago de salto de un burel saca su lado menos bueno.

Más allá del hábito y esa nonada de pagar o no pagar, las palmas son otro elemento que afianza la fractura entre afición y Régimen, si bien es cierto que todo españolito es muy de aplaudir, a ver si le cae algo entre palmada y palmada. Así, la oligarquía de partidos acostumbró a muchos a aplaudir a diario a las 8 de la tarde, y el Régimen taurino hace lo propio sobre la misma hora con esa masa ("de repente, todo se llena de hombres", Canetti) que acostumbra a aplaudir todo lo que el torero hace, ovacionar toda bernadina sin pecado concebida, palmotear el alzamiento por los monos del penco acorazado, aclamar a Florito and The Berrendos, o jalear la alcayata que hace el matador para recoger el trasto arrebatado por el toro. La afición, en ese aire rebosante de palmadas iguales, se atreve a diferenciarse, no aplaudirlo todo e, incluso, protestar. "¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!" Una secuencia repetida de tres palmadas seguidas de un brevísimo silencio, que podríamos decir que es la música que no suena en Las Ventas. Un staccato que puntea sobre la voz de los Muñozes y Amones, y que les duele porque con ese ruido no pueden oírse, con lo bien que hablan: "¡silencio, que no se ve!".

Lo que sí se ve y se oye es la palabra, que desde el nazismo sabemos que no es inocente y que también separa a afición y Régimen. Chantal Delsol afirma que el discurso es la principal diferencia entre los populistas, que hablan con crudeza, y los partidos clásicos, que hablan con lítotes y han adoptado la neolengua de la élite. El aficionado de San Isidro, del "7", es un populista maleducado que osa protestar lo que está mal hecho, que se atreve a no tragar con los inválidos, y que se queja en pancartas graffiteadas sin el regusto a barbitúrico y a meñique empinado de Barceló. Ese aficionado reventador es, según el adalid del porno, Rubén Amón, "lenguaraz, faltón", dice "a los toreros donde tienen que ponerse, se subleva a la autoridad presidencial", "revienta el pathos e intimida a los toreros de oro y de plata", "forma una turba inquisitorial", y "sabotea el espectáculo". Así es como pinta a la afición el Régimen, que utiliza contra ella el mismo discurso crudo que de ella censura, a la vez que impone su neolengua atenuante y correctísima, capaz de transformar un pase vulgar en un bisturí que deja una huella en el tiempo, o un bajonazo en un estoconazo. Es la llegada de lo políticamente correcto a la tauromaquia, con la que el Régimen logra que a fuerza de no poder decir nada, se acabe por no pensar nada. O lo que es peor, que se confunda la verdad con la mentira.

Pero lo que verdaderamente ensancha la brecha entre afición y Régimen es una idea. Se abre un abismo entre la concepción de una y otro sobre la tauromaquia y su devenir. Anacronismo frente a sostenibilidad, tradición frente a monetización. Para la afición, el futuro de los toros pasa por el Toro y por su pasado, por lo que ha sido, es y debe seguir siendo: un animal fiero que da miedo, que mata y que hace que enfrente sólo pueda estar un puñado de hombres que paran, mandan, templan, cargan la suerte y matan al animal. La afición vive y se desvive por conservar la tradición, entendida esta como la definió Jean Palette Cazajus en Salmonetes, como la "ilusión de vencer o parar el tiempo". Así, la afición es una ilusa que espera. El Régimen, al contrario y como las élites, no espera, sino que programa. Sobre el futuro de la tauromaquia tiene una idea con Agenda, como la de 2030, cuyo objetivo es lograr un espectáculo taurómaco sostenible económicamente en el que el toro es también sostenible porque no tiene valor. Se busca la sostenibilidad, que pasa por sostener la Fiesta a base de gintonics, público servil, plumas flabelíferas, juventud bolinga y voceros mediáticos, hasta, finalmente y de forma progresista, sustituir al toro por un holograma. El Régimen es a la Tauromaquia lo que la Agenda 2030 a Occidente, una muerte programada. Chocan así dos ideas sobre los toros que, como casi todo en este capitalismo tardío, se materializan en colas (virtuales o no): la afición hace cola para asistir al apartado, mientras el Régimen promueve colas de púberes abotellonados que entran a la plaza a la vez que sale cargado el camión del carnicero.

De forma similar a lo que dijo Bernard Shaw al diablo por boca de un Don Juan histórico, podemos decir del Régimen y sus lacayos que son unos petardos. No son malos, sino que no distinguen el bien del mal. No son modernos, sólo se mueven a la moda. No son éticos, sino correctos. No buscan el progreso, sino un toro mecánico (hacia lo robótico) y sostenible. No son justos, sólo ansían la igualdad. No son siquiera avaros, pues ya tienen lo que quieren. Y son toreros porque se visten como tales.

Afición y Régimen, dos mundos que se reúnen para dividirse en Las Ventas. Una plaza que refleja la escisión social de España, que es la del mundo. Tengo dudas de que el Toreo sea capaz de reconciliar a los dos bandos, pues premiar a Téllez (quien mejor ha Toreado, junto al novillero Martínez) hiede a treta para encumbrar a Rufo, torero del televisoro Ribagorda y del Régimen, y dejar al de Mora condenado a levantar una y otra vez la Copa Chenel (y gracias a que existe).

¿Sueña el toro con caballos de picar robóticos bajo la cubierta sostenible de Las Ventas?

La Verdad

lunes, 16 de mayo de 2022

Desde donde Leo: primera semana de San Isidro '22

El dron que casi ve el triunfo de Julián

Tres años más viejos hemos vuelto a San Isidro. Tres años arrebatados y más agujas que en el Arrebato de Zulueta. El virus chino se ha llevado a sus paisanos de los tendidos y ha calado al español, que se muestra, sobre todo, servil. El españolito acusado de contagiar a su abuelo si comía en Navidad sin bozal, ha formado largas colas para recibir su pinchazo televisado y absolverse. La aguja hipodérmica de Lasswel se ha inyectado en brazos de toda ralea: flácidos de Malasaña, inocentes de infantes, acrisolados de Charos, extinguidos de Ciudadanos y con moreno agromán, mientras, más arriba, sonríen. Sánchez ha triunfado en la casa de la rubia lacada y ha adquirido más deuda para hijos de africanos, que la añadirán a la de su Continente. Tres higiénicos años para descubrir que los sanitarios no son sólo los aparatos que pueblan nuestros cuartos de baño, sino que también son seres que bailan tiktoks en hospitales colapsados.

Tres años después para volver a lo mismo. En la primera semana de San Isidro estamos los mismos que nos fuimos, y, gracias a Dios, nadie se ha ido del todo.

Ya no nos mira el ojo del Gran Hermano subido a una grúa y hay un dron que aparece sólo en los no hay billetes (dos hasta la fecha), aunque todas las tardes hemos oído su zumbido en el seseo en la boca del aficionado A. para confundir a Leo: "Leo, mira, el dron, ¿no lo oyes?". Leo que no es, como dice J., zurritonto, ve el futuro antes que nadie y lo expresa al inicio de cada faena: "¡eeeeeel siguiente!", y al acabar cada serie de trapazos: "¡aplaudiiiid!". Normal que desde el centrismo político y taurino se nos siga tachando de faltones y reventadores, pues a ver si aprendemos que hay que aplaudir lo que está mal, aunque mal esté, porque no debe ser lo mismo ver los toros de gañote en el Callejón Amón, que pagando y al sol de mayo. Y es que el cambio climático trae dinero, pero no cambio, y en mayo aprieta el calor de siempre que torra a la afición tanto como el frecuente destoreo.

La parte mala, que no tiene que ver con el clima atmosférico y sí con el humano, es comprobar la potencia del régimen taurino para malear a toreros como Aguado, del que aún recordábamos su maravilla del '19 indeleble en estos ojos que escriben. Otros, como Cortés, quizá hastiado por la desdicha, decía Pascal, de todo hombre de no quedarse quieto y ansiar ser torero, se conformó con dar la fiesta que los coleccionistas de acontecimientos (Leo dixit) demandaron al encastado Bastardero, de El Pilar, que se lleva la victoria a mejor encierro de los ya vistos. No sé ya cuántas orejas se han paseado esta semana (me lo apunta el aficionado E.: 6), pero en esta confabulación para el triunfo de la vulgaridad por parte del régimen taurino, los Presidentes indecentes y el público servil, cortar apéndices en Madrid vale ya sólo para que el beodo que trabaja al día siguiente en Deloitte lo pueda contar a la chica de la oficina y, ambos, a sus hijos, que así se conocieron sus padres.

Domb continúa su conversión de Las Ventas en la mejor (por más grande) terraza del Madrid, capital del pedo de Almeida y Villacís. La juventud taurina (una cada vez más clara categoría social) paga la entrada para hacer un botellón en el tendido adquirido 15 minutos antes en una interminable fila en el Opencor de la calle Alcalá o en el Chino de enfrente de La Tienta. Ni un minuto después de que cayera el último toro de la tarde, el día del Patrón la juventud se desplazó a almohadillazos hacia la discoteca del 7, mostrando todo su nulo respeto a un torero herido que ni se miró el cornalón y que fue sin aspavientos y erguido a la enfermería. Ha sido lo más bravo que se le ha visto a Ginés Marín y que hemos visto en toda la Feria.

Ver lo del ruedo doble o borroso puede ser una tosca solución para los que no desean someterse conscientemente al suplicio de cosas mal hechas de cada tarde. Y en estas, otra juventud, la novilleril, enseña que, de joven, poco, y de mentir, mucho. Ante los encastados pero nobles de Los Maños se afanaron en aplicar todas las reglas julianas y lograron que las mulillas los arrastraran con las orejas puestas. Así, una semana y ni Leo ni yo aún nos hemos levantado del asiento para aplaudir emocionados algo bueno de los de a dos patas. Mientras, otros enrojecen sus palmas acompañando la actuación de Florito and the Berrendos, las bernadinas y estocadas caídas de Lorenzo, el brindis interruptus de Marín antes del tacazo, o la escalada de todo picador a lo alto de su caballo aupado por los monos (de tanto mono, cada vez más los dominios del varilarguero parecen El Planeta de los Simios).

Pero en este universo replicado Feria tras Feria, como en el de los hermanos Wachowski antes de ser hermanas, se ha colado un glitch: Julián López, "El Juli". Tuvo el de San Blas que salir de Garcigrande a La Quinta para actuar en su segundo como nunca en Madrid. Del cándido primero, las buenas gentes, incluida la parte más roscosa del 7 bajo, que venían a ver a un más fino Morante, le habían entregado una orejita. Dos toros después y unos minutos más tarde de haber comentado con el compañero K.: "a ver si Julián el Poderoso que cantan los revistosos puede con este toro", Juli pudo con Gañafote, que cuántos toros así se han ido sin pena ni gloria al matadero, y le arreó dos larguísimos naturales finales que le hicieron llorar al no refrendarlos con la espada. Y esto fue casi una revelación para aquellos que desde la fila 25 del 7 hemos adorado el ara juliana erigida en un pilar de la andanada del 9. Porque la afición es la que siempre espera, ¡cómo no hacerlo si al final el derecho culo de Chanel ha vencido sobre las tetas zurdas de la Bandini! Ah, y seguimos esperando al Talavante bueno.

En fin, que la vida debe ser esto que se repite nuevo cada San Isidro.

sábado, 7 de mayo de 2022

Sánchez Vara

Sánchez Vara, el que cazó a Cazarratas


Francisco Javier Sánchez Vara es de Guadalajara. En esa oración cabe toda su existencia y, con otros nombres, la angustia existencial de todo guadalajareño.

La de Sánchez Vara es la historia de cómo el empecinamiento en triunfar en una empresa, la taurómaca, termina en un fracaso exitoso que muestra que la esencia precede a la existencia, y la naturaleza, a la cultura, aliviándonos a los de Guadalajara de nuestra peculiar desazón existencial.

Sánchez Vara tomó la alternativa cuando temblábamos con el Efecto 2000 y suplicábamos por el fin de nuestra soberanía monetaria. Nacía en el s.XXI un matador de toros del s.XIX, deslocalizado, pues lo hacía en la patria del encierro por el campo, donde el valor oscila entre dos números: el de varazos propinados al lomo del burel y el de botellines acumulados en el lomo del Patrol. Su naturaleza hablaba: el cuerpo, bajo, recogido y con la elasticidad suficiente como para haber sido garrochista en la Tauromaquia de Goya; el rostro, dominado por unas orejas que, como flabelíferos del Estado, lo abanican todo hacia el centro, coronado por una aguzada nariz (la de Rivera en la política); y un estilo tosco, en el que pesa más el esfuerzo que la armonía, sin mucha elegancia al modo del hombre mundano, ni al del torero. Un hombre que podría haber estado recibiendo a Mr. Marshall, pero que eligió ser matador de toros.

Como decíamos, Sánchez Vara se hizo matador en Guadalajara, un universo tan diminuto que su representación a escala 1:1, a pesar de lo que decía Borges, sería útil. Y, precisamente, esa universalidad enana de Guadalajara hizo que uno de los primeros mozos de espadas de Sánchez Vara fuera mi mejor amigo a unos bisoños dieciséis años. Mi compadre recorría junto a Sánchez Vara ese misterio de universo guadalajareño que casi cabe en un libro de Cela y en el que, a la vez, caben cuatrocientos cinco pueblos, pedanías y entidades inferiores. En Almoguera, Trillo, Villanueva de la Torre, Sacedón, Pareja o Cifuentes, Sánchez Vara era incubado culturalmente como torero.

Tantos toros mató en la época dorada del ladrillo, que pronto lo recibió la cátedra venteña. Primero, con un éxito de fútiles efectos para sus aspiraciones ante uno de Alonso Moreno, y luego con un sonado malogro. En ese tránsito del pueblo a la ciudad, en ese éxodo rural que todo guadalajareño hace algún día, Sánchez Vara fracasó. Fue un Palha de premio, Rabosillo, el que hundió a Sánchez Vara en la senda de la leyenda.

Decía Platón que, en las grandes culturas, los hombres no pueden ser lo que no obstante son por naturaleza. Pero, dicho a la antigua, ¿acaso puede un hombre realizarse sin obedecer a su propia naturaleza? Sánchez Vara, a raíz del palhazo, parece que comprendió su esencia (de lidiador) y abandonó la incubadora cultural para autodomesticarse. Autodidactismo a vida o muerte, llama Sloterdijk a eso de existir.

Y en ese momento, de rebelión contra su cultura, de hacerse según su naturaleza de lidiador, paradójicamente, desapareció el hombre y comenzó la leyenda. Si la rebelión es la esencia del ser humano, decía Camus, Sánchez Vara es nuestro humano más humano y una leyenda viva.

Sánchez Vara fue, es y será el hombre que cazó a Cazarratas. Nunca hubo ni habrá tan inasumible emoción generada por la naturaleza de un animal. El de Saltillo fue el toro más Toro que jamás verán los Amones del callejón (porque no lo vieron). Quinientos tres kilos en la báscula, una mota enorme en el centro de un infinito infierno blanco, The Terror, y una mirada más pesada que el vacío y más viva que la vida. Nietzsche hubiera dejado a su caballo de Turín por este Cazarratas, el animal que habría devuelto el esplendor de la selva ante el avance total de la civilización castrante. Cazarratas cavilaba como un muñidor y perseguía a todos los peones como Hacienda a todos los contribuyentes, hasta ese hogar que son las tablas. Hoy: No taxation without agitation. Y en ese ruedo salpicado de rehiletes negros, capotes y gorrillas saltó Sánchez Vara. Ahí fue el hombre hacia el animal. Nueve pases pudo asestarle antes de coger la tizona. Nueve encuentros para encontrar su verdadera naturaleza. El viejo de Hemingway necesitó la alta mar y un pez espada, Ishmael, embarcarse tras Moby Dick, y Sánchez Vara precisó de Cazarratas para entenderse, aceptarse y saber que requiere del toro que ya apenas hay. Lo mató a la primera y dijo que estaba "toreao". Así nació el último héroe de nuestra España y ha ido creciendo su leyenda a base de lidiar corridas a 4.315 metros de altura en los Andes, de matar a Retas de casta Navarra, o de cargar con Jesús el Pobre en la Semana Santa madrileña.

Pero, de nuevo un solo toro, el noble Ciervo de Los Maños, como la lluvia de este abril, caló al hombre y disolvió la leyenda. Los toritos de hoy, con los que se plaga de vídeos la red de redes, no son para Sánchez Vara. Su naturaleza es fracasar con el toro boyante de esta época y hacerse eterno con la alimaña de épocas mejores.

Y es que si el hombre ha de lidiar con su propia naturaleza, el matador de toros ha de lidiar con dos: la suya y la del toro. La vida, como la tauromaquia, es domesticación, y Sánchez Vara es el domesticador por excelencia, el mayor héroe existencialista.

Stanislaw Lem atribuía a la humanidad el estatus de una insignificancia: si se arrojara al océano a la humanidad entera, el nivel del mar ni siquiera se elevaría la centésima parte un milímetro. Estoy seguro de que con siete mil millones de Sánchez Varas rebasaríamos esa centésima.

La leyenda del domesticador


sábado, 4 de diciembre de 2021

La nueva Plaza de España

La antigua Plaza de España


Si, según Scheler, el ser humano es el ser "que-puede-decir-que-no", yo, como ser humano, digo que no a la nueva Plaza de España. Y lo hago ahora que en la Españeta de las charos aún podemos decir que no a algo, porque en el Lebensraum del imperio socialdemócrata de Merkel ya no cabe ni el negarse a recibir el jeringazo del Poderoso Caballero.


Desde donde Zulueta grabó En la ciudad, la nueva Plaza de España se otea como un desproporcionado círculo vacío. Pero no se ve como un gran anillo, que casara figurativamente la suave caída de la Gran Vía y el remanso antes del precipicio del Moro. Tampoco se contempla como un círculo de Podemos, de esos que sirvieron como lazo que necesitan los hillbillies de Malasaña para cazar hembras casamenteras. Ni siquiera casa con el círculo más español, aunque esté la plaza aplanada como si Morante fuera a torear. No, nada de eso. El de la nueva plaza es un redondel adoquinado que espera llenarse de gente.

En la era de la movilización, del lema del Capitán Nemo, Mobilis in mobili, la nueva Plaza de España es una rotonda. No para los coches, sino para las personas, que la movilidad en vehículo privado está en extinción, y nadie la defiende como a las cotorras que extinguen al gorrión común. En el país donde toda escultura en potencia aspira a caer en medio de una de las eternas rotondas, la nueva Plaza de España acontece como la primera gran rotonda para personas. Un círculo para que las personas circulen de forma segura, sostenible y conectada. Con ella se deja entrever una afirmación del afán hiperregulador del poder que últimamente se dirige a controlar el movimiento de los cuerpos humanos. Según Canetti, el siglo XX alumbró el desarrollo de la masa como sujeto: "de repente, todo se llena de gente". En esta nueva plaza, en el siglo pandémico, la masa se reafirma como indiferencia diferenciada (Finkielkraut) y controlada. La nueva plaza espera llenarse de iguales. La rotonda espera acoger y ordenar el movimiento de: turistas trivacunados con mascarilla; influencers recaudando me gusta mediante el expolio a su dignidad; getafenses, leganenses y parleños de botellón detox para entrar al Starbucks pasaporte COVID mediante; sanitarios aplaudidos mientras nos salvan con coreografías; posibles suegras de Almeidón de concierto indie junto a Levy; funcionarios de la FIFA entregando redondos balones de oro a los pupiles de Javi; y vecinos del Centro que por no poder pasear por sus calles pasean allí a sus mascotas.

Pero, y sobre todo, lo que la nueva Plaza-Rotonda de España consigue es que todos estos iguales que la van a llenar abandonen por ese momento de circularidad en la plaza su situación de puntos-individuo excéntricos autorreferentes, espumas, como dice Sloterdijk, y se vean sometidos en una estructura que les remite a un punto medio vacío: un centro, el Centro. De todas las formas posibles se elige el círculo, la geometría plana que remite indefectiblemente al centro. Carmena eligió, voluntariamente o no, el círculo. La Plaza-Rotonda es así una plaza política que, por ser circular y vacía, afirma el centro. Es la plaza centrista. La plaza villacisana. Todo igual que vague por allí va a estar, por un momento, centrado. Lo que no consiguieron RajoyRivera lo va a hacer una plaza: centrar los cuerpos y los ánimos. Es la mejor representación del régimen del '78. El círculo-que-nos-hemos-dado-entre-todos. El lugar idóneo para la forma vida a la madrileña, donde todo puede ser un bar.

San Buenaventura explicaba así el altruismo cristiano: "Dios es una esfera infinita cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna". Cambiemos Dios por Estado como centro común a todos y lo tendremos. ¿El vacío circular de la Nueva Plaza de España es el vacío de la nación, henchida de Estado y remitida a su Centro?

sábado, 30 de octubre de 2021

Ureña y la verdad

Ureña y la sonrisa que dejó Murciano


Ahora que sólo la mentira es verdad, que el pelo de verdad puede ser falso y que en verdad, ninguno queremos ser calvos, lo que de verdad queremos son héroes. Dicen que los toreros son héroes. Falso. Los toreros son cada vez menos toreros y más deportistas. Pero hay hoy un torero que de verdad, podría ser un héroe.

En su pergeño, Ureña es algo estevado, el rostro oprimido hacia el centro, como extremeñado, monocular y cosido a cornadas, de finura frágil sin afectación y los miembros elásticos.

Cuando Ureña estuvo con Agitador, no estuve, pero fue para que hubiera estado enfrente una de las figuritas de mazapán. Luego, en el Otoño del 15, lloró tras Torear de verdad a Murciano que, en el arrastre y con las orejas puestas, dejó en la arena un surco con forma de sonrisa. La misma que Ureña había dejado en la afición y que no borraron ni los areneros. Al mayo siguiente, la lluvia y su labor frente a Ojibello hicieron emerger la sonrisa otra vez, y quedamos empapados y rendidos al murciano. Ya le habíamos visto Torear y llorar dos veces.

Un año después, una tromba de casta, Pastelero, el último Vitorino, secó el llorar de Ureña. Y así estuvo el torero un tiempo en el límite del bien y del mal frente a toretes más bobos y lisarnasios como Cuba. Hasta que avino la penúltima del último San Isidro normal, cuando dejando al Rey de convidado enRocado, y ya con un solo ojo y una paliza en el cuerpo, Toreó a Empanado y lo mató. Por fin, no pudo hacer otra cosa que triunfar con Gruñidor en la tierra de Blas de Lezo en agosto del 19.

La historia de Ureña no es ni de valor, ni de habilidad, ni de gracia. Ayala ilustraba cada una de estas cualidades con los toreros de entonces: Belmonte es el que goza fama de más valiente; Joselito es, sin disputa, el torero más habilidoso; el Gallo, fue el favorito de numeroso público, que en él veía la quintaesencia de la gracia gitana. Pues bien, Ureña no es el más valiente, aun sin estar desamparado de valor, ni mucho menos es el más diestro, y digamos que es sobrio en el trance de la gracia. Entonces, ¿dónde queda Ureña, su historia? Queda en la búsqueda de la verdad. Y uno, que desearía haber nacido antes sólo para ver a Chenel triunfando en esa búsqueda, cree que es sólo así como puede hacerse alguien héroe de Madrid.

Ureña buscando la verdad con Ojibello


Porque lo propio de Ureña es justo aquello que es impropio: la verdad, que no se puede poseer aunque sepamos que existe. Es un héroe buscando la verdad en los tiempos en que, según Del Sol, la verdad ya está encontrada y se ha convertido en una ideología que "designa las verdades iluminadas, que todos a partir de entonces deben aceptar como tales".

La verdad de que la verdad es el progreso. La verdad de ahora se vive mejor que nunca. La verdad del cambio climático y del clima masculino culpable. La verdad de que hay pluralismo en la socialdemocracia. La verdad de la bondad del Estado y lo perverso de la nación. La verdad de que la Constitución que nosdimosentretodos es la mejor de nuestra historia. La verdad de que España es una democracia. La verdad de que estamos mejor dentro de la Unión Europea. La verdad de que cualquiera puede colocarse sin padrino o partido socialdemócrata que lo coloque. O la verdad de que no se puede uno quedar colocado si quiere ligar y la mentira de la emoción del cruzarse y cargar la suerte.

Ureña, en cambio, se pregunta. Como los clásicos, busca la verdad a través de un debate sin fin sobre colocaciones, cruces y geometría. Es el torero que más infatigablemente se cuestiona y el que más evidente lo hace. "Unos saben lo que hacen y otros hacen lo que saben", sentenció Lagartijo. Ureña no sabe engañar y eso es lo que hace, no mentir. Es el torero transparente, ahora que se transparenta hasta la muerte haciéndose finos dígitos. Exhibe todas sus cualidades y vergüenzas frente al toro, en pos de la verdad. Es, en resolución, un héroe romántico, pues porta la moral del Fausto de Goethe para el que, según Santayana, el valor de la vida radica en la persecución y no en el logro del fin perseguido.

Sobre la búsqueda de la verdad, Dombrovsky dramatizaba así el encuentro entre Pilato, relativista, y Jesús:
- Pero, ¿qué es la verdad?
- Es la que viene del cielo.

Ureña no cuestiona a la verdad, como Pilato, sino que la busca. Pero, ¿qué verdad busca Ureña? La del mechón blanco, la bravura arrinconada y el campeador sin espada. Esto es, la del toreo profundo que, según Brines, sólo se consigue si el temple se hace cargando la suerte. Y que Ureña ha conseguido en ocasiones. Pero Ureña lidia en una época en que se afirma la verdad como progreso, es decir, el destoreo o neotoreo en lo de los tauricidas, y por eso es despreciado por el régimen.

Ahora que James Bond se empodera yendo de paquete en una moto, Ureña aparece como nuestro Tom Doniphon, un héroe abofeteado por la verdad que él mismo nos hace ver que es falsa. Somos una mentira y Ureña está por la verdad. Tan verdad, como que Francisco es Paco, y Paco es Ureña.

sábado, 16 de octubre de 2021

8 conclusiones del Otoño de la COVID

La guerra de lo ligero contra lo pesado


1. La ligereza es la tendencia dominante en el espíritu taurino actual.

La ecología (evitar el derroche de lavar el traje en el tinte aplicando la distancia de un edmundobal al toro) y la salud (1,5 metros, bozales y programa en QR para no propagar el virus de la integridad que "hace desagradable ver toros en Madrid") obligan a unos toros "contactless". Se es pesado con ser ligero. Sólo está permitido el contacto del toro flojo contra la pendiente amorantada o el necesario para pagar combinados y Mahous. Frente a lo pesado de torear, lo ligero del destoreo. Prima el no-contacto. "¡Hay que picar!", dicen algunos, sabiendo, o no, como dijo Leopardi, que cuanto más se repite una cosa, más cerca está de su desaparición. Las Ventas han sido aligeradas contra la COVID, y cargadas contra la afición.

2. La piedra venteña se asoma entre menos cuerpos de vejigas llenas.

La voz megafónica del Gran Hermano venteño, recordando el uso correcto de la mascarilla, olvidaba recordar a los porteros la aplicación correcta del Reglamento, quienes, amansados quizá por el confinamiento, facilitaban la entrada y salida de público bolinga durante la lidia. Sólo les faltó aplaudir la vuelta del beodo con su vejiga vacía como los ministros aclamaron la llegada de Sánchez con su ego lleno de deuda europea. Con esta mansedumbre porteril, y con el aforo reducido, se ha trasladado la libertad-para-beber ayusiana a Las Ventas, bajo la forma de una liberación plácida de la orina etílica, y en unos tendidos liberados de chinos, pero con más etílicos.

3. La primacía de los toros telecomunicados sobre los reales supone la igualación de Madrid y Mocejón.

El infierno de lo igual que es Internet, según el nuevo filósofo predilecto de El País, Chul-Han, conlleva una des-valoración de lo que acontece. La sobreexposición mediática del toro y del toreo produce un superávit de opiniones que, como la nieve, lo iguala todo. El valor de una faena ya no está en sí misma, sino en su repercusión telecomunicada. Cuando hay más opiniones que espectadores en la plaza, gana lo igual y se pierde el valor. Por suerte y desgracia, todos tenemos un culo. Vale lo mismo un triunfo en Mocejón, que en Madrid; en Linares, con piano, que en Sevilla, sin música. Y cuando todo se iguala, todo vale nada. Porque los toros sólo pesan en el ruedo, mientras que flotan en la pantalla del móvil. Y es que los toros ya sólo se ven, y no en la plaza, sino en Twitter. Aunque algunos sigamos creyendo en eso de: "el que va, lo ve, y el que no, no lo ve". Madrid ya importa nada o, si lo hace, es sólo para Madrid. Que se lo digan a Ureña y se lo vayan diciendo a De Justo.

4. Los novilleros son burócratas de la neo-tauromaquia.

Zapopinas, caleserinas, tijerillas, verónicas, tapatías, toda una riqueza léxica y taurómaca reducida a aquello más eficaz en producir el "¡bieeeeen!" que emerge tras las tablas. En las escuelas, los novilleros aprenden a ser eficaces en dar por verdad la mentira. Gato por liebre. Y no cabe el error, pues la mentira lo ocupa todo. Antes, los novilleros se asemejaban a un Vinicius bisoño y errático, y ahora no salen del Lucas Vázquez funcionaril y cumplidor según los designios de su mánager. Los novilleros ya no están en novilleros, sino en el Ponce de Enrique y Ana, con la edad de Soria, sin el tinte de Ponce. La primacía del consumo de los toros como imágenes que reproducen las formas neo- del toreo, conlleva la burocratización de la tauromaquia desde su base según la reglas del des-: descolocación, descarga y deshonestidad.

5. La servidumbre al poder del españolito resuena en el aplauso amoral a todo lo que hace el torero.

El coronavirus ha enseñado la auténtica enfermedad del pueblo español: su servilismo. La satisfacción del espíritu setentayochista pasa por aplaudir al poder, ya se llame Almeida o Juli (dos retacos, como Napoleón, con quien empezó la legitimidad por aclamación), y por colaborar en silenciar su crítica. Grandes colaboradores en esto son los callejoneros o amones, aquellos que, de gañote en el callejón, insultan al que paga y se expresa libremente. Del aplauso de las 20:00 a los sanitarios pasamos al aplauso puntual al acabar una serie con un martinete y el de pecho. El españolito es muy de aplaudir, a ver si entre palmada y palmada le cae algo. Así, hay una preferencia mayoritaria por formar parte del público servil a los dictados de la oligarquía taurina frente a la odisea de pertenecer al páramo de la afición.

6. Las Ventas será el Kapital del toreo.

De las figurillas deslabazadas de la Corrida de toros en Eibar del joven Zuloaga, a la masa indiferenciada de jóvenes en la terraza del 7. Del labriego que ronda a varias muchachas asomadas al balcón, al becario de Deloitte aginebrao que ronda Las Ventas buscando balcones a los que asomarse. Del caballo de picar caído con las tripas fuera mientras uno empina el codo con un botijo, al toro sin picar caído con la lengua fuera mientras muchos codean por ese botijo multicultural llamado chupito. De los toros de la edad de bronce a los toros del régimen del 78. No hace falta que declaren o no a Las Ventas como "espacio multiusos". La declaración de Las Ventas como espacio "únicamente taurino" la convertirá en la mejor discoteca de Madrid. Cuando un cubata vale tanto o más que muchas entradas, el negocio no está en el toro.

7. El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia de la tauromaquia se basa en un toro sostenible.

De oligarquía a oligarquía, el régimen taurino y el régimen partitocrático comparten la fórmula para recuperarse de la pandemia: sostenibilidad. Si el Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana dispone de su Estrategia de Movilidad Segura, Sostenible y Conectada, el Vice-Ministro-Aficionado (V.M.A) de la Administración taurina ofrece toros de acuerdo a esos principios. Se pretende un toro de movilidad segura ("que no repone", es decir, sin casta), sostenible (que pueda ser sostenido de caerse por la vulgar pericia de un burócrata del toreo) y conectada (que permita a un torero quieto, descargado, en línea, y que bernadea al final, conectar con el sustrato paleosimbólico alcoholizado del vulgo). ¿Hemos visto algún toro con casta en el Otoño de la COVID? Puede que Casero. Del lenguaje cursi, a los toros cursis y al relato cursi. Cursi is the new normal, que diría un cursi.

8. Las Ventas cambian por el cambio en su afición, no en su público de aluvión.

Repito lo que Leo lleva repitiendo más de 10 años: "¡esto parece Alcobendas, que no tiene plaza!". Chinos con maletas, hindúes sin vacas, hillbillies de La Mancha, rednecks del Eresma, madrileños de Morante, sevillanos de El Juli, parientes de López Simón, desconocedores de Urdiales, trajeados de Azca, casuales de El Capote, todos, como desbrujulados hipermnemónicos, que diría Debray, o coleccionistas de acontecimientos, que diría Leo, pasando por la piedra de Las Ventas. Pero en ellos no está el cambio, porque ellos siempre cambian. El cambio de Madrid, que ya no es Madrid, está en su afición. El cambio se viene produciendo desde que lo más pesado de la plaza de la plaza más pesada se entrega a lo más ligero del neo-toreo. A uno, que lleva en el mismo asiento desde muy pequeño, le sorprende ver cómo la plaza que se entregó a El Cid, se arroja en tromba al neo-toreo de Ginés Marín. Cómo se llevaban las manos a la cabeza para sujetar el escape del recuerdo de lo visto que, al ser ligero, se escapa por todas partes. Minutos antes, esas manos pelaban pipas en el 7.

Un toro ha cogido a mi padre

Un toro ha cogido a mi padre. Yo lo he visto por el móvil, sentado en el váter. Justo cuando venía la cogida, el toro y él se han salido del...