viernes, 10 de mayo de 2024

I de San Isidro. ¡Que vuelvan los Lozano!


Empieza San Isidro. Joaquín Vidal lo decía con un "¡A los toros!" en 1997, pero si en 2024 viera el tumulto de juventud arremolinada en el Opencor de la Calle Alcalá, bien podría exclamar un "¡A los cubatas!", un "¡A la escuela!", o un "¡Libertad o comunismo!".

Empieza San Isidro mientras dos tendencias pinzan a la tauromaquia: una, la estandarización del espectáculo y de su público, que bien resume el vídeo promocional de la Feria; y otra, su estatalización, su colonización por el conchabarse de las oligarquías taurina y de partidos, con ministros quitando premios y lideresos autonómicos y fundaciones reponiéndolos. Una voz gritaba hoy en el sexto, "¡Viva la Fiesta Nacional!", aunque de nacional, cada vez menos. "¡Viva la Fiesta estatal!", podría corregir otro.

Empieza San Isidro como nos temíamos. Con lo ya habitual que, no por ello, conviene dejar de exponer. Esto es, la tauromaquia rabiosamente tediosa de un solo tercio y de toros desprovistos de cualquier carácter e interés, prefabricados para la cosa muleteril. Una tauromaquia burocrática, previsible que aplaca hasta el ánimo de protestar. Demasiado silencio hoy. Unas Las Ventas bernabeuizadas.

Empieza San Isidro con la vuelta de seis lozanos variopintos y accidentados por la testuz, los genitales y las bragas. Largos muchos y como un zapato algún otro. Abantos de salida, mansos, aflojados y descastados, quasi-monolíticos, salvo Afectuoso y Amoroso que sacan en la muleta, sin llegar a Licenciado, esas embestidas atosigantemente cariñosas, tan esperadas por los matadores y tan cacareadas por los revistosos. Para la afición, la incredulidad de que no se atisban rastros de serrucho.

Empieza San Isidro con seis primeros y segundos tercios rotundamente olvidables repletos de ausencias capoteras, picotacitos, de coces, de huidas a la querencia, de sonido de estribos, de pasadas en falso, de palos de uno en uno, y pares, tríos, cuartetos, quincenas, millares de unidades de tedio. Seis dos primeros de tercios de suertes degradadas, salvo la brega de Curro Javier y los dos pares de Ferreira. Ah, y la caída de cabeza de Aurelio Cruz bajo el caballo.

Empieza San Isidro con un confirmante, García Pulido, cuya actuación y formas neo- se reflejan en su traje de torear, inmaculado al despedirse salvo una ligera mancha en la taleguilla. Pide sin éxito en sus dos toros el cambio de tercio cuando no habían recibido dos puyazos. Está por pulir (¿?).

Empieza San Isidro con un Morante y un Rompeolas sosísimo con el que el diestro consigue mantener la atención, que no es baladí. Entre el descoloque y ese silencio sevillano adoptado, el de La Puebla nos regala un trincherazo y dos naturales preciosos. Tras una decena de amagos de entrar a matar, suenan dos avisos y descabella al toro. Rocío, la alguacilla, lo sanciona. De su segundo diremos que salió con el estoque.

Empieza San Isidro con verónicas jaleadas por el viernes (o más bien, la viernes, esa masa que puebla la plaza en los días que actúa Roca Rey), pero rectificadas por el cuerpo de Urdiales, quien decepciona en su primero. Desajustado, acelerado, vulgar y sin aprovechar las primeras arrancadas largas de cada serie y su boba repetición. Quizá se debe despojar de su foulard de inspiración y volver a transpirar con el Toro. Ejecuta canónicamente la suerte suprema dejando una estocada entera y tendida. En su segundo, que haría quinto, explota, ¡pum!, la tarde en petardo y el aficionado J. recuerda cómo se trajinaba un puro El Pana en el callejón de Vistalegre y cómo lo tuvo que apagar tras una voz del tendido que subrayó la injusticia de que el matador pudiera estar fumando y el aficionado no. 

Empieza San Isidro con ese público del vídeo promocional que se pone en pie por unas bernadinas nuestras de cada día (estandarización del espectáculo y el público), y con una afición perpleja y convencida de que tras la pancarta exhibida en el 7, "Urtasun, nos vas a comer los huevos por detrás", hay injerencia externa y malas intenciones (su estatalización).

Empezaba San Isidro y aplaudía el viernes a un manso muriendo en tablas.

¡Que vuelvan los Lozano!

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