Ahora que volvemos a San Isidro, nos reencontraremos en pasillos y tendidos con aquello que ha estado ausente en la Feria de 3 Puyazos (a la que han llegado ya hasta los chinos), véase, esa categoría social masivamente exuberante y de moral liviana, la del gintonerío, la que hace que el Madrid de mayo se confunda con la Sevilla de abril.
El gintonero es el pipero del planeta de los toros. Es la base humana, casi a escala poblacional, del taurinismo o régimen taurino, igual que el pipero lo es del Real Madrid oficialista, la charo, de la PSOE, y el mansurrón, de nuestra patria.
El gintonerío es el elemento básico (material, porque paga, e ideal, porque traga) de este tinglao de andamios que se dice la "Fiesta" y que encubre las ruinas de la tauromaquia. Es su principal sustento, compuesto por cada uno de esos culos que atoran los tendidos en las tardes de postín de las grandes ferias, por esas manos que, con un click o un apretón a un reventa, engrosan con gusto la cuenta de los oligarcas taurinos, y por esas bocas para las que la Fundación Toro de Lidia publica sus "Toros en la mesa", y sin las que Ayuso no podría presumir del impacto en la hostelería madrileña de la exitosa taquilla de Simón y su liberalidad se haría, por tanto, menos taurina y menos castiza, para lucir puramente anglófila y carolingia. Sin gintoneros, Ayuso sería del corte liberal de Aguirre, pero con un B2 de inglés certificado en Caracas. Al liberalio o le aportas o te aparta.
Para el taurinismo, si el gintonero dejara de ir a las plazas, sería lo mismo que para el 78 si el español dejara de votar. Una justa hecatombe.
Otros vocablos nos aproximan a la noción de gintonerío, como el tradicional de isidros, o los de clavelerío o bajatuísmo, pero es el gintonic es el símbolo que mejor la explica. Aunque no todo el gintonerío lo ingiere en la plaza, esa bebida negrolegendaria los engloba - el globo de una copa de balón, la globalización peneque -, porque comprenden a los toros como un objeto de consumo simbólico tan efímero, insustancial y huero como un gintonic. Que los toros se puedan beber, hacer de ellos un consumible artísticamente adictivo, es el deseo del taurinismo. Si el arte de vanguardia es objeto de consumo, si hasta uno podría comprar una colilla del cenicero de Hirst, cómo no va a ser la tauromaquia, arte entre las artes, extremadamente comercializable, promoviendo lo que ello conlleva de superficialidad, banalidad, estandarización, moda y decadencia. El toro, tan estándar y vendible como un gintonic, con ramitas de enebro entre los rizos de su testuz. Y el público, tan replicable y feble como un borracho. Todo sea porque los Lamet y Amones estén cómodos en su paroxismo cultural y que Zabala reciba el Cervantes. Consumirse o morir.
El gintonerío es Cayetana Álvarez de Toledo relamiéndose en público con la belleza de una crónica volcánica sobre el Gallito del siglo XXI.
Pululan los gintoneros por los pasillos de la plaza, congestionados como un monarca emérito tras un atracón en Dubái, con la ginebra zigzagueando en su vaso de plástico, apretado contra las banderas cruzadas de lo Spagnolo de su pechera, ellos, y exhibido como un trofeo al final de una cadena interminable de pulseras de España, de vírgenes y de Mango, ellas. Para una mayoría del gintonerío, la corrida es una excusa exótica para un pedo más, y para todos, los toros no son un fin en sí mismo, sino el pretexto para otra cosa, principalmente, para intentar joder, con perdón, de variadas formas, ya sea entre morantistas y manzanaristas que se han conocido a vejiga llena en la cola del aseo al caer el cuarto toro, o al primo segundo que se las da de enterao y que no consiguió entradas para ver pasear esas ristras de casquería a los artistas pararrelojes. En general, el motivo del gintonerío no es vivir la tauromaquia, sino postearla. Los toros se viven, si acaso, a posteriori y en la pantalla de un móvil.
El gintonerío es Luismi el Chatarrero, que va a resultar ser un aficionado cabal, sin fémina a su lado.
Cierta también es la vasta variedad de perfiles entre el gintonerío. Desde tipos como Juan del Val, pasando por el junior de Deloitte buscando un ascenso o el amor (intercambiables) en el tendido 11, hasta aquel paisano de La Sagra que lleva tatuado el valor del mérito, pero se le borra cuando se sienta en la plaza y ve al torero. Fanáticos de matadores de pellizco y arrebato, de albañiles del oficio o de artificieros del pase del culito. Da igual. Siempre del torero y contra el toro. Sin toro, lo hay todo. Aficionados al aplauso. Buenistas. Todo es bueno, salvo la protesta del 7. Protestar contra el que protesta es una obligación. Endiosadores de toreros y de acontecimientos. Bibliófilos de la revista de Plaza 1. Todólogos de almohadilla de alquiler enfundada, mono-sabios de tendido, tertulianos de sorbo de cubata, charlatanes de tantas explicaciones durante la lidia como pases, loritos de repetición de cosas muy chulas y muy volcánicas. De emoción etílicamente almibarada, para los que la ética es algo que se escribió para Amador. Algunos de "aguaaaaa, niño", otros de "ha estado cumbre, de categoría", y todos de "bieeeeenggg", en vez de olé, que suena casposo. El que ve los toros como si se estuviera en La Tienta y el que en La Tienta ve los toros. Los que salen en la galería de fotos de cada tarde de Las Ventas. O los que muestran la misma comprensión con el Negreirato como con un metisaca. ¡No hay que picar!
El gintonerío hace de la tauromaquia una gintomaquia, los toros-del-gintonic, un espectáculo aguado y dopado para propiciar el triunfo o anestesiar el fracaso, si éste cabe. El éxito del taurinismo está en ese aparente trasvase de poder de arriba hacia abajo, al público, y, en gran medida, a través de su alcoholización, por el que el gintonero, empoderado, se presenta y manifiesta como un supremacista de la Fiesta, pero de la estúpida, como el más taurino entre los taurinos, el más anti-antitaurinos, el anti-héroe de la cultura oficial, el capitán de la contracultura, el anti-7, que haría la machada histórica de lidiar a solas a los cuatro mentecatos perroflautas de la explanada de Las Ventas, como un espectador tibio y conformista, del binomio Zidanes (figuras) y Pavones (toretes), como un censor de lo taurinísticamente correcto, que no es sino la corrección política llevada al orbe taurino, como un ser moralmente superior, porque pone la estética por encima de toda ética, y como el único espécimen deseable por el taurinismo, por ser tan reproducible y despreciable como el gintonic que consume.
Los gintoneros impulsan la bernabeuización de Las Ventas, que se completaría con una cubierta que no se desplome, un ruedo retráctil que pueda alojar arenas con diferentes pendientes, y con la solución a la ecuación de cómo encajar a Morante y Marco Pérez en una misma tarde para que se corte el ansiado rabo.
El gintonerío es la homogeneización del espectador, la pérdida de idiosincrasia de cada plaza.
El gintonerío llenará la plaza, a costa de degradarla.
Pues es un artículo estupendo. Me temo que la deriva no tiene mucho remedio, es paralela a la de la sociedad española.
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