En España, los medios mataron al encierro de Pamplona, que permanece inserto en un ataúd de plasma en el que el antideslizante, los bueyes, el descaste, el entrenamiento de élite al que se someten toros y corredores, y la desanonimización son sólo clavos que aseguran su no resurrección. Si el encierro es susceptible de ser admitido y retransmitido por nuestro periodismo vil es sólo porque es de fácil digestión para el estómago de esta realidad woke, da audiencia y, sobre todo, porque los juntaletras morbosos esperan que suceda la tragedia y la desgracia para abrir en directo y en la televisión públicamente secuestrada el debate sobre si toros sí o toros no. Los encierros de este año han sido, probablemente, los peores que se recuerdan. Hemos desayunado ayunos de emoción, sin un solo toro suelto que nos llevara a ahogar nuestro sobao en el café hasta deshacerse. La atención se perdía entre feas luchas en la cara del toro, que las consentía, permitía incluso que lo sobaran o se amarraran a sus pitones y trotaba con bobería hacia su destino. Es cierto que sólo el hombre tiene consciencia de su muerte, pero siempre esperamos que el toro, al menos, pelee por intuirla. Unos encierros prefabricados para un consumo rápido, para ser acompañados por cualquiera de las fast-food, un Big Mac, por ejemplo, antes que por churros y porras.
Así nos despertábamos este domingo, 14 de julio, día en que Francia celebra su Fiesta Nacional, pero es España la que podía tener mucho que festejar con Miura en las calles de Pamplona, Alcaraz en la final de Wimbledon y la selección de de la Fuente ante Inglaterra en Berlín. Un 14 de julio con la sensación de Día de Fiesta Nacional española.
Y Miura ha cumplido. La carrera de Chirrino, cárdeno, hasta la curva ha sido lo más emocionante de ocho días de encierros, de cuarenta y ocho toros (se dice pronto) corriendo por las calles de una ciudad junto a cuatro mil personas (y apenas pasa nada). Chirrino arrancaba como Pogacar y se adelantaba pronto. Avanzaba que parecía que la Cuesta de Santo Domingo se tendía a su paso. Nadie lo aguantaba, ni los caídos lo frenaban. Corría como si estuviera solo, solo en el mundo, solo ante sí, como llevado por los demonios, queriendo llegar cuanto antes a enfrentarse a su lidiador de por la tarde. En el ayuntamiento derrotaba a un mozo que osaba ponerse en su camino. Quería llegar a su fin y nada se lo impediría. Entraba en Mercaderes estampando a dos hombres contra un esquinazo y chocaba en la curva contra el cuerpo de otro, encaramado en el tablón más alto, hasta donde subió de un salto el toro. Un hombre canoso, búmer, en su vejez, arrollado por un burel gris, pero zoomer, en su joven madurez, metáfora de la lucha existencial de nuestros Estados de Bienestar. Ojalá un día un miura salte por encima de la valla. Tras la curva, se unió a la manada, que recorrió Estafeta muy estirada, con amplios huecos entre toros y sin la potencia de otros años, pero con la cara altiva y sin miramientos hacia lo que les rodeaba. Terminaba un típico encierro de Miura, con emoción y con un toro que salvaba la honra de otros cuarenta y siete. Contra todo.
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