martes, 10 de junio de 2025

El "cabayero, cabayero" a Morante de La Puebla


El pasado domingo, 8 de junio, en el despertar de la noche, se informa de que la policía visitó varias veces el Hotel Wellington para pedir explicaciones, inauguradas con el clásico policial: "cabayero, cabayero", al matador (de toros) Morante de La Puebla por el tumulto y los atascos ocasionados por su multitudinaria salida a hombros de Las Ventas.

Dícese también que quien dio el aviso a los guripas fue una vecina, bajo el pretexto de que parte de la masa humana que venía de la plaza de toros alcanzó la entrada del citado hotel e inundó el Caracas madrileño con indecorosos gritos que aclamaban a un nombre vulgar, de apellidos sin guión: "¡JO-SEAN-TONIO, MORANTE DE LA PUEBLA!", lo que, o sea, impedía a la denunciante conciliar temprano el sueño el día antes de una seguro que intensa jornada laboral de cosas importantes en su aún más importante agenda de cosas importantes, porque en los putos áticos se oye todo, tía, sube todo el ruido de la calle y es que no, saes, que quieres ponerte en la terraza a ver el último directo de la Riverss y se mezcla su voz con los pitos de los coches que es la mejor forma de escucharla. Sofía Bono, se imagina, era la denunciante, hija pequeña de José Bono, egg-presidente del Congreso, egg-ministro de Defensa y egg-presidente de Castilla-La Mancha, a la egg-que este regaló un ático de doscientos sesenta metros cuadrados en la calle Velázquez, anteriormente propiedad del genial futbolista Ronaldo Luís Nazário de Lima. De Nazário a Bono, las dos estirpes que progresan en nuestro país: futbolistas y élites del Estao, con los toreros como comparsa, dando sentido y excusa a la historia.

Sin más, quedaría así nítidamente retratada la realidad social y política de España, pero se estima oportuno ahondar en ello.

Con ese "cabayero, cabayero" a Morante, sería la segunda vez en esa tarde-noche en que se haría presente el Estado en su función de policía, siguiendo la división clásica de Jordana de Pozas. Antes, el Estado se había presentado en forma de ausencia de su más alta institución, su Jefatura, su símbolo de unidad y permanencia, el Rey, que no tuvo a consideración, él o el jefe o jefa de su casa, de sentarse en palco real de Las Ventas y presidir la corrida de Beneficencia. Pensamos que S.M. tendría seguro algo más importante que atender, ya fuera preparar moderadamente a conciencia el discurso inaugural en la entrega el lunes del “Premio Princesa de Girona Internacional 2025”, o discutir con su esposa Leticia, creo que Sofía ya tiene la madurez suficiente para saber que si hoy cena McDonald's (pronunciado en un inglés tan artificial como exquisito), le esperará una dura semana de brécol con patatas cocidas, así que por favor, no la prohíbas decidir la colación, pero el caso es que el contraste entre el gentío que arrastraba al héroe popular y la soledad del palco real vacío en la foto de Botán era abismal, como de dos mundos que discurrían en paralelo, separándose. El Estado abandonaba y censuraba a su pueblo en la tragedia de Paiporta y lo ignoraba ahora también en lo lúdico, en el juego más propiamente español: la fiesta de los toros. El Estado, a través de su Jefatura, se mostraba realmente anti-nacional y anti-taurino. 

Luego se haría efectivamente presente el Estado por primera vez cuando esa jornada dominguera de los antidisturbios, que seguramente consistió hasta entonces en vibrar con la remontada qué cojones, macho, qué huevos, este está para venirse al entreno de músculos recónditos un lunes de resaca de Alcaraz, se vería interrumpida por la llamada a la acción porque el primer espada de hoy ha cortado una segunda oreja y saldrá por la Puerta Grande, cambio. Y allí se dirigieron a la explanada exterior y al interior de la Monumental de Madrid, instruidos por algún esbirro del delecalbo del Gobierno, a ordenar la salida a hombros del matador. Todo correcto, hasta que la turba, toda a una, como la masa de Canetti, se arrojó calle Alcalá arriba con la intención de portar a su dios hasta su pesebre. No se puede consentir y, a la altura del restaurante Los Timbales, tocaron silbatos y detuvieron en seco el avance de una juventud de aspecto fachilla, de porte anacrónico, de estilo tradicional. No se puede consentir que en una demostración popular como esta se abandonen en la calzada zapatillas de esparto, y no quede perdida ni una chancla o Birkenstok que reclamar o sacar en portada en El País. Queda la sensación de que nada se cortaría si una exigua muchedumbre de charos y malasañeros hubieran sacado a Broncano a hombros del pirulí el primer día en que hubiera superado en share (ʃeər) a Motos. Las calles de Madrid se pueden cortar varios días para rodar el último bodrio de Casanova que sólo irá a ver Urtasun, pero si es para llevar a un torero a hombros, no se puede consentir. Otra foto arrojaba, de nuevo, una diferencia epocal: tan sólo tres policías a caballo escoltaban en 1957 la subida por Alcalá a hombros de El Litri, mientras que trece, cuatro de ellos centauros, a lomos de equigarcesaurios, esperamos, por la seguridad de todos, atosigaban a Morante y sus morantistas. Lo que nos ha traído democracia son más policías en las salidas a hombros.

Como decíamos, con un parece que reiterado "cabayero, cabayero" al matador en el hotel se haría presente el Estado en su función policial por segunda vez ese día. En este caso, parece que eran esbirros de Almeida, ese alcalde que, de ser torero, le arrebataría ipso facto a Marco Pérez el título de "Ugly", lo que quería decir que se personaba ahora el Estado en su forma municipal y que, en el Madrid pepero, es prácticamente indistinguible de la autonómica. El Estado al completo, central, regional y local presente para reprimir la expresión espontánea y pacífica de su pueblo. Hipócritas que llenan el callejón y son incapaces de vaciar momentáneamente la calle para que pase el triunfo. ¿Dónde estaba Roberto Gómez, el hombre-para-todo, el Luca Brasi de Plaza 1 y la CAM, esta vez? Se dirigían unos policías municipales al torero que acababa de triunfar, a solicitarle no sé qué explicaciones, como si fuera ya no sólo un contenedor emocional, como la ciencia política ha visto a Hitler, sino la pura forma encarnada de lo popular, que es, como estudian los policías en la oposición, el mal de que deben proteger al Estado. No son policías, son exorcistas de lo popular. No se pueden tolerar manifestaciones espontáneas, algarabías naturales que nazcan del pueblo, sólo las firmadas por el delecalbo o Almeidón, censores de lo espontáneamente correcto. Y menos aún se debe permitir celebrar al héroe, un torero que besa la bandera de la Patria para más inri, que surge por aclamación popular, ni siquiera decidir quién es, elegir a quién aclamar. Eso lo decide el Consejo de Administración de RTVE. En España se puede destrozar la habitación del Parador de Teruel en plena psicosis covidiana, pero no se puede llevar a hombros a Morante hasta su hotel. Es demasiado peligroso para la democracia-que-nos-dimos-entre-todos.

En estos estertores del Estado social y democrático de Derecho, la policía ya sólo sirve para proteger al propio Estado de su propio cuerpo social, sus ciudadanos, y cuidarse de que toda reacción popular sea debidamente encauzada y dirigida hacia formas asumibles, digeribles y manipulables por su maquinaria político-mediática.

El torero, héroe del pueblo, Estado mediante.

domingo, 8 de junio de 2025

La de La Beneficencia. La historia como farsa

La tragedia fue la del 28 de mayo de 2025, que hoy se ha repetido como farsa.

Esa tarde, en el primer toro, Morante de La Puebla se dejó el alma en su mejor faena en Madrid, una de las mejores del siglo, con el quite del vasito de plata para el recuerdo y con una claridad de ideas y unidad de acción propias del añorado Antoñete. Las gentes, en especial, los morantistas, se quedaron en esa cosa de la no concesión del despojo, porque hasta para ellos debe valer más un apéndice auricular que enviar encriptado en un audio de WhatsApp a su cuñada o a su crush, que la Verdad que les había sido revelada, porque debe proporcionar más cliks, citas, reposts y likes si la crónica de Zabalita se dirige contra el hideputa del presidente Sanjuán y su manía, seguramente policial, de comprobar si hay una mayoría de pañuelos como dice el Reglamento, pero el caso es que nadie se animó, a ninguno del poblado fandom se le ocurrió, y ni una sola de esas almas por las que el matador había entregado la suya tuvo el más mínimo impulso y decoro para arrojarse al ruedo y, con toda la espontaneidad de lo auténtico, meter su testuz entre las mullidas piernas del creador, recibir en su cogote el sudor de esa entrepierna irradiadora de arte y engendradora de futbolistas, y erguirse con él a hombros como un Cristóforo portando al dios de la tauromaquia.

Ahí nos quedamos, en un "ay", o en un "uy", hasta hoy, tarde de La Beneficencia.

Hoy Morante ha abierto la Puerta Grande de Las Ventas con una oreja en su primero, Sacristán, y otra en su segundo, Lírico. Porque lo de hoy era la farsa que repetía la tragedia del otro día, la de no haber sacado espontáneamente a hombros al de La Puebla. La farsa debía ser hoy, tenía que serlo. Tenía que ser en La Beneficencia, la tarde otrora más importante del planeta de los toros y devenida en hito venteño del postureo, para decir que Morante recuperaba su esencia y prestigio. Debía pasar hoy, con toros de Juan Pedro Domecq, para escribir en la historia esas iniciales, JP, y lavar más de medio siglo de tiranía ganadera que ha esquilmado de casta y castas el campo bravo y que ha engendrado como dominante un producto, el perritoro, que borra progresivamente el sufijo -maquia de la tauromaquia, para poner ahí lo que se quiera, por ejemplo, -rrea, taurorrea. Porque había de acontecer esta tarde, con un presidente colaborador, un público postrado ante la' coza' de la' coza' y un ambiente, clima o clímax tan festivo como frívolo. Y debía ocurrir hoy, porque lo del otro día era injusto, y el hombre, los hombres, pueden juntarse de vez en cuando y jugar, como en "El Séptimo Sello", al ajedrez con la muerte, con su historia, y hacer justicia. Las Ventas como reparadora de injusticias históricas, ya quisiera el PP de Feijoo. Y así, como una farsa, se escribe la historia antes de que pase. Sí la Puerta Grande de hoy de Morante es histórica es porque es su primera.

Un Morante que hoy ha demostrado, una vez más, que seguramente sea el mejor torero de su tiempo (Geist), de esta época marcada, como decíamos, por el medio-toro (Zeit), el toro bobo, producido en masa para colaborar para el arte, sin un atisbo de listeza, ni una intención que no sea ponérselo fácil al matador. No hay nadie como él con ese animalejo, y lo deprimente es ver que sólo él es capaz de estar bien ante adversarios de tan poca monta. Si Joselito era Gallito, Morante será Gallitito, a tenor del animal al que se enfrentaron uno y otro.

La excelsa ciencia veterinaria de la casa Domecq resplandecía en ese coloradito primer juampedro que tenía sus más de seiscientos kilogramos armónicamente repartidos en las diversas bolsas de grasa que conformaban su alto y largo ser. Esa mezcla que nació de la fabricada en 1930 por D. Juan Pedro Domecq y Núñez de Villacencio y que ha logrado que el toro, como este Sacristán, salga ya picado de toriles, y que nos dirige en pos del progreso y del arte a una corrida en la que el tercio de varas sea innecesario. Morante lo esperó quieto en el 10 y lo recibió con templadas verónicas cada vez que el abanto pasaba por allí. Fueron varias veces las que el toro venía y se iba, lo que nos hizo ponernos existencialistas, acordarnos de Heidegger, y pensar si no éramos nosotros, nuestra vida, ese animal, un ir y venir atontado hacia la muerte, hasta que de la pura improvisación se sacó el matador unas garbosas chicuelinas rematadas con una media a pies juntos y una serpentina. Contra el Equigarce y contra sus ramalazos de mansedumbre y blandenguería el toro peleó decentemente, mientras Morante quitaba por verónicas deslucidas por ese caerse del toro, y Adrián por gaoneras, con una última suave y ceñida. Curro Javier lidió magníficamente al blandiblú como a un hijo, como se educa ahora según la escuela empática de Álvaro Bilbao. Cayeron sobre el lomo las primeras banderillas y caía a plomo de la boca del toro la lengua, una lengua especialmente ensangrentada, con un rojo tan vivo que parecía que se había pintado el hocico, que se había travestido, y no se nos ocurrió mejor manera de comprender y representar a este animal criado y seleccionado para ser otra cosa y hacer cualquier cosa menos seguir su instinto. Con la muleta, empezó Morante con ayudados por alto, pasándoselo por la faja, sin inmutarse, cerrados con un molinete y un verdaderamente obligado de pecho. Con el toro entre las dos rayas, en el 9, de donde apenas se movería, vendrían dos tandas con la diestra, y otras dos con la siniestra, marcadas todas por la intermitencia de su profundidad, pero con ese medio pecho, esos riñones encajados, ese no cazcalear entre pase y pase que, hoy, casi nadie hace. Enfrontilado y tirándose recto como una vela, ejecutando dignamente la suerte suprema, dejó una estocada entera y desprendida que causó derrame y con la que el toro cayó rodado. Se le pidió una oreja que paseó parsimoniosamente, como regodeándose o relamiendo cada dicterio que se le había propinado al presidente Sanjuán, y entre vítores y cánticos de "¡Jo-sean-tonio, Morante-de-La-Puebla!". Otro pasito más hacia la bernabeuización de Las Ventas. Sólo nos queda tener un espacio Mahou con una cristalera que se asome al ruedo y que se llene de hermanos y hermanas del otro lado del charco con camisetas de Mbappé.

Juan Pedro Domecq Morenés echaría en cuarto lugar otra maravilla de la ciencia veterinaria, un toro negro tan basto como anovillado y que recibió las justas protestas del iletrado respetable. Morante no pudo lucir su capote y, para colmo, sufrió dos coladas al llevarlo hacia el picador, de cuyo primer encuentro salió tan renqueante que el segundo puyazo se convirtió en un leve picotazo. Entre medias, el torero trató de tirar al toro. Así, con serias dudas sobre si el coleta querría verlo o no, Joao Ferreira enseñó en su brega toda la condición bobalicona y colaboradora del toro y, creemos, sumió a Morante en un dilema, en el dilema de la tauromaquia estúpida de hoy: ¿abreviar o jugársela con un inválido? Se la jugó y empezó a creérselo en los ayudados por alto y, sobre todo, en las trincherillas de inicio. ¡El inválido servía! A media altura, con la derecha, y en línea, dejó algún derechazo muy torero en las dos primeras series. Cambió a la zurda y, más ajustado, elevaría el tono de la faena hasta llegar al cenit de un natural que empezó mirando hacia el 7 para terminar vaciado hacia el 8, así de largo crujió el olé en los tendidos. Lo mejor de la tarde. Crecido, daría una tanda más por la derecha, la más rotunda. Volvería a la izquierda, pero el novillo había dicho basta. Con todo el mundo empujando, Ayuso, Roberto Gómez, la infanta Elena, hasta Abellán, se tiraría al cuello de Lírico, matándolo de un horrible bajonazo. Lo que no fue óbice para que la plaza se tiñera de blanco, como el pañuelo que sacaría el eutímico José Luis González González, consumando así la farsa, que seguiría tras la Puerta Grande por la calle Alcalá, de la que emergía el torero, con su traje negro, sobre las pantallas iluminadas de cientos de móviles que hacían de lo supuestamente histórico un archivo, unos megabytes que limitarían enormemente el espacio de su móvil, forzándolos a eliminar vídeos y fotos de recuerdos más genuinos que los que estaban grabando, y no viviendo. Lo mejor vendría después, con el diestro saliendo a saludar en el albornoz del Hotel Wellington desde su balcón, a una muchedumbre que lo aclamaba, mientras él besaba la bandera de España y enseñaba, a Urtasun y a todo un régimen anti-nacional, que el pueblo, y no ellos, sigue eligiendo a sus héroes.

Con todo, quedaba demostrado que es preferible y deseable un Morante sin morantistas, que toda la autenticidad y buena salud del maestro y de su toreo, se esfuma con las exageradas fuerzas de ensoñación y anhelo que liberan sus fans y que jamás podrán ser integradas por el arte de José Antonio, lo que generará en el matador más insatisfacciones de las que se pueden resolver por abreacciones masivo culturales o apaciguarse por terapias individuales.

La tarde de Fernando Adrián sirvió para recordar porqué no recordamos nada de sus Puertas Grandes, y la de Borja Jiménez para consolidar, antes de la de Victorino, su imagen de torero maleado, como hecho fuera de la M-30, y de esperanza agotándose.

martes, 3 de junio de 2025

XXII de San Isidro 2025. De Escolar es el toro con el que Julián podría haber sido mi ídolo

Julián López Escobar, acartelado "El Juli", podría haber sido mi ídolo si en algún momento de sus veinticinco años de bureaumaquia se hubiera dignado, siquiera una vez y en Madrid, a matar a alguno de los señores toros de José Escolar de esta tarde en Las Ventas, especialmente al noble y fijo cuarto, Conducido, o al encastado y emocionante quinto, Calentito. Sería el mayor fan juliano si hubiera demostrado su poderosidad ante alguno de los animales que han saltado al ruedo hoy y que han hecho honor a su nombre, científicamente conocido como bos primigenius taurus, y no a ese engendro de la ciencia ganadera dominante que podríamos llamar bos modernus canis lupus familiaris. Y si, en ese final de su carrera acomodada, en el que, por momentos, dejó clavada la alcayata en la pared, quiso erguirse (¿no es eso madurar en nuestra especie?) y colocarse, hubiera parado, mandado y templado a uno de los escolares, no sé, creo que lo habría ido siguiendo hasta por los puticlubs, que lo habría estado esperando hasta en los resúmenes de Tendido Cero, que pediría en misa por la buena crianza de sus reses de El Freixo, y que hubiera hasta entendido a los sevillanos que lo coronaron King of Seville y que son los mismos que aceptan que la horrenda torre de Pelli sea más alta que la Giralda. ¡Cuánto te habría querido Julián! ¡Cuántas aras julianas sería incapaz de levantarte! Piénsalo, Julián y Calentito, y yo, ¡felizmente insignificante!

¡Viva José Escolar! José Escolar ha traído hoy una señora corrida de toros de esos que son toros antes de ser bravos, enclasados, reponedores, de un tranco más o un tranco menos. Toros distintos en su presencia, más terciados los tres primeros, cuatreños, imponentes los tres segundos, cinqueños, distintos en su comportamiento, mansos y con los que no se han parado relojes, o no sé, preguntemos a los televidentes, porque no hemos mirado el reloj en toda la corrida. Toros tan duros que en la cámara de Serra y en una pantalla de, por ejemplo, los cines Renoir de Princesa, retirarían, afortunadamente, a España del Programa Erasmus+, por la cantidad de estudiantes centroeuropeos que irían a llorar a las instancias bruselenses, con González Pons recogiendo las lágrimas a ver si milagrosamente las convierte en votos o en lubricante para su próxima novela. Toros tan serios que eran idóneos para hacer el genuino y siempre ansiado western español, con esos animales que son nuestros verdaderos indios, y que han raptado a nuestra gloria, a la que vamos a buscar ciegamente como Ethan Edwards. Toros tan toros como para asaltar con ellos el Palacio de la Moncloa, el Congreso, el Tribunal Constitucional, con los que desterrar a Conde-Pumpido y a Kelsen e instaurar la separación de poderes y un control constitucional difuso. Joder, toros como Ábalos esa noche en el Parador de Teruel.

Toros como el badanudo y alto primero, Tostonero, que hacía paradinhas al acercarse a la grúa de Equigarce y de la que se alejó raudo tras recibir dos puyazos traseros, que no se dejó clavar cómodamente los rehiletes, y al que Esaú Fernández probó por bajo, acompañó en varias series y enseñó todo lo que no quería enseñarlo.  Al final de la faena, el toro había aprendido y el torero era el mismo. El capote de un subalterno quedó colgado de la empuñadura del estoque y el toro se dio todas las vueltas que un buen peón entrena denodadamente y sueña con poder dar antirreglamentariamente para contentar a su matador. Como ver la traslación terrestre y saber que antes caerá el planeta que la estrella. Pese a ello, siguió con la boca cerrada y con media estocada desprendida dentro, hasta tumbarse al tercer descabello.

Toros como el pitonudo segundo, Castellano II, que consintió recibir algunas verónicas de recibo y que manseó en el caballo tan deliberadamente que era como leer a Soto Ivars. Desarmó a Gómez del Pilar en su media de remate al quite por chicuelinas (único quite de la tarde). En banderillas, casi logró implantar un sistema binario 1 / 1 / 1 / 2. Demasiado cerrado en el seis, tras el primer pase del matador, se fue a enseñar toda su mansedumbre a los porteros venteños que asomaban su gaznate cubierto por el cuello de un polo azul. Gómez del Pilar, esforzado, le hacía tragarse el primer muletazo de cada tanda, sufría su mirada en el segundo, y padecía lo indecible en el tercero con la cabeza del burel a la altura de la suya, queriendo hacer un dios Jano de lo español. Tras otro pase, se iría, como antes, a mostrar lo manso que era a los banderilleros que se ocultaban tras el burladero. A diestra y siniestra se repetía la cosa: la mirada, la cara arriba y, la mano, también arriba. Escuchó un aviso que ponía sonido a la voz de tantos aficionados que veían cómo se pasaba de faena. Cazó al toro a la tercera con una estocada entera, con travesía y desprendida.

Toros como Chatarrero, el tercero, abierto y corto de cuerna. Castigado terriblemente en el brazuelo, en la columna, y en distintas partes de su extenso lomo. Lo que se perdió la Inquisición con estos picadores y lo que se están perdiendo los promotores de nuestra leyenda negra. Navazo, creemos que sin querer, dejó un buen primer par de banderillas. Luego vinieron una y una, en cada pase, para sumar las cuatro y poder respirar los peones, aliviados. La faena transcurrió entre la dura sosería del toro y la incapacidad pundonorosa de De Pablo. Digamos que toro y torero se gazapearon. Dejó el matador una estocada caída y atravesada, saliéndose y a la segunda. El toro, sin enseñar su lengua (¡qué toro tan difícil para el arte, el que no muestra su lengua!), se levantó al ver al puntillero y lo desarmó. Fue tumbado en el siguiente puntillazo.

Toros como Conducido, el cuarto, que pasó limpiamente por la larga cambiada en la portagayola de Esaú y por los mantazos de recibo, quitándolo el polvo para enseñarnos, esplendoroso, todo su trapío. Recibió tres puyazos a los que acudió en largo y en los que su pelea fue a más, dentro de su marcado carácter manso. Apretó a un banderillero hasta el olivo, haciendo caso omiso del capote de auxilio y enseñó en la brega su larga embestida por bajo. La faena, equivocadamente en el tercio, fue entre el toro Conducido, noble, fijo y humillador, a más, y E.S.A.U. (Empeño Soez con Alcayata Ufanada). Se le fue el toro. Las bernadinas de remate casaron tan poco con el tono de la tarde como cuando Lucas Vázquez este año decidió en algún partido, por sus santos y gallegos cojones, tirarse una falta a la escuadra en la última jugada. Estoqueó bajo y atravesado y consiguió descabellar tras muchos intentos. El toro se fue sin moscas en su boca y ovacionado. El matador saludó unos pitos desde el callejón.

Y toros como Calentito, el quinto, con 656 kilogramos de trapío y casta para cogerlos y arrojarlos sobre ese taurinismo de la monserga de los "kilos y la casta" y sepultar su discurso. Un toro tan astifino, alto y largo que podríamos imaginarlo en la Plaza Vieja de Madrid. Gómez del Pilar lo lidió bien, colocándolo perfectamente ante la cosa equina-saurischia, bien movida por el pica, hasta en tres ocasiones. El toro, remolón, peleó sin destacar en sus tres encuentros. En la brega se mostró tardo y recibió incontables capotazos, aunque cuando arrancaba y seguía el engaño, lo hacía con todo. Con todo se fue también en sus dos pares hacia Víctor del Pozo, y éste aguantó con todo su cuajo el envite para cuadrar en la cara y dejar las banderillas en todo lo alto. Olé. La emoción de esos dos pares se mantuvo, pese a la parsimonia del matador, con la embestida arrolladora, vibrante y del toro en la muleta. El rabo enhiesto, por detrás de una mole cárdena en movimiento y dos cuernos demoníacos, todo, embistiendo. Como un AVE gris. Gómez del Pilar, queriendo dar la pelea, empezaría por bajo, perdiendo pasos ante el empuje del toro que era tal que, al rematar, tuvo que hacerlo tan rápido que pisó la muleta, se trastabilló y quedó desequilibrado a merced del toro, que lo perdonó. A ese inicio lo siguieron dos series con la diestra, meritorias, en las que según se avanzaba, se veía la victoria del encastado animal, que se confirmó al coger la zocata. Cartelito quería comerse el mundo y nuestro hombre, Gómez del Pilar, no desplegaba el canon. Oponía ligazón sin temple ni sometimiento por toreo, inteligencia y sentido de la medida. Llegó a desarmarlo y, por buscar el afecto del público, se pasó de nuevo de faena. Escuchó un aviso mientras pensábamos que seguramente había superado en pases a Perera. Se tiró a matar y cobró una estocada delantera y contraria que provocó el derrame por la boca del animal. Duro para morir, tuvo un empuje más y se fue como un rayo a por un subalterno, que se vio obligado a soltar el capote en su carrera huidiza. Cayó finalmente y se fue entre una clamorosa ovación y con una oreja menos.

El sexto no pude quedarme a verlo y, por tanto, no diré nada de él, en pública oposición a los cronistas de TV, sofá y espalda sudada, que siempre se enteran de algo de lo que los de la piedra no.

«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*

*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/  «M...