domingo, 12 de abril de 2026

Morantadas

Esta es una humilde colección de cursilerías, dislates y memeces recientes de destacados plumillas sobre Morante: morantadas para que ustedes juzguen Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'
, esto es, si en el torero está el torero... o el mercadólogo.

MORANTADAS

Morante nos trae, del Cielo, la Gracia toreadora.

Andrés Amorós


Se desmayaba Morante al natural, se enroscaba la embestida del toro hasta hacerse indisociables el uno y el otro. Una coreografía de belleza y asombro cuya intensidad repercutió en la incredulidad de los espectadores reunidos en el mirador atlántico de Nazaré. Bien lo conocen los aficionados al surf porque allí se propagan olas gigantes y proezas homéricas, aunque el temple de Morante —señor de las arenas y de los mares— domeñó el océano, el espacio y el tiempo.

Rubén Amón 


La expectación que precedía a Morante de la Puebla colapsó Las Ventas. Toreaba el mejor de los toreros. Alguien gritó "¡acuérdate de Sevilla!". Y a las 19.11 MdlP se acordaba de Sevilla, la fragua y la forja del toreo. Jugados apenas los brazos, apenas los vuelos, trenzó una madeja de verónicas ingrávidas que caían por su propio peso en un palmo de terreno. El temple en sus muñecas y en el fondo de un toro de clase extraordinaria, esa manera de volcar la cara, el poder exacto. Y sobre esa piedra de la bravura tamizada de calidad edificó una ensoñación, una faena de un clasicismo absoluto, durmiendo el toreo con una embestida que a veces se dormía. A veces gateaba. Despacio fluía la maestría. Como se ama y se canta.

La obra fue un tratado bíblico del bien hacer. Del toreo fundamental sublimado, ligado de verdad, hundido en sus talones, embrocado con pecho, cintura y compás, salpicado de carteles de toros, de trincherillas chispeantes, cambios de mano profundos, un natural que aún revolotea.

Zabala de la Serna


¿Y ahora qué, José Antonio? ¿Qué hacemos? ¿Cómo nos acostumbramos? Yo creía que te llevabas las manos a la cabeza de la emoción sobrepasada, después del costalazo cervical y después del triunfo. Después de volver al ruedo tambaleante y descolorido para rendir Madrid.

Aún no ha doblado el último toro y pienso que no haber sabido verte bien es una maldición que se llevarán muchos a la tumba. Pobre del que no alcanzó a entender tu misterio. Qué equivocado y qué ciego hay que estar. Había que estar, en pasado. 

Juanma Lamet


Es lo que sucede con Morante, que no existe para dar calor de brasero a una tribu sentimental sino para inquietar, para alterar lo establecido y para devolver el toreo a la intemperie en la que habita la creación en carne viva, una creación que puede ser clásica o rupturista, pero no identitaria ni conservadora.

José F. Peláez 


Y si se compara, parecen de cartón y no de seda los capotes de los demás cuando se trata de la joya singular del toreo de capa: la verónica. Dibujada tan despacio que hasta podía distinguirse nítidamente el color nilo de las vueltas del capote de Morante, ni grande ni pequeño, muy ligero, que parece variar de tamaño al desplegarse. El toro del estreno se había parado al cabo de apenas una docena de viajes. Morante se dio el gusto de acariciarle el pitón en un desplante frontal con la mano izquierda. Sin que pareciera un alarde, porque realmente no lo era.

Barquerito


Morante bajó el capote y mandó parar al toro. Tanto aguantó en la cara de Gentil, que parecía decirle a los fotógrafos “¿La tenéis ya?”. Después, cuatro verónicas celestiales y una media que, en el momento del envío de esta crónica, todavía no habrá terminado. Con la muleta, sacó al paso al toro a los medios, con esa naturalidad que debería llamarse “morantina”, y se fue a esos terrenos en los que sólo él se pone para cuajar dos primorosas tandas con la derecha. Por el pitón izquierdo sacó todo lo que Gentil tenía, casi nada, y lo mató con la machacona costumbre de jamás perder un trofeo con la espada. Dos orejas y su grito de guerra en el tendido: “Jo-sean-tonio, Moran-tede-lapuebla”. A algún aficionado le pareció mucho premio, pero hace tiempo que dejé de preocuparme por el rigor de los trofeos de Morante. Como si eso importara lo más mínimo ante la inmensidad de lo que estamos viviendo.

Luis Enríquez 


Y a estas alturas, ya pocos dudan de la dimensión mítica de Morante de la Puebla, un nombre ya ajeno al circo humano y perteneciente a ese universo paralelo donde habitan los entes de carácter divino o heroico.

Morante trasciende el ego, se olvida de sí mismo y se hace uno con el toro, danzando con la bestia a cámara lenta, en un compás que genera una inmensa armonía visual.

Morante ama a su enemigo. Como los buenos guerreros. Por eso exige toros de embestida retorcida.

Morante se templa y ralentiza el embiste del toro, dándole a sus muletazos una inmensa plasticidad y desenvoltura.

Pero, como la renuncia de Benedicto XVI, la retirada de Morante tiene un regusto crepuscular. Persisten, eso sí, sus magistrales faenas, que se repiten una vez tras otra en las plazas de la eternidad.

Luis Landeira


El encanto de un natural me superó. El infinito frente a los límites, la dimensión, la genialidad del artista que juega con el tiempo. Cinco naturales expresaron las formas geométricas abiertas para que uno de ellos no acabara nunca. El recorrido de una tela roja imantada a las puntas de dos pitones que quiere llegar a un todo sin fin. Absorto me quedé contemplando la perfección que aviva el alma. La inspiración de un genio en majestuosa abstracción. El placer ante la creación de un arte efímero perfectamente diseñado. Desesperadamente bello.

Pocos ha llevado la geometría del natural a tales extremos. Curva cerrada deteniendo el tiempo con terminación compleja muy atrás. Muy atrás de la cadera. Ese momento que nunca ocurre y puede ocurrir en cualquier momento. Mas aún ocurrió en un instante. Enorme, inédito, impactante y emocionante. Un milagro, que no es una excepción en el hacer de la lidia, un milagro es, sencillamente, algo que no puede explicarse.
Quejido potente en los completos y extraordinario trazos. Naturales esenciales que glorificaron el toreo. Todos iguales, todos distintos y, uno, de excelencia suprema. Uno, y para qué más. Uno extremadamente despacio que rezumó torería por cada poro de la piel de quien lo esculpió. Un natural que hizo suyo antes de entregárselo a la gente que emocionada le aclamaba. Uno permanece en la retina tras la decepcionante y nefasta tarde de toros mansos y flojos con los que se finiquitó la temporada en la Maestranza. Lo modeló Morante de la Puebla, quién si no.

Quien se ha convertido en torero de culto. El heterodoxo y original. Quien está abierto a las múltiples influencias taurómacas. Todo un creador de estilos que sintetiza fielmente el toreo de todas las épocas. Desde el más primerizo hasta el arrebatado lirismo de propio cuño. La excelencia irrenunciable para comprender la magia de un torero. De un genio universal.

Manuel Viera


Creo que Morante de la Puebla es consciente de todo ello. En su interesante proceso de autoconstrucción, ha superado todos los corsés de la tradición, del intérprete y de la audiencia y se dedica a dejar más una impronta que una ejecución. Y no lo tomen como un impresionismo, un quite que ya ha pagado la entrada. Nada de eso. Es pura expresión. Simplemente, este torero ya no está obsesionado con la impasibilidad del actor ante una representación diaria en el teatro o con la adecuación de la audiencia de un concierto de piano. Él sabe que puede pasar del gesto de majeza a la profunda expresión emocional sin ningún problema y transmitiendo al público que acude a la plaza mucho más que cualquier otro intérprete en cualquier otra manifestación y ante cualquier otra audiencia. Es profundamente consciente de ese diálogo entre calle y escenario y lo maneja desde hace tiempo como yo no he visto nunca a nadie hacerlo. Porque juega con la muerte, con su destreza y con la escena, porque mejora y dignifica a su antagonista, sea de la condición que sea, y con todo ello, emociona a su público; por eso, es el mayor intérprete vivo que hay ahora mismo en el mundo.

David González Romero

domingo, 5 de abril de 2026

La metamorfosis (o cómo el taurinismo desprecia al toro de lidia)

Cuando un famoso periodista taurino se despertó henchido de ego como tantas otras mañanas, se encontró solo y tumbado en su cama convertido en un monstruoso toro de El Freixo.

Lo primero que hizo fue pensar en que si le había tocado de la noche a la mañana ser un toro, qué suerte poder serlo de la casta juliana.

Lo segundo en lo que pensó fue en su pelo, en si conservaría su preciada melena negra. Intentó tocarse la cabeza con sus manos, pero ahora tenía pezuñas y sólo alcanzó a pellizcarse la tripa, que parecía más fofa que antes.

Todavía tumbado de lado, le hubiera gustado poder mirar en el espejo su nuevo aspecto, pero no tenía ganas de levantarse y, a la vez, sentía la extraña necesidad de someterse sin miramientos a cualquier voluntad ajena.

La radio se encendió automáticamente como todas las mañanas para oír a Federico cuando sintió un instinto impetuoso por hacer lo que esa voz dijera, ya fuera comprar productos de Nuggela & Sulé, lanzarse a una hipoteca inversa de Óptima Mayores o irse a morir por la libertad del pueblo iraní. Antes de ser un toro también sentía que debía hacer caso a esa vocecilla, pero ahora lo ansiaba.

Su rabo se movía solo y no sabía controlarlo. «Mata moscas con el rabo...», canturreó en su cabeza y, acto seguido, cayó en que esa mañana había quedado con Rafael Garrido justo cuando sonó el timbre de casa. El sonido, o que se trataba de quien se trataba, le provocó una erección involuntaria y se sintió muy incómodo, pero no avergonzado. Trató otra vez de levantarse. Tras unos segundos se convenció de que realmente no quería, así que dejó de engañarse intentándolo.

La puerta de la habitación se abrió y pudo ver la cara de pánico del señor Garrido fugazmente antes del portazo. Él ni se movió. Oía voces al otro lado e intentó hablar. «Muuuu, mu mu muuu, muuuuuu», dijo hasta que se dio cuenta de que los toros no hablan y que esos bramidos los asustarían aún más, así que se calló y siguió cómodamente asobinado.

Pasó un buen rato sin escuchar a nadie y empezó a sentir hambre. Era lo único que lo llevaba de verdad a querer moverse. Cuando había decidido firmemente levantarse a comer, la puerta se abrió de nuevo y un fusil asomó en manos de Florito, que disparó, y él empezó a sentirse entumecido.

Ya adormilado, oyó parte de la conversación: «¿Dónde coño está nuestro hombre? ¿Y qué hace un toro de El Juli en su cama?» (...) «Será uno de los de esta tarde, llamad al maestro, anda» (...) «¿Y tú no oíste nada esta mañana? Porque acostarse con un toro no sé cómo será, pero ruido tiene que hacer de cojones» (...) «A esto sí que se le puede llamar poner los cuernos» (...) «Pues pa mí que este animal tiene un aire a nuestro amigo, eh. Mirad ese flequillito que cae sobre la frente... a ver si va a ser él» (...) «Oye, ¿está afeitado, no? Que necesitamos sustos, pero no sangre» (...) «Sí, Julián dice que es uno de los de esta tarde, que lo llevemos a la plaza».

El efecto de la droga evitó que se enterara de cómo lo sacaron de la habitación, lo transportaron y enchiqueraron.

Estaba ya a punto de salir de toriles cuando recobró plenamente la consciencia. Se puso de pie por primera vez y todo su cuerpo temblaba. Quizá sólo estuviera hecho para yacer.

Seguía teniendo hambre, así que olisqueó el suelo, pero sólo dio con restos de sangre y heces. Tenía otra vez muchas ganas de echarse. Escuchó pisadas por el techo que se detuvieron cuando una luz repentina lo cegó, sintió un pinchazo en el morrillo y las ganas de ser sometido, de obedecer, y de servir pudieron con el hambre y la pereza. Una puerta se abrió, avanzó y salió a un pasillo con una luz al final. Lo recorrió y sintió que volvía a nacer.

Estaba en el ruedo. Empezó a correr sin ton ni son. Luego corrió allí donde se movía una capa e iba de una a otra como un perrito tras una pelotita o un liberal tras una guerra.

El público pitaba y protestaba por su nulo trapío, pero «¿qué sabrán estos?», pensó. «Ya les gustaría ser yo», aunque no se hubiera visto en el espejo.

En una de las vueltas salió un hombre, el matador, que era Morante de La Puebla, y él no pudo hacer otra cosa que seguir la capa sin estorbarlo. Se sentía dichoso. A él le había tocado Morante, «¿qué más puede desear un toro que que le toque morir a manos del mayor artista de la historia?» y mientras se deleitaba con ello, también pensaba en que lo único que no podía hacer era poner dificultades, y vaya que si cumplió con su cometido. Se sentía muy feliz y lo expresó sacando su lengua, que ya no volvería a guardar. Aunque también se apenó, porque ya no tenía una lengua humana para contarlo ni manos para escribirlo, y esto último le dolió mucho porque él tenía en muy alta estima su escritura.

Salió el picador y no supo si ir hacia él o no. Decidió dejarse llevar, es decir, que decidieran otros por él y así, sin querer, chocó contra el caballo. El puyazo le dolió mucho y huyó de él pronto. No debía exagerar su mansedumbre, por lo que no se fue muy lejos. Sin embargo, no pudo ocultar su flojedad, y al doblar de sus manos notaba cómo se desparramaban sus carnes sebosas. En el segundo puyazo se dejó dar más, no fuera que llegase al final con más fuerza de la debida, lo que provocó su caída al salir del encuentro. Se desplomó sobre la arena como se despertó sobre la cama, y ahí estaba, lleno de júbilo, encantado de verse ahí tumbado, entregado, con su vientre, lo más vulnerable, expuesto a lo desconocido: nunca había estado tan cómodo. Le daban igual los pitos. «Ojalá quedarme así y ver desde aquí la gran obra que creará el maestro». Mientras unas manos agarraban sus cuernos y otras su rabo, nunca dudó de su naturaleza, nunca dudó entre ser un toro o una birria. Fue levantado.

Dejó a los banderilleros que clavaran sin apuros y sin lucimiento, pues él estaba destinado a la muleta, a llenar de sus babas esa tela roja y servir a la expresión artística de Morante, como un wáter le sirvió a Duchamp.

Había llegado por fin a la faena tal y como lo deseaba su matador: agotado. Tenía la fuerza justa, esa que lo llevaba a obedecer y a contribuir al triunfo del artista.

Hubo un momento en que se sintió humillado y por un instante quiso arremeter contra el torero, ser un toro fiero, indómito, impredecible, "agreste" o ser, al menos, un toro de lidia. En ese mismo instante sintió el deseo de volver a ser humano y de gritar que él quería dejar de ser un toro para el arte.

El instante pasó. Él no podía caer en eso, de manera que se arrojó a ser lo que debía ser, aunque ello fuera lo que un toro nunca debía ser.

Se entregó a la muerte como se entregó en vida: felizmente alienado. Sus dos orejas fueron a manos de Morante y fue arrastrado por las mulillas con una sonrisa en la boca.

Murió y, en otro lugar, muy lejos de allí, estiraba sus patas por primera vez una cría de Dolores Aguirre.

Morantadas

Esta es una humilde colección de cursilerías, dislates y memeces recientes de destacados plumillas sobre Morante : morantadas p...