Era un encierro más para el espectador y, seguramente, el mejor para el corredor. Los toros de Escolar mandando, estirados, con huecos, menos velocidad y dejándose sin decir ni mú, como los demás, estar rondando por las orejas, sobando los hijares, palmeando sus costillares o agarrando sus pitones. Era ver al toro rodeado y sobado por hombres sudorosos, excitados, rebosantes de adrenalina, ahogado en un mar de testosterona, con todo permitido, nada que consentirse, y filmado por las cámaras estatales, esto es, gubernamentales, y la mente se iba a la Sauna Adán. Ahora bien, no es lo mismo llevar detrás a uno de Pichorronco, girar el cuello y ver en esos vivísimos ojos toda una vida, la propia, que pende en esos instantes de que no se le ocurra estirar el cuello y lanzar la cornada, que correr delante de una de las horrendas lindezas de Álvaro Núñez, con esa carita de no haberse peleado en su vida y una mirada de súplica por acabar con una existencia producto de décadas de artimañas eugenésicas a contra natura. Decíamos, era un encierro más hasta pisar el ruedo. Allí, dos toros hacían por vez primera cosas de toros, se distraían, reconocían la plaza y descubrían la insignificancia del hombre, aún en masa. Se enfrentaba uno de ellos a la muralla humana, cara a caras, decidía ignorarla (ya tiene suficiente el guiri con la socialdemocracia, pensaría) y volvía hacia el callejón, llevándose a su paso a tres o cuatro hombres que salían despedidos como peleles. Otro toro, mientras, se orientaba al ver un capote que se tenía que soltar para tomar el olivo, oteaba las tablas y se lanzaba a embestir rabiosamente a un ramillete de piernas colgando, algunas, con el tobillo al aire (de aquí sale otra novela de González Pons), como si estuviera entrenando su acierto, su puntería cornúpeta, hasta que otro capote lo encerraba definitivamente. Terminaba así un encierro de toros que lo había sido sólo en la plaza.
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