jueves, 7 de octubre de 2021

Pack 2

Funciones externalizadas en la tauromaquia burocratizada

Vivimos en un mundo sincrónico, dice Sloterdijk, y eso los oligarcas taurinos lo toman al pie de la letra haciendo coincidir Otoño y Abril en San Miguel. Hasta cierto punto, es de agradecer, pues hemos podido registrar una telecomunicación mágica entre ambas ferias; de manera que, de Madrid a Sevilla ha ido el silencio para el disfrute de Morante sin música, y de Sevilla a Madrid ha venido, sin Simón Casas, el espectador agradable, asido a un gintonic.

Pero Madrid-Sevilla no es sólo un AVE ni es la única telecomunicación de estos días. También hay un tele-conocimiento que torna epidemiólogos en vulcanólogos, y horoscopistas en cronistas taurinos. Morante fue el viernes para algunos un Vulcano del toreo que, en lo tangible, erupcionó cursis. Ante el cursi-toro de Juan Pedro, Morante engendró archipiélagos de moderaditos pretenciosos, Bustos incluido. Pero la sincronía sevi-leña hizo que, al día siguiente, De Justo enfriara en Madrid toda la fragua amorantada y emergiera sólida una pregunta: ¿por qué lo de Morante crea cursilería, mientras que lo de De Justo parece destruirla? La respuesta, como casi siempre, está en el toro: de toros cursis, relatos cursis. A excepción de la cátedra Zabalita, capaz de hacer cursis a Cazarrata y Sánchez Vara.

Juguemos con ello un rato al zabalismo: "Cazarrata era un monstruo del Averno, guardián del último círculo del Inferno. Era el toro de Hades, si hubiera tenido uno. Gris como un humo infernal que nublaba el valor de todos los que a él se ofrecían, ya fueran hombres o caballos. Allá iban los banderilleros a clavarle rehiletes negros como rayos de Zeus, pero salían súbitamente despedidos al amparo de las tablas salvadoras. Los pitones medusianos de Cazarrata atraían, cuales sirenas, capotes para sí. Y en estas, saltó Sánchez Vara. Un Hércules alcarreño en traje de luces, dispuesto a librarnos del monstruo. Su pequeñez física no le impidió agigantarse frente a la bestia. Todo por bajo, macheteo estratosférico como si su dios padre condujera la mano. Uno, otro, otro más, hercúleo. Esquivando cornadas como si Hermes estuviera en sus zapatillas. El toro vencido, la faena hecha. Pero quedaba el golpe final. Y nuestro héroe de la miel y el espliego, cazó al fiero animal con la artúrica espada, clavada hasta la mitad bajo el lomo de Cazarrata para siempre. Esperemos que ningún Arturo arranque esa espada de donde Sánchez Vara la clavó".

Qué fortuna no ser suscriptor Premium de nada.

Pero más allá del trasvase de silencios y cursí-foras entre Madrid y Sevilla, durante este Pack 2 han aflorado hasta lo más hondo dos tendencias.

La primera: la espectacularización de la tauromaquia. Debord ya vislumbró en el 68 que vivimos en una sociedad del espectáculo, entendido este como una relación social entre las personas mediatizada por las imágenes. Y esto, en lo de los cuernos, se traduce en que hoy se habla sobre imágenes de toros, no sobre toros, y no se habla en los toros, sino en Twitter. Lo que media entre los de los "me está gustando El Juli... ¡Palos a mí!" y los del "¡Hay que picar!" no son toros, sino toros espectacularizados en los que surge la realidad de los toros. Además, esta espectacularización conlleva que la tauromaquia encuentre en la vista su sentido privilegiado. Los toros ya solo se ven. ¡Son tobeos! Antes, los toros se olían en el humo del puro en la almohadilla; se oían en el mandarse callar al citar El Cid en largo; se tocaban en las marcas que deja el ladrillo de la terraza en el brazo; se veían con los prismáticos ciegos de Leo; y se gustaban en el escalofrío del otro, el de tu lado, que era la Plaza hablando. Ahora, prima la imagen, y sólo lo que aparece es bueno, y sólo lo bueno es lo que aparece. Y lo que más aparece es lo que más comparece: el mal.

Así, la segunda tendencia constatada en este Pack 2, y derivada de la primera, es la burocratización del arte y oficio de torear. Porque si convenimos en que lo que se consume no son toros, sino imágenes de toros, la imagen más reproducida será la más consumida. Y esta imagen es la que dictan algoritmos y agendas mediáticas, Zabalas y CRVs, y Simones y Julianes, que se guían por su propio interés sin interés en la ética de todo esto. Y, a más reproducciones, más estandarización, hasta conseguir la burocratización de la tauromaquia por la espectacularización. Reproducción o muerte. Que se lo digan a Ureña.

El viernes 1, 2 de los 3 novilleros, Fermín y Olmos, tramitaron su actuación como si de un procedimiento administrativo común simplificado se tratara, sin concurrir siquiera razones de interés público o de falta de complejidad. Ordenaron su quehacer sobre los principios de celeridad, concentración de trámites y contradicción. ¿Cómo pueden estar en octubre siendo mayos? ¿Cómo pueden ser novilleros y estar en Ponce con Ana? Son criaturas de la tauromaquia burocratizada, en la que no cabe la suerte en las suertes, acaecidas ya como trámites: el trámite de picar, el de banderillear, y el de matar. En esa tauromaquia, por tanto, todo es esperable. Todo es tan predecible como que Leo pida la vuelta de los Lozano, como que toda faena se concluya con bernadinas, o como que el PSOE enchufe al economista Carmona para que le salgan las cuentas de una luz que el vulgo, sin rechistarse, solo conoce por las velas que enciende para ver, no para rezar. En estas, fue un Adame, el tercero (pero primero en ganas de volver a ver), quien revocó el procedimiento resuelto por sus compañeros de terna y nos dio esperanza.

Pero si la novillería está burocratizada, más aún lo están las figuras, o a causa de ellas, con Julián de San Blas a la cabeza. Le llaman el Jordan del toreo, pero es más bien un Weber de ética cuestionable y espíritu del alcayatismo. Julián es el creador del régimen burocrático de dominio técnico-racional sobre el toro implementando las tres normas del des-: deshonestidad, descarga y descolocación. Que a ese Poeta garcigrandino no le cortara el sábado los apéndices, debía cortar su coleta. Ahora bien, puede ser que en el fracaso sabatino juliano influyera el ara juliana erigida sobre un pilar de la andanada del 9. Y ojalá que así sea y poder peregrinar a la zona de los señores Márquez y Rodríguez a venerar ese pilar como el Fátima de la afición cuando el domingo Julián vuelva a fallar.

Y en todo esto, salta Ferrera, un Iván Redondo de la julimaquia, por ese afán renovador de plantar una especie de I+D+i (la "i" es para el gran portugués, Ferreira) sobre la tauromaquia burocratizada, del mismo modo que se planta pelo sobre la calva. Gaticos acostados sobre frentes arrugás que no pueden dejarse de mirar, como la obra ferreriana. La renovación a través del espectáculo. Renovarse o ser calvo. Ya decía Schopenhauer que el cambio es lo único inmutable. Como el pelo plantado.

Y dicen algunos de la cátedra roscosa del siete bajo, con las caras tan colorás no de elogios, sino de insultos recibidos, que Madrid ha cambiado tras la pandemia. Pero sin virus y sin "comunismo y libertad", Leo lo pregonó hace lo menos ya 10 años: "¡esto parece Alcobendas, que no tiene plaza!". Y lo cierto es que Madrid hace años que no es Madrid, y eso no ha cambiado. En cambio, sí han cambiado muchos de los tafanarios montados sobre la piedra que se eleva donde se pica, vueltos regordíos de tanto comer pipas durante la lidia y de no quemar lípidos protestando. En el 7 hay piperos, en el 2 solo Amorós y, en las manos, un gintonic sin programa.

Madrid ya importa poco o nada. De Justo quedará como Ureña, injustamente fuera del espectáculo.

En Madrid, bendito su silencio. Y en Sevilla, bendito su público agradable, con Simón.

martes, 28 de septiembre de 2021

Pack 1

¿Sueñan los toros con excavadoras sostenibles?

"No he podido sacar el abono en mi sitio. ¿Tú vas? Le daré el pésame a mi amigo José Luis, que se ha muerto la de la radio, con la que no se hablaba". Decía Leo, quince días antes de cumplirse dos años para bajar de nuevo por una calle Alcalá almohadillada, que acomoda así su caída sobre Las Ventas y su explanada erizada por gritos de agua-frí-a. Otra vez van manos felices con bolsas en vaivén y las puertas abiertas tragando colas, pero esta vez sin manos con programa de mano y mascarillas sobre bocas en las colas. Pasa Luismi, el chatarrero, con una morena sabatina y una rubia dominical, llenas de aire colonial pero con menos cotilleos aéreos desde las terrazas. A su vez, Aibabur comparece por allí como el reloj de la plaza, que nunca se va aunque ahora viene acompañado. Suerte que a los sombreros no les obligan a llevar mascarilla. Las obligaciones quedan para el hombre que va a los toros, que se ve encerrado entre los números de la puerta y del tiempo: "Puerta: 2 y 7 - Acceso: de 17:00 a 17:30". Es un confinamiento existencial que convive con dos hondas ligerezas. Una, sanitaria: todo es "sin contacto", no vaya a ser que se propague el virus de la integridad que "hace desagradable ver toros en Madrid". Y otra, materialista: ese virus parece no tener efecto sobre los empleadombianos, que gozan de inmunidad para cobrar Mahous, Caciques y postureos. ¡Han preparado a Las Ventas no contra la COVID, sino contra el virus de la afición! La que, por cierto, se mide ahora en abonos en propiedad, según Vitori-neo. ¿Se puede medir la afición en abonos? No sabemos cuántos tendrá Domb, que ve Madrid desde Sevilla, pero él, más que propietario, es productor. Tras el bombo, Domb se inventa el Pack. Las corridas ahora van en packs y el aficionado K. malentiende la idea dombiana, y adquiere inocentemente tan solo el Pack 1, pese a su voluntad de abonado de querer verlo todo desde su asiento y no desde Sevilla. Pero a K. le contenta otra producción: el aforo reducido a la mitad se traduce en libertad-para-beber ayusiana. La restricción es la liberación del alcohol y del pis. Así, si uno quiere mear en lo que Diosleguarde pasea una orejita, antes se tenía que correr como Chapu Apaolaza en la Cuesta de Santo Domingo aun con el riesgo de que la puerta del 7 alto te arrollase, y ahora hay tiempo de mear, sacudírsela, coger una Mahou viendo la bragueta cerrada y escuchar con placer a Leo decirte "¡a su sitio!". Pero la restricción de público es mucho más. También es la desaparición del chino en el otoño del COVID. O la contención en los vivaespañas y en los coleccionistas de acontecimientos. O reconocer al tuitendido. Y es que la limitación ha ampliado el 7, que vuelve a ocupar casi todo su tendido de modo tal, que la afición realmente se apaga donde va muriendo el 7 junto al 6. ¿Sueñan los toros con excavadoras sostenibles? ¿Sueña el ganadero con plazas vacías? ¿Sueñan los aficionados con Toros? ¿Sueña el 7?

Ah, que hablábamos de toros. En esa cuestión, tres tardes: una aplazada por el lluvioso cielo venteño, una novillada FYI (For Your Information: another Fuente Ymbro) y una descastada neo-vitorinada.

Poco más. Y qué más da, si Leo sigue igual.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Villaseca es Villacasta

Hijosa, hijo de la aplausometría, que diría Sloterdijk

Villaseca es a los toros lo que El Federalista es a la democracia: su mejor defensa y, a la vez, su mejor explicación. Si la primera es repudiada por el mundo del toro (el que insulta a la afición), el segundo es ignorado por los demócratas (los que chillan "¡populismo!" para acallar el pluralismo).

El Madison toledano es Jesús Hijosa, un alcalde que, pudiendo pasar por el que recibió a Mr. Marshall, ha sido recibido en su plaza entre vítores como aquel. Si con Napoleón I empezó la era de la legitimidad por aclamación, dice Sloterdijk, Hijosa es uno de los hijos favoritos de la aplausometría. Estas son las cosas de la libertad: uno, por ahora, aplaude cuando quiere y, si quiere, no se vacuna. A no ser que uno sea un currito de la radio de la libertad, que por mor de la decisión liberal de su jefe, está obligado a inmunizarse y aplaudir.

Cómo estará Españita que los asalariados de la Libertad Digital no se rebelan, pero el Fundi enfundado en unos chinos pistacho se plantó en Villaseca a provocar un plantón por unos salarios. O eso decían.

Porque lo cierto es que, a toro pasado, Villaseca ha servido para exhibir que el asunto no está en si el salario de los currantes de esto del toro es más o menos sostenible, sino en "defender un sistema y unos valores establecidos por todos". Nunca es tarde para descubrir que nos hemos dado la democracia, la forma de vida madrileña, según Ayuso, y el sistema y valores taurómacos, a decir de Gómez Pascual. Queda entonces claro que cuando se oye eso de que algo noslohemosdadoentretodos, habla una oligarquía.

Cavilando, por razón de la buena cantidad de novillos encastados que han desfilado por la Numancia toledana, se concluye que ese supuesto sistema taurino establecido por todos (es decir, por una oligarquía) no es otro sino aquel que busca eliminar la casta: la del toro y la del hombre.

Dostoyevski ya lo advirtió: "la mansedumbre es una fuerza terrible". Y frente a este sistema, Villaseca. Así, el encastado Fusilito de Ibán es un toro antisistema, y José Otero, por ende, un banderillero antisistema. Pero el toro está muerto y vive en el recuerdo, mientras el torero está vivo y muere sin torear porque el sistema quiere. A José Otero poner la plaza en pie seis tardes seguidas le ha puesto de patitas en la calle. Representa "el que se mueve no sale en la foto", de Guerra. Si Sánchez fuera un oligarca taurino, al banderillero Otero sí le habría preguntado a quién vota para decidir ponerle el rehilete del COVID.

Porque, ya no hay duda tras Villaseca, la sostenibilidad del sistema taurino pasa por eliminar la casta. Quizá sea la voz de Juan Serrano la conciencia del sistema al proponer una corrida sin muerte, porque ¿qué riesgo hay en entrar a matar a un toro bobo, bobo? Uno muy Finito, seguro. O, en letra de Dombrovsky, "la vulgaridad siempre tiene razón".

Antes de en matarlo, la ética de todo esto está en el Toro. Igual que antes de votar, está la libertad política. Sin Toro no hay nada, reza la chapa y oramos los aficionados. 

Villaseca es, por tanto, Villacasta, que por mucho pantalón pistacho que se plante en ella, parece que no quedará seca de casta. O, si lo quedare, siempre nos quedará el sueño de Villacasta, ya que "el sueño era la libertad".

viernes, 3 de septiembre de 2021

Urdiales contra la igualdad

Bilbao, agosto de 2015. Urdiales se consagra contra el artificialismo y llora

¿Quién eres, Urdiales? Si Javier Cortés en su triduo épico reflejó la dicha y desdicha de todos los hombres por no quedarse quietos, Urdiales, cuando quiere, nos somete a la tiranía del talento, cosa de unos pocos hombres y de los pocos momentos en que quieren.

¡Cómo se atreve a nacer con talento! Decía Luhmann que el talento pasa a ser un fenómeno escandaloso para todos aquellos obligados a vivir de las apariencias. Algo inevitable en esta cultura de masas, en la que se ha democratizado todo excepto la democracia, que en España es un Estado de partidos y en Las Ventas, Domb quiso que fuera un bombo sin el Juli. Hoy, en el mundo de la igualdad, un nacimiento no puede ser más que un nacimiento, ya que no puede haber nobleza, y nos vemos forzados a hacernos desde un igualitarismo procreador. Una empresa encomendada en el mundo del toro a las escuelas taurinas, que no son sino fábricas de filiaciones no bastardas y estandarizadas para transformar mediante la imitación al toreo en un sucedáneo del toreo. ¡Prioridad de la igualdad frente al arte!

Pero hete aquí que Urdiales, de cuando en cuando, exhibe la naturalidad al torear que Dios le dio y adiós a la igualdad. Es la divina diferencia en el infierno de lo igual. Es lo inimitable. Si pensamos en la naturaleza de las cosas, lo natural en Iván Redondo no era ese pelazo; lo natural en el españolito de hoy es la servidumbre; y, en el toreo, lo natural es Urdiales. Su verónica es la verónica; su media, la media; su natural, el natural; y su trincherazo, el trincherazo. Su toreo es la bella injusticia que provoca que por mucho que bernadeen a vaquillas para Instagram, por muchos bieeeeenes que reciban tras las tablas sonrojadas, y por muchas corridas en el escalafón y orejas en el esportón que acumulen, jamás podrán los demás torear como él.

Ahora bien, el talento está maldito y la naturalidad de Urdiales es sólo una tiranía efímera en la oligarquía del taurineo, que ejerce, como la socialdemocracia a través de la UE, un despotismo ilustrado que ha despreciado al torero. En los bajos venteños del otoño del 14, iba Urdiales desapercibido entre codazos etílicos y vasos torcidos, cuando le saludé horas después de lo de Sevillanito. Nueve meses después, en Vistalegre, dio a luz a toda su naturalidad y mató el silencio y a Favorito con olés de los vascos. Tal fue el parto, que lloró. En el 18, tras tres veranos, y en medio del tedio igualitario, arreó a Hurón toda su naturalidad madura y, llorando ahora nosotros, le dimos toda la razón a Curro. Tres tardes inolvidables premiadas con unos exiguos 88 paseíllos en siete años. Esa es la tríada dictatorial de Urdiales, inútil como todo arte, y despreciada por el régimen taurino, que no puede tolerar que alguien toree así.

Y es que, afirma Sloterdijk, la naturaleza es más injusta que el príncipe más tirano, pues representa el dominio absoluto del azar. Que Urdiales exhiba su naturalidad hace más daño al régimen déspota del consenso taurino que tres días de vídeos en Espejo Público sobre el toro que se escapó de La Muralla en Brihuega. Si en la cultura igualitarista en que vivimos, todos triunfamos al nacer, pero quedamos con la mácula de la indiferencia, el toreo de Urdiales es inmaculado por diferente y es esa distinción bajo cuya tiranía gustosamente nos sometemos para celebrar la naturaleza de un ser humano. Urdiales es un aristócrata del azar que nos brinda el toreo natural. ¡Prioridad del arte frente a la igualdad!

martes, 31 de agosto de 2021

Las rayas, el piano y Javier Cortés (o de cómo la moda destruye la tauromaquia)

La plaza solo atendía al geómetra mientras Román saludaba

Si la tauromaquia actual vive entre dos corrientes opuestas (la de la tradición y la de la moda), este último fin de semana de agosto nos ha brindado tres acontecimientos que enseñan esa contradicción: las rayas de Alcalá de Henares, el piano de cola en Linares, y Javier Cortés en Linares, Alcalá y Colmenar Viejo. Del lado de la tradición: las rayas y Cortés; del de la moda: el piano de cola.

En los toros de Alcalá de Henares, a falta de auténticos Victorinos, se nos ofreció a cambio el empecinamiento del hombre, inesperadamente. La presidencia concede una oreja a la labor de Román y los areneros adecentan el ruedo. El geómetra de las rayas de cal comienza su labor. Tiene que cerrar dos circunferencias concéntricas y lo hace mal. Se empeña en unir una con otra, una y otra vez, en lo que Román da la vuelta al ruedo y saluda sin que el público se entere. La risa en la plaza rueda sin freno hasta que la cabezonería se ve frenada por un portero con visos de delineante que indica a nuestro geómetra el camino correcto, que sigue con temblor. Durante cinco minutos, asistimos al tropezón repetitivo del hombre con la misma piedra, que tan del torero es.

En ese mismo ruedo y día, otro caso de cipotudismo, lo exhibe Javier Cortés. En Linares sufre una seria cornada y se empeña en torear en Alcalá el día siguiente para triunfar en Colmenar horas después. La plaza ovaciona su empecinamiento al romper el paseíllo y se vuelve pequeña. Todo se encoge ante el ansia de un rubio de grana y oro. Somos diminutos, una nimiedad, un error despreciable frente al afán de un torero así. Cortés es un espejo en el que nos reconocemos pero no nos vemos. No nos devuelve el reflejo de uno mismo, sino de todos los mismos, de aquello que nos identifica como humanos. Con su ansia, Cortés ejemplifica lo que Pascal decía, que ningún hombre soporta la quietud y que toda su desdicha (la de ser torero, en su caso) viene de una sola cosa, que es el no saber permanecer en reposo en una habitación.

Ambos acontecimientos, las rayas y la gesta de Cortés, comparten la ilusión de conservar la tradición taurómaca, entendida la tradición al modo de Cazajus: "tradición es ilusión de perennizar y sacralizar cualquier producción histórica de la mente humana mediante la creencia de que su periódica repetición ritualizada podrá preservar una pureza originaria". Así, el geómetra con sus rayas nos devuelve a la ilusión del error empecinado del hombre, tan presente en la Fiesta, y nos recuerda que en los toros habríamos de esperar siempre lo inesperado. Por su parte, Cortés nos sitúa con su afán en la épica, en la ilusión por llegar a ser alguien en el toreo con un viaje en el que el hombre nada importa. Las rayas y Cortés son cabezonerías de la auténtica naturaleza del hombre frente a la moda del artificialismo que niega la naturaleza de las cosas.

Mientras, en Linares al día siguiente de la cornada a Cortés, la moda se hace presente y comparecen un piano de cola y Morante. En Málaga fue con una orquesta sinfónica con los ojos de Picasso en tablas cuando cortó una oreja. En el aniversario de la cogida a Manolete y donde ocurrió, Morante corta un rabo al son del Orobroy de David Dorantes. Un piano de rabo y una cola de toro. Ya decía D. Hilarión que lo próximo será que las banderillas con luces LED de colores y hechas en China, se enciendan al clavarse en el toro. Hoy, todo lo que ocurra en el ruedo ha de ser perfectamente instagrameable y retuiteable. La afición se cuenta por seguidores y no por abonados. Los toros reducen su tamaño y su fiereza para enchiquerarse fácilmente en los algoritmos de las redes sociales. El toro como animal y centro de la tauromaquia va a ceder su sitio al pajarillo azul de Twitter. El mundo del toro está por la labor de sucumbir a toda moda posmoderna. En Málaga, con la excusa del animal coronavirus, nos mantuvieron a base de agua, sin beber, fumar o vapear. La tauromaquia no puede ser políticamente correcta. Y si algún día lo es, será otra cosa.

Pero entonces, ¿por qué introducir pianos, sinfónicas y demás ocurrencias en las corridas de toros? ¿De dónde procede esta deriva de la Fiesta entre la tradición y la moda? Del toro. O más bien, de la ausencia del Toro. Si en Alcalá hubieran salido seis auténticos Victorinos, lo de las rayas sería una anécdota. Si en Linares hubiera salido uno de los Miuras de Sanlúcar, se estarían recogiendo los restos del piano al terminar la corrida. Si hubiera Toro, habría afición que impediría que los toreros compartieran escena con tales distracciones.

O quizá no. Quizá ya en el cuerpo de los toreros conviven el grabado del cuerno y el tatuaje de tinta bien presente en el rebaño de espectadores, y quizá la ausencia del Toro no es la clave, porque ¿a la afición la hace el toro? ¿O hace al toro la afición?

En cualquier caso, sí sabemos por Leopardi que la Moda es la hermana pequeña de la Muerte, idea sobre la que Gabriel Tarde certificó la inevitable victoria de la moda sobre costumbre como el rasgo principal de nuestra dinámica civilizatoria. Pero parece que los taurinos obvian esta realidad y se echan en los brazos de la moda y en las manos de pianistas para salvar una tradición destruyéndola.

Por lo que, antes de que la moda triunfe definitivamente sobre la tradición de los toros, podemos decir con empecinamiento que hay más tauromaquia en el cipotudo error del geómetra de Alcalá que en el piano de rabo de Morante. No olvidaremos este fin de semana de Javier Cortés.

jueves, 10 de octubre de 2019

El "tabernero"

Tabernero viendo la lidia


La expresión "tabernero" se la debemos al aficionado E., el mismo que le enseñó a Leo lo que es un toro "tulo" (dícese con socarronería de aquel morlaco que tiene los cojones pegados al culo). Con "tabernero", E. define a aquel empleado de Dombombo uniformado generalmente con un polo de color rosa taurino (más o menos desteñido) y portador de una o dos cajas prismáticas de plástico con asa y llenas de víveres (en su mayor parte líquidos o líquidos en estado sólido). El tabernero ha de acudir a la llamada a viva voz de los espectadores del tendido y, a cambio de un precio propio de los bares más à la mode del "ponzaneo", ha de satisfacer su deseo de regar con bebida su ánimo, no siempre eticoloreado pero seguro acalorado.

A golpe de vista, estos taberneros parecen distribuirse por parejas por cada tendido, uno para el alto y otro para el bajo. Suele coincidir también que el más alto se va al bajo y el más bajo, al alto, quizá por esa capacidad niveladora que la Fiesta tiene con sus espectadores y que Morante quiere tener, pero con la arena. A la vez, se puede observar con una mirada más atenta y de abonado que, en la mayoría de tendidos, esa pareja de taberneros está compuesta siempre por las mismas dos personas. Hallándose tras esa mismidad replicada, la búsqueda de una mayor eficacia en el desarrollo de su labor. La fórmula empleada de la mismidad intenta que, a partir de la repetición de la relación meramente económica entre el espectador y el tabernero, se produzca en el período de un sanisidro el tránsito antimoderno de esa pequeña sociedad basada a priori en una solidaridad orgánica (nacida solo de la interdependencia económica) hacia una fundamentada en una solidaridad mecánica (fruto de valores y costumbres comunes), utilizando la distinción de Durkheim. Que es justo la relación antimoderna que hay entre las pequeñas sociedades de abonados.

Pues bien, en el tendido alto del 7, desde la llegada de Dombombo al trono antes ocupado por los Chopera y antes por los Lozano, los abonados y demás espectadores que allí se aposentan se han visto despojados de esa relación con el tabernero, ya sea esta orgánica o mecánica. Ninguna. La orgánica es casi inexistente porque la cantidad de relaciones entre unos y otro se ha reducido en la era Domb al mínimo, llegando incluso a cero relaciones alguna tarde de este veranillo de San Miguel (quedando exculpada por ello la parte clientelar, que bien mostró su insistencia reclamando a la parte servidora). Y la solidaridad mecánica es imposible porque el criterio de eficacia de la mismidad se incumple en el alto del 7, ya que cada tarde nos toca en suerte un tabernero distinto. Hace ya de los buenos años de aquel gran tabernero B. (atlético, como Leo) que fue ascendido al bajo del 8 con su temprana sombra.

Para ejemplificar el retroceso sufrido en el servicio en la era del bombo, dos situaciones. Una, la tela de veces que el aficionado K. ha tenido que descender hasta la boca del vomitorio entre un toro y otro, bajo los gritos de "¡a su sitio! ¡A su sitio!" de Leo, para obtener dos latas de cerveza y volver a su sitio con las dos latas, pero bajo la misma lluvia de gritos. Y dos, cuando el aficionado J. estuvo a nada de ser cobrado de más por un tabernero no habitual (que es lo habitual en donde Leo), hasta que el quite de la aficionada B. a base de toques de calculadora aclaró el resultado de la suma de 3+3+3+2,5+2,5+2,5+1,5, evitando una pérdida de -2 para el aficionado J..

Por tanto, cabe preguntarse: ¿por qué el tabernero del alto del 7 nunca es el mismo y sube tan pocas veces?

Cavilando en los ratos en que coincide que lo que pasa en el ruedo es tedioso, que es casi siempre, con cuando Leo lo permite, que es casi nunca, uno piensa en el por qué de esa desigualdad del servicio de los taberneros.

No es porque esa desigualdad no exista, que parece que en el infierno de lo igual, uno ya no puede más que formar parte de la masa de la indiferencia diferenciada, que diría Finkielkraut, incluso aunque esa diferencia sea negativa para uno. Claro que existe un trato desigual: siempre se otea al tabernero B. por su ochesca sombra o a Dembelé por el sol del 6, es decir, los mismos en los mismos sitios. Menos en nuestro sitio. Tampoco se debe la desigualdad a que los ocupantes del alto del 7 propinen un mal trato a los taberneros, ya que esa denuncia requeriría ex ante de una cierta periodicidad del suceso denunciable y, por ende, de una relación habitual, cuestión ya bien descrita como imposible. Y tampoco es la razón explicativa de la desigualdad en el servicio, que los taberneros no den abasto en el alto del 7. Esta razón se rechaza ipso facto ya que donde Leo los abonados son minoría y la mayoría, no abonados, practica una suerte de autoservicio antes de entrar a la plaza, y por tanto, no necesitan del servicio del tabernero.

Así, pensando inútilmente, como Rivera circunnavega el centro para tocar pelo de poder sin conocer a Leibholz, a uno solo le queda imaginar: la razón última del desigual servicio de taberneros es que se trata de un descuido de Dombombo que enseña su intención de transformar rápidamente la mitad hacia el 6 del tendido alto del 7 en el tendido 5 de hace 15 años. Mientras tanto, Bernard quiere abonados fritos por el sol sin bebida (además de por el consenso taurino).

El paraíso dombiano es un tendido alto del 7 sin tabernero porque no hará falta. ¿Para qué servir a asiáticos hiperconectados, hindúes sin sed y público ya bebido? ¡Si apenas hay relaciones antimodernas!

domingo, 23 de junio de 2019

Retratos de San Isidro ´19. La Feria de la ilusión. "No hay pañuelos en la plaza para secar las lágrimas de Leo"


En un Mundo Sincrónico (Sloterdijk dixit), la fiesta de los toros devuelve un lugar y un sí-mismo al hombre excéntrico de hoy. El aficionado no cesa de cavilar sobre distancias desde su asiento y se despoja del lema del Capitán Nemo: MOBILIS IN MOBILI.

O como mejor lo dice Leo:
"¡A su sitio!"


Juan Francisco Peña y Fogoso, de La Quinta

La Feria se inicia con la que será, a la postre, mejor vara del serial. Con la emoción de que un animal de 575 kilos se dirija a toda velocidad desde una distancia de unos 25 metros para pelear contra un hombre que monta un caballo y que porta una vara en cuyo extremo se sitúa una puya de unos 30 milímetros que vuelve a herir a dicho animal.
Pablo Aguado, la vuelta de la ilusión

El auténtico tapado se destapó con "Tapado". Jamás había visto torear así. Todo lo que hasta entonces había sido mal era borrado por unas trazas de bien. La vista se colmó de una geometría exquisita y, en un instante, se alejó todo el torcimiento, toda la liquidez del neotoreo, y volvía todo a ser sólido, para grabarse en la memoria. Por vez primera en muchos años anidaba la ilusión de volver a la Plaza para ver a un torero.

"Ya no me llena nada". De manera ineludible, todo lo ulterior iba a ser comparado con esa faena, como si un pabloaguado fuera una unidad de medida del bien en el toreo: la Puerta Grande de David de Miranda, 0,3 pabloaguados; el alcayateo de Lorenzo, 0,001 pabloaguados; la afectación de López Simón, 0,00001 pabloaguados. Y así hasta que llegaron Román y Ureña.

Puertagram: Puerta Grande de Instagram

En ese contenedor no caben todas las Puertas Grandes que quedan olvidadas instantáneamente y que solo perviven en los feeds de Instagram de esos humanos que las fotografían patológicamente con su smartphone. Pedir las orejas para conseguir una foto o una anécdota que contar, supone imponer un interés personal sobre la personal responsabilidad de realizar una justa valoración de la labor del torero. Pedir las orejas por pedirlas, mina progresivamente la capacidad de decisión de los pagadores del espéctaculo. Siendo este además esa forma política que en España más se acerca a la democracia ideal, la que nació con lo de: "No taxation without representation".
Por eso Amón no puede pedir o no pedir orejas, porque no paga.

El Konsenso Taurino

De la refriega por el poder entre Domb y Juli, el primero salió vencedor, en principio, armando un bombo. Así, los dombombos dejaron a Madrid sin Juli, y la afición lo festejó. Pero la suerte quiso que sí hubiera un Madrid con Juli en dos tardes, venciendo al final a Domb y a la afición.
En su primera comparecencia, Juli ya enseñó todo su poder, que no ejerce sobre los toros, sino sobre las reglas y sus supuestos guardianes. A base de miraditas consiguió que D. Gonzalo de Villa Parro le devolviera un toro de manera antirreglamentaria.
Juli el poderoso sigue con una Puerta Grande de Madrid.


La visión simoniana de Madrid y su Plaza

Con los dombombos, Bernard continúa la conversión de Las Ventas de lo que ahora es hacia su idea de lo que debe ser: toros en los pasillos, lisarnasios y quasidesconocidos en el ruedo, vasos verdes de gintonic en el suelo, más huecos que abonados en los tendidos, más chinos que aficionados en el 7 alto, presidentes y mulillas colaboradores y adultolescentes bolinga.

Un Escolar

La emoción denostada, lo original de todo esto. Primera vez que se manifestó en la Feria, sobradamente, lo arriesgado, prohibido en la Sociedad del Riesgo actual, definida así por Ulrich Beck, a través de una verdadera corrida de toros de José Escolar. Agradecer y felicitar a todos los de a pie que se pusieron delante. En la memoria queda la emoción surgida del valor, técnica y capacidad de Iván García para cerrar a una mano al toro desde los terrenos del 8 hasta el burladero del 4.

"La moda es la hermana pequeña de la muerte"

Así dice Leopardi en el más popular de sus Diálogos Morales. À la mode apuntan a ir Victorino hijo y Adolfo; más este último. Parecen ambos contagiados por el virus socialdemócrata de lo que Scruton denomina oikofobia, o rechazo a la casa natal y voluntad de desembarazarse de todo el mobiliario que ha ido acumulando a lo largo del tiempo. Pese a esta voluntad, los caminos de la casta son inescrutables y nos permitieron ver toros como Bolsiquero o Español. Se espera que se alejen de la peste de la moda.
"Éxito de taquilla"

Simón ha conseguido que muchas tardes de San Isidro se asemejen a esas del mes de septiembre, de pasillos huecos, tendidos de afición y media entrada. Tardes en las que, no obstante, los abonados disfrutamos sobremanera, ya que sirven para construir amistad. Leo habla aún más que de costumbre, pero más bajo y más cerca; E. y J. enumeran ciertas ganaderías que cierto sector mediático de nuestro tendido ha visitado y que tenderá (y tiende) a protestarlas pa´ sus adentros; otro, J., anuncia que contraerá matrimonio este año; D. expresa su predilección de entre los toros que ha visto por la mañana en el apartado; E. bromea con que A. solo viene los días de clavel; K. lleva su batalla particular por captar la atención del tabernero del tendido mientras protesta la presentación de algún bobovillo; C. se gira hacia nosotros expresando el tedio que le invade; A. y A. piden "¡aguafri, aguafri!" para el tendido desde su barandilla.
"¡Hoy está la Trini en el palco!"


La pontificación de la mentira. Ginés Marín y la búsqueda de las dos orejas

El neotriunfo o triunfogram se basa en la pontificación de la mentira, que es jaleada con moderación con "bieeeen(es)". La pontificación del mal suele alcanzarse a través del encuentro de dos actores: un toro movedizo que no "repone"; y un torero quieto, descargado, en línea y que bernadea al final. El tercer actor, el público, aplaude y rechista a las protestas. Cuando este guión no se cumple o no se puede realizar, el triunfogram se aleja. Por ello, López Simón (5 Puertas Grandes) o Ginés Marín (1 Puerta Grande), no lo alcanzaron en esta Feria.

La obra de Ferrera

Actuaba Díaz, paisano de Leo, pero la actuación memorable fue la de Ferrera. Montó dos faenas igual de montadas (que fueron hacia arriba y a más hacia el final) y de toreras. La primera fue un círculo pleno de sentido, cerrada con la muleta al hombro igual que se abrió y con una estocada recibiendo con el toro a unos 8 metros. La segunda fueron trazos improvisados que no hacían más que mejorar, su traza y al toro. Otra estocada en la suerte de recibir la cerró.

Adiós a la abuelita
Será la última Feria con Carmena de alcaldesa. Leo lo celebró invitándonos a cerveza en una tarde de novillada. "Me ha llamado la z_rr_ de Cibeles". Todo eran risas.
Guernica
La verdad de Román y Santanero I

Román mostró la verdad de todo esto, que ya había anticipado con Mentiroso, de Adolfo. Un hombre. Qué pelea contra la naturaleza de Santanero I, de Ibán. Cuando hay toro, hay riesgo y puede haber valor. Gracias a Román, lo hubo. Habrá recuerdo de su firmeza.

Y Leo pidió la oreja

"Aprende jografía, que confundes Linares con Jaén. De Linares, donde dos huevos son más hermosos". Díaz, el paisano de Leo, brindó su toro con torería al herido Román, dio tres lances encajados y exquisitos, y Leo pidió la oreja, que le fue concedida. Leo hizo lo que nunca, botando con los brazos en alto y acercándose el pañuelo blanco de cuando en cuando para secarse las lágrimas que el otro linarense había hecho brotar.
La casta desdichada

"Hoy viene el Sederriter". El Konsenso Taurino hace que a la casta, a la que deberían enfrentarse las figuras, se enfrenten 3 toreros con 6, 3 y 4 festejos en 2018. Ese mismo Konsenso ha decidido no otorgar el premio al mejor toro de la Feria al que lo fue: Carasucia. Por tanto, si en la sociedad actual la identidad es desdichada, como ha mostrado Alain Finkielkraut, en el mundo taurino es la casta la desdichada. Sin la casta, que es el pasado, la herencia, la tauromaquia se somete sin resistencia a la fuerza de las cosas.
"¡Ese toro se ha girado porque ha oído los clarines!"
La desespectacularización de Ureña

Ureña, que se debatía entre verificar la tesis del espectáculo de Debord o torear, toreó el día de la Cultura. Como un geómetra, trazó el bien. Además, Paco barrió esa tarde al Rey. Madrid, Madrid, Madrid. No importó el premio: el que fue, lo vio, y el que no, no lo vio.

La Feria de la ilusión

Y sin José Tomás. 
Abendland

Vattimo recuerda cómo para Heidegger, el nombre Occidente (Abendland) define nuestra civilización no solo de manera geográfica sino también ontológica, como la tierra del ocaso del ser. No hay quinto malo. O sí.


«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*

*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/  «M...