domingo, 2 de junio de 2024

XXI de San Isidro. Son mejores que tú, Urtasun

Hoy podría haber dicho Hemingway algo así como que cuando caía la última gota de sol sobre el reloj de la plaza, la sangre agotó la tarde.

Hoy dos toreros han pagado con su cuerpo, sus músculos, sus tendones, sus huesos, con toda su fisicidad, esa desdicha que explicaba Pascal de todo hombre por no quedarse quieto en su habitación. Ese afán demasiado humano por trascender que los convierte en mejores hombres que Urtasun, ese ministrillo pijo que lo más honrado que ha debido pagar es con su American Express una Coca-Cola Zero Zero cuando le invitaron a ver al cine la última cosa de Eduardo Casanova. Unos pagan con crédito y otros con sangre. La gloria no debe ser la misma. "No soy un ser humano, ¡soy dinamita!", decía Nietzsche, y con ese pensamiento esperemos que se fueran Espada y Fonseca, dos toreros, en sus ambulancias. Un día después de su decimoquinta Copa de Europa, podemos afirmar que el Real Madrid es una fábrica de leyendas, y el Toro una fábrica de héroes.

Los Pedraza de Yeltes, con los que se abría el paréntesis cuatriduano del Toro en este San Isidro juampedrero y a los que seguirán Escolar (martes), Victorino (miércoles) y Adolfo (jueves), de nuevo, no salieron como salen en Francia. Se demuestra su afrancesamiento. Son toros que, cuando están en su patria natal, se comportan como nuestras élites, fantaseando con la Liberté, Égalité et Fraternité. Justos de presentación y de fuerzas, mansitos, sin alardes frente al caballo, descastados (salvo el 3°, embestidor y noble, y el 5°, geniudo), y remendados con un Torrestrella vibrante y complicado. De nuevo, la ciencia infusa y opaca veterinaria de Las Ventas estimó que la corrida no habría de pasar completa. Antes habrá algún comentarista que no sea antimadridista en la televisión española que hacerse públicos los reconocimientos veterinarios venteños.

Juan Leal mató cuatro toros y puso en escena su estilo que, sobre una base de terca tozudez, se expresa con la siguiente ecuación: O =  D + S*A (Oreja es igual a Desajuste más Susto por Arrimón). ¿Cuántas veces le hemos visto hacer lo mismo de hoy sin atender al toro que tuviera enfrente? Su toreo es como si se empecinara en aplicar esa fórmula sobre la realidad, tratando de matematizarla, de insertar al toro y al público en su mecánica simbólica. Indiferente ante toda recriminación del tendido, él estaba ahí haciendo sus cuentas para lograr el apreciado despojo, como si percibiera la realidad codificada de esa manera autista en que Keanu Reeves la comprendía en Matrix. Recibió a portagayola a su primero y no a su segundo, más alto, largo y abierto de cuerna. En ambos estuvo despreocupado de su lidia, sin esmerarse en dejarlos en suerte ante el picador, tanto, que el cuarto toro se fue hacia el que guardaba la puerta, empotrándolo. Ambos toros lo arrollaron en el inicio de faena al tratar de realizar sendos cambiados por detrás, uno de rodillas y otro en bipedestación. Sus dos toros también terminaron distraídos y con la cara alta, al modo de ese estudiante que no quiere ser preguntado. Marc Leal dejó un buen último par al cuarto toro. Estuvo Juan Leal muy torero haciendo que las cuadrillas de sus dos compañeros heridos salieran del ruedo con él.

El estilo de Espada es similar al del francés, pero con un toque de mayor naturalidad (quizá por eso de ser de Fuenlabrada). Tuvo mala suerte con la raspa anovillada que salió en segundo lugar, un toro que venía tan humillado desde tan lejos que, en ese acosar por bajo incesante, el subalterno se hubo de zafar con un último capotazo tan brusco que conllevó la voltereta del animal y su invalidez. Fue devuelto y salió una horrendidad de Chamaco que gazapeaba, se paraba, se distraía y se caía. Espada, que lo fijó de salida hábilmente rematando en los medios con una revolera, decidió luego aburrirnos hasta escuchar un aviso y matarlo de una estocada entera y tendida tras un pinchazo hondo que escupió.

El quinto, el único castaño entre los colorados, se dejó dar en varas, acudiendo alegre. Se vio su personalidad geniuda cuando se fue hacia Fonseca sin atender al que iba a banderillear y con tal ímpetu que el mexicano se vio obligado a soltar el capote y alejarse. Espada inició su faena con sacudidas de manta por arriba, cuando el toro requería firmeza por bajo. En la siguiente serie el toro lo alcanzó, propinándolo una voltereta de la que cayó muy mal y que lo llevó a la enfermería. Mientras Leal y el presidente dudaban, el toro se quedó fijo mirando a la puerta de García Padrós, sabedor de lo que había hecho. Leal se dobló por bajo con él, lo intentó a su manera y lo mató pronto. Se discutió futilmente entre aficionados sobre si habría de hacerle faena o no. Está claro que estaba en su derecho de faenar.

Con todo, la tarde fue de Fonseca. Su primero era otra sardina colorada que peleó mediocremente en varas, girando como un satélite alrededor del caballo durante el segundo puyazo. Las condiciones embestidoras del animal fueron explotadas por el capote de Raúl Ruiz, que realizó una brega inmaculada dejando con un sólo capotazo cada vez, y a cada cual mejor, en suerte al toro para ser banderilleado y que lo cerró desde el medio hasta el 1 a una sola mano contoneando la capa para frenar la velocidad del toro. Rey clavó pasado y tomó el olivo, y Tito dejó un par muy torero tras el que tuvo que saltar al callejón cogiendo su montera al vuelo antes de caer de pie. Fonseca citó al toro de rodillas en la larguísima distancia, obsequiándonos con eso que pocas veces vemos, el galopar. El toro humillaba y perseguía con codicia la muleta, y Fonseca aguantó bien desde el suelo con emoción. Se levantó y volvió a darle distancia en una serie de mucha honestidad en la que faltó ajuste. Circunstancias que se repitieron en otra tanda donde el torero acortó la distancia y el toro su viaje. Cambió a la izquierda y la cosa se mantuvo en la misma línea. Antes de coger el estoque, lo citó a pies juntos al natural y lo llevó toreado hasta el final (¡Vamos Real!), de uno en uno, perfectamente cruzado y de frente. Logró ligar con mucho mérito un par de naturales al final de la serie. Tras recoger la espada, insistió a pies juntos con la zurda y con la misma excelencia. Fonseca estaba toreando. Faena a más que rubricó con una estocada arriba atravesada. Cortó una oreja de Madrid.

El sexto era el negro de Torrestrella. Al abanto lo recogió el mexicano con su capote y sujetó con mando los brincos y pitonazos. El toro recibió un duro y largo primer puyazo y un segundo más medido. Destacaron el segundo y tercer pares de rehiletes, de TitoRaúl Ruiz. Fonseca brindó con vergüenza torera a Espada y, de nuevo, aunque de pie esta vez, dio mucha distancia al torrestrella al que embarcó en una primera serie con la derecha y con el mérito de templar una embestida vibrante en la que los pitones se soltaban como cuchillos. No le tocó la muleta. En la segunda serie el toro, que seguramente se sintió podido, y el torero bajaron. Se cambió la muleta a la zurda y otra vez Fonseca empezó a torear, en el sitio y hasta atrás, con la mala suerte de que en el pase de pecho que cerraba la serie, el toro se paró, dudó, arrancó súbitamente, introdujo su pitón en la chaquetilla y, en uno de los vaivenes, cuando el cuerpo del hombre caía, se clavó en su espalda. Se fue aupado a las manos de Padrós entre aplausos y Leal mató al toro. Fonseca se iba herido de su mejor tarde como matador.

A las 21:35, con tres avisos más en la cuenta, terminaba una corrida que enseñaba al insignificante ministro la grandeza de todo esto que jamás alcanzará a comprender. Ánimo a los toreros, Espada y Fonseca.

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