domingo, 8 de junio de 2025

La de La Beneficencia. La historia como farsa

La tragedia fue la del 28 de mayo de 2025, que hoy se ha repetido como farsa.

Esa tarde, en el primer toro, Morante de La Puebla se dejó el alma en su mejor faena en Madrid, una de las mejores del siglo, con el quite del vasito de plata para el recuerdo y con una claridad de ideas y unidad de acción propias del añorado Antoñete. Las gentes, en especial, los morantistas, se quedaron en esa cosa de la no concesión del despojo, porque hasta para ellos debe valer más un apéndice auricular que enviar encriptado en un audio de WhatsApp a su cuñada o a su crush, que la Verdad que les había sido revelada, porque debe proporcionar más cliks, citas, reposts y likes si la crónica de Zabalita se dirige contra el hideputa del presidente Sanjuán y su manía, seguramente policial, de comprobar si hay una mayoría de pañuelos como dice el Reglamento, pero el caso es que nadie se animó, a ninguno del poblado fandom se le ocurrió, y ni una sola de esas almas por las que el matador había entregado la suya tuvo el más mínimo impulso y decoro para arrojarse al ruedo y, con toda la espontaneidad de lo auténtico, meter su testuz entre las mullidas piernas del creador, recibir en su cogote el sudor de esa entrepierna irradiadora de arte y engendradora de futbolistas, y erguirse con él a hombros como un Cristóforo portando al dios de la tauromaquia.

Ahí nos quedamos, en un "ay", o en un "uy", hasta hoy, tarde de La Beneficencia.

Hoy Morante ha abierto la Puerta Grande de Las Ventas con una oreja en su primero, Sacristán, y otra en su segundo, Lírico. Porque lo de hoy era la farsa que repetía la tragedia del otro día, la de no haber sacado espontáneamente a hombros al de La Puebla. La farsa debía ser hoy, tenía que serlo. Tenía que ser en La Beneficencia, la tarde otrora más importante del planeta de los toros y devenida en hito venteño del postureo, para decir que Morante recuperaba su esencia y prestigio. Debía pasar hoy, con toros de Juan Pedro Domecq, para escribir en la historia esas iniciales, JP, y lavar más de medio siglo de tiranía ganadera que ha esquilmado de casta y castas el campo bravo y que ha engendrado como dominante un producto, el perritoro, que borra progresivamente el sufijo -maquia de la tauromaquia, para poner ahí lo que se quiera, por ejemplo, -rrea, taurorrea. Porque había de acontecer esta tarde, con un presidente colaborador, un público postrado ante la' coza' de la' coza' y un ambiente, clima o clímax tan festivo como frívolo. Y debía ocurrir hoy, porque lo del otro día era injusto, y el hombre, los hombres, pueden juntarse de vez en cuando y jugar, como en "El Séptimo Sello", al ajedrez con la muerte, con su historia, y hacer justicia. Las Ventas como reparadora de injusticias históricas, ya quisiera el PP de Feijoo. Y así, como una farsa, se escribe la historia antes de que pase. Sí la Puerta Grande de hoy de Morante es histórica es porque es su primera.

Un Morante que hoy ha demostrado, una vez más, que seguramente sea el mejor torero de su tiempo (Geist), de esta época marcada, como decíamos, por el medio-toro (Zeit), el toro bobo, producido en masa para colaborar para el arte, sin un atisbo de listeza, ni una intención que no sea ponérselo fácil al matador. No hay nadie como él con ese animalejo, y lo deprimente es ver que sólo él es capaz de estar bien ante adversarios de tan poca monta. Si Joselito era Gallito, Morante será Gallitito, a tenor del animal al que se enfrentaron uno y otro.

La excelsa ciencia veterinaria de la casa Domecq resplandecía en ese coloradito primer juampedro que tenía sus más de seiscientos kilogramos armónicamente repartidos en las diversas bolsas de grasa que conformaban su alto y largo ser. Esa mezcla que nació de la fabricada en 1930 por D. Juan Pedro Domecq y Núñez de Villacencio y que ha logrado que el toro, como este Sacristán, salga ya picado de toriles, y que nos dirige en pos del progreso y del arte a una corrida en la que el tercio de varas sea innecesario. Morante lo esperó quieto en el 10 y lo recibió con templadas verónicas cada vez que el abanto pasaba por allí. Fueron varias veces las que el toro venía y se iba, lo que nos hizo ponernos existencialistas, acordarnos de Heidegger, y pensar si no éramos nosotros, nuestra vida, ese animal, un ir y venir atontado hacia la muerte, hasta que de la pura improvisación se sacó el matador unas garbosas chicuelinas rematadas con una media a pies juntos y una serpentina. Contra el Equigarce y contra sus ramalazos de mansedumbre y blandenguería el toro peleó decentemente, mientras Morante quitaba por verónicas deslucidas por ese caerse del toro, y Adrián por gaoneras, con una última suave y ceñida. Curro Javier lidió magníficamente al blandiblú como a un hijo, como se educa ahora según la escuela empática de Álvaro Bilbao. Cayeron sobre el lomo las primeras banderillas y caía a plomo de la boca del toro la lengua, una lengua especialmente ensangrentada, con un rojo tan vivo que parecía que se había pintado el hocico, que se había travestido, y no se nos ocurrió mejor manera de comprender y representar a este animal criado y seleccionado para ser otra cosa y hacer cualquier cosa menos seguir su instinto. Con la muleta, empezó Morante con ayudados por alto, pasándoselo por la faja, sin inmutarse, cerrados con un molinete y un verdaderamente obligado de pecho. Con el toro entre las dos rayas, en el 9, de donde apenas se movería, vendrían dos tandas con la diestra, y otras dos con la siniestra, marcadas todas por la intermitencia de su profundidad, pero con ese medio pecho, esos riñones encajados, ese no cazcalear entre pase y pase que, hoy, casi nadie hace. Enfrontilado y tirándose recto como una vela, ejecutando dignamente la suerte suprema, dejó una estocada entera y desprendida que causó derrame y con la que el toro cayó rodado. Se le pidió una oreja que paseó parsimoniosamente, como regodeándose o relamiendo cada dicterio que se le había propinado al presidente Sanjuán, y entre vítores y cánticos de "¡Jo-sean-tonio, Morante-de-La-Puebla!". Otro pasito más hacia la bernabeuización de Las Ventas. Sólo nos queda tener un espacio Mahou con una cristalera que se asome al ruedo y que se llene de hermanos y hermanas del otro lado del charco con camisetas de Mbappé.

Juan Pedro Domecq Morenés echaría en cuarto lugar otra maravilla de la ciencia veterinaria, un toro negro tan basto como anovillado y que recibió las justas protestas del iletrado respetable. Morante no pudo lucir su capote y, para colmo, sufrió dos coladas al llevarlo hacia el picador, de cuyo primer encuentro salió tan renqueante que el segundo puyazo se convirtió en un leve picotazo. Entre medias, el torero trató de tirar al toro. Así, con serias dudas sobre si el coleta querría verlo o no, Joao Ferreira enseñó en su brega toda la condición bobalicona y colaboradora del toro y, creemos, sumió a Morante en un dilema, en el dilema de la tauromaquia estúpida de hoy: ¿abreviar o jugársela con un inválido? Se la jugó y empezó a creérselo en los ayudados por alto y, sobre todo, en las trincherillas de inicio. ¡El inválido servía! A media altura, con la derecha, y en línea, dejó algún derechazo muy torero en las dos primeras series. Cambió a la zurda y, más ajustado, elevaría el tono de la faena hasta llegar al cenit de un natural que empezó mirando hacia el 7 para terminar vaciado hacia el 8, así de largo crujió el olé en los tendidos. Lo mejor de la tarde. Crecido, daría una tanda más por la derecha, la más rotunda. Volvería a la izquierda, pero el novillo había dicho basta. Con todo el mundo empujando, Ayuso, Roberto Gómez, la infanta Elena, hasta Abellán, se tiraría al cuello de Lírico, matándolo de un horrible bajonazo. Lo que no fue óbice para que la plaza se tiñera de blanco, como el pañuelo que sacaría el eutímico José Luis González González, consumando así la farsa, que seguiría tras la Puerta Grande por la calle Alcalá, de la que emergía el torero, con su traje negro, sobre las pantallas iluminadas de cientos de móviles que hacían de lo supuestamente histórico un archivo, unos megabytes que limitarían enormemente el espacio de su móvil, forzándolos a eliminar vídeos y fotos de recuerdos más genuinos que los que estaban grabando, y no viviendo. Lo mejor vendría después, con el diestro saliendo a saludar en el albornoz del Hotel Wellington desde su balcón, a una muchedumbre que lo aclamaba, mientras él besaba la bandera de España y enseñaba, a Urtasun y a todo un régimen anti-nacional, que el pueblo, y no ellos, sigue eligiendo a sus héroes.

Con todo, quedaba demostrado que es preferible y deseable un Morante sin morantistas, que toda la autenticidad y buena salud del maestro y de su toreo, se esfuma con las exageradas fuerzas de ensoñación y anhelo que liberan sus fans y que jamás podrán ser integradas por el arte de José Antonio, lo que generará en el matador más insatisfacciones de las que se pueden resolver por abreacciones masivo culturales o apaciguarse por terapias individuales.

La tarde de Fernando Adrián sirvió para recordar porqué no recordamos nada de sus Puertas Grandes, y la de Borja Jiménez para consolidar, antes de la de Victorino, su imagen de torero maleado, como hecho fuera de la M-30, y de esperanza agotándose.

martes, 3 de junio de 2025

XXII de San Isidro 2025. De Escolar es el toro con el que Julián podría haber sido mi ídolo

Julián López Escobar, acartelado "El Juli", podría haber sido mi ídolo si en algún momento de sus veinticinco años de bureaumaquia se hubiera dignado, siquiera una vez y en Madrid, a matar a alguno de los señores toros de José Escolar de esta tarde en Las Ventas, especialmente al noble y fijo cuarto, Conducido, o al encastado y emocionante quinto, Calentito. Sería el mayor fan juliano si hubiera demostrado su poderosidad ante alguno de los animales que han saltado al ruedo hoy y que han hecho honor a su nombre, científicamente conocido como bos primigenius taurus, y no a ese engendro de la ciencia ganadera dominante que podríamos llamar bos modernus canis lupus familiaris. Y si, en ese final de su carrera acomodada, en el que, por momentos, dejó clavada la alcayata en la pared, quiso erguirse (¿no es eso madurar en nuestra especie?) y colocarse, hubiera parado, mandado y templado a uno de los escolares, no sé, creo que lo habría ido siguiendo hasta por los puticlubs, que lo habría estado esperando hasta en los resúmenes de Tendido Cero, que pediría en misa por la buena crianza de sus reses de El Freixo, y que hubiera hasta entendido a los sevillanos que lo coronaron King of Seville y que son los mismos que aceptan que la horrenda torre de Pelli sea más alta que la Giralda. ¡Cuánto te habría querido Julián! ¡Cuántas aras julianas sería incapaz de levantarte! Piénsalo, Julián y Calentito, y yo, ¡felizmente insignificante!

¡Viva José Escolar! José Escolar ha traído hoy una señora corrida de toros de esos que son toros antes de ser bravos, enclasados, reponedores, de un tranco más o un tranco menos. Toros distintos en su presencia, más terciados los tres primeros, cuatreños, imponentes los tres segundos, cinqueños, distintos en su comportamiento, mansos y con los que no se han parado relojes, o no sé, preguntemos a los televidentes, porque no hemos mirado el reloj en toda la corrida. Toros tan duros que en la cámara de Serra y en una pantalla de, por ejemplo, los cines Renoir de Princesa, retirarían, afortunadamente, a España del Programa Erasmus+, por la cantidad de estudiantes centroeuropeos que irían a llorar a las instancias bruselenses, con González Pons recogiendo las lágrimas a ver si milagrosamente las convierte en votos o en lubricante para su próxima novela. Toros tan serios que eran idóneos para hacer el genuino y siempre ansiado western español, con esos animales que son nuestros verdaderos indios, y que han raptado a nuestra gloria, a la que vamos a buscar ciegamente como Ethan Edwards. Toros tan toros como para asaltar con ellos el Palacio de la Moncloa, el Congreso, el Tribunal Constitucional, con los que desterrar a Conde-Pumpido y a Kelsen e instaurar la separación de poderes y un control constitucional difuso. Joder, toros como Ábalos esa noche en el Parador de Teruel.

Toros como el badanudo y alto primero, Tostonero, que hacía paradinhas al acercarse a la grúa de Equigarce y de la que se alejó raudo tras recibir dos puyazos traseros, que no se dejó clavar cómodamente los rehiletes, y al que Esaú Fernández probó por bajo, acompañó en varias series y enseñó todo lo que no quería enseñarlo.  Al final de la faena, el toro había aprendido y el torero era el mismo. El capote de un subalterno quedó colgado de la empuñadura del estoque y el toro se dio todas las vueltas que un buen peón entrena denodadamente y sueña con poder dar antirreglamentariamente para contentar a su matador. Como ver la traslación terrestre y saber que antes caerá el planeta que la estrella. Pese a ello, siguió con la boca cerrada y con media estocada desprendida dentro, hasta tumbarse al tercer descabello.

Toros como el pitonudo segundo, Castellano II, que consintió recibir algunas verónicas de recibo y que manseó en el caballo tan deliberadamente que era como leer a Soto Ivars. Desarmó a Gómez del Pilar en su media de remate al quite por chicuelinas (único quite de la tarde). En banderillas, casi logró implantar un sistema binario 1 / 1 / 1 / 2. Demasiado cerrado en el seis, tras el primer pase del matador, se fue a enseñar toda su mansedumbre a los porteros venteños que asomaban su gaznate cubierto por el cuello de un polo azul. Gómez del Pilar, esforzado, le hacía tragarse el primer muletazo de cada tanda, sufría su mirada en el segundo, y padecía lo indecible en el tercero con la cabeza del burel a la altura de la suya, queriendo hacer un dios Jano de lo español. Tras otro pase, se iría, como antes, a mostrar lo manso que era a los banderilleros que se ocultaban tras el burladero. A diestra y siniestra se repetía la cosa: la mirada, la cara arriba y, la mano, también arriba. Escuchó un aviso que ponía sonido a la voz de tantos aficionados que veían cómo se pasaba de faena. Cazó al toro a la tercera con una estocada entera, con travesía y desprendida.

Toros como Chatarrero, el tercero, abierto y corto de cuerna. Castigado terriblemente en el brazuelo, en la columna, y en distintas partes de su extenso lomo. Lo que se perdió la Inquisición con estos picadores y lo que se están perdiendo los promotores de nuestra leyenda negra. Navazo, creemos que sin querer, dejó un buen primer par de banderillas. Luego vinieron una y una, en cada pase, para sumar las cuatro y poder respirar los peones, aliviados. La faena transcurrió entre la dura sosería del toro y la incapacidad pundonorosa de De Pablo. Digamos que toro y torero se gazapearon. Dejó el matador una estocada caída y atravesada, saliéndose y a la segunda. El toro, sin enseñar su lengua (¡qué toro tan difícil para el arte, el que no muestra su lengua!), se levantó al ver al puntillero y lo desarmó. Fue tumbado en el siguiente puntillazo.

Toros como Conducido, el cuarto, que pasó limpiamente por la larga cambiada en la portagayola de Esaú y por los mantazos de recibo, quitándolo el polvo para enseñarnos, esplendoroso, todo su trapío. Recibió tres puyazos a los que acudió en largo y en los que su pelea fue a más, dentro de su marcado carácter manso. Apretó a un banderillero hasta el olivo, haciendo caso omiso del capote de auxilio y enseñó en la brega su larga embestida por bajo. La faena, equivocadamente en el tercio, fue entre el toro Conducido, noble, fijo y humillador, a más, y E.S.A.U. (Empeño Soez con Alcayata Ufanada). Se le fue el toro. Las bernadinas de remate casaron tan poco con el tono de la tarde como cuando Lucas Vázquez este año decidió en algún partido, por sus santos y gallegos cojones, tirarse una falta a la escuadra en la última jugada. Estoqueó bajo y atravesado y consiguió descabellar tras muchos intentos. El toro se fue sin moscas en su boca y ovacionado. El matador saludó unos pitos desde el callejón.

Y toros como Calentito, el quinto, con 656 kilogramos de trapío y casta para cogerlos y arrojarlos sobre ese taurinismo de la monserga de los "kilos y la casta" y sepultar su discurso. Un toro tan astifino, alto y largo que podríamos imaginarlo en la Plaza Vieja de Madrid. Gómez del Pilar lo lidió bien, colocándolo perfectamente ante la cosa equina-saurischia, bien movida por el pica, hasta en tres ocasiones. El toro, remolón, peleó sin destacar en sus tres encuentros. En la brega se mostró tardo y recibió incontables capotazos, aunque cuando arrancaba y seguía el engaño, lo hacía con todo. Con todo se fue también en sus dos pares hacia Víctor del Pozo, y éste aguantó con todo su cuajo el envite para cuadrar en la cara y dejar las banderillas en todo lo alto. Olé. La emoción de esos dos pares se mantuvo, pese a la parsimonia del matador, con la embestida arrolladora, vibrante y del toro en la muleta. El rabo enhiesto, por detrás de una mole cárdena en movimiento y dos cuernos demoníacos, todo, embistiendo. Como un AVE gris. Gómez del Pilar, queriendo dar la pelea, empezaría por bajo, perdiendo pasos ante el empuje del toro que era tal que, al rematar, tuvo que hacerlo tan rápido que pisó la muleta, se trastabilló y quedó desequilibrado a merced del toro, que lo perdonó. A ese inicio lo siguieron dos series con la diestra, meritorias, en las que según se avanzaba, se veía la victoria del encastado animal, que se confirmó al coger la zocata. Cartelito quería comerse el mundo y nuestro hombre, Gómez del Pilar, no desplegaba el canon. Oponía ligazón sin temple ni sometimiento por toreo, inteligencia y sentido de la medida. Llegó a desarmarlo y, por buscar el afecto del público, se pasó de nuevo de faena. Escuchó un aviso mientras pensábamos que seguramente había superado en pases a Perera. Se tiró a matar y cobró una estocada delantera y contraria que provocó el derrame por la boca del animal. Duro para morir, tuvo un empuje más y se fue como un rayo a por un subalterno, que se vio obligado a soltar el capote en su carrera huidiza. Cayó finalmente y se fue entre una clamorosa ovación y con una oreja menos.

El sexto no pude quedarme a verlo y, por tanto, no diré nada de él, en pública oposición a los cronistas de TV, sofá y espalda sudada, que siempre se enteran de algo de lo que los de la piedra no.

viernes, 30 de mayo de 2025

XIX de San Isidro 2025. 17 años

En esta calurosa tarde de viernes se ha comprobado que el taurinismo puede convertir a un púber de diecisiete años en un viejoven plúmbeo de treintasiete, en la common people de la canción de Pulp, y que, sin el guantazo avergonzante de Madrid en público, no habría freno a la adolescencia permanente en que se quiere sumir a la Fiesta Nacional. Se persigue hacer de la tauromaquia un espectáculo simple, inmaduro, se pretende homogeneizarlo todo, igualarlo todo, como la nieve que cubre por igual a una grúa y a un Equigarcesaurio, para asegurarse y aumentar el control sobre la rentabilidad pecuniaria del espectáculo. Sólo se soporta -y se esquilma- la diferencia de alguien como Morante en tanto arrastre masas de morantistas a llenar las taquillas virtuales, pague las vacaciones en Torremolinos de los reventas o supla la falta de historias de los escribientes taurinos. 

El taurinismo ansía juventud peneque y nesciente en los tendidos, es decir, sustituir al hombre en edad adulta y al jubilado sobrios e incómodos por exigentes (otro Gran Reemplazo), y, en el ruedo, marionetas de toros y toreros. Uno se imaginaba hoy a Marco Pérez colgando de esos hilos del títere, como los del cartel de la película "El Padrino", y recordaba lo que Vito Corleone decía a su hijo Michael poco antes de morir: "pensé que cuando llegara tu momento, serías uno de los que maneja los hilos. Senador Corleone. Gobernador Corleone. Bueno, no hubo suficiente tiempo, Michael".

Con diecisiete años uno puede ver El Padrino por vez primera, ir al Burger King y disfrutar de un Big King XXL con amigos mientras intenta con poco oficio (no todos somos Luque) llamar la atención de aquella chica que le gusta, pegarse una viciada a la videoconsola, hacer unas copas en casa aprovechando que sus viejos se han ido a pasar el finde a la Sierra, leerse algo de Marwan, de Pérez Reverte, o de Melville (eso ya depende mucho de la biblioteca familiar), encerrarse en su cuarto a estudiarse los movimientos rítmicos de su mano, o, siendo de Salamanca, y con cierta inquietud arquitectónica, puede hasta irse a ver la magnífica cúpula del Palacio de Congresos construida por Navarro Baldeweg, o también puede dejar que decidan por él que va a matar en Las Ventas seis novillos de las temibles vacadas de FuenteYmbro y El Freixo, y que ello se vendiera como la mayor gesta acaecida en el planeta de los toros desde aquella tarde de 1914 de Joselito y los siete de Martínez.

Con una carrera prehecha, hecha y rehecha por taurinistas, llegaba así Marco Pérez por primera y última vez a Madrid como novillero con picadores, en solitario, último niño prodigio de la cosa táurica, y hoy lo que hemos visto es a un burócrata del destoreo, de la trampa, de la contra-tauromaquia de El Juli, esa en la que el lema es: "lo falso es el camino hacia la deformidad (el poder)", con la disposición y el valor necesarios, pero sin nada que decir. Ha sido ver a la expectación no decir nada, callarse a lo extraordinario y chillar a lo corriente. O peor, asistir a una indiferencia ensordecedora, sólo acallada por los gritos de mujeres al ser desarmado y volteado. Lo que se ha visto hoy ha sido el vivo retrato de la crudeza por la que un régimen taurino desalmado utiliza a un niño para lucrarse a través de una tauromaquia canalla, que hace de la mentira, la verdad.

Con unos novillos que no se comían a nadie, justamente protestados por su presentación y descastados en su mayoría (salvo el tercero, con complicaciones, y el quinto, con casta, ambos de Gallardo), Marco Pérez ha dejado un recital monótono de vulgaridad, de escasa templanza, de urgencia juvenil y retranca senil, de ausencia de frescura y olor a cerrado, como el de esa camiseta que deja el adolescente en la silla tras un par de puestas y se vuelve a poner, de cites descarados con el pico de la muleta, de estar descaradamente descolocado y de perfil, de lanzarse a los bureles allá donde no le agobien, de empezar por Castella, seguir por Perera, y terminar por Roca y un julipié, de derechazos y más derechazos, de pasecitos del culito, de escasos naturales y de nula enjundia, de arrimones pueblerinos, de toreo creepyPufo y en las antípodas de lo clásico, de expresarse con numerosos flequillazos, como los que veíamos en Roca ayer y que hace muchos años vimos en Raffaella Carrà (para que luego se insulte a la afición de Madrid por su falta de decoro, imagínense qué pasaría entre el público si en Mestalla, Vinicius en sus 18 años, cada vez que regateara con éxito o recibiera una falta, pegara uno de esos cuellazos mirando a la grada), y de dar más de una decena de pases mirando al tendido, tantos, que se ha podido llegar a pensar en que cada uno de ellos podría ir dirigido a sus novietas o que, simplemente, le molestaba algún folículo capilar sobre su frente y que, entonces, va a ser más relevante hoy para los toreros el peluquero que el mozo de espadas, porque Marco Pérez, espada, todavía no tiene (no ha dado una sola estocada digna de tal nombre). En su haber, que la tarde no le ha pesado y que, incluso, ha ido espabilando con el paso de los toros, que ha dejado un firme quite por gaoneras y un vistoso galleo del bú, y que ha vuelto a la cara del toro, sin mirarse, las dos veces que ha sido lanzado por los aires por el quinto de la tarde.

De lo que no ha sido el novillero, Prestel ha hecho un quite providencial en la salida del tercer par del primer animal, el segundo novillo, de Gallardo, ha derribado dos veces al Errejón-hecho-centauro montado por Alberto Sandoval, y Rafael González ha sido empujado a la arena por el quinto juvenco antes de morir y ha caído como los borrachos de las Corralejas.

Un hombre de cuarenta y cinco años lo dice todo haciendo el quite del vaso de plata y un chaval de diecisiete pega flequillazos y no dice ni mú. Ahí está la cosa.


PD.: viendo lo que han demostrado los novilletes de El Freixo, cabe dudar de la capacidad para controlar su producto de Julián, que aspira a ser "el mejor ganadero de la historia", sea eso lo que sea.

martes, 27 de mayo de 2025

XVI de San Isidro 2025. Historia de un pene (sobre cómo la decepción puede ser entretenida).


Juan de Castilla saldría hoy del hotel hacia la plaza con su pene en su sitio, protegido e íntegro, para acabar, en el hospital, con una herida por asta de toro con desgarro superficial en él.

Quizá en esta España en la que el coño, con perdón, se ha elevado a política de Estado y el estadista González Pons se hace poeta estatal y se postula al Cervantes con su "descansaba con la conciencia tranquila de quién posee la fuerza de la resurrección en el centro mismo de su coño", se haya olvidado que, bajo el pene, cuelgan los huevos, que son dos, a no ser que seas de Linares, como Leo, que los símbolos fálicos pueblan la cultura, desde los obeliscos y menhires, hasta la obra de Shakespeare, aludiendo a la virilidad, la masculinidad o la fecundidad, o también que, seamos honestos, el pene forma parte de ese juego amoril que empieza con el entretenimiento y, muchas veces, acaba en la decepción. Lo que sirve, al menos, para intentar explicar la corrida de hoy, tan entretenida como decepcionante. Porque nadie se ha aburrido con los seis bueyes de Dolores Aguirre, de los que, no obstante, se esperaba mucho más.

Los aficionados somos seres esperanzados, frecuentemente desilusionados y, por ello, siempre dispuestos a renovar nuestra esperanza, por paradójico que parezca, aunque lo disimulemos bajo nuestro pañuelo verde de amargados universales, porque para mantenernos vigorosos necesitamos el impulso de una nueva y cruel desilusión, como la de hoy. Hoy, esperábamos mucho, igual que de la fiesta basada en el toro que colabora para el (h)arte, no esperamos nada.

Juan de Castilla se colocaría y recolocaría su miembro viril alguna que otra vez, sin llegar al frenesí de El Lili (¡qué alegría su vuelta a los huevos, digo, a los ruedos!) ya en la furgoneta, cavilando sobre la gran expectación de la tarde, con la vuelta de los anhelados Dolores, tras un periplo triunfal por Bilbao, 3 Puyazos o Céret, la última tarde en San Isidro de un torero de Madrid y espejo de príncipes, Fernando Robleño, y la actuación de otro coleta de aficionados, Damián Castaño. Tres machos tiesos frente a los de la Doña, seis toros de lidia de verdad, cinqueños, no confeccionados para escacharrar relojes o aguar gintonics, desiguales de presentación, aunque nadie ha dudado de que eran de la ganadería que eran, duros, pero sin poder, mansos en grado similar y descastados en diverso grado.

Seguramente, Juan tuviera que dejar a su pene en posición cómoda al arrancar el paseíllo y, luego, también al asomar por el burladero para honrar la ovación de la plaza al Tigre de San Fernando, que el traje y los nervios aprietan más justo ahí.

Se olvidaría ya de su pene al ver a Langosto, el grandón primer toro que, como los cinco siguientes, empujaría, más o menos, y huiría, más o menos, en la injusta y sucia pelea con esos dildos acorazados, máquinas empotradoras, Errejones hechos centauros que han fabricado Equigarce y Plaza 1. Qué sujeto de estudio se ha perdido Freud con estos picadores y su vara-falo. Al manso lo logró fijar Curro Javier al final de su brega, dejándolo listo, pero soso y mirón para las dudas de Robleño en las primeras series con la diestra. Fuera del tercio y con la zurda, toro y torero mejoraron algo, confirmándose en una tanda de derechazos en la que el animal se desplazó y el hombre tragó, para desinflarse desde ahí. Pinchó dos veces y mató de un feo bajonazo.

Tampoco pensaría el colombiano en su pene durante las protestas al anovillado segundo, Burgalés, hasta que quitó por ameritadas gaoneras, poniendo por delante todo lo que va por delante. La faena de Castaño trató sin éxito de levantar las caídas del bueyecito (buen apodo para Borja Sémper) y avivar su sosería guasona. Dejó una estocada baja casi entera y se arrastró al toro con la boca cerrada, como a todos sus hermanos, tras un golpe de verduguillo.

La mano de Juan acudiría nerviosa a su zona inguinal con las protestas por la, según algunos, mala presentación de su primer toro, Caracorta, que quedó crudo tras una segunda vara horrenda. Sin probaturas, dio al toro una distancia romanesca y, como una grupie de Pedro Sánchez, se le vino directo al cuerpo. Echó la muleta en la testuz, se zafó, cayó sobre la arena y ahí ya no se libró. Caracorta se lo comió y le propinó dos cornadas, una, superficial, en el pene. Su pene, al aire por un momento. Lo cubrieron con unas bermudas de Coronel Tapioca y volvió sin mirarse para dar una tanda muy emocionante con la derecha, por el carbón del toro. Qué huevos. Con la zurda se mantuvo igual de firme ante los parones y miradas del burel. Cogió la tizona, se tiró recto como una vela y plantó una estocada arriba con cierta travesía que hizo, junto a la dureza del toro, que éste se echara y se levantara varias veces hasta desplomarse. Herido, sin aspavientos, dio una merecida vuelta al ruedo. Por ser claros, dennos más Juanes de Castilla con el pene roto y Caracortas, y menos pegapases con Frenosos de "verdadera bravura".

Mientras su pene era intervenido con anestesia local en la enfermería de la plaza, otro Caracorta hacía pasar las de Caín a Curro Javier en banderillas. Robleño y el toro se contagiaron el rajarse, la espada hizo guardia, descabelló a la tercera, y se fueron ambos entre pitos.

Con el pene dormido, salía el melocotón Burgalito, armado y astifino. Manseó como todos, aunque en la poco lucida brega de Rubén Sánchez enseñó un fondo de casta inédito en la tarde. Ahí teníamos al manso encastado de Dolores. Castaño se echó la capa a la zocata, en el tercio bajo el 7, y empezó con poco ajuste y acople. Claro que el toro no era Ombú, por apuntar un perritoro cercano en pinta, y su embestida variaba de la humillada y larga, pasando por la mirona y a parones, hasta la bronca y saltarina. Era ver a un liberalio y sus continuos cambios de libreto en las tertulias. Cambió a la mano diestra, en el tercio, y dio la tanda más rotunda y jaleada, pasándoselo muy cerca. El toro se fue cerrando solo, sin oposición del matador, y la cosa empeoró, aunque emergieron sueltos dos grandes derechazos. Con el error en la elección de los terrenos y la falta de mando, cerró Castaño con una serie de trincherazos de mucho gusto y valor. Pinchó y mató de estocada atravesada hasta la bola quedándose en la cara. Saludó una ovación con la duda de si empató con el toro.

Volvía Juan con su pene adormecido a echarse a portagayola (están los operarios en el Manzanares recogiendo arena para rellenar el par de huecos dejados en el ruedo) y recibir los 669 (erotismo hasta en el peso) kilogramos del enorme y badanudo Bilbatero, que fue castigado con dos puyazos fiscalizables hasta por Hacienda, y que se rajó enseguida. Lo mató con una media atravesada y se fue, tras sus dos compañeros y con su pene herido, por la puerta de cuadrillas hacia el hospital, y con sus huevos intactos.

«Mientras más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas»*

*Artículo publicado en el N° 65 de «La Voz de la Afición»: https://eltoro.org/boletin-65-la-voz-de-la-aficion-de-junio-2026/  «M...